La muerte de la tía Margarita, la infancia y la inmortalidad

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El cambio de año ha sido despiadado para los campos de la vida. Tantas devastaciones. Diciembre y enero parecen haberse aliado para sacarle filo a la guadaña. Como si la muerte hubiera perdido la paciencia. Hablo de los míos, de los que a fuerza de cultivar la amistad se habían convertido en parte de la geografía física, de la realidad con la que me entendía para descifrar el mundo o sobrellevarlo. El blog, que es como un sismógrafo, mucho más sensible a los cambios de tiempo y a la naturaleza oscilante del pensamiento y del deseo que otros aparejos, es un instrumento precioso pasa asomarse a las amuras y, como hacían los pilotos de Julio Verne con el escandallo, comprobar a qué distancia está el fondo de la quilla.

 

Aproveché el viaje a la costa donde nací para reponer la gorra que me hubiera reclamado Nemo si aspirara a enrolarme en su largo viaje submarino. En la infancia solía estar al acecho por si volvía el Nautilus al estrecho de Rande, su tesorería acuática, cortesía del fenecido imperio español, la codicia británica y la fiereza de Drake. Era esa época en la que mi avidez podía llevarme de la trilogía de José María Gironella acerca de la guerra civil española a las obras completas de Emilio Salgari, Edgar Rice Burroughs o Julio Verne (expurgaba constantemente las bibliotecas de mis tíos y mis primos en busca de nueva pitanza), mi abuela Emilia cortaba puntualmente a mediados de diciembre el cañaveral de la trasera de la casa del número 55 de la calle de Núñez de Balboa, en Coia, “para que pasaran los Reyes Magos», o mi tío Juan José se prometió con Margarita Freire.

 

 

¿Por qué se graban algunos instantes en la piedra de la memoria con la sangre indeleble de Altamira y de otros no queda rastro, como si el limo hubiera desdibujado los rasgos hasta el punto de no saber a ciencia cierta si alguna vez formaron parte de la experiencia? Recuerdo aquella tarde en La Torre de los Freire: las dos fotografías, las dos escaleras (la interior y la exterior), la merienda copiosa, los destellos en los diamantes traslúcidos de la lámpara de araña, el televisor verdoso (y por supuesto apagado) en la sala de estar y, sobre todo, la despensa en la que podías esconderte una tarde y una noche enteras… Era como si ingresáramos en una burguesía más alta y cultivada que la nuestra, pequeña y por lo tanto más mezquina. Era como si nos asomáramos a una realidad que sospechábamos (así lo veía al menos yo desde mis fantasías animadas, y así lo seguí viendo cuando la ideología empezó a teñir la pupila con una aleación de materialismo nada científico y anarquismo más estético que político). En el centro de aquel mundo aparecía Margarita como una belleza indescifrable. Parecía lógico que el tío Juan José, un guapo capitán que pasaba largas mareas fuera de casa, recibiera en premio de su osadía y su elegancia una sirena de tantos quilates.

 

La vida no es nunca como nos imaginamos, y no voy a reconstruir ahora la peripecia de mis tíos y sus cuatro hijos (porque mucho dolor se agazapa en su costado), pero hasta sus últimos días, incluso en la distancia, la imagen amable y siempre solícita de Margarita, su madre y sus hermanas (sobre todo con mi madre) y el tío Juan José ha gozado siempre de un halo glamuroso que parecía capaz de sortear los malos vientos y los desplantes que cada voluntad y cada deseo (y cada hijo, y cada primo, como cada individuo en su dignidad y sus enigmas, atesora los suyos) empezaron a plantearles. He vuelto a la ciudad costera a ver cómo los peces saltaban en la gran pecera de la ría para celebrar el cambio de año, a compartir con Juan José y con mi madre, en el transbordador que cose las orillas del mar de Vigo, la luz que siendo vieja para el contador establecido a raíz de la muerte del galileo parece intacta sobre el mar cuando atardece y el sol logra abrirse camino entre los piélagos de nubes y la lluvia cobriza. Y en casa de la tía Tere he repasado con asombro los viejos álbumes de fotos, los que dan cuenta fehaciente de que no todo lo vivido fue soñado, y de que aquellos instantes eran ciertos.

 

Camino de una entrevista con Javier Gomá Lanzón a cuenta del libro que cierra su tetralogía sobre la ejemplaridad, Necesario pero imposible, un intento de demostrar que hay esperanza contra la espantosa injusticia de la muerte individual, que él cifra en el ejemplo del galileo, vuelvo a aquella tarde en que la belleza de aquella mujer de la que no sabíamos nada y que por arte de magia (es decir, por el amor) se convirtió en la prometida de mi tío el capitán. La belleza, tal vez el inconfesable deseo (que ni siquera era capaz de formular como tal en mi imaginación), entró como una brisa suave y penetrante en nuestros sentidos que leían la naturaleza y el mundo de los adultos a cada paso. Todos convinimos en que había derrotado al resto de las tías e incluso a nuestras madres: Margarita era la más guapa. El sueño que entonces era la vida se hizo realidad fosforescente. Como si el Nautilus hubiera asomado a la superficie espejeante de la ría. Podíamos esperarlo todo.

 

 

Dice Segismundo en La vida es sueño:

Más sea verdad o sueño

obrar bien es lo que importa;

si fuera verdad, por serlo;

si no, por ganar amigos para cuando despertemos.