La mujer de papel

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Bajo las escaleras de Mar Mikhael dándole vueltas al artículo que acabo de leer de Lars Iyer sobre el fin de la literatura, precisamente cuando encamino mis pasos hacia una librería. No queda más remedio que darle la razón en muchas cosas si uno mismo contempla la pantalla en blanco de cada documento de word con desconfianza, con pereza, con el desprecio que solo exhibiría una niña rica ante unos flamantes zapatos nuevos.

 

La idea de aceptar la muerte de la propia literatura en un mundo que, como dice el autor, solo vomita vulgaridades continuamente supone aceptar también la propia orfandad para quien se ha criado con unos cuantos pocos pero extraordinarios libros, esgrimidos como única y posible arma con la que un caballero andante se lanzaría a emprender batalla…

 

Rabih Alameddine se sienta tímidamente en una mesa, parapetado de los extraños tras resistentes columnas de su último libro, La mujer de papel. Sigue las bromas de la anfitriona para adularla, se muestra amable gracias al español que habla, atiende a los hombres importantes, la gente brinda con champagne, la mayoría de los asistentes no saben que Alameddine dijo una vez que a Beirut venía uno principalmente a sufrir…

 

Es curioso, –pienso–, que en estos momentos “felices” en los que parece que nada se interpone entre el ser humano y la vida, en los que todo se extiende al alcance de nuestra mano, en los que el mundo ha dejado de ser un lugar misterioso para convertirse en un gigantesco supermercado de oportunidades inauditas, la sensación de impotencia y de aislamiento sea mayor que nunca. Tengo 35 años, no poseo una casa ni una familia en el sentido tradicional, nunca tendré ni una relación ni un trabajo como el que tuvieron mis padres, los modelos con los que crecí se han derrumbado por completo, y lo cierto es que releer los libros que más me han impresionado es como volver a pasear por un cementerio hermosísimo, que florece y logra sorprender otra primavera, pero dónde el eco de cada línea se hunde cada vez más en la tierra, haciéndose apenas audible. Y hoy, arrancada de un pasado demasiado viejo como para exigir una compensación por él, no sé muy bien cuál es ese mundo del futuro que se sitúa solo a un click de mí.

 

Alameddine nunca será un Nietzsche, un Hölderlin, un Dostoyevski, un Cioran, un Stendhal pero yo he venido aquí a ser la impostora de mi propia farsa, a fingir que el fin todavía no está cerca… Quiero creer que Aaliya, la anciana protagonista con el cabello teñido de azul de La mujer de papel, va a tenderme la mano desde su anticuado sillón de su casa de Beirut y desvelarme lo que queda de su ciudad cuando los carroñeros ya han abandonado los últimos huesos. Quiero creer que eso aún es posible.