
Pude haber muerto de infarto al recibir la noticia: “No había tren a Madrid”. La locomotora que habría de traernos estaba rota. Además, era 30 de agosto, domingo, una fecha más que delicada para los que trabajaban, tras sus vacaciones, a la mañana siguiente. Y, por si fuera poco ya, eran las 3 de la tarde, bajo un sol de justicia del Levante de Andalucía oriental, donde se extiende el desierto. La estación de Huércal de Almería estaba cerrada a cal y canto, nadie, absolutamente nadie, había informado a los atónitos viajeros de que se habían quedado compuestos y sin viaje. Había sido necesario llamar por teléfono móvil a Madrid, para que, desde allí RENFE o ADIF (tanto monta, monta tanto) se dignara a informar de lo sucedido a sus viajeros, abandonados a su mala suerte. Quien respondiera desde la Estación Central, dijo que nos recogerían unos autobuses, a eso de las cuatro de la tarde.
Almería lleva varios años sin estación de tren urbana, pues las autoridades decidieron demoler la preexistente, para construir una nueva, que recibiera al AVE procedente de Murcia. Mientras duraran las obras, la estación del cercano pueblo Huercal de Almería, sería tanto el punto de partida, como la estación termini de los viajeros de tren en Almería. Un par de autobuses se fletaron para trasladar por carretera a los viajeros del tren hasta el andén de Huércal y viceversa, duplicando así los esfuerzos y penurias que entrañan los desplazamientos y acomodamientos de equipajes para los viajeros. Ninguna autoridad competente pensó en ellos, probablemente porque ninguno de ellos viaje en tren, comprometiendo la fecha de caducidad de sus propias vidas.
En el tiempo de espera hasta la llegada de los autobuses, se cuajó una especie de osmosis positiva entre los viajeros que íbamos llegando a este “duelo al sol”, entre nuestro esfuerzo y la cada vez más incierta entelequia de nuestro viaje. Lo que nos estaba pasando, tan contrario a lo razonable, y tan humillante por cómo se iba desenvolviendo, hizo que brotara una espontánea confianza entre nosotros, las víctimas de aquella pesadilla ferroviaria. Todos hablábamos juntos bajo la única sombra de un almez, que alguien se olvidó -afortunadamente- de talar, y que ahora cumplía la hermosa función de mantenernos vivos, pues debían hacer más de 35 grados. Lo destacable de aquellas conversaciones espontáneas no era tanto lo que se decía, sino la necesidad de compartir con los demás, la flagrante y degradante situación que estábamos viviendo. Como si todos y todas, hombres y mujeres, jóvenes, niños y niñas y hasta algún bebé, estuviésemos siendo violados por un orden superior al nuestro, que se sentía con el derecho a hacerlo, y no le temblaba lo más mínimo ni el pulso ni la conciencia, al adjudicar a nuestro tren una locomotora averiada, poniendo en peligro nuestras propias vidas. A pesar de la insoportable gravedad de los hechos, jamás he departido con tanta naturalidad con mis colegas viajeros, como lo hice en aquel aciago día. Jamás he visto mi frágil salud más en peligro, que en aquel mismo aciago 30 de agosto de 2026.
Ya éramos muchos los que esperábamos y muchas más las maletas que se habían ido alineando junto a sus dueños, para cuando llegaran los autobuses a recogernos. Aún no sabíamos si nos iban a trasladar a la cercana Guadix, donde habríamos de subir a un tren nuevo; o hasta Linares Baeza, donde nos esperaría nuestro tren con una locomotora, que esta vez sí funcionase; o incluso hasta Madrid, ¿Quién podía saber lo que las instancias superiores nos tendrían preparado en esas circunstancias?
Cuando llegaron la pareja de autobuses (con la parte proporcional de viajeros del tren, recogidos en la capital, y ya perfectamente instados en los autobuses que iban a trasportarnos), bajó un primer conductor que nos pidió a los viajeros con destino Madrid, que formásemos una cola. Cuando se bajó el segundo, pidió lo mismo para los viajeros con destino a Linares Baeza, provocando así un desconcierto, que hizo que cada cual se lanzase a la carrera, a colocar sus maletas en las bodegas de cualquiera de los dos autobuses. Un estado emocional frenético se apoderó de la muchedumbre, que parecía ahora aterrorizada, ante la perspectiva de quedarse sin plaza.
Cuando aquellas dos moles de hierro, altos y estrechos como frigoríficos con ruedas de camión, se pusieron en movimiento, no fue para nada un consuelo, sino más bien todo lo contrario: el comienzo de una respiración colectiva contenida, que habría de durar cerca de tres horas, el tiempo que se tarda en recorrer por carretera los 232 kilómetros que separan Almería de la estación de Linares Baeza. Afortunadamente los autobuses eran lo suficientemente modernos como para que viajásemos con aire acondicionado, aunque fuésemos apelmazados en nuestros asientos. Para los altos, viajar en autobús es como metamorfosearse en sardinas de lata. Las rodillas del viajero del asiento de atrás se clavaban en nuestros riñones.
Viajando tanta gente joven en nuestro autobús, sorprendía el silencio reinante. Más que viajeros parecíamos condenados a muerte, que podían marcharse de sus vidas en cualquier momento, sin tener tiempo para despedirse ni siquiera de sí mismos. El silencio estaba hecho de resiliencia y desconfianza ante aquel incesante carrusel de peligros que nos trasportaba. El autobús volaba sobre el asfalto cateto, buscando la diagonal, huyendo de autovías y eligiendo carreteras secundarias, para alcanzar cuanto antes nuestro destino. Cruzando un puerto de montaña (posiblemente Puerto Carretero, en Carnicas, donde muchos sitúan el nacimiento de la leyenda urbana de la muchacha de la curva) el firme comenzó a mostrarse inestable, como si estuviera sembrado de grava, lo que producía zarandeos en el bus y atentaba contra su verticalidad de crucero. Alguna piedra suelta, mayor que las demás, debió hacer renquear tanto las ruedas del bus, que pareció a punto de perder su frágil equilibrio, para despeñarse (con todos nosotros dentro) por alguno de aquellos barrancos. Pude haber muerto en un accidente de autobús aquel pernicioso 30 de agosto, yo que llevaba años sin viajar por carretera, porque me parecía más peligroso que el ferrocarril, siempre mucho más seguro, o eso creíamos nosotros entonces.
Aunque he realizado varias veces al año el trayecto de Granada a Jaén en el último medio siglo (eso sí, casi siempre en tren expreso nocturno, el “Sierrra Nevada”), tengo que reconocer que, en esta última ocasión, no reconocía absolutamente nada del paisaje. Pegaba tanto el sol -ya declinante- en nuestro lado, que hicimos casi todo el viaje con las cortinas echadas. Sólo se vislumbraba un poco del exterior, a través de las ventanas del lado de la sombra, y eran demasiados los olivos que había que contar, para deducir nuestra ubicación exacta. Aunque esos mares de aceite anunciaban ya los alzamientos de Úbeda y Baeza, y por tanto la mayor proximidad a nuestro destino: la estación de ferrocarril de Linares Baeza, perdida y aislada en medio de una llanura, que podría haberse llamado La Nada. Aunque, pensar tan sólo en que ese terrible y apretado viaje en autobús podría acabarse en pocos minutos, fue la primera buena sensación del día, donde cabía aún la palabra esperanza, un señuelo iluminado de vida, como la mejor casita de chocolate del bosque, donde ir a pasar nuestro último sueño.
Si Rodrigo de Triana gritó: “¡Tierra!”, al contemplar las primeras gaviotas de lo que entonces ni se sabía que se llamase mar Caribe, algo similar debió vibrar sin palabras en mi alma, al ver las primeras casas blancas de aquel pueblo de colonización llamado Linares Baeza, que se caracterizaba por su famosa estación de ferrocarril, una fuente en la plaza, y una iglesia moderna de torre altísima y blanca, en el extremo opuesto del pueblo. Aquellas casitas bajas y homogéneas, acariciadas por el sol poniente, parecían seguras y acogedoras como las de un portal de Belén. No se vislumbraba malicia alguna en ellas, como si hubiéramos desembocado en la mismísima gloria. Por fin, nuestra pesadilla de viaje parecía haberse terminado.
Estuve a punto de morir de asfixia, al salir del aire acondicionado de aquel autobús, y poner el pie en la tan deseada estación jienense, donde recibí esa coz de calor en mayúsculas, que atentó contra mi piel y sobre todo contra mi aparato respiratorio. No sé si harían más de 40 grados, o se trataba de una desaforada sensación térmica sahariana, pero respirar resultaba allí difícil, y el aire aún quemaba. Igual que en la Estación de Huércal de Almería los dos autobuses se llenaron en un estrépito descontrolado, se vaciaron al mismo ritmo en la de Linares Baeza. Nadie sabía a qué hora saldría nuestro tren y, tras tantas hazañas de resistencia, no podíamos permitirnos el lujo de quedarnos tirados en el andén. Todos temíamos perder de nuevo nuestro tren. El miedo y la compulsión guiaba nuestros actos.
Me quedé el último, saliendo del bus vacío, asomándome a la bodega para comprobar que mis dos maletas seguían allí, y recogerlas, como ya había hecho todo el mundo, salvo los que fumaban desesperadamente a la entrada de la Estación. Las dos maletas estaban, pero justo en el lado contrario, así que tuve que bordear el autobús -aparcado junto a la acera- y, a punto estuve de morir atropellado por el autobús urbano del pueblo -que viajaba vacío- y que necesitaba para poder pasar, el espacio que yo ocupaba en ese lado de la calzada. Cuando le cedí el paso -retrocediendo- me devolvió todo el tufo ardiente de su tubo de escape, a la altura de mi cabeza. A punto estuve de morir envenenado y flambeado por un autobús urbano de Linares Baeza, en el que no viajaba nadie, más que su conductor. Todo a nuestro alrededor se tornaba en funestos presagios.
Saqué fuerzas de donde no las tenía (la indignación consume mucha energía) y rescaté mi primera maleta. Casi me atropella el primer coche de la hilera del atasco, que el autobús había formado a su paso. Aunque no daba crédito a que pudieran seguir sucediéndome escenas tan peligrosas, conseguí poner mi primera maleta a salvo. Aún quedaba la segunda por rescatar, y enfrentarme de nuevo a aquella cabalgata de coches desfilando por la plaza de la estación, haciéndolo todo mucho más difícil. Y aún quedaba por dirimir la última de las diatribas de tan penosa jornada: ¿Estaría esperándonos al fin nuestro tren en el andén? ¿Estaría distribuido con la numeración de nuestros billetes? ¿O se trataría de otro tren de aluvión, como los autobuses, donde cada cual se instalaría a su libre albedrío?
Tiraba de mis dos carritos con ruedas, andén adelante, como lo haría un sonámbulo, sin fuerza en los brazos, sin lucidez en la cabeza. Cuando encontré el número de nuestro vagón, ingresé en él, deposité con calma mis maletas en el suelo del portaequipajes, sin tener que alzarlas, y descubrí que nuestros asientos numerados estaban vacíos, esperándonos, amplios como un sillón de diseño, y tan espaciosos, que casi parecían en sí mismo un apartamento. Me derrumbé en el asiento junto a la ventana, como un niño secuestrado cuando lo devuelven por primera vez a su casa, a su cuarto y a su cama, donde todo es seguridad y confianza. La felicidad era esto, y no lo sabíamos, tuvieron que arrancárnosla de cuajo y con alevosía para valorarla ahora de esta manera tan humana, tan agradecida, tan humilde y tan emocionante. Podría haber pasado llorando todo el resto del viaje hasta llegar a Madrid. Pero no lo hice, aproveché para fumarme el primer cigarrillo certero del día en el andén, que incluso ya me pareció más fresco, y hasta más soportable y tonificante. No recuerdo que llegara a formular bajo aquel crepúsculo tan tramoyístico, ningún juramento de no volver a arriesgar mi vida viajando en tren, pero motivos tenía de sobra para poder haberlo hecho.
Cuando definitivamente se puso en marcha nuestro tren, cerré los ojos y estuve callado durante más de dos horas. ¡Viajar en tren había llegado a convertirse en esto! Una profunda decepción de la humanidad, de mi patria y de nuestra civilización, se apoderó de mí durante el resto del viaje. Llegamos a la estación de Atocha con tres minutos de antelación sobre la hora prevista, y además lo hicimos vivos.
Y, cuando ahora vuelvo a escuchar la peor de las noticias: “La muerte viaja en tren en España”, me siento uno con los nuevos fallecidos, cuyas vidas se han segado tan innecesaria como irresponsablemente, sólo por viajar en tren, algo que se ha vuelto tan peligroso en España como jugar a la ruleta rusa.




