La confesión

Donde se pregunta por el límite moral de una confesión en Internet

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Llevo estos días de continua escritura con cierto enganche al Facebook del guionista Paul Schrader: lo mismo hace una sesuda interpretación de Marylin, como pregunta a sus seguidores sobre qué Blu-ray comprar para acabar poniendo una foto suya casi moribundo luego de coger el COVID. Es imposible, así, no seguir a un tipo de ingenio afilado, inteligente incluso en su progresismo, y capaz de develar cosas sin ningún tipo de filtro. En el tiempo que estuvo ingresado, donde afirmó que su única “línea con la vida” fue el canal TCM, temí que llegara a retransmitir su propio deceso como trasunto leído de Ramón Sampedro. No llegó a tanto, se fue de copas al poco, pero la pregunta moral quedó ahí ¿era necesario exponerse tanto?

«Morir…o no»

Esta interrogación es capital en las redes sociales e Internet actualmente: si Almodóvar criticaba en Kika los primeros “Reality Show” –película bajo la sombra de Alcàsser y los tétricos programas de crónica negra que presentaba Pérez-Reverte-, ahora se echaría las manos a la cabeza cuando el emisor es ya mensaje. Cualquiera, en fin, puede gracias a Instagram y Youtube novelar “Yo” desatados que ante el aburrimiento general alcanzan miles de seguidores. Incluso, cierta intensidad de baratillo, véase el caso de Alejandra Rubio, puede conseguir un contrato como entrevistadora en un diario centenario. El talento, la prosa, ya no tiene ninguna importancia: la exposición permanente, los delirios de pareja y la egolatría de gente con tan poco decoro como tamaña ambición permite arrasar cualquier jerarquía intelectual. Por supuesto, no seamos bobos: uno puede leer miles de libros y ser un perfecto radical, además de imbécil sin identificar.

No, que te inventas los dramas

El elemento moral es el cansancio inevitable, permanente, que producen estos productos fugaces, efímeros, destinados a ser chiste recurrente en diez años. Luego de estos, como Schrader, quizá volverán a proyectar su vida con el propósito de volver a tener lectores.

Además, si el hombre es curioso, ¿Qué dogma podrá evitar asomarse por la ventana? Solo aquel quiera controlar “la vida de los otros”, claro…

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