La vida entremedias nació a raíz de una propuesta del autor bosnio Semezdin Mehmedinović, a quien voy traduciendo al español para la editorial Deleste. Semezdin, cuya escritura se basa en los diarios que lleva, es un enamorado del género, hasta tal punto que ha impulsado una colección de diarios en la editorial Buybook, la más prestigiosa de Bosnia-Herzegovina. Hasta ahora Buybook ha publicado mi libro sobre el país La piedra permanece. En la colección de diarios que dirige Semezdin figuran grandes nombres de la literatura posyugoslava y tengo el honor de ser el primer extranjero que aparecerá en ella. Ojalá haya logrado estar a la altura del reto.
De acuerdo con las pautas que me marcó Semezdin, llevé este diario durante un año entero, de finales de agosto de 2024 a finales de agosto de 2025. Sus páginas contienen un descubrimiento de Eslovenia, país al que me mudé justo al iniciar el proyecto; recuerdos de los veinte años que llevo en los Balcanes; viajes por toda la península; reflexiones sobre mi labor escribiendo sobre la región y traduciendo su literatura, y también comentarios sobre obras de dicha literatura que pretenden ilustrar las cuestiones que trato. Al final, el lector encontrará una bibliografía citada donde localizar los títulos que hayan despertado su interés, porque, entre muchas otras cosas, la lectura es siempre una invitación a seguir leyendo.
Dejo este libro un poco íntimo, un poco ensayístico, en manos de quien le apetezca sumergirse en él, con la esperanza de que recorrer los espacios intermedios que se abren entre culturas le resulte provechoso.
Liubliana, septiembre de 2026
26 de agosto, vuelo Girona-Zagreb. Las instrucciones de seguridad que transmite la megafonía del avión están en catalán, castellano, inglés y croata, pero ninguna de estas lenguas que hablo es la de mi destino final. Tras este vuelo desde mi ciudad, Girona, hasta la ciudad donde he vivido hasta hoy, Zagreb, en Croacia, comienzo una nueva etapa de mi vida en la capital de Eslovenia: Liubliana. No tengo la más remota idea de cómo me irá. Las azafatas inician su coreografía habitual indicando las salidas de emergencia, para luego mostrar el funcionamiento de las máscaras de oxígeno y los chalecos salvavidas. Como tantos otros pasajeros, es un discurso que no suelo escuchar, un protocolo que, en caso de accidente, me temo que apenas garantiza seguridad alguna. Si, Dios nos libre, ocurre algo con este avión, nadie encontrará la salida de emergencia, y los nervios nos impedirán colocarnos la máscara de oxígeno según corresponde; por no hablar de lo que supondría inflar el chaleco a través de un tubito en pleno ataque de pánico o tirar de sus dos cordeles justo después de caer en el mar. No obstante, se me ocurre que quizás las instrucciones y los gestos que las acompañan tengan una función tranquilizadora. “Es un ritual que sirve para conservar la ilusión de estabilidad en pleno movimiento”, pienso mientras el aparato se eleva hacia las nubes.
Mi compañera, Patricia, y yo a veces traducimos libros a medias desde la lengua que antes se llamaba “serbocroata” y ahora –por quien aún la considera una misma lengua– responde a la burocrática denominación de BCMS (bosnio-croata-montenegrino-serbio). Patricia y yo nos tenemos mucho amor el uno al otro y ambos a la literatura, así que compartir esas dos pasiones es un verdadero placer. Cuando llegue a Liubliana, donde ella lleva instalada desde junio, tendré que revisar la versión que ha hecho de De ningún lugar a ninguna parte, la novela más conocida del autor bosnio Bekim Sejranović. Si hay una palabra que resume tanto la vida como la literatura de Sejranović esa es “desarraigo”. Desde el divorcio de sus padres, creció con sus abuelos en un pueblecito cercano a la ciudad de Brčko, en Bosnia, para luego irse a estudiar a la ciudad de Rijeka, en Croacia. Aunque este traslado fue más decisión de sus progenitores que suya, en Rijeka hizo amigos y vivió sus años de juventud desmadrada como punk con cresta y grupo de garaje. Durante la guerra de Bosnia, cuando las fuerzas armadas de ese país se enfrentaron con las milicias croatas, numerosos bosnios que vivían en Croacia pero carecían de pasaporte croata fueron expulsados, incluido Sejranović. El futuro escritor recaló en Noruega, el último país de Europa que aceptaba refugiados procedentes de la desdichada Bosnia.
Desde su llegada a Oslo hasta su fallecimiento en Banja Luka en 2019, Sejranović vivió entre diversos lugares, la mayor parte del tiempo con el sentimiento de irredimible desarraigo que empapa la novela. En la autobiográfica De ningún lugar a ninguna parte, el protagonista viaja a los tres lugares que lo definen –Brčko, Rijeka y Oslo– en busca de un asidero que jamás llega a encontrar. Al contrario, la muerte de su tío Alija en Brčko, el suicidio de su amigo Kole en Rijeka y el fin de su relación con la noruega Selma en Oslo terminan por dejarlo sin puerto de regreso. El libro termina con el narrador en la misma tesitura en la que me encuentro yo ahora mismo, es decir, viajando en un avión. Mientras este se eleva de idéntica forma en que lo hace el mío hacia las nubes, teñidas de rosado por la primera luz diurna, el narrador cierra los ojos y, al abrirlos, ya no ve la tierra bajo sus pies, símbolo de su carencia de raíces. Así pues, el título de la novela –De ningún lugar a ninguna parte– es la forma en que el narrador responde a las preguntas “¿De dónde soy?” y “¿Adónde voy?”. Al cabo de veinte años en los Balcanes, creo que es un momento idóneo para intentar darles mi propia respuesta. Tengo un año (y un diario) entero para hacerlo.
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Aunque ya he contado esta historia en alguna ocasión, quizás no esté de más presentarme: llegué a los Balcanes por casualidad, con la idea de pasar un año en Bulgaria y luego convertirme en eurócrata. Después de haber estudiado Traducción e Interpretación, mi plan inicial era entrar en las listas de intérpretes freelance de la Unión Europea, trabajo que no me atraía en lo más mínimo salvo por su cuantioso sueldo. Para ello, no me bastaba con interpretar del inglés, el francés y el italiano, lenguas que en Bruselas casi todo el mundo habla con fluidez. Un funcionario español de primera hora en el Tribunal de Luxemburgo me aconsejó aprender búlgaro en un año, porque faltaba poco para que Bulgaria se convirtiera en Estado miembro y habría demanda de intérpretes de esa lengua. Al llegar al país me puse a estudiar el idioma –mi primera lengua eslava– según lo planeado, pero ocurrió un imprevisto: me fascinaron los Balcanes, tanto que decidí abandonar mi objetivo de trabajar en Bruselas para quedarme allí. Desde entonces he vivido en Sofía, en un pueblecito de la costa croata llamado Cavtat, en Sarajevo, en Zadar, en Zagreb y, desde hoy, en Liubliana. Me planté en Sofía allá por 2005 a la tierna edad de veinticuatro años, así que he pasado en los Balcanes la mayor parte de mi vida adulta.
¿Qué es eso que me fascinó de los Balcanes? En primer lugar, mi familia me educó en la importancia de viajar –creo que luego se han arrepentido– y desde pequeño mis padres me llevaban con ellos cuando iban a alguna parte. Mi interés por otros lugares y culturas creció todavía más a medida que fui aprendiendo idiomas (hablo siete, veremos si pronto ocho). Soy de Girona, una ciudad relativamente pequeña, así que desde siempre había querido ver mundo. Una vez instalado en los Balcanes, aunque fuese por una razón instrumental, descubrí una Europa distinta: la herencia del socialismo, toda una cosmovisión que se desmoronó de forma trágica; el peso de la historia, por el cual mentalidades contemporáneas pueden encontrar sus raíces en acontecimientos (reales o imaginados) de hace siglos; la complejidad identitaria, ese mosaico de etnias que a veces conviven en armonía y otras pugnan entre sí; las músicas con ritmos, melodías, voces e instrumentos que jamás había escuchado; la literatura, en la que afloran temas y formas distintos de los que encuentro en los autores de Europa Occidental… Podría seguir enumerando, pero siento que el núcleo de la explicación se me resiste. Quizás sea mejor decir simplemente que los Balcanes me cautivaron, que tocaron alguna tecla en mi interior y, desde entonces, es allí donde me siento más vivo.
¿Y en qué se ha concretado toda esa fascinación? Traduzco literatura balcánica del bosnio-croata-montenegrino-serbio y del búlgaro, incluidos autores como Slavenka Drakulić (Mileva Einstein: teoría de la tristeza), Dario Džamonja (Cartas desde el manicomio) o Gueorgui Gospodínov (El refugi del temps, al catalán). Escribo perfiles y reseñas sobre literatura balcánica, entrevisto a sus autores y preparo –sin prisa, pero sin pausa– un libro de viajes por la región. En 2021 publiqué La piedra permanece, un pequeño mosaico de Bosnia-Herzegovina, contada a partir de historias reales, que anda en fase de traducción y debería salir en ese país al que tanto amo el próximo junio. El pasado verano conocí al prestigioso escritor bosnio Semezdin Mehmedinović, cuyo libro Diarios del olvido estaba traduciendo al castellano. Tras mantener con él una larga conversación entre autor y traductor que incluimos al final del libro, Semezdin me hizo una propuesta inesperada: escribir un diario para la colección de libros de este género que dirige en la editorial Buybook, la misma que publicará La piedra permanece. Después de meditarlo bastante, ya que me intimidaba ser el único extranjero entre tantos escritores balcánicos a los que admiro, decidí confiar en la agudeza con que mira Semezdin, ampliamente demostrada en su obra. Si había visto algo en mí que le hacía pensar que podía escribir un buen diario, valía la pena probar.
Semezdin me sugirió que empezase a escribir justo ahora porque me encuentro en un punto de inflexión. Mirando hacia atrás, estaba razonablemente contento de cómo me habían ido las cosas: pese a los inevitables sinsabores, he llevado una vida que me parecía interesante y, sobre todo, es la que había querido yo… hasta ahora. El pasado junio, mi compañera Patricia obtuvo una plaza como responsable del Aula Cervantes en Liubliana. También se había presentado para la de Zagreb, pero quedó segunda en el concurso. De esta forma, no ha habido más remedio que coger las maletas y mudarse de nuevo, pero con una diferencia crucial: esta vez no soy yo quien lo ha elegido. Toda mi vida adulta había peleado por esa libertad de elección que acabo de perder, trabajando por cuenta propia para evitar tanto tener jefes como ir a la oficina y poder moverme a mi aire de aquí para allá; pero, de golpe, me encuentro yendo a un lugar que no me atrae –solo estuve una vez hace casi veinte años y jamás he vuelto– para aprender un idioma que no he decidido aprender. No es que no entienda la situación, claro, ni tampoco que patalee: solo constato que me he quedado sin uno de los pilares sobre los que asentaba la forma en que vivía. De mí depende lo que construya en su lugar.
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Voy hablando –y más que lo haré– sobre los Balcanes, pero en realidad se trata de una noción confusa. ¿Qué son los Balcanes? Si los concebimos como un espacio geográfico, más en concreto una península, sus límites parecen claramente señalados por cuatro mares: el Egeo y el Negro en la ribera oriental, el Adriático y el Jónico en la occidental. El problema empieza a la hora de fijar dónde empiezan los Balcanes en su extremo norte, unido por tierra al resto de Europa, pues aquí lo geográfico se entremezcla con lo histórico-cultural. Durante siglos, la península fue el lugar de choque entre tres imperios –otomano, veneciano y austrohúngaro, que mantuvieron una rivalidad acérrima por cuestiones territoriales y, en último término, civilizatorias. Para complicar el asunto, a partir del siglo XIX su población, mayoritariamente eslava, desarrolló varios proyectos nacionales que cristalizaron en los Estados que conocemos hoy. El resultado de la interacción entre ambos factores es que existen varias concepciones sobre el límite entre los Balcanes y Centroeuropa, todas ellas con dos rasgos en común: que parte de la población local se las toma tremendamente en serio y que los Balcanes acostumbran a ser una categoría abyecta cuyo inicio se encuentra más al sur y, sobre todo, más al este. En cualquier caso, siempre más allá.
Miroslav Krleža, el escritor canónico de la literatura croata, dejó escrito que la frontera entre los Balcanes y Europa central se encuentra en la terraza del Hotel Esplanade, el establecimiento con mayor solera de Zagreb. Me hubiese gustado sentarme un rato allí mientras espero el tren para Liubliana como un pequeño guiño a este más que notable autor, pero la solana que cae sobre ella a esta hora del mediodía es tal que ni siquiera está abierta. La terraza recibe el nombre de Oleandar –la palabra croata para “adelfa”– y pretende ofrecer un rincón mediterráneo, con varios ejemplares de olivo y de la planta que da nombre al espacio, a los que vendría bien un poco más de irrigación. Delante se extiende la explanada que dio nombre al hotel, la cual incluye un parquecillo con estanque en el centro, y, un poco más allá, la estación central de Zagreb. El hotel Esplanade fue construido en 1925 para acoger a los pasajeros del Orient Express en su ruta París-Venecia-Estambul, y enseguida se convirtió tanto en alojamiento de cinco estrellas para visitantes prestigiosos como en lugar de confraternización de la élite zagrebense. Aquí venían actores, políticos, banqueros, militares, periodistas… la flor y nata del Zagreb de la época. Krleža los observaba desde la mesa reservada para él, con un café sin azúcar y una copa de tinto.
Krleža ubicó en el Esplanade la frontera entre los Balcanes y Centroeuropa precisamente como crítica a la clase que lo frecuentaba. En su ensayo Sobre el amor pequeñoburgués por lo croata publicado en 1926 –apenas un año después de que se inaugurase el hotel–, invita al lector a contemplar la Terraza de la Adelfa: “Agua fría y caliente, cocina francesa, ruleta, ascensores, mensajeros con librea, on parle français, Europa, ¡muy bien! […] Esta es la estampa que se despliega en el centro de nuestra capital una tarde de verano, junto a la música discreta interpretada por un cuarteto invisible. […] Una Arcadia…”. Una Arcadia centroeuropea, podría haber añadido Miroslav, a la cual pone en contraste con el suburbio que empieza al otro lado de la estación ferroviaria: “Quinqués, barro hasta los tobillos, casas bajas con cercas podridas, jardines rústicos […], un poblacho construido sin orden ni plan […]. Todo gris, todo enfermizo, todo desesperado, todo antipático, toda una triste provincia balcánica donde la gente vive en la basura, donde sucumben como ratas, donde los niños de sangre débil perecen de hambre y donde se muere más que se vive en el sentido humano”.
Krleža sentía desprecio por la crème de la crème croata, a la que retrató en su novela Al filo de la razón como una clase que parece ilustre, pero en realidad lleva una vida superficial y gregaria. Después de que el protagonista cometa el error de manifestar su individualidad en una cena organizada por su patrón, prohombre zagrebense, al reprobarle que se jacte de haber asesinado a desertores en la Primera Guerra Mundial, todo ese mundo en apariencia civilizado empieza a zaherirlo hasta que termina sin empleo, divorciado y en la cárcel. De convicciones socialistas, Krleža consideraba que el núcleo de lo croata no era el pobre remedo provinciano de la burguesía europea que se concentraba en lugares como el Esplanade, sino los humildes que penaban al otro lado de la estación: “Croacia es esa masa de miserables y trabajadores que tiran y se afanan sin descanso […], siempre oprimidos, nunca reconocidos, despreciados y sin nombre bajo los golpes del trabajo servil”. No obstante, al cabo de un siglo se ha dado una paradoja, y es que, tras la desaparición de la Yugoslavia socialista –que pretendía empoderar a esas masas oprimidas–, la obsesión de las élites por ser “europeos” se ha filtrado al resto de la población croata. Hoy, llamar a Croacia país “balcánico” resulta ofensivo para muchos.
Al final me animo a entrar en el Esplanade (y en Centroeuropa) para rendirle homenaje a Krleža. Bueno, y también para chafardear el establecimiento: observo los mármoles de la recepción, con la excusa de buscar el servicio me cuelo por los pasillos enmoquetados y, al final, encuentro una atalaya de observación en el bar, frente a la terraza Oleandar. Si Krleža ya era cruel con el provincianismo croata y su pálida imitación de las formas consideradas “europeas”, no imagino el veneno que iba a supurar contra esta atmósfera de franquicia, estéril e idéntica a la de cualquier otro hotel pretencioso, y aún más al ver que el local donde alternaba el café con el tinto ahora es un bar especializado en “cócteles de autor”. Tras pedirme un cabernet –que me sirven al doloroso precio de once euros la copa– pregunto al camarero si se conserva la mesa desde donde Krleža observaba el mundo, y me contesta (un poco avergonzado por reconocerle eso a un extranjero) que en la última renovación desapareció, igual que el resto de viejas decoraciones del Esplanade salvo las arañas y los estucos del techo. Yo apuro mi copa de tinto –¡once euros me ha costado tu homenaje, Miroslav!– y me dirijo a la estación para coger el tren hacia Liubliana.
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La estación ferroviaria de Zagreb ha visto tiempos mejores, como tantos otros edificios construidos en la ciudad por el Imperio austrohúngaro: el techo del hall está desconchado y, de los ventanales, cuelga una espesa maraña de pelusas y excrementos de paloma. Parece que, desde la independencia de Croacia, los Balcanes se han extendido al lado centroeuropeo de las vías. En el andén, un jefe de circulación con camisa azul, gorra roja y una señal de mano apretada bajo la axila sopla un silbato mediante el cual ordena la salida de mi tren. Durante el primer tramo del recorrido atravesamos a ritmo lento los raíles que separan la presunta Zagreb centroeuropea de la presunta Zagreb balcánica, hasta que los bloques ceden paso a las casas bajas y el tren acelera, pero solo un poco. El mochilero alemán que se sienta frente a mí en el compartimento tiene pinta de haber creído a pie juntillas la denominación de este convoy como “tren rápido” que dan los ferrocarriles eslovenos en su web, y va haciendo gestos de exasperación mientras teclea frenético en el móvil. Aunque no lo parezca, seguimos el trazado del mítico Orient Express: tras la apertura del túnel de Simplon en los Alpes suizos a principios del siglo XX, los viajeros más prestigiosos se desplazaban en tren de París a Venecia y, a partir de allí, atravesaban los Balcanes por esta ruta de camino a Estambul.
Pese a su lujo –paneles de caoba y teca, marquetería art déco, vagones restaurante con caviar, champán y langostas–, el opulento tren solía ralentizarse a medida que se iba acercando a Turquía: a más “Orient”, menos “Express”. En la novela que lo ha fijado en la imaginación colectiva, Asesinato en el Orient Express, de Agatha Christie, una tormenta de nieve lo deja detenido en algún lugar de Yugoslavia, trance durante el cual, en uno de los compartimentos, se descubre el cadáver de un millonario apuñalado hasta doce veces. El detective Hércules Poirot, quien por azar viaja a bordo, resolverá el caso con la sagacidad habitual antes de que llegue la morosa policía yugoslava. A los tres cuartos de hora de arrancar, nosotros nos detenemos en la estación de Dobova, una aldea entre maizales, pero por suerte no hay temporal de nieve ni –al menos eso espero– ningún cadáver en el convoy. Aunque Croacia forma parte de la zona Schengen, parece que la policía de frontera eslovena sigue haciendo controles, y nos quedamos un buen rato en Dobova (2,5 km2 y 700 habitantes, leo en Wikipedia), varados en un confín que, sobre el papel, ya no existe. Mientras el revisor está en la oficina de la estación gestionando los permisos, me pregunto cuántas horas habré pasado esperando en fronteras balcánicas, multiplicadas si cabe desde que Yugoslavia se rompió, y cuántas me quedan todavía por esperar. Mejor armarse de paciencia.
Una vez nos adentramos en Eslovenia, mi nuevo país –qué raro suena decir eso–, comienza un trecho de lo más idílico en el que el tren avanza por la orilla del río Sava, flanqueado de colinas verdes. En los valles más abiertos, el terreno fértil de la ribera se ha aprovechado para plantar maizales, mientras que, en otros tramos, las colinas ciñen el curso del Sava formando gargantas majestuosas. Voy contemplando el azul del río, con destellos de luz que rebrillan en las aguas, y, por un rato, agradezco el trote borriquero que nos brinda la empresa de ferrocarriles eslovena. También abundan los pueblecitos bucólicos, tanto en la margen del Sava como colgados de los montes, casi siempre presididos por una iglesia de color crema. Son bien bonitos, incluso demasiado, como si estuvieran puestos adrede para la postal. ¿Me estaré yendo a vivir a un país-pesebre? Al final el río desaparece, el paisaje se abre e, igual que hacía en el pasado el Orient Express al volver de Estambul, nuestro tren acelera como queriendo dejar atrás los Balcanes. Empiezan a aparecer unas afueras de ciudad: convoyes de mercancías en apartaderos, naves industriales, concesionarios de coches y luminosos centros comerciales con multicine. Al fondo, sobre una colina, veo un castillo con dos banderas ondeando en lo alto del torreón. La megafonía anuncia que llegamos a Liubliana.
Aunque tiene una arquitectura centroeuropea de fachada ocre y coqueta torre con reloj, la estación de Liubliana, igual que la de Zagreb, no parece haber acogido jamás al Orient Express con sus acaudalados pasajeros. Construida junto a un descampado, apenas cuenta con tres andenes grises y sórdidos por los que, a través de los altavoces, resuenan los nombres de localidades eslovenas que por el momento desconozco. Recordaba Eslovenia como un país más boyante que en esta primera impresión un poco desangelada, pero ahora que por fin he llegado a mi destino solo hay una cosa en la que puedo pensar. En esta vida entremedias que llevo, marcada por una interminable sucesión de aviones, trenes, autobuses y coches de alquiler, de habitaciones anónimas en las que uno se despierta y no sabe hacia dónde girarse para encender la lámpara de noche, a fin de cuentas, lo que me arraiga son las personas, sobre todo una. Tras vagar durante un rato por las calles próximas a la estación, logro encontrar el portal de nuestro futuro edificio. Patricia baja a buscarme en el ascensor y, nada más verla con su sonrisa radiante, me siento en casa. Tras los besos y abrazos de bienvenida, subimos a nuestro piso en la novena planta, desde donde veo primero el atardecer y luego las luces nocturnas de la que ahora es mi ciudad. Incipit vita nova.
Así arranca el libro del mismo título publicado por la editorial Báltica. El autor presentará su libro el 10 de noviembre en la librería Altair de Barcelona, el 12 en la Antonio Machado de Madrid (en la sede de la Plaza de las Salesas) y en la Ramón Llull de Valencia el 14 de noviembre.





