El paciente y la discordia

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Si hay una figura que en este momento concentra y convoca lo mismo aplausos que rechazos, esa persona —elevada al rango de héroe o bien rebajada a villano de la película— es el Subsecretario de Salud, Hugo López-Gatell.

Por primera vez desde el 1º de diciembre de 2018, los reflectores no están puestos exclusivamente en el presidente, Andrés Manuel López Obrador.

Al menos una vez cada veinticuatro horas, el doctor Hugo López-Gatell informa acerca de los avances del Covid-19 en México y el mundo, aborda temas de economía, discierne sobre la psicología del mexicano, el medio ambiente, la agricultura, la moral pública y privada, sin pasar por alto desde luego a la bestia negra del gobierno actual, el neoliberalismo.

No es extraño entonces que en un país como México, tan dado a endiosar o satanizar a quien ocupa un puesto público, alrededor de la figura de López-Gatell se concentren los polos contrarios, peleados a muerte, de eso que mala y tristemente se llama “opinión pública”.

Dependiendo de la esquina del ring que se ocupe, el doctor Hugo López-Gatell será visto como el adalid de la ciencia, el campeón del futuro y garante de la salud de México, o bien su contrario, un estafador a quien jamás se debió de haber confiado ya no los destinos epidemiológicos de la nación, vaya, ni siquiera el mostrador de la más modesta botica del poblado o ranchería más rascuaches de todo el país.

Mientras escribo estas líneas tengo abierta, en otra ventana del ordenador, una de las tantas columnas periodísticas (México es un país con demasiados columnistas y poquísimos, no llegan a un puñado, reporteros profesionales) donde todos los días un histérico y demasiado excitado actor de sus propias emociones, descarga sus soflamas contra el Peje, ahora por supuesto López-Gatell: inepto, descarado, cacique, populista (de izquierda, se sobreentiende, no importa que existan populistas de derecha), gañán, etcétera y dos a tres mil etcéteras más.

A esta clase de prensa, el presidente López Obrador la llama “conservadora”. Ojalá, bueno fuera para el país: a esos supuestos conservadores no se les ve un cabello siquiera de un Edmund Burke, de un Lucas Alamán. Ya quisieran.

No todo mundo es perfecto ni ha leído a Guizot, decía mi profesor, Rafael Segovia, entre malicioso y aterido.

Se nos viene encima una catástrofe.

Un auténtico profeta, el profe Segovia.

En la otra esquina del cuadrilátero se hallan los comisarios del pueblo, casi todos, más bien dicho todos, auto-proclamados; varios de ellos, los más militantes, los más arrogantes, son escandalosamente jóvenes, estúpidamente altaneros (dicen cosas del tipo: antes de nosotros y de la elección de 2018 no había democracia real, ni vida ni alegría: los pequeños soberbios suelen tener poco o nulo sentido del humor) y muy versados en bots, trolls y cualesquiera suerte de hashtags guerrilleros.

En su grosería redentora, los comisarios repiten un cuento mil veces contado. Y lo saben. Por eso descalifican, arrebatan la palabra y condenan al basurero de la historia a quien se atreva a pensar distinto. Se trata de la misma canción que el atribulado Romáshkin, personaje de la novela de Victor Serge, El caso Tuláyev, encuentra en las páginas de su diario matutino: “¡Maldición a los escépticos, a las gentes de poca fe, a los que alimentan en el secreto de su corazón la serpiente venenosa de la oposición!”

En esos dos polos, entre esas dos sorderas, se dizque debate sin desear llegar a ninguna parte. Una forma de simulación, una desencajada dialéctica que quizá sea la más lograda cultura de la esquizofrenia. Aumentan los casos de Coronavirus, según cifras oficiales el teléfono no para de sonar: más de dos mil llamadas por ataques de ansiedad y otros delirios de la mente en lo que va de la cuarentena, el Gran Encierro mexicano.

Ambos bandos están dispuestos a sacrificar al país, a arrojarlo por la ventana con tal de salirse con su preciada y artera parte de sinrazón.

Entre nosotros rifa perfecto aquello que decía Borges acerca de Buenos Aires: no nos une el amor sino el espanto.

En una próxima entrega: López-Gatell. Quién es y con qué se come.

Bruno H. Piché es ensayista y narrador. Ha sido editor, periodista, diplomático y promotor cultural. Realizó estudios en la Concordia University de Montreal, El Colegio de México, King’s College de Londres, Instituto de Investigaciones Sociales UNAM Es autor de los libros Robinson ante el abismo, Noviembre, El taller de no ficción, Los hechos y La mala costumbre de la esperanza. Es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte de México desde 2012. Su novela más reciente, 'La mala costumbre de la esperanza', (2018), apareció bajo el sello editorial de Literatura Random House. En 2015 publicó la novela 'Los hechos', acerca de la cual Juan Villoro escribió: “Bruno H. Piché entiende la historia del mundo como una diáspora: datos en fuga que al articularse conectan la vida pública con la esfera privada. Podemos escapar de nosotros mismos pero no de Los hechos, es decir, del flujo incontenible de la historia.”   Vivir en Comala City es un blog sin fronteras temáticas y en la que las sombras y presencias fantasmales remiten al escurridizo entrecruce entre los géneros literarios. En Comala todo es literatura y nada es lo que parece.

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