La flor del desierto

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El cuerpo humano es el reloj de arena donde escribe su historia el tiempo. Tras haber pasado Faba todo un invierno explorando la técnica del dibujo a tinta, encerrado en la monotonía cromática del blanco y negro; el primer día que sintió la primavera, a mediados de abril, no pudo resistirlo por más tiempo, y se lanzó a dibujar con pasteles de colores sobre un papel arrugado color tierra.

 

El modelo lo encontró en una vieja revista porno americana de los setenta, que conservaba en el fondo de una de sus armarios. Aquel joven de pelo claro, al que se ligaba un fornido camionero en una gasolinera del desierto, posó de esta guisa para el fotógrafo; con tan buen tino, que aunque la revista fuera toda en blanco y negro, esta imagen de la espalda completa del muchacho se convirtió en contraportada a todo color de la misma.

 

Algunos desprecian los dibujos o pinturas basados en fotografías previas. No saben que la pintura siempre es un compromiso con el presente del pintor. No intentó el autor reflejar sólamente las formas de duna, del cuerpo de un joven expuesto a la luz poniente del desierto, sino su fascinación por el tiempo y el deseo. Aquel cuerpo que fue joven hacía más de 40 años, ahora ya no existiría más que en esa revista, o en la memoria más libidinosa de quienes se excitaron contemplándolo.

 

Fue un dibujo realizado sin esfuerzo, no tardó siquiera una hora en acabarlo, todo fue gracia y armonía, entre su necesidad, su sentimiento, y el calibrado peso de su brazo relajado, dibujándolo. Difuminó los trazos de la tiza con sus propios dedos, como si le estuviese acariciando el cuerpo. Gracias a este fundado equilibrio, refloreció sobre aquel papel marchito, la belleza incorrupta de antaño.