Su cara parecía haber envejecido menos que la de Sammy o, Dios lo sabía, menos que la de ella, y su expresión, mientras asimilaba las imágenes y los olores extraños de la confortable cocina de su casa modelo Penobscott, conservaba algo del viejo Joe burlón que ella recordaba. Rosa había leído sobre el viajero a la velocidad de la luz del que hablaba Einstein, que volvía después de haber pasado varios años de su vida de viaje y descubría que todo el mundo al que había conocido y querido estaba encorvado o criando malvas. Le parecía que Joe era aquel viajero y que acababa de llegar de un lugar lejano, hermoso e inimaginablemente vacío





