La educación, una huida hacia delante de la violencia en Colombia

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Una luz roja alumbra una calle de Medellín, Colombia. Decenas de espectadores se detienen a mirar a un pelao’ dispuesto a romper la gravedad. En menos de 30 segundos, el gimnasta hace un giro sobre su cabeza, salta de medio lado, hace dos pasos de capoeira y termina con un salto mortal. La ejecución es perfecta, pero nadie aplaude, nadie graba, nadie parece sorprenderse. Uno o dos conductores sacan la mano por la ventanilla de su vehículo y entregan con afán unas monedas antes de que la luz verde aparezca. El acróbata se llama Camilo Andrey Vergara, tiene 10 años y vive en la calle…

De los cafetales a las calles

Camilo nació en 1989 en una zona rural de Antioquia, en el oeste de Colombia. Criado entre cafetales y plantaciones de cacao, tenía una vida tranquila en el campo con sus padres, sus dos hermanos y su hermana, pero el conflicto armado le cambió la vida. Camilo se crio en los años 90, una década en la que el narcotráfico y la violencia etiquetaban como peligrosa a Colombia, especialmente en las zonas rurales del país: “Cuando era pequeño, los grupos armados extorsionaban y amenazaban a los campesinos y había mucho reclutamiento de menores”, cuenta Camilo.

“Una noche, cuando yo tenía nueve años, a las dos de la mañana, llegó un grupo a irrumpir en la vivienda y a exigirle a mi papá que tenía que irse con ellos uno de sus hijos o nos mataban a todos”. Su padre se negó a que los guerrilleros se llevaran a su hijo de 26 años, Jon Jairo: “Ningún padre es capaz de decir ‘sí, llévese a este o a este otro’. A mi hermano lo intentaron llevar a la fuerza, pero se opuso. Lo mataron delante de nosotros”. Camilo lo dice con una naturalidad que estremece, su voz no se altera, ni agacha la mirada. Su historia continúa: “Luego quisieron llevarse a mi otro hermano, Carlos Mario de 19 años, quien también se negó y también lo mataron”.  Esta vez Camilo sí se detiene en ese instante en el que conoció el terror sin anestesia, en su propio hogar y a muy corta edad. Camilo aún recuerda cómo esa noche sonaron disparos en las casas de los vecinos y el caos se adueñó del corregimiento: decenas de personas, incluidos Camilo y su familia, huyeron de manera desordenada en la oscuridad. “Al día siguiente, yo estaba solo al pie de la carretera, no sabía para dónde coger”, cuenta. Asustado y desubicado, se le ocurrió caminar hasta Medellín, donde sabía que vivía su abuela. Tardó dos días en llegar.

Una vez en la capital de Antioquia, se dio cuenta de que, sin un número de teléfono ni una dirección, encontrar a su abuela en una ciudad habitada, en ese entonces, por dos millones de personas era imposible y no tuvo más opción que vivir en la calle. “Descarté pedir ayuda en una estación de policía porque era una época donde se veía a militares y a policías hacer falsos positivos[1] y yo no quería ser un falso positivo. A pesar de que era un niño, eso sí lo tenía claro”, explica.

Durante el día hacía malabares en los semáforos para vivir, por la noche hacía acrobacias para sobrevivir. “Le tenía pánico a la noche. Me golpearon, me amenazaron con armas. (…) A lo que más miedo le tenía era a que abusaran de mí, que alguien me cogiera y me explotara sexual y laboralmente. La calle es otro mundo”, resume sin querer entrar en mucho detalle. Cuando la limosna no era buena, el hambre atacaba: “Llegué a estar sin comer hasta tres días. Pasar hambre es algo horrible que no le deseo a nadie”, explica. Más que dinero, pedía trabajo, algo que le diera un quehacer y le generara un ingreso estable con el que salir de la indigencia, pero nadie quería ni podía contratar a un menor de edad. “Ese fue el año más duro de mi vida”, agrega.

Un día cualquiera su suerte cambió. Un hombre, llamado Alexander, sorprendido de ver a un niño tan pequeño en la indigencia, le ofreció algo de comida y cobijo. Incluso, le ayudó a dar con el paradero de su abuela. Camilo cuenta que la alegría de encontrarla fue muy breve: “Mi abuela vivía con unos tíos míos que hacían parte de un grupo delincuencial. En su casa se vendían drogas y era normal encontrar cualquier tipo de arma”.

«No iba a ser un delincuente»

Camilo se negó a vivir con su abuela: “Yo siempre tuve claro que hiciera lo que hiciera: vendiera mangos, fuera piloto, policía, alcalde o lustrabotas, no iba a ser un delincuente. Ya había vivido suficiente violencia en la vida como para ser partícipe de la misma”. Así que, con apenas 11 años, entendió que no tenía más remedio que seguir por su propia cuenta, aunque con el apoyo de Alexander, quien, de todas formas, cuenta Camilo, le cobraba por su manutención. Dejando atrás la indigencia, Camilo empezó a ir al colegio y por sus habilidades como acróbata, comenzó a entrenar gimnasia y a obtener becas para estudiar. Un sueño que rápidamente se frustró: “En Colombia no es fácil vivir de ese tipo de deportes”, sentencia.

Cumplida la mayoría de edad, Camilo ingresó en la policía con la esperanza de aportar algo de justicia a un país todavía violento y para continuar con la búsqueda de su familia, de la que no tenía noticias desde el día de la masacre. “En la experiencia en la policía fue muy dura. Estaba bajo la mira de bandas criminales en la comuna trece —uno de los barrios más violentos de Medellín en esa época— y, por ser policía, no era bien recibido por sus residentes”. Camilo estaba cansado del conflicto, de vivir con miedo, del riesgo de perder su vida o exponer la de los demás. Un año y medio después abandonó el cuerpo de policía desencantado (todavía lo está) al ver que no pudo ayudar a nadie y tampoco consiguió una sola pista sobre el paradero de sus padres. “Una de mis prioridades era encontrar a mi familia”, explica Camilo que de inmediato se fue hasta el municipio de Betulia donde trabajó como entrenador de gimnasia de niños de cinco a siete años.

El reencuentro

En el 2015 se produjo una mortal avalancha en Salgar, un municipio a 30 km de distancia de Betulia. Más de ochenta personas murieron, decenas de casas desaparecieron y centenares de habitantes tuvieron que huir de la zona buscando refugio. El suceso conmocionó al país, las autoridades atendieron la emergencia durante semanas y miles de voluntarios se ofrecieron para donar dinero y atender a los damnificados, entre ellos, Camilo.

Él atendía en un pabellón local a familias asustadas, hambrientas y sin nada más que ropas llenas de agua y barro. Entre la multitud, encontró unos rostros muy familiares: sus padres y su hermana menor. “Una tragedia nos había separado y una tragedia nos unió nuevamente”, dice Camilo. Sus padres, al comienzo, no reconocían a ese joven atlético de 25 años. “Fue muy duro saber que ellos no me habían buscado porque me daban por muerto el día del desplazamiento o que la guerrilla me había reclutado”, explica.

Detrás de la emoción de reencontrarse después de 15 años, Camilo tenía una enorme responsabilidad: apoyar a toda una familia que, debido a la tragedia de Salgar, había quedado con una mano delante y otra detrás. De nuevo, se sentía caminando por la cuerda floja, pero como buen funambulista debía mantener el equilibrio e ir paso a paso: “Conseguí una casa arrendada, los ubiqué allá mientras tanto, pero necesitaba un trabajo estable”. Camilo empezó a construir una casa propia, sembró unos palos de café para que su padre pudiera ganar algo de dinero, pero las cuentas no daban y, de nuevo, tenía que hacer malabares para llevar dinero a casa: como no tenía más que una educación básica, Camilo trabajaba durante el día trabajaba en limpieza y jardinería, por la noche era vigilante de seguridad en un centro comercial. Dormía entre cuatro y cinco horas al día sin espacio para comer, pagando con su propia salud el desgaste y adelgazando quince kilos.

La gran oportunidad

Sin embargo, lo más duro para Camilo era sentir que su familia no le apoyaba en su sueño: estudiar para tener un trabajo estable y que le hiciera feliz. “Yo venía de salir adelante con mi propio esfuerzo y tenía metida la idea de estudiar para tener un buen trabajo. Ellos venían con una mentalidad de que somos víctimas de la violencia y el Estado debe responder por nosotros, su idea de vida es generar lástima”, agrega. A pesar de todo lo vivido, Camilo es de los que no juzga porque se pida ayuda, pero para él esto debe ser un impulso para “progresar y mejorar la calidad de vida, no esperando siempre a que las ayudas lleguen”, aclara. Una vez en su casa no faltaba de nada, continuó con su idea de estudiar. “Dije: quiero hacer una carrera, una técnica, qué se yo, pero algo que me impulse a ser alguien en la vida a nivel profesional, porque a nivel personal era alguien en la vida”, dice sin fanfarroneo.

Así fue como en el 2018 comenzó a hacer algunos cursos virtuales y gratuitos a través del Servicio Nacional de Aprendizaje (SENA) del Gobierno de Colombia. En ese momento, le surgió la oportunidad de trabajar en una empresa prestadora de servicios de internet y telefonía en hogares. “Era justo lo que yo buscaba porque a mí me gustaba el tema de los cables, la electricidad, todo ese tipo de cosas…” Subido a postes de luz, volvió a hacer acrobacias, ahora sí físicas, en su trabajo. Pero siempre había una limitante: no tenía un diploma que lo certificara. En el 2020, semanas antes de que empezara la pandemia de COVID-19, le informaron que había sido seleccionado para hacer parte de una iniciativa de la Organización Internacional del Trabajo destinada a víctimas del conflicto armado, de nombre ‘Formándonos para el Futuro», cuyo objetivo es que personas como Camilo tengan acceso a una formación y puedan adentrarse en el entorno laboral tecnificado de Colombia. Esa era la oportunidad que llevaba esperando hacía años: “Después de lo vivido, de haber estado en la calle, después de haber vivido en un semáforo, saber lo que es pedir y mendigar, la verdad a veces me parece un sueño haber llegado acá”, explica.

Mientras trabajaba instalando internet, fibra óptica y atendía emergencias, Camilo asistía, en ocasiones subido a un poste, sus clases del programa Formándonos para el Futuro como técnico laboral en tecnologías de la información. “Mi trabajo se convirtió en una herramienta de estudio y los profesores me permitían compartir videos de mi trabajo para mis clases. Me volví una especie de monitor dentro del grupo porque mis compañeros no tenían experiencia en el campo”, narra con orgullo.

“El programa ‘Formándonos para el Futuro’ no solamente me brindó la educación, nos brindaron apoyos económicos para el mercado, apoyos económicos para mi internet en los datos, apoyo psicosocial… Desde la OIT siempre nos estuvieron acompañando y llamando”, dice Camilo sobre este programa del que, hasta la fecha, se han beneficiado más de 1770 víctimas del conflicto en 27 ciudades de todo el país.

A pesar de que la historia de Camilo está protagonizada por la muerte y la violencia, Camilo es un joven lleno de vida y de agradecimiento: “Si hoy tuviera al frente a las personas que hace unos años nos desplazaron y me arrebataron a mis hermanos, yo les daría las gracias porque por todo lo que pasó se forjó la persona que soy hoy en día. Mis pilares en la vida surgieron con ese acontecimiento: el desplazamiento”, cuenta.

Tras el programa Formándonos para el Futuro quiere seguir estudiando y espera acceder a la Universidad para especializarse: “He aprendido que, en la vida, la violencia o cualquier persona nos puede arrebatar lo material o nos puede arrebatar lo que quiera, menos el conocimiento, eso es lo único que nos vamos a llevar después de muertos”. Para él, la educación es la clave para mitigar la violencia que aún existe en Colombia: “Si nosotros queremos salir adelante y tener un futuro como país, lo primero que tenemos que pensar es en eso: educación. Un país sin cultura ni educación es un país que no tiene visión de nada, que va a vivir a los golpes”. Esto lo dice pensando en quienes delinquen argumentando que la violencia es la única forma de vida posible y también a las víctimas del conflicto para que, como él explica, “no sigan esperando siempre ayudas del Estado. Debemos aprovechar las oportunidades que se nos dan y dejar de cargar el título de ‘víctimas’ el resto de nuestras vidas”, dice.

Gracias al certificado que obtuvo con el programa ‘Formándonos para el Futuro’ en octubre de 2021, Camilo recibió una oferta de trabajo como técnico medidor donde recibe un sueldo acorde con su formación y tiene opciones de crecer profesionalmente. En cuanto a los malabares y las acrobacias, siguen haciendo parte de su vida, eso sí, en su intimidad y como una descarga de estrés: “Algunos dicen que cuando se estresan se les pasa tomando licor, yo me desestreso cuando estoy de cabezas, cuando rompo la gravedad, dar un giro en el aire es demostrarme a mí mismo que todo se puede lograr”.

 

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[1] En Colombia se conoce como falso positivo al registro fraudulento de un civil asesinado a manos de la fuerza pública. El uniformado identificaba e incluso vestía post mortem al fallecido como miembro de un grupo al margen de la ley y se justificaba como una ‘baja en combate’.

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