La religión del otro. David Beriain entendía su profesión como un privilegio, “un aprendizaje constante sobre la naturaleza humana”

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David Beriain

David, como Superman, que también era periodista, tenía un súper poder. Decía: “Cuando fui a la Universidad me di cuenta de que tenía una ventaja evolutiva muy grande: era de pueblo. Porque cuando vives en una ciudad grande, te juntas con la gente que es como tú, pero aquí, en Artajona, no es así: te tienes que juntar con los que hay, aprendes a entender a las personas, a ser capaz de hablar con gente de todo tipo. Esta es una habilidad muy importante en la vida. Y cuando sales al mundo no es más que un pueblo un poco más grande”.

David quería entender para poder compartir. Decía: “Esta profesión te libera del mayor esclavizador que existe: nosotros mismos. El periodismo es la religión del otro, un aprendizaje continuo sobre la naturaleza humana. A veces, donde más clara se ve, es en los extremos de la realidad porque en esos extremos hay poco espacio para la impostura. Nos acercamos a esa gente; no les vamos a defender, ni a justificar, ni a apoyar, pero vamos a hacer nuestro esfuerzo más honesto posible por tratar de comprenderlos. Hay un valor en eso. En tratar de comprender las circunstancias de personas que tienen realidades muy distintas a las nuestras. Tratamos de proveer vidas, experiencias de otros que nos inviten a ponernos en su lugar y a ejercitar ese músculo del alma que es la empatía, una característica que hace a la sociedad y a los seres humanos mejores”. “En esos sitios difíciles a los que vamos, la gente nos concede el privilegio de compartir sus experiencias a veces en un momento en que pueden perder su vida. Y esa transferencia que se produce es algo casi místico. Yo no estoy enganchado a esto porque sea un yonqui de la adrenalina o porque necesite que me disparen para sentirme vivo. estoy enganchado a ese privilegio”.

David aprendió, también, que no siempre había que irse muy lejos para encontrar las mejores historias y para que no se le olvidara nunca le puso a su productora 93 metros, la distancia que separaba la casa de su abuela del banco de la iglesia donde ella rezaba todos los días. Era un pueblo de 110 habitantes, Uterga, y Juanita no necesitó salir de allí para tener una vida plena, para querer y que la quisieran. Decía David: “Estamos acostumbrados a hacer historias épicas, en lugares exóticos, pero no debemos olvidar nunca que a veces la historia más grande de todas está en el sitio más pequeño. Lo ordinario somos nosotros, nuestros ojos, que no se abren lo suficiente. A mí me costó alma, vida, corazón, viajes, descubrir lo que mi abuela descubrió en 93 metros. Uno es mediocre cuando tiene algo grande delante y no sabe darse cuenta”.

David era crítico con su profesión, es decir, exigente. Y al que más exigía era a sí mismo. Decía: “Soy un navarro cabezón. Estoy dispuesto a fracasar más veces que los demás y como a los navarros no nos gusta el fracaso, insisto hasta que consigo lo que busco”. Decía: “El periodismo ha claudicado en su ambición de molestar, de poner el dedo en la llaga, de ser vinagre en la herida. Ha claudicado porque no está en los sitios. Cada vez son menos los corresponsales, las personas que viven continuamente en un lugar y sirven a la sociedad como un sistema de alerta temprana de lo que puede pasar en el mundo. Se va menos a los sitios, con menos dinero, con menos tiempo”.

David era auténtico, alérgico a la frivolidad, a lo grandilocuente, a las recetas vacías de los gurús de salón. Decía: “El periodismo está inventado. Hay que hacerlo bien”.

David era valiente, pero no temerario. Decía: “Mi trabajo no es arriesgar la vida. A veces arriesgo la vida por mi trabajo. Es una ecuación que consiste en maximizar el contenido y minimizar y si puedo, eliminar el riesgo. Yo no voy a esos sitios para probar a los demás que soy muy valiente, es más, ya lo digo, no lo soy”.

Porque David tenía miedo, como le explicó a Enara, de seis años, un mes antes de que lo mataran junto a Roberto Fraile, cámara excepcional, en Burkina Faso. Le dijo a la niña: “Paso mucho miedo. Todos tenemos miedo y no es malo. A veces es bueno porque es la forma que tiene nuestro cuerpo de decirnos que estamos haciendo algo que podría ser peligroso. Pero lo importante es que, a pesar del miedo, uno haga lo que cree que tiene que hacer. He pasado miedo en muchos sitios. Pero quizás donde más miedo he pasado fue en algunos lugares donde hay guerras. En las guerras se ven cosas horribles, muy difíciles de olvidar y es posible que cuando te metes en esos sitios esa violencia termine llegándote a ti, estás en el medio y te toca. ¿Por qué voy entonces? Porque es un problema que ocurra eso y los problemas, para poder solucionarlos, se tienen que conocer. Yo no lo voy a solucionar, pero podemos llamar la atención sobre las personas que toman las decisiones para que arreglen la situación y se dejen de hacer daño los unos a los otros”.

David era el periodista al que todos los periodistas se quieren parecer y también, el hijo de Angelines y Javier, el hermano de Eduardo, el marido de Rosaura, mi mejor amigo. Decía: “He tenido la suerte en la vida de que las personas que me han querido me han querido de la manera más hermosa y radical posible, que es libre. Aunque eso haya significado, en el caso de mis padres, de mi hermano, de mis amigos, en el caso por supuesto y sobre todo de mi mujer, que un día sonase el teléfono y dijesen, David no va a volver”.

Te echamos mucho de menos, pero qué orgullosos estamos de ti.

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