La vida con vistas al Hilton. Residentes en estaciones rusas

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En Moscú hay una plaza con tres estaciones de ferrocarril: Komsomolskaja, un esplendoroso ejemplo de la arquitectura de mediados del 1900. Las estaciones llevan el nombre del principal destino de sus trenes: Leningrado, Kazan, Jaroslav. Allí, desde los confines de Rusia llega gente en busca de trabajo. Sólo unos pocos lo logran, otros se quedan como “sin casa” y viven justo en alguna de estas tres estaciones

 

No… no hablo de una “casa con vistas a…”.

 

Mis héroes no tienen casa.

 

Rusia es el país de los contrastes y las paradojas –incluso entre los que disfrutan de algunos bienes–. Que empleados y burócratas encabecen el club de los que tienen ingresos es algo que a uno le sorprende.

 

Con un aparato estatal corrupto que prospera asignándose sus propios sueldos no debe sorprendernos que el 70% de las viviendas del elegante barrio de Rubbleka de Moscú estén habitadas por burócratas.

 

Pero mientras sea más lucrativo estar al tanto de las finanzas estatales que ejercer una profesión y generar ingresos para el estado, es imposible pensar que los empleados del fisco se esmeren en la defensa del cambio… de manera que los que no tienen nada no tienen más que esperar su eventual participación en los proyectos del gobierno sobre la crisis.

 

En Moscú hay una plaza con tres estaciones de ferrocarril: Komsomolskaja, un esplendoroso ejemplo de la arquitectura de mediados del 1900. Las estaciones llevan el nombre del principal destino de sus trenes: Leningrado, Kazan, Jaroslav.

 

Allí, desde los confines de Rusia llega gente en busca de trabajo. Sólo unos pocos lo logran, otros se quedan como “sin casa” y viven justo en alguna de estas tres estaciones.

 

 

Tres estaciones… tres destinos

 

Olga, estación de Kazan

 

En la estación de Kazan conozco a una mujer entrada en años que es evidente que vive aquí. Su nombre es Olga. No tiene ningún documento de identidad y habla sin parar de su lejana familia. Dice que algun día volverá, pero se ve que no es más que un deseo. Sobre el carrito sobrecargado de enseres está escribiendo una larga carta en una hoja de cuaderno (probablemente pidiendo limosna). Cuando me despido, sigue escribiendo.

 

 

La otra Olga, estación de Leningrado

 

Cuando me acerco a esta Olga levanta la vista y me mira. Su mirada no es de pedida, sino la de alguien que sabía algo pero ha olvidado. ¿Cuál es la diferencia?, me pregunto. No es la del que pide, pero no parece preocupada ni tampoco desconfiada. Su mirada no está sumida en el pasado… muestra una chispa de calor. Cuando me mira parece haberse detenido el tiempo, no se necesitan palabras. Sorprendida, tomo asiento y musito: “gracias”, sonriendo. Me sorprende una sensación inesperada. Porque esperaba escuchar lamentos y desgracias. En cambio, siento que hay calma. Olga llegó de la antigua república soviética de Uzbekistán, de la ciudad de Chirchak (a unos 35 kilómetros de Tashkent, la capital). También ha perdido su documento de identidad. Ha caído en una típica situación: antiguos ciudadanos soviéticos que sufren discriminados por los ciudadanos locales. Olga tiene una hija, pero cuenta que la familia se dispersó. Esta Olga vive también en la estación de Kazan. A menudo pasa la noche allí, cuando las otras dos estaciones están cerradas. Vive de lo que encuentra en las estaciones y de lo que algunas personas generosas le dan. Todo lo que posee lo lleva consigo, o más bien lo arrastra.

 

Piensas entonces: en el momento en que recibes algo y otra cosa se te escapa sin que te des cuenta. A lo mejor era algo importante. Yo pienso en las diferencias de clase y otras diferencias entre los seres humanos. Pienso también en que todos tenemos un camino que recorrer y en nuestras distintas maneras de apreciar nuestro entorno; en nuestra capacidad de percibir cómo se manifiesta la vida y cómo proporcionar alegría a los demás.

 

 

Vasili, en la estación de Jaroslav

 

Me encuentro con un hombre apoyado en un bastón, lo único que tiene. Vive en la estación. “Esta mañana me llamaba Vasili”, me respondió al preguntarle su nombre. Cuando le planteé que conversáramos sobre los problemas de los que no tienen casas, su respuesta fue que el tema no le interesaba, pero que no tenía ningún problema en conversar.

 

Como tantos otros, Vasili duerme en portales (cada uno tiene su lugar favorito). Sus piernas parecen necesitar de una buena cura. Ha sufrido congelaciones por el frío invernal. Vasili tiene familia, una madre entrada en años y una hermana. Su exesposa vive en un barrio de Moscú. Se quedó sin casa al tiempo de divorciarse y perder su trabajo. Entonces entendí que para Vasili los problemas de la diferencia de clases no eran relevantes.

 

El gobierno trata de resolver el problema de los sin techo de la misma manera que otras organizaciones (comunales y religiosas). Para los registrados en Moscú se intenta encontrarles trabajo (los que vienen de otras ciudades son devueltos a su lugar de origen). Pero es difícil aplicar esas medidas. En la práctica los afectados no muestran interés en cambiar su forma de vivir. A pesar de su situación, la mayoría de los pordioseros se niegan a recibir ayuda de organizaciones estatales. A pesar de que se les proporciona acceso a instituciones para que se ocupen de su higiene, muchos no muestran la menor preocupación al respecto.

 

Por medio de una ley firmada por Vladimir Putin el 8 de septiembre del 2010, los sin casa han conseguido el derecho a registrarse en centros de asistencia social. El procedimiento es una especie de acuerdo entre las organizaciones estatales y los afectados. A falta de documentos de identidad por parte de algunos de los que no tienen hogar se les permite que los soliciten cuando se registran.

 

Vasili vive todavía en la estación. Es un día frío y lluvioso y tengo abierto el paraguas para proteger mi cámara. Tomo una foto más, con Vasili frente a unos edificios, su estación y otra impresionante construcción en la plaza de las tres estaciones.

 

La mole es uno de los rascacielos de Stalin. Hay siete de ellos en Moscú, se los suele llamar “las siete hermanas”. El hotel Hilton ocupa ahora la torre fotografiada.

 

Cuando me alejo de la plaza Komsomolskaja y del destino de esas personas que se parece al de tantas que no dejan de bajar peldaños en la escala social, constato que la distancia entre las estaciones y el Hilton es de 500 metros.

 

 

 

Natalie Larsson es fotógrafa, pertenece a la Escuela nórdica de fotografía

 

 

 

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Autor: Texto y fotos: Natalie Larsson