La crisis oportuna

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El desarrollo económico del siglo XX es incompatible con la realidad biológica de la Tierra. Entre supervivencia y ceguera hemos optado por la ceguera

 

maginemos a un león que pretendiese vivir comiendo moscas. Para cazar una mosca, el león gasta más energía de la que le aporta el insecto una vez comido. La termodinámica indica que nuestro cazamoscas morirá de hambre tanto más rápido cuantas más moscas cace. El hombre se ha convertido en el depredador y la Tierra en los dípteros: muchas de nuestras actividades sobre el planeta son biológicamente tan insensatas como la práctica cinegética del mamífero. Por ejemplo, capturamos pescado para comer y para ello enviamos grandes barcos arrastreros a caladeros lejanos, que implican largos y costosos viajes. Por cada caloría que obtenemos al comer pescado de arrastre llegamos a gastar hasta 50 veces más en su captura.

       Es una de las consecuencias de un modelo de desarrollo regido por el patrón del dinero y no por un balance energético -en su término más exacto- sensato. El ser humano mantiene a lo largo del día numerosas actividades biológicamente desastrosas y lleva a la ruina a otras tantas biológicamente sensatas. Este desequilibrio tocará a su fin cuando los ahorros de la Tierra en forma de petróleo, gas y carbón se agoten o cuando los ecosistemas de los que dependemos se colapsen.

       Aunque no solemos tenerlo en cuenta, la Tierra es una compleja máquina térmica controlada por las leyes de la termodinámica. Utiliza el sol como fuente caliente y el espacio exterior como sumidero. Como media, a cada metro cuadrado de superficie de la Tierra le llega desde el sol una energía que permitiría calentar el agua contenida en medio vaso apenas un grado después de esperar toda una hora. Es la energía de la que disponemos nosotros y todos los seres que habitan la Tierra y que además produce el viento, la lluvia, las tormentas… Inexorablemente marca el límite a nuestro crecimiento. Para colmo, este límite se reduce mucho porque la eficiencia con que los seres vivos aprovechamos esta energía resulta extremadamente baja.

       Hace relativamente poco tiempo, el gran cazamoscas se atrevió a dar el paso peligroso: malgastar en pocas décadas las reservas energéticas que antiguos fotosintetizadores ahorraron durante cientos de millones de años convirtiéndolas en carbón, petróleo y gas. Jamás ninguna otra actividad –el llamado progreso- las dilapidó tan rápidamente. Nuestro actual modo de vida sólo se podrá mantener mientras duren los ahorros. Cuando se acaben, el futuro del ser humano dependerá exclusivamente de la producción primaria que la Tierra sea capaz de producir en cada momento.

       Eso sin contar con otros desajustes que paralelamente se están produciendo, como la pérdida de la diversidad, que pueden acelerar el proceso. El modelo económico que amenaza con colapsar, o que ya lo ha hecho, se basa en una meteórica carrera por aumentar la productividad. Uniformizar y producir, dos de las grandes claves del actual sistema económico globalizador, nos conduce a alterar otro de los ejes básicos de la vida en el planeta (ya vamos por los 3.500 millones de años): la selección natural, el auténtico motor de la evolución, conduce a los ecosistemas hacia una mayor biodiversidad con la mínima producción.

       Imaginemos un ecosistema de la máxima productividad y la mínima diversidad como puede ser un campo de maíz. Si se deja que evolucione por sí sólo, primero se llenará de malezas, después de arbustos y por último de un tupido bosque siguiendo un proceso llamado sucesión. A medida que esto ocurre, el sistema se va volviendo más diverso (cada vez hay más especies) y es menos productivo (la productividad del primitivo campo de maíz es muy superior a la productividad del bosque final). Al intentar elevadas productividades vamos en contra de la tendencia evolutiva y para ello tenemos que gastar grandes cantidades de energía.

 

       Desarrollo, progreso, futuro, tecnología, productividad, CRISIS… palabras que sintetizan un largo viaje que comenzó con el nacimiento de nuestra especie 150.000 años atrás en África. De ellos, los primeros 135.000 años tan sólo fuimos exitosos cazadores-recolectores que pronto nos extendimos por el mundo. Éramos pocos, interactuábamos poco con el entorno y cambiábamos –y lo cambiábamos- poco. En términos económicos, nuestro nivel de renta se mantuvo constante en esta etapa.

       En los siguientes 15.000 años, se producen los primeros asentamientos estables. Un modelo que perdura hasta el comienzo de la revolución industrial a mediados del XIX. Crecimos en número, interactuamos más con la naturaleza y nuestro nivel de renta se multiplicó por cien.

       Y en los últimos 150 años se produce el gran cambio. Desarrollamos la ciencia moderna. Con ella, la tecnología provocó nuestro más rápido y exitoso período de crecimiento demográfico y económico. La población de humanos que vive en grandes ciudades se multiplicó por veinte hasta alcanzar la cifra de tres mil millones de personas (urbanitas). Nuestro nivel de renta volvió a multiplicarse por cien, según datos del International Programs Center y del Centro Groningen de Crecimiento y Desarrollo.

       La revolución científica, tecnológica y social desarrolló la ilusión de la seguridad. Convencidos de que el crecimiento era imparable, las previsiones económicas, contagiosamente optimistas, sugerían que en los próximos 40 años nuestro nivel de renta podía multiplicarse otra vez por cien. La ciencia económica, a través de sus nuevos gurús, afirmaba que el crecimiento traería prosperidad y este, a su vez, más crecimiento en una espiral sin fin. En palabras de Tim Harford: “Cuantos más seamos, mejores serán nuestras oportunidades de sobrevivir los próximos millones de años”. El resto de los mortales quisimos creerlo.

       En estas llega la crisis económica, la financiera, la bursátil, la inmobiliaria… desaparece la sensación de seguridad, nos instalamos en la incertidumbre y la ciencia sentencia que ha llegado el inexorable final de un modo de vida basado sólo en el crecimiento. Esta crisis puede ser una seria advertencia: no es posible seguir manteniendo un modo de vida como el de los últimos años.

 

El gran cazamoscas vuelve la vista al sol

       Los gurús del bienestar económico carecen ahora de respuestas, pero sobre todo no contemplan todos los elementos que han conducido a que el sistema estalle. Una consecuencia de esta selección natural –esa que hemos alterado por la obsesión por aumentar más y más la productividad- es que favorece sistemas cada vez más diversos constituidos por especies cada vez menos productivas, lo que implica la necesidad de dedicar muchísima energía para conseguir una elevada producción agrícola, ganadera o de acuicultura. Como resultado, las reservas de alimentos son cada vez menores a pesar de nuestros esfuerzos en incrementar la producción agrícola, ganadera y pesquera. Y estos esfuerzos precisan de una cantidad constante de energía para poder realizarlos.

 

       Al final, todo se puede reducir a una cuestión energética… Necesitamos energía para que funcionen las máquinas, las fábricas, incluso para que el gran cazamoscas siga vivo. Para mantenernos con vida necesitamos obtener cada día una energía de unas 2.000 kilocalorías (aproximadamente la necesaria para hacer hervir 20 litros de agua helada). Ahora bien, no podemos alimentarnos con cualquiera (como la calorífica que desprende una estufa o la eléctrica de un enchufe); sólo nos sirve un tipo especial de energía bioquímica que se encuentra en los enlaces de determinadas moléculas orgánicas complejas.

       Únicamente algunos seres vivos llamados fotosintetizadores (las plantas, las algas y algunos microbios como las cianobacterias), son capaces de fabricar esta energía bioquímica. Para ello, captan la energía de la luz que nos llega desde el sol y la almacenan en forma de moléculas orgánicas complejas mediante un laborioso proceso denominado fotosíntesis. Pero además de la energía, también necesitamos reponer los complejos materiales biológicos de los que estamos construidos (proteínas, grasa y glúcidos…). La investigación –otra vez la ciencia- ha probado que nuestros materiales biológicos sólo pueden ser sintetizados por los fotosintetizadores. Es decir, que somos dependientes de unos organismos –los susodichos fotosintetizadores- y de un proceso –la fotosíntesis- que no producimos directamente y que nos convierte en parásitos de la naturaleza y del sol. Necesitamos comerlos, bien directamente –arroz- o bien alimentándonos de otros organismos que lo hayan hecho –vacas-.

       En definitiva, la vida en la Tierra depende de la energía que nos llega desde el sol, esa especie de bomba de hidrógeno que ha llegado a la mitad de su vida –alrededor de 5.000 millones de años- que cada año nos envía algo mas de 17 trillones de watios. Números que a simple vista marean y que se antojan suficientes para mantener el actual sistema. Pero no es así. La gran mayoría de la energía que desprende el astro rey no sirve para hacer la fotosíntesis. Todos los organismos que la producen apenas llegan a fabricar 200.000 millones de toneladas de las moléculas que necesitamos como combustible y como materia al año. Y a esta cantidad hay que descontar que la mayoría de lo producido son fibras de celulosa y madera difícilmente aprovechables como alimento. Entonces resulta que el límite que la fotosíntesis impone a nuestro crecimiento está mucho mas cerca de lo que parece.

       Durante la mayor parte del tiempo, la fotosíntesis total de la Tierra alcanzó sin problemas a todas las especies que lo habitaban. De hecho, había excedentes que se almacenaron en forma de carbón, petróleo y gas natural (el carbón se originó a partir de los restos de plantas terrestres y el petróleo de los restos de plancton marino, principalmente algas microscópicas). Este sistema de bajo consumo y ahorro, que lleva funcionando exitosamente durante más de 3.000 millones, ha permitido la acumulación del oxígeno atmosférico que respiramos. En este periodo insignificante de tiempo hemos pasado de no tener prácticamente nada a que más de la quinta parte de la atmósfera sea oxígeno formado por los fotosintetizadotes, a asegurar en definitiva la vida en el planeta.

       Organismos que además padecen otro tipo de amenazas en forma de agresiones al medio ambiente. Baste a modo de recordatorio la seria advertencia que parecemos empeñados en olvidar: el indiscriminado ataque a la capa de ozono que nos rodea. Sin la protección del ozono, la dañina radiación ultravioleta que nos llega desde el Sol destrozaría nuestro ADN y mataría a las plantas y microorganismos inhibiendo la fotosíntesis. Los Premios Nobel Mario Molina, Sherwood Rowlan y Paul Crutzen (concedidos por sus estudios sobre los efectos de los CFC –clorofluorocarbonados- en la química atmosférica y en el agujero de ozono), están convencidos de que si aún estamos vivos se debe más a nuestra buena suerte que nuestro escaso talento, pues apenas sobrevivimos por pura casualidad al agujero de ozono.

       La crisis que no se percibe. Apenas quedan reservas de alimentos para 40 días. Sin duda, todavía queda suficiente margen de “reserva biológica” para que consigamos resolver la crisis únicamente con medidas económicas y consigamos volver a vivir como antes, siguiendo la senda insostenible del crecimiento. Pero hay un hecho, en términos económicos, también incuestionable: estamos viviendo muy por encima de las posibilidades de nuestro pequeño y limitado planeta; y ya se sabe cómo finalizan las historias donde se gasta más de lo que se gana, primero se recurre al crédito que inexorablemente nos llevará a la bancarrota.

       Los parámetros de gasto –es una simple cuestión matemática- nos indican que tal vez podamos mantener el estilo de vida basado en el actual crecimiento como mucho durante 2 ó 3 generaciones más. Después se acabó. La Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) dio la alarma ante lo que considera una auténtica crisis global para sus dos grandes campos de actuación, precisamente la agricultura y la alimentación: durante los últimos años se ha producido un continuo y preocupante descenso en las reservas de alimentos de la Humanidad. En este sentido, en 1985 teníamos almacenados alimentos suficientes para dar de comer a la humanidad durante algo más de 100 días; 20 años más tarde nuestra reserva alimentaria era sólo de la mitad. Hoy apenas quedan reservas para 40 días.

       Desde su concepción antropocentrista del mundo, numerosos políticos y economistas pretenden convencernos de que tenemos un dilema: elegir entre el crecimiento económico o la conservación. Tal vez la verdadera disyuntiva esté en elegir entre conservación o extinción. En todo caso vale la pena echar un vistazo a las cuentas de la Tierra de organizaciones como la ONU o la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (IUCN en sus siglas en inglés) y pensar que esta crisis podía ser nuestra gran oportunidad.

       En vista de la miopía general, del rechazo a cambiar los patrones de vida y de consumo que nos han llevado a la orilla de este acantilado, en vez de a replantearnos de modo radical las bases de nuestro sistema hemos optado por volver a posponer hasta la próxima crisis las decisiones que ya empezaban a ser demasiado tardías esta vez.

       Tal vez hayamos perdido nuestra oportunidad, el último tren. Sin ánimo de ser más alarmistas de lo estrictamente necesario, estamos abonando a marchas forzadas nuestra catástrofe. La crisis era una oportunidad. Soñamos con volver a crecer y así olvidamos lo que podíamos haber hecha esta vez. Veremos cuánto tiempo tarda la Tierra en cobrarnos esta última letra funesta.

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Autor: Eduardo Costas y Victoria López-Rodas

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