Sociedad del espectáculoLetrasLa oscura historia del abuelo Georges. De Emmanuel Carrère

La oscura historia del abuelo Georges. De Emmanuel Carrère

Una historia que, parafraseando a Juan Marsé, no es otra que la vida durante los años negros de la Ocupación del abuelo de Emmanuel Carrère o, si se prefiere, del padre de Hélène Carrère d’Encausse, nacida Zourabichvili, del que se podría decir que es, más que un personaje, el impulsor de dos de las narraciones de no ficción más conocidas del escritor y periodista francés. Se trata de Una novela rusa, publicada en 2007, y de la más extensa y coral, Koljós, editada en 2025, dos obras, sobre todo la primera, en las que más allá de exorcizar fantasmas, ajustar alguna cuenta y realizar una magnifica crónica familiar, desvela el secreto familiar, la losa que pesó desde 1944 sobre su madre y su hermano, más pequeño, Nicholas, atormentándolos a lo largo de su vida. En ambos relatos, Emmanuel Carrèrre se ocupa de su abuelo Georges Zourabichvili, que llegó en 1920 a Francia con sus padres huyendo de una Georgia recién convertida en república soviética, con especial atención a su final, que dista de ser único en la Francia del verano y otoño de 1944, los duros días de la Depuración que siguieron, a veces con mucha rapidez y dureza, a los alegres momentos de la Liberación. Como en tantas ocasiones se trata de la cara y cruz de un momento histórico que no es exclusivo de Francia.

La revelación por parte de Carrère del papel de su abuelo Georges durante la Ocupación de Francia por los alemanes, que solo abarca unas pocas páginas, se produce en Una novela rusa, cuando su madre, Hélène Carrère d’Encausse, ya era secretario perpetuo de la Academia, así, sin cambiar el género como quería. Desvelar este secreto familiar, mantenido celosamente oculto durante más de seis décadas, fue una revelación dolorosa que supuso el distanciamiento de madre e hijo durante dos años pero que, en contra de cierta megalomanía, no causó los efectos que temía su hija ni los que hubiera producido décadas antes. Y es que Hélène Carrère d’Encausse era hija de un colaboracionista victima de la depuración salvaje de la Resistencia en Burdeos en septiembre de 1944, apenas dos semanas después de la liberación de la ciudad. La revelación era sin duda un señalamiento, un indudable peso en la Francia que había institucionalizado la versión resistencialista preconizada por el general Charles de Gaulle, según la cual la liberación la habrían llevado a cabo los propios franceses y la llamada Colaboración había sido cosa de una minoría insignificante. Hay que recordar que el único miembro de la Académie Française que había dejado de serlo en vida en sus tres siglos de historia fue el ministro de Educación de Vichy, Abel Bonnard, quien se vio privado de su sillón, que es supuestamente a perpetuidad, mientras estaba en el exilio español al llegar la Liberación. Un precedente que seguro conocía, e inquietaba, Hélène Carrère d’Encausse.

Pero ¿qué nos dice Emmanuel Carrère en sus dos libros acerca de su abuelo Georges Zourabichvili y, sobre todo, acerca de su vida durante los cuatros años que van de 1940 a 1944? Hay que decir que poca cosa, y desde luego poco esclarecedoras, pues como reconoce el propio escritor hay pocas certezas y todavía menos datos. Además están todas las licencias que legítimamente puede tomarse el escritor en una obra de confluencias de géneros y siempre equívoca como es la narrativa de no ficción, pues nunca se sabe donde empieza, o donde acaba, la novela. La fuente esencial de las que se sirve para escribir esas páginas de Koljós son, además de los testimonios orales y algunas cartas, las memorias inéditas de su tío Nicolas Zourabichvili, en las que hay que creer en su existencia como un acto de fe, pues ni siquiera hay una fotografía de alguna página del manuscrito ni de la cubierta de la edición privada que parece hizo, y de la que podía haber depositado en cualquier institución algún ejemplar de los veinte que dice le quedaban en 2023.   

Se puede decir que al escritor y periodista francés la figura de su abuelo Georges, o, mejor, su sombra, verdaderamente no le inspira mucha simpatía, aunque, quizás por lo que suponía para su madre y por su trágico destino, al final despliega una compresión que resulta conmovedora. Georges Zourabichvili llega a Francia con sus padres en una de las muchas oleadas de refugiados procedentes del Este en los años veinte huyendo de los bolcheviques. En este caso se trata de una familia aristocrática y de intelectuales georgianos uno de cuyos hijos llegará a la ciudad poco después, en 1924, tras cursar estudios de contabilidad en Berlín. Con veinticinco años, el joven georgiano, políglota y culto, no encaja ni en la sociedad francesa ni probablemente en ninguna otra, pues es un hombre atormentado, difícil y algo torvo, tanto que su nieto Emmanuel le define como una “figura tenebrosa y esquiva”. Apasionado por la filosofía alemana y oscilando entre el fervor por Dostoievski y el desdén por Tolstoi, que proclamaba a cada ocasión, es como una sombra en la vida de sus hijos. Hay que decirlo ya: Georges es un personaje que tiene rasgos modianescos, de protagonista de novela de Patrick Modiano, tanto como lo es de las dos obras de Carrère. Un tipo oscuro, extraño, de esos que siempre parece que ocultan algo, aunque quizás no haya nada que esconder, de aquellos que están condenados a vivir en los márgenes, no se sabe si voluntariamente. Hay en su vida algo de marginación, de capacidad de dañar a quienes le rodean, como su madre o su mujer, Nathalie von Pelken, una delicada y elegante aristócrata germano-rusa a la que la Revolución expulsó de la dulzura principesca arrojándola al mundo sin ninguna preparación ni recursos. No tardarían en coincidir las dos almas desvalidas en el mundo ruso de la emigración parisina, aislado y contemplado con recelo en un contexto de avalancha refugiados del Este. Fruto de ese matrimonio, que vivía con las dificultades propias de la emigración y de la vocación autodestructiva del cabeza de familia, nacería Hélène Zourabichvili en 1929, un año complicado que anticipaba lo que habría de venir en la década siguiente. Durante estos años, la familia, pronto aumentada con el pequeño Nicolas, vivió verdaderamente a salto de mata y con estrecheces, con Georges como taxista dedicado a la filosofía, pero poco entregado al oficio o desempeñando empleos de escasa cualificación. Su perfil de enfermo bipolar, enfermedad familiar que alcanza al propio Emmanuel Carrère, con propensión a la manía persecutoria, a ese perverso razonamiento –en realidad yo valgo, pero son los otros los culpables de mi fracaso– que generaba descontentos, no hizo sino acrecentarse en unos años difíciles. En esta situación, en la que no sabemos si hubo actividades de dudosa legalidad, llegó la guerra y con ella, en la primavera de 1940, la Défaite, la derrota relámpago de Francia tras la ofensiva alemana, que daría lugar al periodo de la Ocupación.

El ataque alemán desató un fenómeno de miedo colectivo, un verdadero grand peur que arrojó a las carreteras a media Francia, que huía muchas veces sin saber la causa. En la nueva realidad los rusos blancos no tenían una situación semejante a los refugiados antifascistas que habían huido de Alemania, Italia o España, ni tampoco eran judíos del Este. Los rusos blancos que vivían en Francia, a pesar de su condición de apátridas, eran víctimas del bolchevismo, lo que a los ojos de los alemanes era un indudable salvoconducto a pesar del Pacto Germano-Soviético firmado en 1939. Nada de esto tranquilizó a los Zourabichvili, pues la familia huyó de París uniéndose a las largas columnas de refugiados que han descrito Manuel Chaves Nogales en La agonía de Francia o Irene Nemirovski en la magnífica primera parte de Suite francesa, sin olvidar una película, Bon voyage, dirigida por Jean-Paul Rappeneau con guión de Patrick Modiano. Y es que, como dice André Maurois en La tragedia de Francia, nada hay más contagioso que el miedo, y un buen ejemplo de ello fue la familia de Georges, como también lo fue la de otro Georges, Remí, es decir Hergé, el creador de Tintín, quien sin saber por qué, víctima de ese grand peur, huyó de Bruselas hasta el Perigord con su mujer y su cuñada, expuesto a mil peligros e incomodidades de manera innecesaria, como se demostró al regresar a Bruselas a las pocas semanas.

Como recoge Carrère en Koljós, su tío Nicolas, a pesar de ser un niño recuerda lo que vivieron los refugiados en ese éxodo de junio de 1940, tan semejante a lo descrito. Y es que las riadas de fugitivos de toda condición inundaban las carreteras y ocupaban las estaciones de ferrocarril, haciendo imposible todo movimiento por el país, lo que aumentaba el caos provocado por la derrota. Todos los vehículos imaginables y todo tipo de personas, presas de un temor ciego, se dirigían hacia el sur sufriendo unas penalidades sin cuento que se unían a los ataques de la aviación alemana. Miles de personas, ancianos, mujeres y niños, ocupaban las cunetas y dormían en pleno campo, sin agua ni alimentos, sin saber ni adonde se dirigían ni por qué huían. Hay que decir que, en su mayoría, tenían como objetivo Burdeos, la segunda ciudad de Francia. Allí precisamente se consumó el fin de la III República en forma de la dimisión de Paul Reynaud y el nombramiento del mariscal Philippe Pétain, partidario de llegar a un acuerdo con los victoriosos alemanes, a los que veía como los dueños de una Europa amenazada por el comunismo. Mientras tanto, un avión británico con un general llamado Charles de Gaulle, que no estaba dispuesto a rendirse, despegaba del aeródromo de Mérignac hacia Londres casi en el último momento.

A esa ciudad desbordada, convertida en efímera capital de Francia, que había triplicado su población, llegaron los Zourabichvili no sabemos por que medios, aunque cabe pensar que, dado el testimonio del tío Nicolas, debió ser en coche. Como tantos otros refugiados rusos, la familia encontró amparo en la Iglesia ortodoxa local, concretamente en el pope Olympe, quien les facilitó un cobertizo donde poder alojarse en estos primeros momentos en los que Burdeos comenzaba la ocupación alemana. El armisticio del 22 de junio de 1940, que reconoció la victoria de Alemania y consagró la división de Francia en dos zonas, dejó al estratégico puerto de Burdeos bajo control de la administración militar alemana, al igual que toda la costa atlántica. 

A partir de este momento, la narración de Emmanuel Carrère se hace si no más oscura, sí al menos poco clara. Primero nos dice que Georges encontró una verdadera ganga, un piso grande en un barrio burgués cerca del Garona al que se cambiaron dejando el cobertizo del colegio del padre Olympe en el que “habían vivido unas semanas”. No deja de resultar extraño que en un Burdeos superpoblado por quienes habían huido de los alemanes y por funcionarios que seguían los pasos de un gobierno agónico, en el que hoteles, pensiones y pisos estaban abarrotados por refugiados de toda condición, Georges encontrarse un piso vacío, un bien tan escaso como demandado en esos momentos. ¿Era de quienes habían escapado de los alemanes? ¿Serían sus inquilinos unos judíos que sabían lo que les esperaba? ¿Cómo se enteró de tan valiosa información un oscuro taxista recién llegado de París en una de las oleadas de refugiados que venían del norte? ¿Se lo dijo quizás el padre Olympe? ¿De donde salía el dinero para el alquiler si la familia estaba en una situación precaria? Preguntas banales, sin duda, pero que en épocas especiales como la Ocupación adquieren otra dimensión.

El cambio de domicilio del cobertizo del colegio al piso que estaba a la vista del Garona se tuvo que hacer como muy tarde antes del mes de agosto, pues los Zourabichvili llegaron a Burdeos poco después de la caída de París y de antes del armisticio. Es esta una cuestión de importancia pues nos dice Carrère que en realidad el piso era barato porque estaba en un barrio sometido a bombardeos debido a su cercanía a la base de submarinos que la aviación aliada atacaba con frecuencia. “A diario”, dice. De nuevo parece que nos encontramos con otra licencia narrativa, pues, aunque en 1940 y 1941 los británicos, que no los aliados, bombardearon depósitos de gasolina e instalaciones portuarias, la base de submarinos de Bacalan todavía no existía, ya que no se empezó a construir hasta el año siguiente, entrando en servicio en 1943.Desde entonces ciertamente sufrió algo más de una docena de bombardeos. La dramatización y la narrativa sin duda imponen sus exigencias, pero eso no evita que en estos casos aparezcan las inevitables preguntas a causa de las contradicciones que aparecen, por muchas concesiones a la ficción que se hayan hecho. 

Sea como fuera, los Zourabichvili debieron de dejar la casa de los alrededores de Bacalan a finales de 1940 como muy tarde, y lo hicieron con confesado pesar. Fue probablemente el lugar más cómodo y grande en el que había vivido la familia. Cincuenta años después, Hélène Carrère d’Encausse, a pesar de tener entonces once años, recordaba perfectamente la distribución del piso. Lo curioso es que ni ella ni tampoco su hermano Nicolas proporcionan la dirección exacta. En cambio, de la que sí se acuerdan fue de la dirección del piso, mucho mas modesto, en el que se instalaron en la rue Montgolfier, una calle estrecha y alejada del centro de Burdeos, con edificios de dos pisos de fachadas severas y con cierta elegancia de casa de campo, pero que se saben pequeñas e incómodas. Ese fue el lugar donde Georges Zourabichvili y su familia pasaron la guerra y aquí fue donde, a su fin, se consumó la tragedia.  

Cuando Georges se trasladó a la rue Montgolfier sin duda ya trabajaba para los alemanes. Y lo haría por medio no de uno, sino varios, de los órganos policiales, de propaganda y militares instalados en Burdeos por el ocupante, concretamente la Kommandantur, la Propaganda Staffel, la Feldgendarmerie, el Abwehr, la Feldkommandantur, la Gestapo bordelesa y el SD, el servicio de información del partido nazi. ¿Para quién de todos ellos trabajó Georges y en condición de qué? ¿Fue el único ruso que colaboró en Burdeos con los alemanes? Aunque no haya nada que permita aventurar una relación semejante, no hay que olvidar que, en el París de los años negros, el de las bandas de gángsteres de la colaboración, como la Carlingue de Bonny y Lafont, los georgianos como los del grupo de ODICHARI, formaron algunos de esas bandas de gestapaches que estaban al servicio de los alemanes combinando la represión, el espionaje y las actividades propias del hampa más rentables en esos momentos extraños. Ciertamente, no hay datos que permitan vincular a Georges Zourabichvili con algunos de los grupos de la llamada Gestapo francesa que actuaban en muchos lugares de Francia, que representa la cara mas sórdida de la Ocupación, y que tan bien ha recogido desde la ficción, y por tanto con más eficacia, Patrick Modiano. Pero también es cierto que lo referido a la actividad de Georges en el Burdeos oku según aparece en Koljos, y no digamos en Una novela rusa, es sumamente impreciso. De hecho así lo reconoce el propio Emmanuel Carrère. 

¿Por que Georges Zourabichvili optó, como no pocos franceses por otra parte, por colaborar con los alemanes? Algunas claves nos las proporciona su nieto. Se refiere a su dominio del alemán, a su admiración por todo lo germano, especialmente por su cultura, surgida tras su estancia berlinesa. También parece que en sus opiniones había un cierto desprecio hacia el sistema democrático y no poca inclinación hacia el fascismo, aunque en ningún caso haya manifestaciones de antisemitismo. Pero quizás lo fundamental en este caso sea lo mismo que condicionó toda su vida. Ese malestar esencial, impreciso, que le convertía en un tipo difícil, que le llevó a no identificarse con la Francia que le había acogido. Al contrario que su familia, sus padres y hermano, o que su propia hija después, Georges Zourabichvili no se sentía francés. Al contrario, sentía un rechazo hacia el país en el que no se había integrado y al que consideraba que le había rechazado. Si todavía alentaba en él alguna duda a colaborar con el ocupante, la invasión alemana de Rusia acabo con las reticencias. No había duda. Antes que el bolchevismo, cualquier cosa era preferible, incluido el nacionalsocialismo. Como muchos otros en la Europa del Nuevo Orden, el patriotismo estaba en la lucha en la cruzada contra el comunismo que había iniciado Alemania con la Operación Barbarroja. Esta decisión le volvió definitivamente apátrida. No era georgiano ni francés, ni ruso, ni aun menos alemán, aunque hablase todos esos idiomas.

Todo esto, sin dejar de ser una realidad, no explica cuál fue la actividad de Georges en ese Burdeos ocupado, en el que los trabajos de construcción y mantenimiento de la base de Bacalan habían llenado la ciudad de miembros de la Organización Todt y de mano obra tanto contratada como del Servicio de Trabajo Obligatorio. A pesar de su decisión, Georges no se alistó ni en las Waffen SS, ni en el llamado Ejército Ruso de Liberación del general Vlasov. Su antibolchevismo, como el de tantos otros, no llegaba a tanto. Nos dice Emmanuel Carrère que en un primer momento trabajó como interprete en un garaje bordelés que estaba al servicio de la Wehrmacht, algo tan impreciso como laxos los lazos establecidos con el ocupante. Sin embargo, todo se transformó en 1943, cuando cambió de actividad y parece que ese compromiso y esas relaciones se hicieron más estrechas. En este año fue contratado directamente por los alemanes y parece que continuó en labores de intérprete, aunque cabe pensar que ahora sería en relación con asuntos diferentes de los propios del garaje. La versión que mantiene la familia es que Georges trabajó para los servicios económicos de la Kommandantur, una versión de la que incluso su hijo Nicolas, al contrario que Hélène, su hija, siempre ha desconfiado. Y es que hay motivos para dudar de esta, digamos, colaboración ligera, meramente técnica, que insiste en distanciarse de lo más oscuro de la Ocupación como las actividades de las SS o de los servicios de la policía. La actitud de Georges en los últimos meses antes de llegar la Liberación así como su destino sugieren que su labor quizás no se limitase a hacer de traductor en transacciones económicas.

Pero hay otro asunto que lleva a dudar de esa actividad de simple intérprete, como es el ofrecimiento que le hicieron los alemanes de adquirir la nacionalidad “por su trabajo y conocimiento de la lengua”, seguido del extraño viaje realizado a Alemania en fecha tan tardía como 1943. Su gira por el Reich sorprende, pues esas invitaciones estaban reservadas a personajes de cierto prestigio, como demuestran los viajes de escritores y periodistas más o menos afines de la Europa del Nuevo Orden o de países neutrales favorables, como España o Suecia, o de artistas y cantantes a Berlín para mostrar el poderío cinematográfico de la UFA. También se organizaron giras de periodistas y otras personalidades a lugares como el Muro de Atlántico o a las fosas de Katyn, en Bielorrusia, para mostrar las atrocidades bolcheviques cometidas con los polacos, como le sucedió a Ernesto Giménez Caballero. Estas giras las solía organizar la Propaganda Staffel de cada ciudad, como hizo en París el teniente Gerhard Heller con los escritores y artistas franceses que fueron a los congresos de Weimar impulsados por Goebbels. Aunque también había giras de otro nivel y con objetivos más modestos, cuesta ver las razones para que un georgiano apátrida y oscuro intérprete de la Kommandantur de Burdeos fuera invitado a un viaje a Alemania. El testimonio de la gira de Georges Zourabichvili que ofrece Carrère es confuso y sobre todo sin apenas datos. No sabemos en que lugares estuvo ni a quienes pudo ver, aunque nos dice que era un viaje de información para ver los logros de Alemania. Pero lo que resulta difícil de creer es que, como sugiere, entre los lugares que visitó estuviera un campo de concentración, unos lugares que a pesar de que se conocía su existencia distaban de ser públicos. Esa visita solo se puede entender en el seno de un cometido profesional, de existir alguna relación entre la actividad de Georges y el mundo de los campos. Por otro lado, extraña esa implicación de Georges Zourabichvili en la colaboración precisamente en un año tan decisivo como 1943, cuando cambiaba el signo de la guerra y hasta el más optimista de los partidarios del Nuevo Orden sabía que Alemania, en el mejor de los casos, podía no perder la guerra, pero tampoco estaba en condiciones de ganarla. Ni siquiera estaba claro que fuera capaz de organizar la Europa de la paz. Meses mas tarde ya no había dudas acerca del lado en el que caería la victoria.

Según su pequeño hijo Nicolas, su padre regresó de ese extraño viaje a Alemania muy cambiado, tanto que “silencioso, parecía la imagen de la muerte”, aunque no da ninguna razón de esa transformación. También nos dice que desde su vuelta comenzó a avisar a todas las personas que sabía iban a detener e incluso a lograr la liberación de algún detenido, judíos incluidos. Esta circunstancia nos lleva a una pregunta obvia: ¿cómo podía un intérprete de una sección económica de la Kommandantur tener acceso al resultado de actividades policiales y a información tan delicada como es la lista de sospechosos de la Gestapo bordelesa? ¿Como, en caso de haber avisado a los que iban a ser detenidos, no corría el riesgo de ser descubierto? Quizás la respuesta tanto a al viaje a Alemania como el acceso a esas listas de sospechosos puede estar en su cercanía a los servicios de la policía alemana, algo que le daría la autoridad y el acceso a la información acerca de los detenidos. Sea como sea, del estado de ánimo del abuelo de Emmanuel Carrère en los días posteriores al desembarco aliado da idea la carta que dirige a una amiga, Pauline Rumeaux, en la que dice, de manera premonitoria y reveladora: “tengo motivos para creer que el otoño no me encontrará vivo”. Una premonición funesta que sugiere mucho más de lo que dicen esas palabras, pues ese temor, que se cumplió, se debía fundamentar en razones que Georges, y al parecer los demás, conocían bien y que probablemente iban más allá de su actividad como intérprete al servicio del ocupante.

Hay que recordar que, durante la guerra, la Resistencia tuvo en Burdeos una vida azarosa. En un primer momento cabe considerar que las diferentes organizaciones que formaban la oposición al ocupante estaban bien implantadas, pero el panorama cambió a partir de 1942. Entre los grupos mas destacados que formaban la Resistencia en Gascuña dedicados a actividades de ayuda a los perseguidos y de sabotaje se encontraban la OCM (Organización Civil y Militar) y la red comunista FTP (Francs-Tireurs et Partisans), en la que militaban numerosos republicanos españoles y antifascistas alemanes y centroeuropeos. A partir de 1942 y en especial de 1943 esta labor se vio prácticamente interrumpida por la represión combinada de las SS y de la policía francesa, concretamente de la Sección de Asuntos Políticos, dirigida por el comisario Pierre N. Poinsot, que logró desarticular numerosos grupos de resistentes. La combinación de la acción policial y la labor del prefecto Maurice Sabatier, de su jefe de gabinete, Jean Chapel, y del secretario general de la prefectura, Maurice Papon, contribuyeron a la desarticulación de grupos de resistentes y a la detención de judíos, masones y extranjeros, así como de refugiados españoles y del centro de Europa. No fue hasta principios de 1944 cuando se reorganizó la Resistencia con grupos como los MUR (Mouvements Unis de Résistance) y otros como lo FTP que se unieron en las FFI (Forces Françaises de l’Intérieur). Unas semanas después del desembarco aliado, los llamados fifis se enfrentaron en diferentes ocasiones con las fuerzas alemanas, hasta que el 27 de agosto de 1944 entraron en Burdeos, de donde se habían retirado los alemanes, acabando con algo más de cuatro años de ocupación. Si ese día la alegría de la mayoría de los bordeleses que se habían lanzado a las calles era desbordante, para aquellos que habían optado por el bando de la Alemania nacionalsocialista había llegado el momento de la Depuración. Las fotografías tomadas en Burdeos de las tondues, las mujeres rapadas acusadas de algo tan poco político como la llamada, con no poco cinismo, “colaboración horizontal”, rodeadas de personajes vestidos de civiles con los brazos en alto y rostros desencajados, son reveladoras del ambiente que existía en la ciudad y en toda Francia en el largo y violento verano del 44. 

En estos días de la liberación de Burdeos, Georges había decido no huir y permanecer en su casa de la rue Montgolfier, una decisión que diría responde más a su pesimismo fatalista que a la confianza en la inocencia de su labor de intérprete. Sin embargo, la detención no tardaría en llegar. Fue por medio de agentes del Deuxième Bureau, el servicio de información del ejército, quienes le interrogaron y le dejaron en libertad con un documento en el que se reconocía que había trabajado para los alemanes, pero también que no había estado relacionado con actividades de tipo político. Un certificado que parece de redacción tan apresurada como inútil. Georges volvió a su casa, donde se instaló a modo de protección el padre Olympe, amigo de la familia, quien intuía que el asunto de las responsabilidades con el ocupante no había acabado con el interrogatorio del Deuxième Bureau. Lo sorprendente es que todo esto sucedía mientras su mujer y sus dos hijos estaban de vacaciones en una casa en el cercano Arcachón. Sí, de vacaciones, por muy extraño que parezca, en una Gironda que ardía en una locura de sangre con combates, ejecuciones arbitrarias y alemanes en retirada. En esos momentos se diría que nada parece más desaconsejable para una mujer y sus dos hijos que dejar la seguridad de una gran ciudad y marcharse donde no son conocidos ni tienen ningún apoyo. Salvo que fuera al revés, que corrían más peligro en Burdeos donde eran identificados como la familia de un colabó. Y es que esas vacaciones de la familia tienen mucho de alejamiento, de protección ante lo que Georges sabía que iba a pasar. Así se entiende la visita, casi clandestina, que hizo Georges en autobús para comer con su mujer y sus hijos en Arcachón, donde llegó con el sempiterno bigote negro que le acompañaba desde su juventud afeitado. Una decisión que le daba la seguridad de un nuevo rostro, sin duda encaminada a pasar inadvertido ante las nuevas autoridades. Una imagen que sorprendió a su hija, quien siempre recordará ese rostro que para ella era desconocido, que fue el que vio por última vez. ¿Había recibido amenazas en los últimos días de la Ocupación, como les sucedió a muchos colaboracionistas, por medio de llamadas anónimas, cartas o paquetes con pequeños ataúdes de madera? Aunque no lo dice Carrère, no quiere decir que no sea así, pero es indudable que en esos días de liberación y depuración Georges tenía miedo, y lo tenía por su persona y por su familia.

No debió ser mucho después de su almuerzo en Arcachón cuando el 10 de septiembre de 1944 el inevitable Citroën traction avant negro(*), que utilizaban tanto la Gestapo como los fifis, se detuvo ante la casa de la rue Montgolfier en la que esos momentos Georges se encontraba solo, pues, al ser domingo, probablemente el padre Olympe estaba en su iglesia. Del coche se bajaron tres individuos armados con el subfusil Sten que tanto se empleó ese verano, como revelan las conocidas fotografías de los resistentes de Grammont, en Limoges, realizadas por el fotógrafo lituano Izis Bidermanas. Todo se desarrolló en un instante, de manera que la última imagen de Georges fue subiendo al coche, rodeado de los tres resistentes. Según los testigos que luego informaron a los familiares de Georges, los tres individuos debían llevar los habituales brazaletes que en ese verano hacían de salvoconducto para cualquier tropelía, pues los identificaron como miembros de los FTP, los resistentes comunistas que eran duros entre los duros. Lo sucedido no se sabe si fue una depuración política llevada a cabo por incontrolados, un ajuste de cuentas o, menos probable, una acción de los llamados maquis noir que actuaban en el campo y de los que se ha ocupado Fabrice Grenard. 

Sea cono fuere, nunca más se le volvió a ver ni nunca más se supo de él. Ese 10 de septiembre se cumplieron los temores que había expresado a Pauline Rumeaux dos meses antes, y el atormentado Georges dejó una existencia que no le había sido grata. Su hija Hélène le recordaría hasta el último día de su larga vida con un sentimiento que, según Carrère, parece que no tuvo parangón.

Georges Zourabichvili, víctima de la depuración incontrolada que tuvo lugar en Francia en 1944, fue uno más de los cientos de miles, si no millones, de desaparecidos entre 1914 y los años cincuenta que descansan en la soledad de los campos y cunetas de Europa. El dolor añadido a toda represión que sufren los familiares de las víctimas se incrementa cuando el duelo permanece abierto al no existir evidencia de la muerte, pero ya resulta insoportable si es necesario ocultarlo como si fuera un estigma. Es lo que sucedió en la desdichada familia de Georges Zourabichvili, que durante años esperaron la vuelta del padre y durante toda la vida ocultaron lo sucedido, lo que es también esconder las verdaderas causas de su muerte.

 

(*) El traductor de Koljosz, como ya hizo anteriormente en Una novela rusa, muestra su desconocimiento de la época, pero sobretodo del cine y de la literatura sobre la Ocupación, como las novelas de Patrick Modiano, pues, absurdamente, traduce literalmente traction avanti como “un coche de tracción delantera”, como si este detalle técnico fuera relevante. En realidad, se trata del famoso Citroën traction avant, como se le llamaba en Francia, que era conocido en España como 15 ligero o incluso con el apodo de “Pato”, un coche que tuvo un protagonismo destacado en la Francia de los años cuarenta.

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