Las minorías turcas reivindican democracia

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Las protestas parecen haber despertado las ganas de hacer ver a la clase política y, al polo que apoya al primer ministro turco, Erdoĝan, su insatisfacción con el rumbo que el país está adoptando

 

“Se libra una guerra entre dos ideas de cómo debería ser Turquía”. Son palabras de Aksel, un joven residente en Estambul. “Los jóvenes y la mayor parte de la población con estudios no apoya a Erdoĝan por ser conservador y tener ideas tradicionales. Queremos vivir con libertad y no bajo la presión de la traición”, declara. Bajo la apariencia de la libertad y la justicia, se crea “un régimen autoritario a través del uso del miedo”, dice Asu, una mujer de 30 años procedente de Esmirna, al suroeste del país.

 

De “autoritario” y “represivo” califican los jóvenes con los que hablamos al primer ministro turco, Recep Tayyip Erdoĝan, y al Partido por la Libertad y la Justicia (AKP, en turco), que lidera, inspirado en un islamismo moderado y de centro derecha, seriamente criticado por ese sector de la población, que ciertamente invisible y acallado hasta ahora, se ha echado a las calles por considerar que pretende “islamizar” la vida cotidiana de una Turquía constitucionalmente laica.

 

La manifestación que impidió la destrucción del parque Gezi en Estambul, y la desaparición implícita del Centro Cultural Atatürk por los planes urbanísticos que el primer ministro quería llevar a cabo en la zona a finales de mayo, fue el detonante del contagio de manifestaciones masivas al resto del país en ciudades como Esmirna, Mugla o Marmaris, entre otras, como reacción a la utilización de gases lacrimógenos y fuerza excesiva con que la policía se empleó para acabar con aquella primera protesta, pero sobre todo por la acumulación de una serie de factores sociales y políticos.

 

“Desde que Erdoĝan está en el gobierno nuestro país tiene cada vez más tendencia al islam”, afirma una joven turca de 23 años que actualmente cursa un máster en Alemania. El primer ministro ganó las elecciones generales en 2002 y cuenta con mayoría absoluta en el Parlamento turco. El sector social que ha protestado en las calles aglutina a colectivos diferentes: grupos más próximos a la izquierda, jóvenes considerados demócratas y progresistas, islamistas como los alevis y la presencia de kurdos, que han destacado la censura sigilosa que el primer ministro trata de imponer a través de medidas dinámicas como la reciente aprobación de la ley que restringe el consumo de alcohol o los intentos de ilegalizar el aborto. La joven turca residente en Alemania admitió que Turquía tiene un pasado islamista, lo que “ha facilitado implantar” una mayor presencia de la religión en la vida pública precisamente porque se encuentra inserta en su “tradición”.

 

Las protestas parecen haber despertado en ese colectivo unificado las ganas de hacer ver a la clase política y, al polo opuesto de la sociedad que apoya a Erdoĝan, su insatisfacción con el rumbo que el país está adquiriendo: reivindican el progreso en democracia y el respeto por encima de la religión, la tradición o el concepto de familia que se inculca en la sociedad desde las altas esferas del régimen. Las movilizaciones desde finales de mayo y la acampada en el barrio Taksim de Estambul, epicentro de las concentraciones masivas en contra de las políticas restrictivas del Gobierno de Erdoĝan, han roto el silencio de este sector social. “Ahora somos más fuertes, más libres y tenemos más esperanza”, señaló en un comunicado la Plataforma en Solidaridad por Taksim, que reúne a unas ochenta organizaciones no gubernamentales y movimientos que estuvieron presentes en el inicio del estallido social. Por otra parte, los seguidores de Recept Tayyip Erdoĝan acudían a los mítines organizados por el Partido por la Libertad y la Justicia o lo esperaban a su llegada al aeropuerto Atatürk para recibirlo de una visita oficial al extranjero en un intento de aparentar normalidad, mientras la bolsa caía y el turismo se atemorizaba. El primer ministro alertó de las conspiraciones que escondían las protestas por la construcción del tercer aeropuerto de Estambul que se llevará a cabo el año que viene y que será el aeropuerto más grande del mundo. Los jóvenes consultados, pertenecientes al polo opuesto y calificados por Erdoĝan como “extremistas” o “alborotadores”, desmintieron la existencia de cualquier tipo de conspiración y explicaron que “las protestas son demostraciones de personas que demandan derechos básicos”, sin que se produzcan como resultado de “la tala de unos cuantos árboles”, sino como consecuencia de la  necesidad de reivindicar “el derecho a hablar, a elegir, decidir”. Al fin y al cabo, “los derechos de una democracia real”.

 

Una especie de contracción que se percibe en el seno de la sociedad que no tiene por qué corresponder a un enfrentamiento entre laicos o ateos y creyentes o religiosos, sino dos polos sociales que chocan en las expectativas y formas de vida que defiende cada uno de ellos. Por una parte, “la resistencia ha unido a gays, kurdos, cristianos, ateos, grupos más próximo a la izquierda, algunos islamistas alevis, liberales, neo-nacionalistas, nacionalistas…”, explica Asu, en referencia a que “une a muchas clases de personas que defiende diferentes ideas”. En la otra parte figura “la gran mayoría que apoya la política de Erdoĝan y que no respetan a los ateos, gays o cristianos”, sentenció.

 

 

Dos ideas tensan Turquía

 

Una tensión en la propia sociedad que se extrapola al ambiente propio de Estambul o la calificación de ciudades progresistas y conservadoras del país. Estambul despierta en el visitante misticismo y confluencia de culturas, encantamiento y pasión, una ciudad de caos organizado que separa dos continentes –Europa y Asia-, en la que viven aproximadamente 20 millones de personas. Pero la candidata a los Juegos Olímpicos 2020, en dura competencia con ciudades como Madrid, es conocida por los jóvenes turcos como “la ciudad de la libertad”.

 

El barrio Taksim, donde se sitúa la acampada de manifestantes que impidieron durante dos semanas la entrada de la policía mediante barricadas, se ha convertido en un símbolo “de quienes queremos la libertad, la democracia y el respeto”, asegura Asu. El símbolo de la “esperanza, la lucha por los derechos y la unidad”, estima la estudiante turca asentada en Alemania. Taksim representa el progreso en Estambul: es vanguardista, la decoran librerías de segunda mano, la endulza música en directo en los extremos de la avenida donde un tren legendario transporta arriba y abajo a vecinos y turistas, las pintadas reivindicativas en las fachadas de edificios ocupados y abandonados la asemejan a ciudades alemanas como Berlín o Hamburgo, y los bares para tomar una cerveza o, lo que guste, alegran el ambiente con música y terrazas en sus callejuelas, tiendas como Zara y Mango exhiben moda extranjera y, sobre todo, es un barrio que inspira libertad. En Taksim se respira el sentimiento de poder besarse en público o acariciarle el culo a tu pareja. Incluso las personas gays pasean agarradas de la mano y los transexuales se sienten menos intimidados.

 

Un ambiente de apertura que contrasta con la zona de Sultanahmet, al otro lado del Cuerno de Oro, cruzando el puente donde los pescadores faenan durante todo el día. Los monumentos emblemáticos deleitan a los turistas: La Mezquita Azul, Santa Sofía y el Palacio Topkapi. Los cantos del imán resuenan en las calles paralelas al Gran Bazar, se respira tradición y cultura, hay aglomeraciones de turistas procedentes de todos los rincones del mundo, desde Holanda hasta Arabia Saudí, pero no se observan besos en público, no es posible beber una cerveza y la etiqueta a la hora de vestir es mucho más estricta.

 

Los jóvenes turcos identifican Izmir (Esmirna, en castellano), Çanakkale (antigua Troya), Mugla y Marmaris, entre otras, como enclaves progresistas. El simbolismo de Mustafa Kemal Atatürk impregna fachadas y cafeterías, lugares de trabajo y los denominados Bar Streets (calles con bares donde se sirve alcohol, en muchas ocasiones acompañado de música en directo). También las conversaciones de los ciudadanos, jóvenes incluidos, a pesar de que Atatürk fundara la Turquía “moderna” hace ya 80 años. Atatürk instó a que la religión permaneciera en el ámbito privado y el respeto de la libertad de religión o culto y propició los derechos de la mujer. Hablan de él con orgullo, lo alaban y lo tienen muy presente en sus vidas, en contraposición con el primer ministro Erdoĝan, al que rechazan, por “conservador” y “tradicional”, por su carácter “restrictivo”, por no permitirles desarrollarse, por no poder hablar con libertad, expresarse en cuestiones de sexo, acariciarse en público o tomar una cerveza con tranquilidad en lugares en los que socialmente no está bien visto hacerlo. Las ciudades donde tiene más peso la óptica de Erdoĝan serían Ankara, a pesar de que también se hayan producido manifestaciones y disturbios, Bursa o en general el este del país. La presión se huele en sus calles, no hay Bar Streets y no está bien visto besarse en público.

 

Una contracción que no se sabe qué rumbo adquiere. De momento no está claro si se ha aliviado o agravado. Pero lo destacable es que el sector social más acallado en esa contracción se ha unido, a pesar de las diferencias entre ellos, en la reivindicación de una mayor “democratización” del país.

 

 

Problemas que afectan a la juventud

 

Asu cree que “la situación de los derechos humanos” es el mayor problema del país, seguido del “desempleo”. El Instituto de Estadística de Turquía hizo público un 9 por ciento de paro, aunque los jóvenes consultados lo “cuestionan”. Según Aksel, Turquía “tiene más oportunidades en comparación con Estados Unidos o algunos estados de la Unión Europea”. El tercer gran problema del país sería la educación. “Todavía hay mucha gente que no puede leer ni escribir y aún hay padres que no dejan ir a sus hijas a la escuela”, dice Aksel. “La conciencia y la escasez de conocimiento”, opina la estudiante turca en Alemania, “la mayoría de los jóvenes no tiene conciencia sobre la historia, el país, el gobierno, los derechos y qué está ocurriendo en el mundo. Mi generación está preocupada solamente en qué comprar, dónde comer o qué programa de televisión ver”.

 

Algunos jóvenes como Aksel han visto en  la Unión Europea “una buena oportunidad” para Turquía. Él participó en el Programa Erasmus en Alemania y conoció de cerca la vida europea. “Ellos piensan que aún no estamos preparados”. Otros jóvenes como Murat, un músico residente en Estambul, no quieren que culmine el proceso de integración porque consideran a “España y Grecia” como las grandes perjudicadas. En 1987 Turquía solicitó formalmente la adhesión y contempla con desconfianza un proceso de integración que avanza con dificultad y lentitud. En más de una ocasión el primer ministro ha insinuado en declaraciones a los medios de comunicación que más le valdría a la Unión Europea admitir que no quiere que Turquía forme parte de su club. De hecho, su reacción a la resolución que el Parlamento Europeo aprobó como resultado de un debate en el que se analizó el “uso de la fuerza por parte de la policía” no tuvo buena acogida. La europarlamento le recordó que “todos los ciudadanos deben sentirse representados y que la mayoría tiene la responsabilidad de incluir a la oposición y la sociedad civil en el proceso decisorio”. A lo que Erdoĝan respondió que no reconocía “las decisiones tomadas” por la Eurocámara por no tratarse de un estado miembro de la Unión Europea.

 

El uso de la fuerza por parte de la policía, los disturbios que se han saldado la muerte de cuatro personas, entre ellos un policía, y han causado más de 5.000 heridos, según las estimaciones de la Asociación Médica Turca, así como la actitud desafiante del Partido de la Libertad y la Justicia, parecen dificultar aún más el proceso de integración, dejando en entredicho la democracia en la que se sustenta el país. A pesar de las “reformas democráticas y económicas, la decisión final depende de los Estados europeos importantes”, explicó Alicia Cebada, profesora de Relaciones Internacionales y Derecho Internacional Público en la Universidad Carlos III de Madrid. Alemania recela de que, una vez se integre el país, puedan llegar más inmigrantes turcos. Además, “el posible conflicto sirio” desestabiliza la seguridad de Turquía y complica la adhesión. El último atentado cometido en la ciudad de Reyhanli (provincia Hatay, al sur de Turquía), dejó 46 muertos y un centenar de heridos. Los ciudadanos reclamaron más seguridad en las calles y una mejor gestión de la llegada de los refugiados sirios que huyen de las atrocidades del régimen Bashar al-Assad. Una manifestación pacífica acabó en disturbios por el uso de gases lacrimógenos por parte de la policía, lo que enfadó a muchos de los jóvenes que reaccionaron con nuevas manifestaciones, tal y como ocurrió poco después con la paralización de la reconversión del parque Gezi en Estambul.

 

 

Visado y servicio militar obligatorio

 

“Ser un Estado miembro de la Unión Europea no supondría ninguna ventaja, a excepción de no tener que solicitar un visado de turista para viajar al extranjero”, dice Murat. Muchos de los jóvenes quieren que Turquía forme parte de la Unión Europea simplemente para poder viajar con más facilidad. Conseguir un visado de trabajo es muy complicado, a menos que el solicitante cuente con un puesto de trabajo de estatus social elevado, y viajar como turista dentro de las fronteras de la Unión Europea requiere también de un largo trámite burocrático: acreditar un contrato de trabajo, indicar el motivo de viaje y el resguardo de la factura del hotel donde se hospedará durante los primeros días, fotocopia de la nómina de los últimos cuatro meses y los movimientos en el banco que acrediten solvencia, así como fotocopia compulsada del pasaporte del trabajador y su jefe. Las dificultades de movimiento abruman a los jóvenes y muchos de ellos se sienten como en una especie de “prisión” de la que no pueden escapar. La situación suscita en ellos derrotismo y frustración.

 

El servicio militar obligatorio también les produce más que sopor a los jóvenes. Deben acudir a filas durante 15 meses antes de cumplir como máximo 29 años, reduciéndose a seis meses en caso de que se realicen estudios superiores. Muchos jóvenes recurren a todo tipo de maniobras para esquivar o dilatar el momento de prestar servicio: se matriculan en universidades a distancia o en másteres. A muchos no les gustan las armas o no están familiarizados con el ejército, tienen miedo de que les envíen a la guerra o de que puedan verse obligados a disparar durante el servicio, pero en general tienen muy interiorizada la idea de que no existe una alternativa para evitar hace la mili. En realidad, aunque según Reporteros Sin Fronteras, “el papel de las fuerzas armadas en la vida pública sea mucho menor”, es muy común observar cuarteles en las ciudades y tener que pasar por controles en las carreteras o, por ejemplo, a la entrada de centros comerciales.

 

 

La situación de la mujer

 

La “mentalidad restrictiva” de la mujer turca también los ahoga, aunque, tratando de no caer en generalizaciones, los hombres se mantienen en una postura paternalista en cuanto a las relaciones afectivas. Tienen la costumbre de invitar a la chica, abrirle la puerta del bar a su paso o acompañarla a la puerta del baño. Son fórmulas de caballerosidad. Suelen son cercanos y respetuosos, no recurren a vulgaridades, y se empeñan en planificarlo todo, lo cual a veces también les abruma, porque se sienten obligados a hacer pasar un buen rato o estar pendientes de ellas. Ellos desean conocer a mujeres de la Unión Europea porque las asocian con una mayor apertura sexual. Las jóvenes turcas, sin querer caer nuevamente en generalizaciones, son calladas, poco naturales y parece que tienen miedo a expresarse o a ser ellas mismas. Y existe, en general, un gran pudor en cuestiones que tienen que ver con el sexo. Los acercamientos íntimos públicos, incluso en ciudades como Izmir o Estambul, donde se respira más libertad, no suelen ser muy comunes por el “respeto hacia los musulmanes” y el miedo a recibir una reprimenda. No se trata únicamente de presión religiosa, sino de una presión social que proviene de la tradición, el honor y el papel relevante que sigue jugando la familia, lo que además dificulta vivir en pareja o tener hijos sin haber contraído matrimonio. A ellos les impacta que en Europa una pareja viva bajo el mismo techo sin haberse casado y tienen muy interiorizada la obligación de tener hijos, que llevarán un solo apellido: el del padre.

 

“Cállate, Tayyip, que vienen las mujeres”, exclamaron miles de ellas en una manifestación multitudinaria en el contexto de las protestas en Estambul. “La vida de la mujer no ha sido especialmente importante en los últimos diez años”, explica Asu, “muchas han sido expuestas a la violencia y la impunidad de los hombres”. La exigencia del primer ministro de que cada una de ellas tuviera al menos tres hijos o el intento de ilegalizar el aborto (legal en las primeras 10 semanas de gestación) incomoda a muchas mujeres. “En general, las mujeres tienen que hacer todo en casa, aunque trabajen fuera: cocinar, cuidar de los niños, limpiar… y tener respeto hacia sus maridos”, declara esta mujer que participó de forma activa en el grupo feminista Socialist Feminist Collective durante su época universitaria. “No vivo en Turquía, pero cada vez que voy de visita siento que los derechos básicos y el respeto hacia la mujer se han consumido”, observa con pesar la estudiante turca en Alemania, que añade: “es duro decir que la vida de la mujer en Turquía es limitada. Desafortunadamente, los hombres turcos piensan que tienen más poder que las mujeres y eso genera problemas, como sentirse insegura a veces en la calle”. Esa circunstancia produce situaciones  paradójicas. “Con anterioridad a Atatürk las mujeres no tenían derechos en Turquía y gracias a sus reformas las mujeres conservadores pueden ampliar ser te de sus derechos y vivir una vida no limitada a la casas y la maternidad”, explica y afirma sentirse muy “orgullosa de las mujeres que protestan” porque quieren “preservar el modelo de mujer de Atatürk” que se basa en “la igualdad”.

 

El alcohol es otro de los temas delicados en Turquía. Los precios de las bebidas alcohólicas son caros, unos cuatro euros una cerveza, lo que muchos identifican como una estrategia para limitar el consumo de alcohol. Y la aprobación de la ley que restringe aún más el consumo del alcohol tampoco sentó bien en muchos de los jóvenes que la interpretaron como una manera muy sutil de “islamizar” Turquía. La ley imposibilita consumir alcohol a menos de 100 metros de un centro de culto o educativo, lo que en Estambul por ejemplo supone no poder consumir una cerveza en el centro por la aglomeración de mezquitas; se restringe el acceso de los menores y, entre otras medidas, se prohíbe su venta entre las diez de la noche y las seis de la madrugada. Con independencia de las condiciones legales para ingerir alcohol, lo cierto es que en las ciudades calificadas como “restrictivas” es muy difícil encontrar un bar que venda cervezas, en el caso de toparse con un bar propiamente dicho.

 

 

El país con más periodistas encarcelados

 

El Informe Justicia y medios de comunicación en Turquía. Represión y desconfianza, que Reporteros Sin Fronteras elaboró el pasado junio de 2011, recalca que “se empiezan a cuestionar temas tabú, como el papel de las fuerzas armadas, las minorías nacionales, las luchas sociales o la historia reciente de Turquía”. El Informe Anual de la Comisión Europea que analiza los avances de Turquía en democracia y libertades, en el marco de las negociaciones del proceso de adhesión, expresó la existencia de “una autocensura generalizada”, aunque reconoció “ciertos avances con la aprobación de la nueva Constitución”, entre ellos la abolición de la pena de muerte impulsada por Erdoĝan.

 

En la resolución aprobada por el Parlamento Europeo se manifestaba la preocupación ante “el deterioro de la libertad de prensa, algunas medidas de censura y la creciente autocensura de los medios de comunicación turcos, también en internet”. Turquía es el país con más periodistas encarcelados del mundo, según Reporteros Sin Fronteras, y las críticas al Gobierno son interpretadas como “terroristas”. Los ciudadanos hablan entre ellos, incluso de temas delicados como los problemas con la población kurda, pero no expresan sus opiniones ante desconocidos y no critican, sobre todo, la religión.

 

 

“Todos unidos somos uno”

 

Los fans de los principales equipos de fútbol del país, Besiktas, Fenarbahçe y Galatasaray se unieron bajo el lema Istanbul United. Los acampados en Taksim nombraron simbólicamente una calle como Hrant Dink, en referencia un periodista armenio asesinado por ultranacionalistas turcos. Turquía no reconoce el genocidio armenio. “Acepto el genocidio armenio”, asegura Asu, “pero fue durante la I Guerra Mundial y los días del Imperio Otomano. Después de 1923 establecimos un nuevo país”. Los alevis también han tenido su parcela reivindicativa: el reconocimiento de su religión. “Son nuestros hermanos y hermanas”, admite la joven de Izmir, “no tiene ningún sentido hacer separaciones entre musulmanes”. Los planes de nombrar la construcción del tercer puente del Bósforo con el nombre del Sultán Selim agraviaron a esta corriente musulmana heterodoxa enfrentada a una mayoría suní en Turquía.

 

El diputado kurdo Sirri Sureya Onder detuvo los trabajos para remodelar el parque Gezi situándose delante de las excavadoras y en las barricadas construidas alrededor de la plaza de Taksim se mostraron fotografías de Abdulá Öcalan, líder del Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK, en turco), condenado a cadena perpetua tras ser abolida la pena de muerte en 2002. El PKK es una organización comunista-socialista, nacionalista y separatista fundada en 1974. En sus primeros años reivindicaba la independencia y, en la actualidad, la autonomía kurda y el reconocimiento de su lengua. Considerada por Estados Unidos, la Unión Europea y Turquía como una organización terrorista, el conflicto armado se ha cobrado más de 30.000 muertos, según las estimaciones de las autoridades. Sus orígenes se remontan a 1920, cuando en el Tratado de Sévres con el imperio otomano se preveía la creación de una región autónoma kurda y el reconocimiento de la responsabilidad por el genocidio armenio, pero Atatürk se negó a ratificar el tratado cuando llegó al poder y logró que se sustituyera por otro en el que desaparecía la referencia a la autonomía kurda y al genocidio armenio. Tras alguna revuelta del pueblo kurdo, el conflicto estalló con toda su virulencia a partir de la creación del PKK.

 

 

Un proceso de paz positivo

 

El proceso de paz que el gobierno de Erdoĝan conduce con el PKK parece ser una de las escasas aportaciones positivas que los jóvenes turcos destacan. El pasado marzo, el líder Öcalan anunció un alto el fuego permanente y la sustitución de la violencia por las “ideas”. Las mismas claves que, según el coordinador de Lokarri Paul Ríos, se asemejan al proceso de paz al que asiste Euskadi desde que ETA anunciara, hace un año y medio, el cese definitivo de su actividad armada: la unilateralidad en el alto el fuego permanente y la sustitución de la actividad armada por vías exclusivamente pacíficas.  “El proceso de paz vasco es un referente para Turquía”, dice Ríos.

 

La sociedad turca, por su parte, expresa un rechazo generalizado hacia los kurdos, aunque en muchas ocasiones son amigos entre ellos, pero no comprenden el porqué de los actos terroristas que el PKK ha llevado a cabo ni por qué solicitan en la actualidad la autonomía y el reconocimiento de su lengua. La implicación de la sociedad civil en la resolución de un conflicto armado es indispensable y parece que Turquía se muestra propensa, pero muchos turcos no comprenden el dolor o sufrimiento infligido a los kurdos, en especial la represión que esta etnia denuncia a manos de la policía turca, los militares y el gobierno.

 

 

 

Josune Murgoitio es periodista y escritora, me interesan los conflictos independentistas y separatistas, los procesos de paz, los temas relaciones con la prisión y la defensa de los derechos humanos. @josmurgui

 

 

 

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