Lalibelá del Retiro

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En pocas páginas del diario visual de esta Huerta del Retiro, han podido reunirse como en ésta, uno de los efectos de conjunto más claros, que propicia el teatro cambiante de Rioanjizivi. La acumulación de palabras reunidas en esta imagen resulta importante. A primera vista podría creerse que se trata de una foto para ser leída. Sin embargo, la mansa cornada de luz natural que penetra por la baranda, (conocida como la Antártida, por estos pagos santiaguinos), anula cualquier efecto de comunicación consciente con las palabras capturadas en la imagen.

 

Instalada en ángulo (de aquella provisional manera fabiana) en el rincón principal de la terraza, la lápida de Quevedo puede por fin demostrar la veracidad de su historia, con la presencia del apellido Quevedo, aunque sea repartido en dos trozos diferentes de lápida. La luz de la baja tarde le hace recuperar su aspecto de vivero bíblico, o catedral sumergida, excavada en piedra, como una Lalibelá etíope trasplantada al corazón de la Huerta del Retiro.  

 

Sobre los picos conceptistas de la piedra bautismal de Quevedo, los azulejos granadinos de cuerda seca, (que bautizan este blog y esa terraza), se pusieron gargolillas oscuras, tomadas prestadas del zócalo de la Alhambra. El montaje de esta placa cerámica efímera se realizó con pinzas metálicas de aleta, de las usadas en encuadernación y papelería.

 

A los pies de la Puerta Atlántica, la torre del reloj de la Antártida preside el flanco derecho del escenario. Sobre su oscuridad cetrina se extiende el rótulo de Rioanjiziví, formado con luminosas letras de cerámica, compradas en un viaje a Málaga. El corcho blanco con el que Florian Schmidt construyó esta torre, y la blanca esfera del reloj de la casa de Kafka, dialogan de tú a tú con la gran vidriera transparente que forma el cielo y el hielo de la Antártida, (en realidad un plástico adhesivo para velar vidrios de ventanas).

 

Sobre la mesa con falda y tablero de granito, el carro de la Antártida reluce como un faro del fin de la tierra, marcando impasible, el tiempo que nos queda. La adelfa agorera presta un capullo rosa y un puñado de sus ramas, como corona de flores para cuando por fin seamos cadáveres.

 

Pero, ¡qué no decaiga, mientras tanto! ¿Y lo divertido que resulta ver pasar la vida desde lo alto de este globo aerostático varado, y bautizado con el nombre de una huerta de la Vega de Granada?