Mientras tantoLa escoba 18: Los secretos de Gracinda

La escoba 18: Los secretos de Gracinda


En este episodio Sebastián se debate entre el pasado y el futuro, lo ya leído antaño y lo que ha de leer, como si la mente fuera un dédalo de olvidos y recuerdos, un jardín de verdades y mentiras. En ausencia de doña Enriqueta, es Gracinda quien le regaña.
– Me parece que no te tomas en serio tu oficio.
– ¿Qué oficio?
– Como novelista, eres un desastre. ¿Qué escena era ésa del viejo y la niña mirándose con arrobo?
Prefiero no contestar. No voy a seguirle la corriente. No soy novelista. Si lo fuera, no habría olvidado consignar la impresión que me produjo sorprender al vejestorio de Obamá, a la puesta del sol, como en una postal cursi, mirando a los ojos a Gracinda, tomándole la mano y atrayéndola hacia sí como para besarla.

Bosteza. Ha dormido a mi lado, acurrucada, y toda ella desprende un aroma tan indefinible como inconfundible, aroma a ella, a palabras dulces como borrego, tamarindo, nube, corregidas por el diminuto veneno de una almendra amarga. Ahora sería yo quien la besaría, pero no, ni por asomo haré tal cosa. Para padre, bien podría serlo yo, como futuro marido que soy de doña Enriqueta, pero de momento, que yo sepa, no soy ni padre ni marido de nadie.
Bajamos a desayunar. El Refectorio me resulta hoy un lugar extraño, no sé muy bien por qué. En cualquier caso, antes de que se me olvide: he de consignar que he soñado con Fela, la altiva y ardiente amada de Sergio en El enamorado de la Osa Mayor. Paseábamos por los bosques nevados y me confiaba su tristeza.
Tampoco olvidemos que El enamorado es justo el libro, el cuarto triunfo que me faltaba ayer para hacer tute, junto con el Amadís, el Quijote y Poesía vertical. Los cuatro me atañen, puesto que hablan de amor y ausencia, pero cada uno a su manera. No es lo mismo Fela, hermana y cómplice de contrabandistas, que Oriana, hija del rey de Bretaña, o que la sin par Dulcinea, o la innominada e innominable ausencia que late en Roberto Juarroz.
La ausencia de Oriana es una treta que acaba llevando a los dos enamorados a ser felices y comer perdices. En cuanto a Dulcinea, ya sabemos que no sabe que no está. En Juarroz ni siquiera hay hombres propios. La ausencia de Fela, por el contrario, resulta ser casi ontológica, viene decretada por la naturaleza misma del amor, su radicación en un presente continuo, inalcanzable.
A saber qué estoy diciendo. Vuelvo a oír, en resonancia, el dictamen de Juarroz, aquello de que «En la raíz de la palabra / todo amor va más allá de lo que ama…». ¿Cuál es esa raíz? ¿La realidad atisbada, el sentimiento que la hace brotar? Quizás sea el pasmo. Lo cual me hace recordar, más que a Amadís, a Parsifal, al tonto y salvaje Parsifal, Perceval el Galo,  que se quedó pasmado cuando pasó ante él el Santo Grial, en la casa del Rey Pescador. Así Fela y Sergio, el uno frente al otro, que tampoco saben reaccionar. Están ante la evidencia, y pierden la ocasión. «… pero vuelve con una flor imprudentemente oscura / y reconoce que no puede ir más allá», según concluía Juarroz.
Escucha este pasaje de El enamorado de la Osa Mayor, y entenderás lo que te digo. Sergio vuelve a encontrarse con Fela después de mucho tiempo:
«La cerradura rechinó, oprimí el botón y entré en el recibidor, después en la sala. Me olvidé de saludar a Fela y me quedé parado, sin decir media palabra, mirando a la muchacha.
– ¿Qué le ha pasado?
Yo continuaba callado. Fela me había tuteado anteriormente, y ahora volvía a tratarme de usted.
– ¿A mí? Nada.
Leía el asombro en sus ojos.
– Temí que hubiese pasado algo. Tiene usted un aspecto, un aspecto… -no sabía cómo acabar la frase.
– Quería saber dónde estaba Sascka; esperaba encontrarlo aquí.
Ella me miró un instante a los ojos y dijo luego:
– ¡Ya! Usted esperaba…
Sentí que me ruborizaba. Hubiera querido dominarme, impedir a mi sangre que me subiera a las mejillas, pero no lo conseguí. De pronto, Fela se echó a reír.
– De modo, señor Sergio, que ha venido usted a preguntar por Sascka . ¿No es eso?
– Sí.
– Y yo no le intereso nada.
– ¿Cómo que no?
– ¿Luego le intereso?
Sus ojos despedían relámpagos de alegría, y yo sentía un calor insoportable por todos mis miembros. Era evidente que se estaba burlando de mí…» (páginas 176-177).
No sigo, aunque me gustaría, por no abusar de tu paciencia. Reconozco que a mí Piasecki me conmueve especialmente. Sus personajes gozan de una personalidad tan única, tan verdadera -ya he hablado de esto, ¿verdad?- que uno mismo, lector, se siente frente a ellos como un simple boceto inacabado…
– ¿No habías prometido ni elogiar ni censurar?
– No es un elogio, es una simple observación.
– Como tú digas. Parecías entusiasmado. Así que Fela… ¿Es más auténtica que yo?
Se encoge de hombros y remueve el azúcar en el tazón de leche con cola-cao, fijando la mirada en la esquina de la mesa, esperando mi respuesta.
– Haces muchas preguntas -me defiendo- pero no contestas ninguna. Me prometiste una explicación. ¿Quiénes son tus padres? ¿A qué tanto secreto?
– Secretos tengo muchos -de pronto, le sale un acento porteño, muy gracioso-, y si eres bueno te confiaré alguno, pero aquí no hay secreto alguno, todo es muy simple, claro como el agua. Mi mamá es Doña Enriqueta porque es la madre de Gracinda, como bien puedes suponer. Consta así en el Ministerio. En cuanto a Obamá, ya te habrás dado cuenta de que es mi mentor, puesto que yo soy Telémaco. Ahora bien, el viejo Mentor es la figura que adopta Atenea para acompañarme, protegerme y aconsejarme… ¿Recuerdas, me sigues?
– Vagamente. ¿Y qué?
– Eres un poquito lento, orangután mío. Para haber leído tanto… ¿No te parece que Atenea está un poco enamorada de Ulises? ¿No podríamos convenir en que Atenea es una enviada, una emanación de la mismísima Penélope, que teje y desteje las horas?
– No me digas. ¿Y la Duquesa de Alba?
– Otra que tal.
– Entonces, el padre…
– ¿Qué importa el padre?  ¡Aquí los padres no pintan nada! ¡Seamos razonables! -resopla, y se queda mirándome con una sonrisa retadora.
No me doy por vencido. Telémaco, que yo recuerde, viajaba con Mentor precisamente en busca de su padre Ulises. Por otra parte, quisiera saber… Lo adivina:
– En cuanto a Epicteto, ya puedes suponer que no necesita ni padre ni madre. Olvídalo de momento, en su día lo comprenderás.
Obedezco. Se despereza, amaga con saltar de la cama pero de pronto se acurruca de nuevo, abrazada a la almohada y dándome la espalda. Aprovecho para levantarme y vestirme a toda prisa. Decididamente, hay otras cosas en las que pensar. Son cosas que se van quedando rezagadas, como si el tiempo fuera a reanudar su andadura.
Ahora me doy cuenta de que estamos en mi cuarto y en el refectorio a la vez. Algo está pasando. De hecho, siento los pasos afelpados de Obamá y Fahrenheit detrás de mí. Me vuelvo, y Mentor me sonríe con cara de buena persona:
– ¿Ha pensado usted que a este Refectorio le vendría bien un buen barrido? -y mira de reojo a mi escoba, que descansa en un rincón, aburrida.
Me doy por enterado. ¡Cuántas miguitas de pan hay debajo de las mesas! Como para volver loco a Pulgarcito. Ahora me acuerdo del tropel de ancianos que hay aquí cada mañana. Nunca me había fijado, pero en verdad llaman la atención a cualquiera, con sus ositos de peluche, sus relucientes dentaduras postizas, ellos y ellas, todos amigos, siempre comiendo ganchitos como si fueran gambas, fideos como si fueran angulas. Lo dejan todo perdido, como en la Plaza de la Constitución.
Pero ahora estoy solo. Nadie me ve. La mesa de Huevo Frito sigue ahí, varada, con la tortilla francesa criando moho y el libro de Carmen Laforet olvidado, resplandeciendo bajo el polvo.
Abro La insolación por la página marcada. Leo. Echo un vistazo alrededor y me lo guardo en el bolsillo.

 

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