La plaza y el tiempo. 400 años en la plaza Mayor de Madrid

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Cuando Madrid nació, ya era vieja. Podría ser uno de esos infantes que salen al mundo con cara de anciano y producen tal desasosiego que te quedas mudo ante sus madres esforzadas. O quizá el fósil que acaricia el pincel de un arqueólogo mientras una gota de sudor le cae desde la frente. En ambas situaciones existe un profundo esfuerzo y la sensación de que la belleza, al menos de momento, es un asunto secundario. Porque a Madrid, que nadie lo olvide, se viene a aprender del tiempo y todos deberíamos ya saber que el tiempo no es un tipo de fiar. En Madrid decidió largarse al pasado. Quizá ahora mismo se ría de las obras que pretenden hacernos olvidar que andamos sobre ruinas; quizá eche una cabezadita frente a un Goya. Puede que disfrute de los chirridos del metro. Pero intuyo que en la Plaza Mayor el tiempo se encuentra a gusto.

La plaza tiene siete puertas, siete arcos que vomitan gente a todas las horas del día a un rectángulo abierto al cielo, un claro en el bosque. En el centro, un caballo sostiene a un rey, Felipe III en este caso. Lo mismo da que fuera otro. Los reyes guardan una relación muy particular con el tiempo y llega un momento en que se desdibujan para acabar siendo sospechosamente parecidos. Los incendios, tres –el último en 1790– la hicieron más baja y de las cinco plantas originales perdió dos. Se quedó desdentada, lo que sin duda es un material fantástico para que el tiempo se entretenga con fabulaciones.

En uno de los laterales de la plaza, el que echa el día mirando al sur, se alza la Casa de la Panadería. Si en algún momento aquí se coció pan es difícil saberlo, el tiempo no ha dejado ni las migas y ahora la casa de dedica a otras labores. Por ejemplo, a informar a los turistas –aunque nada les dice sobre el tiempo, que les acecha desde cada esquina, desde cada adoquín del empedrado, desde cada caricatura en carboncillo que esboza el gremio de pintores de la plaza– y a celebrar bodas civiles, lo que podría interpretarse como una victoria del amor sin el engorro de la fe. Porque como sabe bien el tiempo, este asunto de la fe no tiene tanto que ver con la credibilidad de la verdad sino con la popularidad de la idea, y estos días parece que la fe ha perdido seguidores y el amor camina más ligero. Respecto al pan, un último apunte y salimos: aquí le dan un tajo al bies, lo abren en dos mitades y le introducen calamares fritos. Bueno.

Dejando la puerta de madera a la espalda, lo primero que se ve es un grupo de unos veinte turistas, probablemente de algún país europeo del este, que se arremolina para hacerse una foto en el centro de la plaza, junto al rey desdibujado. Son fuertes, bajos y mayoritariamente hombres. Visten vaqueros desgastados y chaquetas de cuero. El pasado brilla en sus calvas rojas, abrasadas como cangrejos en una olla. Cruza entonces, a pasos breves y delicados, un grupo de mujeres asiáticas bajo uno de los arcos. Recuerda a un banco de peces moviéndose de forma sincopada, siguiendo unos impulsos misteriosos, eléctricos, que desconciertan. Tienen las mujeres cierto gusto por los paraguas a pesar del cielo luminoso, por los sombreros y por la delgadez. Van levemente maquilladas y cuando parece que toda la plaza se mueve al vaivén de sus paraguas, irisados como escamas según del lado que les dé el sol, de pronto, tal y como había entrado, el banco de peces desaparece. Ha conseguido deslumbrar al tiempo.

Conviene aquí darse la vuelta para observar los frescos de la fachada. En uno de ellos, entre dos balcones, una mujer pintada en tonos pasteles se enrolla sobre de sí misma como una culebra. Bajo la mujer-serpiente, un chiquillo desnudo sostiene un pez sobre la cabeza. Él parece no saberlo, pero tiene toda la pinta de que el pez será el que acabe comiendo hoy. Hoy, y cada día, por supuesto. Mientras, en la parte superior, tres mujeres bellísimas no hacen otra cosa que ser bellísimas. Muy conscientes de esta realidad parece que pensaran: “Sabemos que nuestra piel es delicada, nuestras facciones casi perfectas a pesar de los rumbos estéticos de las épocas. Pero pasamos el día en soledad. Y no nos acostumbramos”.

Desde la altura de los frescos, las mujeres bellísimas podrían mitigar su soledad si se fijasen en el señor del cubo de agua y las pompas de jabón que ahora ocupa uno de los lados de la plaza, casi en la esquina con la calle Zaragoza. Se arremolinan los chavales ansiosos de que se forme la pompa, sonríen los padres, se tensa la cuerda que sujetan dos varillas –finas, como de bambú–. Se baña la cuerda en el agua jabonosa, y con la delicadea de quien escurrfideos, el señor del cubo de agua levanta la cuerda del agua, espera a que se llene de viento y… una pompa irisada alza el vuelo. Alegría de los chiquillos más pequeños, ansia de destrucción de los más mayores que la persiguen hasta que consiguen atravesarla con sus dedos, y… la pompa vuelve a ser lo que siempre ha sido: agua y jabón. El tiempo aplaude, pues tiende a celebrar las cosas efímeras.

Entonces llegamos al momento en el que uno puede confundirse y pensar que sí, que realmente vive en el presente. ¡Ah!, cosas del tiempo, juegos de trampantojos. Los artistas callejeros traen reflejos de un futuro que aún no vive aquí. Una cabra vestida con muchos colores recuerda a la vibrante Miley Cyrus. Un bosque de palos selfis se arremolina en torno a un mago que dice estar convencido de que va a hacer algo “realmente increíble”. Turistas de cabellos dorados entran y salen de la plaza sobre todo tipo de aparatos eléctricos. Una casa de comidas dice que lleva sirviendo alimento desde la antigüedad del año 2008 y el pirata Jack Sparrow pasea su sucia cabellera como si pensara que alguien querría admirarla. Pero las siluetas de toreros y flamencas esperan las fotos, pacientes, para que sea imposible que algún día consigamos olvidar que existieron y las cabezas que algún día fueron toros adornan –con todas las comillas que el verbo y la situación merecen– las paredes grises de las tascas. Un bar reza “Éboli”, pero no se ve a Cristo por ningún lado y las monedas viejas reposan en los escaparates de las tiendas de numismática después de haber ocupado quién sabe cuántos bolsillos: bolsillos de gente honesta, de ladrones. Un trozo enorme de carne cubierta de grasa se expone en el escaparte de un restaurante para el deleite, fundamentalmente, de las moscas, y no hay ninguna planta a la vista porque esta es una plaza de piedra. Ahora cumple 400 años. Para celebrarlo, el traje de araña de Spiderman yace descolorido, como una cicatriz azul y roja, en una esquina a merced del viento. Manhattan queda a muchos años de esta plaza/ El presente queda a muchos años de esta plaza.

 

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Fotos: Alejandro Moreno. Alejandro Moreno (Córdoba, 1975) es arquitecto urbanista y editor. Director de la revista cultural Cuentos para el Andén, que vio la luz en los andenes del metro de Madrid en 2011 para llenarlos de relatos. Coordina desde sus inicios el concurso mensual de fotografía urbana de esta cabecera suburbana. Sobre la superficie, saca a pasear la cámara de fotos por la ciudad desde que tenía que ahorrar en carretes y revelados.

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