La vida está en otra parte. Madrid

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El hombre parece conocer a todo el mundo. “Adiós, Pablo”, le saludan al pasar, pero tiene la mirada fija en ella, a la que dice que es muy guapa. Ella danza por la calle sin tráfico y extiende el brazo con el papel de colores, haciendo una reverencia

 

¿Pero, dónde?

 

“Yo no quiero ser actriz, soy actriz”. Reparte flyers a la puerta de un bufé libre de la calle Preciados. Un hombre del barrio, mayor, atildado, que fuma un puro enorme, entabla una conversación intermitente.

 

—Tomad, chicos, por si queréis venir a comer.

—Yo conozco a todo el mundo. He sido modelo.

—Pues a ver si me enchufas un día.

 

Hay dos sillas juntas clavadas en el suelo, aunadas. Ella, de pie, exhibe su mejor sonrisa, va y viene.

 

—Yo estudio y esto lo hago para ganar algo de dinero. Aquí estoy de prueba, llevo una semana, pero lo voy a dejar.

 

El hombre parece conocer a todo el mundo. “Adiós, Pablo”, le saludan al pasar, pero tiene la mirada fija en ella, a la que dice que es muy guapa. Ella danza por la calle sin tráfico y extiende el brazo con el papel de colores, haciendo una reverencia.

 

—Para que nos visites… si te apetece.

—¿Te gustan jóvenes o mayores?

—Mayores que yo, pero no tanto, Pablo.

—Si tuviera quince años menos no te escapabas.

—Hice una prueba para Águila Roja, pero no me cogieron porque llevaba aparato. Me dijeron que les gustaba, pero que volviera cuando me lo quitara.

—Al de Curro Jiménez, a ese le conozco. También conozco a Almodóvar, y a su hermano, que es un cabrón.

—Pero, ¿qué has hecho?

—Yo, anuncios.

—¿De qué?

—Pues de carteles.

—¿De qué? (…) Aquí tenéis, chicos, para que volváis otro día.

—Y a uno que trabajaba aquí, en el Príncipe.

—Yo soy una hormiguita. A mí dame el texto y me meto a leerlo a la cama, y dale y dale.

—¿Sola?

 

La mañana avanza pastosa, el aire denso.

 

—Toma, por si quieres venir.

 

La mujer se para y abre los brazos: “Estoy en paro y no me lo puedo pagar, que ya llevo el paro por la mitad”.

 

—Cortado el pelo; el pelo, cortado, todo el mundo me lo decía… Si lo sé no me lo corto, joder. Hasta luego, chiquitín.

 

(…)

 

—Tomad, pareja, para que vengáis un día.

 

La gente da vagamente las gracias y lo coge con indiferencia. Otros tuercen el gesto,  bajan la mirada o la sortean. Nadie entra en el restaurante.

 

—Vamos a bailar un día, y ese día dejo el bastón, jeje.

—Pablo, cómo eres.

 

Llega una nube de polvo de Callao. Ella se refugia de un salto en el soportal del restaurante y nosotros nos encogemos en la silla y cerramos fuerte los ojos.

 

 

 

 

Carlos García Santa Cecilia es escritor y periodista. Pertenece al equipo de FronteraD casi desde su fundación, donde ha publicado, entre otros artículos, Los marcianos de Orson Welles, Ehrenburg, el otro ruso de la guerra civil, Las dos Españas de Virginia Cowles y Destino fatídico y mantiene el blog De libros raros, perdidos y olvidados

 

 

 

Foto: Alfonso García Cruchaga

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Autor: Carlos García Santa Cecilia, Madrid

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Carlos G. Santa Cecilia
Carlos García Santa Cecilia (Madrid, 1957) es doctor en Periodismo por la Universidad Complutense de Madrid. Ha trabajado como redactor y ha sido subjefe de la Sección de Cultura de El País (de 1982 a 1990), ha sido redactor jefe del Área de Cultura de Diario 16 y escribió una sección diaria durante un año en El Mundo (1998). Actualmente colabora con Abc Cultural, entre otras publicaciones. Impartió clases de historia del Periodismo durante cinco años en la Universidad San Pablo-CEU. Es autor de una decena de libros y ha comisariado varias exposiciones, entre ellas Joyce en España y Corresponsales extranjeros en la Guerra Civil española. Ha sido director de Comunicación de ‘Madrid, Capital Europea de la Cultura, 1992’ y de la Biblioteca Nacional. En la actualidad es jefe de la Sección de Publicaciones de la Biblioteca Nacional y responsable de libros y ebooks de fronterad.   El mundo de los libros impresos y el de las bibliotecas (entendidas como grandes centros dinámicos depositarios del saber) se diluye ante el empuje de las nuevas tecnologías, como se derrumbaron en la Edad Media los scriptoria de los monasterios con la expansión de la imprenta. Tal vez a uno de esos desnortados monjes se le ocurrió recoger la pulsión de la atmósfera plácida, culta y decadente que había conocido con el ánimo del ángel psicopompo. Y hablar De libros raros, perdidos y olvidados.