La inocencia del asombro

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"No quiero perder nunca la capacidad de sorprenderme", decía uno de mis mejores amigos, el que me regaló Memorias del subsuelo de Dostoievski, el que nunca dejó de releer a Kafka. Se refería, creo yo, a esa cualidad infantil de sentir la maravilla en las cosas más simples. La cualidad de convertirnos en seres asombrados.

«No quiero perder nunca la capacidad de sorprenderme», decía uno de mis mejores amigos, el que me regaló Memorias del subsuelo de Dostoievski, el que nunca dejó de releer a Kafka. Se refería, creo yo, a esa cualidad infantil de sentir la maravilla en las cosas más simples. La cualidad de convertirnos en seres asombrados.

Nueva York, urbe construída por los cirqueros de la modernidad, con el objetivo del espectáculo (pague, pase y vea) apela a nuestra capacidad de asombrarnos con relativa frecuencia.

Tampoco quiero exagerar las cualidades de NY. Como todo recurso, tiende a agotarse con el uso. Conozco a algunos neoyorquinos originales y las cosas que les asombran suelen venir de afuera, son esas vanidades que llegan desde otros códigos postales. No sé si los niños que veo empujados y en sus coches, en las veredas de la ciudad, sufran de agotamiento de asombro antes de la adolescencia. No sé si maldigan el clima neoyorquino con similar ironía a la del profesor que una vez me recordaba que los ingleses le compraron Manhattan a los indígenas por 12 monedas de oro «y en días como hoy, me hace pensar si no pagaron demasiado».

¿Qué me asombra? Antes que nada la vida y la intensidad de quienes andan sus calles. Diversa, sí: Newyópolis es como ese bar al que entraba Han Solo en Star Wars en busca de mercenarios para la causa galáctica. Un martes de primavera, sentado en el transporte público que me lleva hasta la Avenida 11, observo que los pasajeros revisan mensajes y mandan textos. La señal de los teléfonos en un autobús en Manhattan le da la vuelta al mundo de una parada a otra.

Me asombra el color de sus mañanas, la brisa que viene del Hudson, los cambios del clima. Me asombra que esta ciudad no sea nunca la misma.

Lo más asombroso –sin mitificar, esto podría aplicarse a cualquier otro lugar– son las memorias: las tardes con amigos, conversando mientras leemos un libro en Saint Marks Place (la primera edición de Seven Pillars of Wisdom de Lawrence de Arabia), unas caricias en la tibia oscuridad de una habitación en el Bronx, una mañana leyendo Hamlet, echado en el pasto, haciendo cola para Shakespeare in the Park, la ternura de unos senos en un hotel escondido en la calle 42, una meada de emergencia detrás del Museo de Historia Natural, un abrazo que nos destrozaba el corazón frente a la pista de patinaje de Central Park, una llamada telefónica desde la plataforma del subterráneo en la Séptima Avenida mientras se caían las Torres Gemelas, una tarde hojeando comics en un segundo piso en la Sexta Avenida, un beso furtivo antes de entrar al cine Angélica, otro beso robado frente a las escaleras de un tren en Harlem, los gritos de un mesero irlandés en McSorley’s reclamando que la propina no era suficiente.