Las lenguas y los lenguados

Donde se cuenta que la diglosia, el uso variado de lenguas, tiene afortunados accidentes y bochornosos equívocos

1
199

Desde hace unas semanas mi grupo de amigos es afortunadamente políglota. Esto me obliga a pasar, en la conversación, del castellano al inglés rápidamente y, aunque mi acento no es el mejor, se me entiende. El 80% de las veces. Creo.

Lo interesante es cómo la estructura gramatical de cada idioma te obliga a pensar de manera distinta y en la forma hablada dependes de cuántas conjunciones y palabras recuerdas. El castellano, lo decía Josep Pla, tiende a la subordinación sin final y a una retórica tan hueca como insufrible. En el fondo es el lenguaje de curas trabucaires y agitadores con tres panfletos aprendidos: proyecta al infinito con un finito número de ideas.

De ahí viene ese arquetipo de dictador bananero y sus discursos sin final, que emulan al tribuno Emilio Castelar pero se acercan más bien a la almohada. El escritor franco hispano Jorge Semprún recordaba que Fidel Castro, su retórica abochornante, era impensable en el francés de frases cortas y lemas punzantes. Quizá por eso el penoso libro que le dedicó / plagió Ignacio Ramonet superó las 1000 páginas; habría que pensar cuántas de ellas superaban las dos ideas. Los dictadores nórdicos fueron más discretos se ha de decir: el que busque frases largas, sin final, en un Adolf Hitler que marcaba con profusión los silencios en el auditorio se llevará un gran chasco.

“Si quieres conocer a fulanito, dale un carguito”

Los cambios de idiomas, al final, resultan positivos y enriquecen la manera de pensar. Acaban constriñendo ese pensamiento río, logorreico -propio del castellano-, a frases cortas muy tajantes, en ocasiones muy divertidas para el oyente extranjero. En cuestiones de ligoteo, de hecho, nos da impresión de hombres “directos a la presa” (perdonen las feministas) porque se reduce el argot y “esevasiletowapo” a adjetivos que parecen propios del degenerado medio en 4chan.

Curiosa perspectiva: condensar el afluente de palabras en tajantes frases cortas. Todo un descubrimiento. El que le permitió triunfar a José Martínez Ruiz. Acortó, incluso, su nombre en un apodo: “Azorín”.

Print Friendly, PDF & Email

1 COMENTARIO

  1. Decía Goethe: “los que no saben idiomas extranjeros no conocen ni el suyo propio”, y el inefable autor de este blog da la impresión de no saber ni de uno ni de otro. La estructura gramatical del inglés tiene los mismos recursos que el español para la subordinación. El estilo del lenguaje -más conciso o no, más complejo o no, etc.- depende del estilo personal del escritor. Hemingway usualmente tiene una sintaxis muy simple, pero Joseph Conrad, por ejemplo, tiene un ritmo completamente diferente, con mucha subordinación. Y como él, la mayoría de los autores del siglo XIX y muchos hasta hoy. En español, no tiene nada que ver la prosa de Azorín con la de Galdós. ¿No ve el bloguero la contradicción en su argumento? La comparación con el francés es aún más disparatada. Los dos idiomas son extremadamente similares en gramática. Proust es un ejemplo obvio de autor con sintaxis muy compleja. Sus lectores lo agradecían: tenían tiempo. No hay nada “genético” en un idioma u otro que lleve a un exceso en la subordinación, aunque lo diga un afrancesado, un catalán o un bloguero cuyo inglés hablado “depende de cuántas conjunciones y palabras recuerda”.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor, deja tu comentario!
Por favor, introduce tu nombre aquí