AcordeónLas protestas de los estudiantes serbios o cómo la apatía de las...

Las protestas de los estudiantes serbios o cómo la apatía de las sociedades europeas no es el camino para frenar el autoritarismo

Amanece el sábado,
el día llega desde lejos,
todos los héroes de esta región
esperan que el sol brille,
esperan que el sol brille, ay, ay, ay, ay.
Miodrag ‘Mića’ Kostić, Nenad Kostić (intérpretes), ‘Voki’ Kostić (compositor)

 

‘Za Beograd’ (Hacia Belgrado): la actualización de una canción de casi medio siglo

Un descampado, desolado, yermo. No en vano, se encuentra cerca de Deliblatska peščara, la “duna de arena”, enclavada en un parque natural. Corre 1980. Entorno rural remoto en Serbia, entonces Yugoslavia. Dos gitanos en primera plana. Son jóvenes. Americanas y sombreros. Uno andará por los veinticinco, el otro no llega a doce. El mayor Miodrag Mića Kostić, porta un acordeón y lleva el peso de la melodía y la voz principal. El segundo, Nenad Kostić, tiene apenas 11 años, fuma como un carretero (nada fuera de lugar en le España quinqui de esa misma época) mientras es responsable de los coros y de la armónica. En aquel momento, eran dos perfectos desconocidos; hoy, son parte inalienable de la cultura popular y la mentalidad colectiva serbias.

Mića y Nenad Kostić en un fotograma de la película ¿Quién canta ahí? (¿Ko to tamo peva?)

La historia del ascenso de los músicos da, en sí mismo, para otra película. Mića siempre tuvo un talento especial, una especie de animador nato. Además, cantaba y tocaba el acordeón, que se había dejado en Belgrado cuando fue a hacer la mili. Durante el servicio militar, en Ralja, justo en el centro de Serbia, fue elegido para un evento del ejército para animar a los soldados. Su fama por el cuartel ya era notoria, junto a sus cualidades vocales, y todo el mundo pensó en él. Así que se fue a Belgrado a por su acordeón y abrió para la verbena. Éxito total, claro. Todos encantados. Aunque no se esperaba menos de él.

Terminados aquellos ejercicios militares, Mića se hallaba realizando trabajos de albañilería en su casa, cuando oyó que alguien le llamaba, conminándole a que soltara la herramienta y bajara para grabar. Mića pensó que sería para tocar en algún guateque de pueblo, que no solía faltarle el trabajo en ese sentido: por algo llevaba actuando desde los 9 años. Sin embargo, era algo mucho más grande. Todavía lleno de yeso y cal, el hombre se presentó como Slobodan Šijan, compañero de mili, pero también director de cine. Y no: no se imaginaba en absoluto la razón de la visita. Le contó que estaba rodando una película, que necesitaba sus servicios y que se pagaba muy bien, que no había problema con eso, por no hablar de la publicidad que le reportaría. También participaría su sobrino Nenad. Aparte de la música (el autor del mítico tema fue compositor Voki Kostić, luego afamado especialista en bandas sonoras cinematográficas, era familiar lejano), ambos debían interpretar los papeles de… ¡dos músicos gitanos! Pan comido. Šijan no mentía: Mića recibió tres millones de dinares yugoslavos y Nenad uno y medio, una pasta para la época. Ambos se convirtieron, además, en personajes muy queridos por el público yugoslavo y serbio.

La cinta se rodó jugando con la semiimprovisación para darle un toque más fresco y auténtico, se rodó en falso directo y, claro, en el arte de la improvisación tenía Mića oficio de sobra. “Tú canta y toca como sabes, los demás que te acompañen”.

La escena de los dos músicos abre la película ¿Quién canta ahí? (¿Ko to tamo peva?), una especie de comedia negra serbia que sigue un grupo de pasajeros muy distintos entre sí en un viaje en un autobús desvencijado de la empresa de transportes Krstić hacia Belgrado en los días previos a la invasión nazi durante la Segunda Guerra Mundial. Entre situaciones absurdas y diálogos cargados de humor, la película retrata con ironía la vida cotidiana y la sociedad de la época, mostrando personajes coloridos y entrañables mientras se enfrentan a sus pequeños conflictos y malentendidos que describen la Yugoslavia de la época. Un país que, como en 1941, se asomaba al abismo, con la muerte de Tito, la galopante crisis económica y las tensiones étnicas de ella derivada. Como los estudiantes desde 2023, todos tienen razones de peso para viajar a la capital.

“¡Hacia Belgrado, hacia Belgrado,
con la empresa Krstić,
el pueblo ya se prepara,
tiene todas las razones para viajar,
pero la suerte, parece, no la tiene,
no la tiene, ay!”.

Hacia Belgrado, cantaban los estudiantes serbios en sus marchas masivas a lo largo y ancho de la geografía serbia, mientras la población se volcaba con ellos, les daba alojamiento, les recibía con flores o los abrazaba o besaba, poniendo a su disposición alimentos y productos de higiene. ¡Hasta el dios viviente del tenis Nole Đoković, siempre proclive a Aleksandar Vučić, presidente de la República de Serbia, o equidistante, se volcó con ellos!, tan necesitados de un referente mundial. Quién no está con sus jóvenes. Todos los serbios que conozco me dicen lo mismo “son el futuro”. Hoy, Nole ha optado por dejar Serbia ante la presión desplegada contra él por su gobierno.

“Soy un desgraciado desde pequeño… ojalá esto fuera un sueño”, dice un pasaje de la canción, haciendo referencia a tantos años de gobiernos que no arreglan los problemas del pueblo, a tantas protestas. Es, como en la película, como en la canción, un momento de incertidumbre, pero que acaba convirtiéndose en un canto de esperanza.

Por eso, ¡también gritan los estudiantes “Pumpaj!”, algo traducible como “bombea” o, quizá, ya más libre y creativamente por mi parte, “dales caña”.

 

Romaníes, serbios malvados y estereotipos y prejuicios para todos

Cuentan que algún sabio serio de algún lugar serbio que hace tiempo, mucho tiempo, antes de que Goran Bregović proyectara la música balcánica al mundo, la música balcánica ya existía. Aunque, claro, hablar de música balcánica es como cuando se acude en España a un supermercado y lees “pan alemán” y compruebas que el que lo ha escrito se ha quedado tal que así de pancho. Música balcánica, música española.

En relación a esta última, tenemos lío porque, si compramos pan alemán, no estamos sino comprando una de sus variedades, una sinécdoque. Con la música española lo mismo.

―Tócala otra vez, esa música española, Sam
―Sí, señor, pero tenga a bien aclarar cuál… ¿‘Entre dos aguas’, de Paco de Lucía? ¿Prefiere quizá, de la movida? ¿Cuál, en ese caso? ¿O quizá prefiere el gran jevimetal patrio? ¿El de finales de los años 1970 y 80 o quizá el de los dos mil antes de que Operación triunfo lo destruyera todo? ¿O El Arrebato, o C. Tangana?
― Hombre, por favor… nada de trap o reguetón.
―¿Splash en los años sesenta con su garrotín y su orgullo de ser gitano y demostrarlo a ritmo de guitarra? ¿Los Planetas, indie, o, más actual, una enfadada Melody que perdió en Eurovisión? Mire… aflamencado, que se lleva mucho, con chunda-chunda.

Y a nuestro Sam le asiste el derecho a preguntar qué se entiende por música española… dicha categoría transita por el flamenco de Camarón, o el flamenco de los más puristas que se le opusieron. Con los Balcanes, tres cuartos de lo mismo. Para muchos occidentales es una nebulosa estandarizada de gente muy dueña de pegar tiros al aire con Kaláshnikov en las bodas. Goran Brgóvic es, por una parte, difusor de la “música de los Balcanes”; por otra, un hito en el exotismo de la zona a la que llegó Lord Byron para morir inútilmente “por Grecia”.

 

Gitanos

Belgrado, 2005. Me siento en la terraza de un bar, cerca de Knez Mihailova. Entonces no era tan turístico –qué no lo es ahora– aunque, aún así, rehúyo dicha calle porque me parece demasiado igual a otros sitios que he visto. Camino un poco y me siento en un bar más o menos normal, frecuentado por serbios, donde se oye hablar su idioma. Se acerca un chico gitano a pedirme dinero. Debe tener unos 8 años. No está mal vestido. Tiene desparpajo. No le doy nada. Cuando está a punto de alejarse del establecimiento lo atrapa el camarero. El chaval intenta zafarse, pero el camarero es alto y fuerte, y el niño, sólo eso, un niño. Se lo lleva dentro, a un sitio apartado, aunque no tanto como para que no pueda verlo si pongo de mi parte. El camarero saca una especie de cadenita del bolsillo y empieza a zurrar con ella al chico. Una vez y otra. El chico se encoge, pero no profiere ni un grito, ni un gesto de dolor. Hay uno o dos clientes más, que asisten indiferentes a la escena. Me levanto y le digo al camarero que, por favor, ya está bien. No me está molestando. Él me responde algo que, en mi serbio, que no es bueno, entiendo como “tú no sabes cómo es esta gente”. Lo suelta y el gitanillo todavía se recompone y, muy digno, se aleja. Desafiante, lanzando imprecaciones contra el agresor. Esta escena es relativamente común en Serbia: castigos corporales por parte de ciudadanos particulares a menores romaníes que “espantan” el turismo.

 

Edirne (antigua Adrianópolis), 2009. 

Desde la griega Alexandrópolis, a un tiro de piedra, pasé dos días allí, cortesía el Museo Antropológico de Tracia, donde trabajaba de becario. Es el último confín de los Balcanes: la Tracia turca. Me levanté temprano, sobre las tres y media. La intención era dedicar más tiempo al descanso. Tenía autobús de regreso al día siguiente, sobre las doce. Sin embargo, el señor que regentaba el hostal –respectivamente, un sesentón bigotudo fuerte como un toro y un establecimiento de dos pisos, emparedados con fotos de Kemal Ataturk y banderas turcas tipo estandarte, tapices ajados, que pedían a voces una modernización– me dijo que había un festival gitano. El acontecimiento ocupaba parte del trecho de noche que había ya cubierto con el sueño, pero hasta el amanecer –y un poco más– había fiesta. En realidad, el culmen se da al alba: es entonces cuando comienzan los gitanos su procesión hacia el río con sus rituales de purificación propiamente dichos.

Quedaba bastante para ese momento. Así que, como había algún bar abierto en aquella madrugada, me senté a verlas venir en uno de ellos. Era una plaza pequeña, vacía, eso sí, de tráfico a aquella hora. Un té. Turco, cargado. Fuerte. Vaso gastado de casa de la abuela, blanquecino del uso. Tampoco es que fuera menester más. La atmósfera no era de feria, pero era palmario que ocupaba la calle más gente que de costumbre a tales e intempestivas horas.

En esas, llegó un periodista turco. Rechoncho, ataviado con una camiseta gastada, chaleco de periodista, pantalones cargo color caqui inflados de cosas –supongo, también de periodista–. Cámara al cuello, teleobjetivo, de construcción metálica y acabado mate, antirreflejos, ofrece una distancia focal variable de nosecuántos mm. y una apertura máxima que valdría para algo de los que me gustaría saber más. A ojo de buen cubero, estaría equipado con sistema de estabilización óptica X que facultaría disparar a velocidades Y …mmm… motor de enfoque Z, óptimo para capturar gente en movimiento –también supongo. – Sus lentes, tal, multicapa, media luz, quasinocturna. Vale.

No es falta de ganas de seguir hablando de óptica, sino la falta de conocimientos. Así que lo dejamos en que era un artefacto muy apañao. En cuanto a las características humanas, cabe enumerar generosas entradas que le llegaban a la mitad del cráneo, con el cabello peinado hacia atrás recogido en una coleta, perilla de chivo castaña, gorra que arroja sombra, dado el caso, hasta a los pies y camiseta con tiras de sudor por allí donde pase la sujeción de la cámara y los tirantes de la mochila que porta cosas de fotógrafo. Se sienta en una silla a mi lado. Muchos turcos son así: les caes bien, o lo intuyen, y ya se sientan contigo y conversan. Me pregunta, en inglés, de dónde soy. Bueno… soy español, pero trabajo en Alexandrópolis. Ah, al otro lado –confirma–. Conversamos. Pide un té para él y otro para mí (llevo dos). Se llama Selim y hace un poco de frío. Es temprano y es 6 de mayo. No sé dónde es la fiesta. Algo saldrá.

Y salió. El reportero gráfico me preguntó si acudiría al festival Kakava. Bueno –respondí–. Me han dicho que hay un festival romaní, pero no sé exactamente cómo se llama, en qué consiste, dónde es. Quiero apuntarlo todo aquí. Saqué mi cuaderno tipo Moleskine de bajo coste en mi propia versión artesana (un Moleskine, aun siendo falso, siempre queda bien). Lo tomó brevemente. Lo examinó:

―Cool! –dictaminó–. ¿Eres periodista?
―Bueno, no… pero quiero escribir algo sobre el festival.
―Ah, entonces, eres compañero…
―No, no… yo…
―Que sí, hombre. Ya está. Eres compañero.

De hecho –continúo, no sabía ni que el festival se llamara así. El recepcionista posiblemente me lo dijo, pero no lo pillé. Con una risotada, me aseguró que poco iba a ver si me quedaba ahí tomando té, porque no era en la ciudad, sino en las afueras, hacia el río Tundzha. Debió adivinar mi sorpresa y preocupación. Probablemente mi expresión lo denotara. Así que me dijo

―No te preocupes, buddy, yo te llevo.

No imaginaba cómo, pero Selim era hombre de recursos. Simplemente, confiaba en sí mismo. Pronto lo comprobaría. Entonces, llegó un coche de policía, que estacionó cerca del bar, aunque casi en medio de la plaza. Total: no había coches y ellos eran la autoridad. Pidieron té –qué manera de ser teteros esta gente–. Selim entabló conversación y casi amistad con ellos. Me presentó. Les di la mano. Luego siguieron hablando de cosas que no entendí. Platicamos algo en inglés con ellos. Hasta que uno de ellos indicó que nos íbamos.

―Sube, buddy –me indicó con la mano Selim mientras nos levantábamos.

Me preguntaba de qué manera, y me dispuse a iniciar los primeros tramos del camino de San Fernando. Selim me dijo que a dónde pensaba que iba, y me señaló con la mano el coche de policía. Los policías tomaron asiento delante y nosotros hicimos lo propio detrás. Por un instante, me dio por pensar que Selim era un secreta, que me hallaba detenido –aunque no había hecho nada remotamente ilegal. Tonterías mías. Entendí, al cabo, que, cuando Selim dijo “te llevo”, se refería a eso.

―Vamos, amigo (esta palabra en español) –me dijo cuando llegamos. Me despedí de los policías tras una animada plática.

Habíamos salido de la ciudad y arribamos a un sitio natural, un paraje que, pese a la vegetación, con árboles y arbustos era más bien desangelado, con un río al fondo. Un poco sucio el entorno con restos de botellas de plástico y demás basura urbana. Había hogueras, bailes. Muchos gitanos, ataviados con sus trajes de gala, se encaminaban al río, donde se lavaban la cara, las manos, y los pies, y depositaban notas con deseos en el río y otras cosas de las que no me percaté. Era el día y el momento propicio –el rayar el alba– para que el mítico Baba Fingo, figura mítica (deidad o espíritu) que emerge de las aguas para proteger al pueblo romaní, surgiera de las aguas. Es una tradición seguida por los romaníes desde los tiempos, supuestamente del faraón en el antiguo Egipto (dicen algunos), previo al islam, en toco caso. De ahí sale la palabra en inglés, gipsy, que viene de Egyptian. En el español del siglo de oro se usó, asimismo, la palabra egipciano para referirse a los gitanos. Los que saben, aseguran que no es el Egipto que nosotros pensamos, sino el llamado Pequeño Egipto, ubicado se cree que en la actual Grecia o Asia Menor (del mismo modo que había magnas Grecias en el actual sur de Italia). En realidad, provienen del Punjab, desde hace mucho más tiempo, pero pudo ser que la geografía mencionada fuera una estación de asentamiento preferente. En cualquier caso, suena muy “indio” eso del río: como la “música balcánica”.

Festival Kakava. Foto: CeeGee. Licencia CC-BY-SA. Fuente: Wikimedia Commons

Pero volvamos al ágape cíngaro. Los gitanos bailaban, se metían en el agua, cantaban, invocaban o charlaban en torno al fuego, de cosas poco balcánicas como el colegio del niño, la profesora de la niña. Los había auténticos, a su bola, en distintos grados de participación. Los romaníes de la Tracia Oriental son musulmanes, pero también los europeos son cristianos y celebran fiestas que ya venían de antes, aunque con nombre cambiado. Las velas flotaban en el agua, otorgando una atmósfera irreal cuando aún la luz del sol no ha comenzado a bañarlo todo por mucho que se intuya. También intuyeron las autoridades el potencial turístico del asunto. De hecho, había familias que celebraban en intimidad la congregación en torno al fuego. Familias normales, con trajes no tan relucientes ni tan caros.

Pero otros se habían abonado a la vertiente turística del asunto y, armados con atuendos más vistosos, metales más brillantes, pasos de danza más elaborados y sonrisas más amplias se acercaban a los turistas y, algunos, pedían dinero, o te ofrecían algún servicio o intentaban venderte algo. A aquellas alturas Selim había hecho ya bastantes fotos y yo había tomado suficientes notas. Me hallaba, pues, perdido; un poco mareado entre tanto jolgorio y tanto turista que intentaba lograr alguna instantánea a módico precio. Había tomado ya, además, notas suficientes. Sentí un tirón en la manga de mi camiseta. Los mercaderes en el templo.

―Vámonos, amigo: esta no es nuestra gente, nosotros no somos así –dictaminó Selim. Nosotros no somos así.

Y era verdad. Tomamos un taxi –había muchísimos, el negocio es el negocio– a Edirne. Aunque yo insistí en pagar, Selim, quien le habría dicho al taxista algo sobre ello, no me dejó. Nos despedimos, nos dimos mano y correos electrónicos, los números. Nunca volví a saber de él. Lástima que el whatsapp no existiera aún o no como lo conocemos. Tardé en tener móvil inteligente (no es que entonces hubiera muchos), por pereza y por miedo a no saber manejarlo.

 

Iguales polos, similar exotismo oportunista

Este festival de la Kakava es similar al Ederlezi balcánico que, cómo no, popularizó Goran Bregović con su música y Emir Kusturica en sus películas. A menudo juntos en los años 1990. Pero Bregović se volvió equidistante y el “pan-balcánico” Kusturica se cambió el nombre para que sonara más serbio. Vivió de identificarse como balcánico pero, a la hora de la verdad, se bautizó como Nemanja, mítica dinastía serbia, abominando de su nombre bosniomusulmán de Emir. Porque él era serbio. Durante la época yugoslava la identidad no estaba tan marcada. Fue el etnicismo mal entendido el que lo destruyó todo. Emir –perdón: Nemanja– aseguró que su familia era cristiano ortodoxa serbia, pero que se había islamizado a la llegada de los turcos, para sobrevivir, hace 250 años. Me acuerdo, sí. Yo soy cristiano viejo ortodoxo, oiga, pero me obligaron a ser musulmán. El gen ortodoxo, estaba aún ahí, indestructible tras siglos de mezclas. De ahí el muy necesario gesto de hacerse ortodoxo serbio, no se piense que…

Con todo, su familia fue atea y bosníaca. No siempre se identifica con musulmanidad ni con nada. El bautismo ortodoxo de un ateo bosnio en 2005 es otro aspecto más de la destrucción no de Yugoslavia sino de su idea de convivencia étnica. La polarización, ya se sabe.

Kusturica dejó de colaborar con Bregovic para formar su propia banda, No Smoking Orchestra. Al final, discutieron. El antiguo Emir acusó a Bregović de demasiado comercial. Ya, y Péter Magyar, líder de la oposición húngara, se dio cuenta de que Fidesz, su antiguo partido, era corrupto y antiderechos humanos tras pertenecer y vivir de él durante quince años.

Lejos de mi pretensión alguna de quitar artístico mérito a los geniales Bregović y Kusturica, tanto por sus músicas como por su filmografía. Me gustan sus músicas y cine. Fueron buenos emprendedores, en su visión de negocio de popularizar lo balcánico o parte de ello, aunque, en fin: al pan alemán me remito.

Vivieron y viven de lo “balcánico”, lo yugoslavo. Goran Bregović, en concreto, fue miembro de la mítica banda de rock Bijelo Dugme. Presumía de la multiculturalidad derivada de su condición de sarajevita. En aquel tiempo era sincero, qué duda cabe. No obstante, al final –tal parece que esto empieza a ser ineluctable– acabó siendo numerario del gremio de la equidistancia. No se cambió el nombre (Goran suena muy serbio, aunque no es exclusivo de dicho grupo étnico), pero por sus actos se hizo serbio. Tras proclamar su yugoslavicidad, porque realmente era medio croata, medio serbio nacido en la entonces multicultural Sarajevo, evitó criticar el genocidio y limpieza étnica contra los bosníacos, los yugoslavos más yugoslavos, ejecutado por serbobosnios con respaldo desde la vecina Serbia y también por los bosniocroatas, en un principio contra los musulmanes. Todo ello hasta, que –sostienen viperinas lenguas– Estados Unidos obligó a los croatas a formar frente común con los bosnios, parte de los buenos, corriendo un tupido velo sobre las atrocidades perpetradas por croatas en el solar bosnio. Medio croata era, como se dejó dicho, Bregović, si bien se definía como yugoslavo porque no era –no podía– en realidad, otra cosa. No era serbio, no era croata, no era musulmán, era un bosníaco ateo, es decir: un yugoslavo sin más. Fue quizá por esta razón por la que, armado de buenos motivos, compuso Yugoslavia na noge (Yugoslavia, en pie): porque percibía que su mundo multicultural sarajevita, bosnio, espejo de Yugoslavia, a su vez una Yugoslavia dentro de Yugoslavia, se estaba desintegrando. A la hora de la verdad, renegó de un componente esencial de su personalidad. Soñaba por preservar Yugoslavia, pero ¿cuál? ¿La de Tito? ¿Su trasunto de la Gran Serbia de Milošević? Difícil responder ahora, pero sí que frecuentó a gente como Radovan Karadžić.

Ha loado siempre la multiculturalidad de su Sarajevo natal, pero, en un alarde de equidistancia que los Bundeskanzler contemporáneos ante el genocidio de Gaza envidiarían, proclamó sin empacho alguno, al ser preguntado sobre el cerco de Sarajevo, que “no era” su lucha. También se empeñó en denunciar lo absurdo y trágico de la guerra, la ruptura súbita de la convivencia vecinal por motivos religiosos, porque había un conflicto étnico religioso. Como si un buen día vecinos de toda la vida se levantan con ganas de matarse sin motivo. Pero los había, y venían de fuera.

Emir –perdón: Nemanja–, como ya se dijo, discreparon. Polos iguales, ya se sabe… ambos negaron su bosnicidad, pero no experimentaron turbación alguna a la hora de explotar el folklore yugoslavo, incluido el de la Bosnia y el Sarajevo que los vio nacer, un folklore gitano, bosníaco, lo más llamativo de Yugoslavia (vender jóvenes eslovenos, serbios o croatas en vaqueros y con un balón de baloncesto no queda tan yugoslavo, tan balcánico, cuando pocas más cosas lo son más). También Vučić tiene su particular visión de lo serbio, el yugoslavismo mal entendido con una Serbia preponderante y con toda una mitología de enemigos del Estado: sus detractores son anti-Tito, antiserbios.

Concedo que es una opinión bastante personal, pero alguien que se identifique como serbio pero que viva de aquello de lo que se abjura es una forma de colonialismo o mentalidad exótico-colonialista, que en el fondo vienen a ser lo mismo.

A todos les gustan los gitanos serbios o balcánicos, pero pocos quieren tratos con ellos. Naturalmente, a salvo quedan las muchas excepciones, pero la realidad es que el pueblo romaní ha sufrido y sigue sufriendo discriminación, en especial en los países balcánicos: así lo estipula la Unión Europea, que considera a este grupo étnico como uno de los más desfavorecidos y vulnerables.

Dos maneras de concebir la serbicidad. Slobodan Milošević/Alexandar Vučić y los estudiantes serbios. Sobre estos últimos discurrimos aquí. Entroncan con aquella tradición reivindicativa disconforme con el poder, opuesta a las guerras y a los genocidios, que muchos en Occidente desconocemos. Hoy, como hace 35 años, no reciben el respaldo europeo ni, muchas veces la cobertura informativa que merecen, por su alto valor como elementos de defensa de las instituciones democráticas y su apuesta decidida por luchar contra el autoritarismo.

Slobodan Milošević (derecha) y Alexandar Vučić
Foto: @gavriloandric
Protestas de estudiantes serbios en 2025

 

Serbios malvados

Hallándome en Albania con dos amigos españoles que enseñaban el idioma con la Agencia Española de Cooperación Internacional y Desarrollo (AECID) y con mi amigo Endi, quien se define como albanés y “musulmán moderno”… Llegó un chaval valenciano y otro más, de Madrid. Cada uno hacía sus cosas, cada uno estudiaba “cosas balcánicas”. Al preguntarme sobre aquello que yo hacía les conté que estaba escribiendo mi tesis sobre Yugoslavia, Serbia y su integración en la UE. Hace tiempo de aquella plática. Tanto, que aún me creí que el horizonte de 2012 que anunciaba la UE para el ingreso de Serbia y Montenegro era una realidad plausible. Sólo hacía 4 o 5 años de la visita del entonces flamante presidente serbio Vojislav Koštunica a Biarritz, donde la Unión certificó el inicio del camino hacia la adhesión de Serbia. Se había dejado atrás a Milošević. No así el milosevismo, que parece más fuerte que nunca (hoy y en 2003), se llevó por delante a Zoran Djinjić, esperanza de cambio, referente de los estudiantes hoy. Pero estaba Boris Tadić por venir, quizá el mejor presidente que haya tenido Serbia. ¡Era todo tan bonito!

No para los recién llegados. Noté las caras, de incomprensión rayano en el desprecio, de identificarme con alguien mala gente. Porque todos los serbios, para muchos, son asesinos: los panes alemanes de los supermercados españoles representan a todo el pan alemán y la “música balcánica” es sólo el refrito de Bregović. La estereotipizaciones son peligrosas: lo mismo valen para victimizar que para criminalizar. Pero funcionan, en particular en estos tiempos de populismos. Porque, claro: todos los serbios estaban con Milošević y apoyaban sus planes. Todos.

Serbia arrastra de manera recurrente el papel del malo de la película desde las guerras de los años 1990 y el sangriento y racista proyecto panserbio de Slobodan Milošević. Sin embargo, los dirigentes políticos son una cosa y la opinión pública, otra. Muchos estadounidenses no estaban de acuerdo con lo de Vietnam, y el gobierno, a lo suyo. Como en la Serbia actual, sus jóvenes se levantaban contra el particular Vietnam de Milošević. Muchos analistas consideran que Occidente los ignoró: cada uno quería salir de la brutal crisis económica que desde la muerte de Tito asolaba el país. Todos querían resolver a su manera. Sin embargo, Occidente se fijó sólo en las ansias de croatas y eslovenos de salir de la federación yugoslava, no percibiendo que no fueron los únicos que querían escapar del desaguisado yugoslavo. Muchos serbios deseaban, del mismo modo abandonar aquella federación, pero permaneciendo en la Yugoslavia unida. No estaban de acuerdo con la forma en que el país se precipitaba a una guerra de agresión y de limpieza étnica.

A los serbios que renegaban de ello y lo manifestaban en la calle no se les tuvo en cuenta durante mucho tiempo. Los medios, además, asentaron en el campo de la opinión publica el lábaro de serbio como sinónimo de belicosos, partidarios de la guerra, sin matices: “muy balcánico” todo. Con esta gente no se puede ir ni a recoger billetes de cien euros, sólo saben pelearse. Como narré antes, no sólo los serbios eran los malos en exclusiva, también los que intentaban saber algo sobre ellos.

 

En Serbia había otras especies además del ‘homo milosevanus’

La efervescencia serbia actual recuerda aquella de finales del último decenio del siglo XX. Eso sostiene más de un boomer serbio fogueado en las protestas de los años 1990, cuando la gente se levantaba contra Slobodan Milošević. Exigían un cambio de régimen, otra sociedad donde la corrupción, las manipulaciones electorales y los clanes mafiosos ligados a grupos paramilitares que cometieron crímenes de guerra no tuvieran cabida. Hoy, como en 2023-2025, el hartazgo por los fraudes y la deriva autoritaria del país son evidentes. Cunde la impresión de que, en realidad, no ha cambiado nada: es milosevismo con más tecnología: mismo perro, distinto collar.

O se ha cambiado mucho, pero, en cualquier caso, la población serbia no es de las que tragan sin rechistar: hubo varios picos de contestación callejera en los años 1990, con artistas en contra del régimen y cantantes cuyas letras criticaban el expansionismo serbio y la guerra en Bosnia.

En 1991-1992 no fue menos: también los estudiantes se manifestaron contra el poder y contra la guerra en Croacia y Bosnia. Milošević, igual que Vučić hoy, controlaba los medios y etiquetaba a los manifestantes como agentes extranjeros. En los noventa el joven Aleksandar Vučić medraba en los círculos del poder. Pocos años más tarde lanzaría una advertencia en sede parlamentaria: por cada serbio muerto, Serbia mataría a cien musulmanes. Excesos de juventud, imagínese. En algo se tenía que entretener. Si es que no les damos alicientes a la chavalería. Debería haberse apuntado a baloncesto. Con su altura, quién sabe si no hubiera sido un nuevo Dražen Petrovič (con idéntica mala baba, eso sí).

La represión del régimen contra los estudiantes también fue excesiva: heridos, muertos, mucho miedo. Era peligroso. Quizá no fuera posible cambiar nada, pero en 1996-1997 resucitó la esperanza: la primera derrota (parcial) de Milošević. Cuando la coalición opositora Zajedno (Juntos, en serbio, primera de la larga serie de intentos de confluencias hasta ahora) ganó las elecciones locales, el gobierno anuló los resultados. Miles de ciudadanos tomaron las calles durante meses, enfrentándose a policía y a los contramanifestantes (no estamos aún en 2024 ni en 2025 aunque pueda parecerlo). La presión internacional obligó a Milošević a ceder: en algunas ciudades, la oposición fue reconocida. Menos era nada.

Muchos hablan del bienio 1999-2000 como la revuelta final. Si Milošević pensó que vehicularía al pueblo contra los bombardeos de la OTAN en torno a su persona se equivocó de lleno. Los bombardeos de la Alianza en 1999 son una actuación denostada por serbios de todas las edades entonces y hoy, pero no detuvieron las protestas contra el presidente yugoslavo. La OTAN, muy mal, pero no nos olvidamos de ti, Slobo. En 2000, cientos de miles de manifestantes ocuparon el Parlamento y la televisión estatal cuando Milošević intentó anular los resultados electorales. Acorralado, renunció y fue extraditado más tarde al Tribunal Penal Internacional para la antigua Yugoslavia (TPIY), donde iba a ser enjuiciado por crímenes de guerra y genocidio (aunque falleció antes en prisión). La población había dado un ejemplo de civismo, como los jóvenes de hoy.

Ocupación del Parlamento serbio por estudiantes en 2
Derrocamiento de Slobodan Milošević, el 5 de Octubre de 2000, con la Asamblea Nacional de la República de Serbia en llamas. Foto: Viktor Sekularac. Licencia: CC-BY-4.0 Fuente: Wikimedia Commons

El período 2000-2021 podía, ciertamente haberse convertido en un tiempo de esperanza. Con Vojislav Koštunica (exnacionalista radical, pero pragmático y credenciales democráticas) y luego Zoran Đinđić y Tadić, Serbia parecía encaminarse hacia la UE y la democracia de manera irreversible. Đinđić impulsó reformas, extraditó a Milošević, pero fue asesinado en 2003, recordando que la vieja guardia miloseviana no cedía fácilmente. Tadić continuó la senda proeuropea, más pragmático y menos combativo. Y es que el recuerdo de su compañero Djinjić, asesinado a plena luz del día por miembros de la seguridad del Estado que también trabajaron para Milošević, conectados con la mafia, hubo de ser determinante: los de siempre siguen ahí y lo recuerdan de manera constante.

El predsednik Tadić lidió con la independencia de Kosovo y con una opinión pública exigente y a veces impaciente. Le sucedió a esta fase más o menos fallida en sus objetivos el interludio Tomislav Nikolić: iba a ser una pausa, si bien marcó el inicio del deslizamiento del país por las oscuras simas del autoritarismo.

 

Un Vučić para el siglo XXI

Toma Nikolić fue un breve paréntesis antes de la consolidación de Vučić. Nikolić fue desplazado internamente dentro del SNS, dejando vía libre a Vučić para maniobrar. El actual predsednik, quien accedió al poder en 2017, es un maestro del populismo y el control de la oposición. Por algo detentó en tiempos de Milošević la dignidad de ministro de Información –propaganda– durante el mandato del predsednik Mirko Marjanović. De aquel período fueron la importante contribución a legitimar la limpieza étnica en Bosnia, los discursos de odio contra los albaneses desde 1998 y una de las legislaciones más restrictivas de la libertad de información, siendo uno de sus hits el de calificar a los periodistas que le eran críticos como enemigos del Estado, espías o agentes extranjeros. No es –recalco– 2017-2027, es el último bienio del siglo XX. Hoy, sólo actúa aplicando sus conocimientos de entonces: concentración del poder, control de los medios y persecución a la oposición, como se irá viendo. Su autoritarismo combina nacionalismo, manipulación de la opinión pública y clientelismo: una captura de Estado en toda regla, mientras enarbola la enseña de protector de Serbia y de Kosovo frente a Occidente y alienta vínculos con Rusia. Su manejo del sistema recuerda las tácticas de Milošević, adaptadas al siglo XXI.

 

Los estudiantes serbios y su metodología

Varios son los atributos de las protestas estudiantiles. El primero de ellos pasa por su condición de actores políticos, si bien neutrales en lo que a formaciones atañe. Hay una larga trayectoria de estudiantes disconformes en Serbia, si bien, en los últimos años, parecía cundir cierta apatía, cierta resignación un poco marca de la casa. Vučić mantiene un control tan férreo de todos los aspectos de la sociedad, que para qué intentarlo. Siempre gana.

No obstante, el gen de la combatividad de la comunidad discente nunca se ha apagado: simplemente permanecía apagado, inactivo. Hoy vuelve el compromiso: se han convertido en militantes activos en la causa de la justicia y la institucionalidad. No solo ocupan las calles y bloquean universidades y otros edificios públicos o carreteras, sino que enseñan y recuerdan conceptos que habían quedado olvidados o, mejor dicho, a cuya amnesia aspira el gobierno: Estado de Derecho, separación de poderes, libertad de expresión. La movilización del 15 de marzo de 2025, con más de medio millón de personas, muestra que la juventud ya no espera o sueña; actúa. Y galvaniza a toda la población

En segundo lugar, cabe citar el empeño en defender la democracia como sistema que no sólo se queda en las urnas –unas urnas que suele manipular el régimen con denuedo, por cierto–. Se dirigen a la sociedad en general, no son un movimiento exclusivamente antigubernamental. No los apadrina ninguna formación política, por eso reciben apoyo de muchos votantes del SNS y los partidos de la colación gubernamental: defender las instituciones, luchar contra la corrupción, vigilar el poder, participar como integrantes de sociedad civil que son, y exigencia de transparencia y rendición de cuentas. Esta lista es algo que conecta con todos los sectores de la sociedad.

Firmeza es el tercer rasgo del movimiento estudiantil. Han sufrido represión y violencia, ataques y estigmatización, pero permanecen firmes. Sus protestas, incluso bajo amenazas, demuestran que la defensa de derechos y la democracia no son negociables. No se dejan engañar. Ante promesas insuficientes o falsas, resistencia.

Como cuarta cualidad cabe mencionar la protesta como acto de patriotismo. Potente arma contra la narrativa oficial que les acusa de antiserbios o prooccidentales. Todo lo contrario: el amor a su país es el motor de las movilizaciones masivas. El gobierno debe dimitir porque no quiere lo mejor para Serbia: se contrapone, de acuerdo con esto, el nacionalismo del amor, inclusivo, al agresivo de un gobierno que no termina de reconocer abiertamente que lo de Srebrenica fue un genocidio. El “todos son bienvenidos” que ha sumado a los bosníacos, musulmanes en Novi Pazar, contrasta con el discurso de “estáis fuera” por prooccidentales, por ejemplo. Las banderas simbolizan que una Serbia mejor es posible. Ser patriotas es exigir que funcione mejor el país.

El quinto emblema de los estudiantes pasa por el activismo ciudadano, recurriendo a la desobediencia civil, tirando de paros y protestas o bloqueos, que son vistos como instrumentos legítimos para exigir el cumplimiento de la ley. Desde plazas hasta aulas móviles en pueblos y ciudades, los jóvenes ejercen su derecho a desobedecer civilmente cuando las estructuras políticas fallan.

La llamada a la solidaridad de la población es otro de los elementos: ellos comandan la sociedad, pero, si se aspira a lograr un cambio real, es necesaria la unidad. Estudiantes, trabajadores, profesionales, incluso abuelos en aldeas remotas, se conectan digitalmente para amplificar un mensaje común. Por eso, hay historias como la de un anciano maestro jubilado con pinta de monje anacoreta del Monte Athos que montó guardia junto a su mujer con carteles contra el gobierno. Bah. Están solos, nadie les hace caso. Entonces las protestas no estaban tan extendidas a toda la geografía serbia, como ahora (CRTA –Centro para la investigación, la transparencia y la rendición de cuentas– se hace eco rigurosamente de cada ciudad o población que alberga protestas, que ahora son la inmensa mayoría). Estaban solos, pero no por mucho tiempo, pues los estudiantes, al saber de esta curiosa y testaruda actitud, acudieron a acompañarlos. “¿Quién dice que estamos solos?”, posaba el matrimonio con tal leyenda en un cartel artesano. Orgullosos de ser cabeza de playa. La pasividad no puede permitirse y todos desde su posición o sus posibilidades deben implicarse.

¿Quién dice que estamos solos?

Sucedió el 15 de marzo: el llenado de las calles con cientos de miles de estudiantes y sus seguidores en Belgrado, pero no es solo un acontecimiento masivo aislado. Es una señal de que los ciudadanos pueden recuperar la política. Los estudiantes han asumido el papel de guardianes de un país que debería estar guiado por el Estado de derecho, instituciones democráticas, justicia, rendición de cuentas. Volviendo al exotismo balcánico que se empeña en asegurar que los Balcanes tienden a pelearse entre ellos, los estudiantes serbios nos están demostrando que la apatía de las sociedades europeas occidentales no es el camino: son un ejemplo de que pueden conseguir logros a través del activismo. Saca las vergüenzas a unas sociedades que parecen resignadas a que llegue cualquier Vučić y acabe con su democracia. Son una guía para Europa o para el Estados Unidos de Donald Trump, quizá para Hungría, quizá para los polacos que acaban de elegir al revisionista y negacionista Nawrocki Rusia.

 

La reacción del gobierno a las protestas: muchos palos y casi ninguna zanahoria

El gobierno serbio va a tratar las protestas iniciadas en noviembre de 2024 con el derrumbamiento del techo de la ultramoderna y ultranueva estación de ferrocarriles de Novi Sad. Dieciséis personas perdieron la vida, muchos de ellos jóvenes. Era la enésima fechoría del gobierno tras años de manipulación electoral, violencia, retroceso de las libertades. La tragedia de Novi Sad fue un claro escaparate de las miserias del sistema, en concreto en la vertiente de la corrupción generalizada y la falta de rendición de cuentas. Lo saben todos con el emprendimiento de la construcción de cualquier infraestructura o la cleptocracia inmobiliaria en la erección de Novi Beograd. Aquella vez, sin embargo, fue distinto: hubo muertos. La sociedad serbia, todo hay que decirlo, ya estaba activada y curtida en las protestas. Hacía falta algo que fuera capaz de unir a todos sin adscripción política: es la victoria de los estudiantes.

Colapso de la cornisa de la estación de ferrocarril de Novi Sad en noviembre de 2024

El gobierno lo subestimó: total, otra típica protesta-que-se-quedará-en-nada, como todas. Pero no se desinfló, sino que fue a más, se extendió a casi toda la población y, lo que es más indignante: ahora piden elecciones. Dónde se ha visto. Desbordado y a remolque de la situación, el gobierno nunca tuvo las riendas. La brutalidad de su reacción es piedra de toque de su impotencia.

La reacción del gobierno de desdobla en varios frentes. Aquí comenzaremos la exposición en función del grado de violencia física, comenzando por las actuaciones represivas que, digamos, no dejan cardenales. Así, puede hablarse, en primer lugar, del discurso esgrimido, para pasar a las medidas de presión o coercitivas como los despidos, las campañas de difamación y descalificaciones, para concluir con la violencia física pura y dura, la represión que todos tenemos en mente y que puede definirse como alguna vez escuché en la calle: jarabe de cachiporra.

 

Reacción del gobierno: narrativa 

“Nosotros hemos tenido el peor enero en, no sé cuántos años, en términos de resultados económicos. Cuando alguien dice que en Serbia comenzará una guerra civil, cuando alguien en Serbia habla de llevar a cabo una revolución, cuando alguien en Serbia dice que bloqueará carreteras, autopistas o puentes, eso ciertamente no es una buena invitación para los inversores”.

Miloš Vučević, expresidente del Gobierno serbio, 11 de febrero de 2025

Como todo manual populista, se apela a la emoción, por lo general con tintes desinformativos y unas gotitas de medias verdades, su variante mas letal.

Todo vale. Naturalmente, siempre hay un culpable (esto es de primer curso de manipulación informativa), alguien a quien criminalizar para cargar o descargar las culpas y los errores propios. En efecto, es lo que están pensando: los estudiantes.

A la luz del discurso del poder, hay que trabajar por el país, no vaguear. Los estudiantes, pues, deberían permanecer en sus aulas estudiando para construir la Serbia del mañana, no perdiendo el tiempo en manis que dañan el país. Se lanza la idea de que los estudiantes son unos festeros y juerguistas que se aprovechan de tragedias ajenas como la de Novi Sad y, claro, perjudican a Serbia. Y ¿por qué razón iban a desear tal cosa? Llega Vučić en estado puro con los eslóganes de un cuarto de siglo atrás: los manifestantes son títeres de occidente. Pero hay más: los jóvenes, independientemente de su cualidad de antiserbios y comasta-festeros permanentes, cuestan además mucho dinero a Serbia, como se deja claro en la cita que abre este apartado; es decir: quitan dinero para comer al ciudadano medio, están lesionando las finanzas de la gente.

El fin es claro: la polarización de la sociedad. El dinero es lo de siempre: dejémonos de manifestaciones y levantemos el país. El presidente del Gobierno, Miloš Vučević, exigió el 11 de febrero de 2025 a los estudiantes que regresasen a su obligación de estudiar, y a los profesores (la mayoría de ellos apoya al alumnado) que cumplan con su deber docente. Para poder “continuar con el desarrollo económico”. Cada hora –aseveraba el primer ministro– cada día de bloqueos y parálisis de la vida en Serbia tiene un coste económico. Podría parecer un lenguaje contemporizador, un llamamiento más o menos sincero… si no los acusara de promover una guerra civil o una revolución (veremos que no será la primera vez). La mencionada cita de arriba es testigo de un pasmoso ejercicio de comparación manipulativa: bloqueos de carreteras, autopistas y puentes se identifican con violencia bélica.

Mientras tanto, Vučić pone implanta aspectos plan zanahoria, intentando poner a los manifestantes de su parte. En primer lugar, la primera ministra Ana Brnabić amagó con dimitir, aunque aguantó hasta diciembre de 2023, con el horizonte electoral en la cercanía. Pero no lo hizo.

Nota curiosa: Serbia, país de contrastes, de lo cual es muestra Ana Brnabić. Abiertamente lesbiana, ello no fue obstáculo para detentar una de las más altas magistraturas del Estado y una de las personas de máxima confianza de Aleksandar Vučić. Hoy es presidenta del Parlamento). Bueno ¿y qué tiene lo dicho de particular? Pues que Serbia se cuenta entre los países más homófobos y atrasados de Europa en el campo de los derechos del colectivo LGTBI: los palos en las ruedas al desfile del Orgullo o los abusos policiales contra el colectivo son cuestiones ampliamente acreditadas.  

Enero de 2025 fue un ejemplo de reacción tardía del gobierno cuando ya se le había escapado la situación de las manos y la iniciativa. Fue una buena cosecha de dimisiones. Un gesto a los estudiantes fue la dimisión del alcalde de Novi Sad, Milan Đurić, por el ataque de varios desconocidos armados con bates a una estudiante en la ciudad. Sus palabras invocaron a la desescalada y a la voluntad de diálogo, comprensión mutua y responsabilidad moral.

También en enero presentó su renuncia el mentado Miloš Vučević. En teoría, una decisión personal; para todos: una destitución ordenada por Vučić, quien sacrificó al presidente de su Gobierno. La razón giró en torno a la supuesta asunción de responsabilidad, por razón similar a la de Đurić. De este matonismo discurriremos con mayor detalle un poco más adelante.

“He venido a pedir perdón; he quitado la vida a un hombre, y de ello siento horror. No puedo devolverla, pero puedo llorar y rezar. Rezad también vosotros por mí; y si el fraile homicida os causa espanto, dejadlo; aceptaré como justa penitencia el odio de los hombres”. Alessandro Manzoni, Los novios, 1827

Desengáñese el lector: si alguien pensaba que el discurso dimisionario de Vucévic iba a parecerse al pasaje de la genial novela de Manzoni en el que se pide perdón al ofendido con gran humildad, está equivocado. La nota definitoria de la perorata estuvo lejos, desde luego, de la humildad de Frate Cristoforo, y ello en atención a que, dimitió, pero no dimitió (uno de los primeros gatos de Schrödinger en esta crisis y en este artículo): aún estuvo tres meses más en el cargo, en funciones, quizá para no exponer al próximo y ganar tiempo.

Además, el dimisionario, por cierto, fue alcalde de Novi Sad de 2012 a 2020 durante las primeras etapas del proyecto de reconstrucción de la estación de tren. Vučić tiene que sentirse muy punk al designarlo para dirigir el Gobierno en mayo de 2024 en medio de unas protestas a causa del derrumbe de la estación de la segunda ciudad de Serbia que él gobernó entonces.

Un acto que no fue, desde luego, de contrición. Unas palabras del primer ministro ya en funciones que presentaron un tono más bien subidito. Como Đurić, esgrime como motivo de su dimisión su voluntad de no acentuar la tensión en la sociedad, aspirando a que su dimisión fomentara el temple de las pasiones y el regreso al diálogo, en un alarde de equidistancia en el que no asume que dichas “pasiones” las ha provocado el mal hacer del gobierno.

Y ahí acabó el tono conciliador, para pasar a sugerir que la polarización en Serbia tiene origen en “influencias extranjeras” y que las protestas fueron atizadas desde el exterior… ¿De verdad? ¿Otra vez lo mismo? Toda invocación al diálogo se estrella contra del descarado intento de echar balones fuera. Por tanto, la supuesta disculpa y conato de conciliación es algo totalmente impostado y huero de sinceridad. Tampoco pronunció en su alegato palabra alguna sobre las sospechas de corrupción que pesaban sobre él: la lucha contra la corrupción es una de las reivindicaciones de los estudiantes serbios.

Continuamos con las zanahorias de este “enero glorioso”: la oficina de Vučić comunicó que había liberado a trece personas, entre ellas seis estudiantes y varios docentes universitarios, que habían sido arrestados en relación con las protestas. Supone algo similar a una rectificación, aunque cargada de cinismo: poner en libertad a personas que habían sido detenidas injustamente.

Sin embargo, dejémonos de principiantes. El maestro de los maestros, el martillo de los martillos siempre ha sido el predsednik Aleksander Vučić. Si bien hay que hacer notar que, en ocasiones, peca un de inocente porque, en una conferencia de prensa, el 30 de enero de 2025, aseguró que se restablecería el orden en Serbia y que se preservará la paz y la estabilidad. Después, de nuevo, el consabido llamado al poderos caballero: “Debemos volver a trabajar” y “el país debe funcionar”. Siguió con otro guiño a los manifestantes, como las promesas de publicar documentos sobre la reconstrucción de la estación de Novi Sad y un posible reajuste gubernamental. Asimismo, anunció varias detenciones de personas relacionadas con la violencia.

Muy poca cosa para el predsednik, tan dado a los excesos e insultos (Javier Milei ha debido de aprender de él). Y es que Vučić es mucho Vučić. Los fans queremos más. Tranquilos: es el de siempre quien, tras la calma que precede a la tormenta, acusó a los medios extranjeros de mentir sobre las protestas.

Dicho mes, justo antes de la navidad serbia, ya había comenzado a entrenar su retórica, declarando zona de riesgo las inmediaciones de la Secretaría de la presidencia, donde se ubica su despacho. Combinando victimismo con matonismo, se mostró preocupado por su seguridad. Tenía miedo. Así cualquiera trabaja. Sin embargo, al mismo tiempo aseguró que, si hubiera sacado a los Cobra (unidad de élite del Ejército) a disolver la concentración, termina en segundos el asunto. Aquel que quiera entender, que entienda. En similares términos de amenaza velada se expresó en agosto de 2025: tras disturbios en Novi Sad, aseguró que no desplegaría el Ejército.

 

Victimismo de siempre

Sin embargo, Vučić también tiene su corazoncito. Así, se defiende. Él no ha hecho otra cosa que entregar su vida a Serbia. Y tiene respuestas para todo o, mejor dicho, tiene leña para todo aquel uno que tenga a bien no estar de acuerdo con él. Hoy por hoy, desconocemos si los jóvenes serbios van a seguir galvanizando el país 500 días más: hoy por hoy, determinación no es precisamente lo que les falta. Lo que sí está claro, invocando los versos sabinianos de los que he, impunemente, he tomado posesión, es que Vučić milita en la cofradía del santo reproche: con ustedes, del creador de “el/la profe me tiene manía”, llega, en todas las salas: “el mundo –en particular, la UE– me tiene manía”. Iba a decir Estados Unidos, aunque tal parece que la administración Trump comulgue en otro templo ya que Trump, a la luz de sus antecedentes y querencia por Viktor Orbán, puede ver en Vučić a otro as de su causa.

Trump y victimismo, ahí reside la clave. Y no es original. Pasa por novedoso, eso sí, la actitud: Estados Unidos siempre había desplegado un rol de guardián de la democracia – “gendarme mundial”, decían algunos–. Desde el final de la guerra fría es cierto que en solitario era complicado, y los años 1990 fueron un pertinaz empeño en dejárselo claro: Somalia, desintegración de Yugoslavia, Croacia, Bosnia, Kosovo, entre otros. Con lo bien que empezó todo con lo de Irak. ¡Ay! ¿dónde andaban esos soviéticos cuando más falta hacía? Con lo fácil que era el reparto de áreas de influencia. Que una cosa es ser el más chulo de la clase, y otra en tu cole, del barrio y de la ciudad. Con todo, Washington era un actor indiscutible que, con sus contradicciones, se erigía en muro de contención de las democracias contra los abusos de otros. Y estaban orgullosos de ello.

Sin embargo, hete aquí que el míster Trump quería que América fuera grande de nuevo, y eso pasaba no sólo por llamar Golfo de América al de México –¡valiente ocurrencia¡, si todos saben que el golfo es otro–. Esta grandeza no pasaba por ejercer un papel rector, liderar un mundo sin que nadie se lo haya pedido, sino, sin reparar en ello, aplicar la vieja matraca del victimista consumado: Estados Unidos está mal porque otros le perjudican, le estafan. Europa le estafa, los pingüinos antárticos me estafan, también Lesoto (a ambos territorios quiere imponer aranceles). El mundo me tiene manía, todos se aprovechan de mí. Ello es en realidad una muestra de inanición: poner aranceles porque Estados Unidos va mal quiere decir lo siguiente: que tu país va mal. Y este mensaje, a efectos de poder blando e imagen reputacional y consiguiente confianza que todo agente económico necesita para operar no es, precisamente, que exude confianza. Luego, lo del vaivén de decisiones y meter a extraños en el chat de planificación de operaciones militares confidenciales… Mejor, dejarlo.

El victimismo de Trump ya lo aplicaron Slobodan Milošević y, por aquel entonces, un muchacho joven y prometedor que respondía al nombre de Aleksandar Vučić.

Con todo, el predsednik serbio no es el primero, ni será el último. Hay una serie de líderes en el ámbito del Este europeo que desarrollan ese papel de nación agraviada. Hablamos, naturalmente, de la Hungría de Viktor Orbán, especialista en desguazar las instituciones democráticas y cargar contra los valores europeos de una Europa, sí, a la que pertenece. Dejando a un lado el intenso debate sobre si la Unión Europea murió de éxito atragantándose con la macroampliación de 2010 con países que quizá no estaban preparados, torno al adagio del despecho “el mundo me odia”, en absoluto nuevo.

 

El discurso de Jagodina

Constituye buena muestra del pensamiento vučićniano. Con independencia de que el lugar elegido tiene mucho juego (en serbio suene a “fresalandia” o “sitio de las fresas”), la alocución, básicamente destinada al consumo interno, a sus fieles, consistió en una especie de conferencia en modo panegírico. Cabe adelantar que la convocatoria јagodinka (según el SNS, un “encuentro voluntario, pacífico”) no era para cualquiera: estaba dirigida, según el SNS, a “personas inteligentes y normales que deseaban una Serbia amante de la libertad. Touché. Ello implica que hay mucha gente que no es normal y que no es partidaria de la libertad. La meta de la cita es insuflar nuevas energías y personas al partido y al gobierno, además de la creación o formación de un nuevo movimiento político. En el mitin de reafirmación y motivación el predsednik abordó varios temas, destacando principalmente el “incidente Dragan Đilas”, las protestas estudiantiles y la situación internacional relacionada con la guerra y el gas ruso. Vamos por partes.

 

¿Qué pasó con Dragan Đilas? 

Se trata de un político de la oposición, exalcalde de Belgrado. En esta ciudad las encuestas daban una victoria muy probable a la oposición, si bien “algo” sucedió para que esto no ocurriera: sucesos paranormales que irrumpen siempre en la organización de unos comicios en Serbia, donde acuden a votar electores de 125 años, personas fallecidas e incluso bosnios. Total, los serbios ya están curados de espanto.

En este contexto se produjo un enfrentamiento con los jóvenes del SNS (Partido Progresista Serbio, de Vučić), una contramanifestación progubernamental. Es de dominio común en el país balcánico que el gobierno infiltra agitadores para provocar más disturbios y violencia. A veces, hasta hay atropellos (habrá ocasión de abordar la cuestión). Vučić señaló que la culpa recaía principalmente en Đilas, quien, según él, desencadenó la situación al mostrar odio, intolerancia y deseos de conflicto. Vučić acusó al opositor de buscar enfrentamientos y grabar la confrontación para hacer creer que los jóvenes del SNS eran cobardes –una narrativa muy testosterónica–, pero las cosas no salieron como él había planeado, ya que los jóvenes del SNS respondieron con valentía. Lo dicho: unos machotes.

Vučić también defendió a Luka, uno de los jóvenes del SNS que estaba involucrado en los incidenes, destacando su valentía y su intento de proteger a los demás sin recurrir a la violencia (de nuevo un clásico: los violentos son los otros). Además, Vučić criticó que Đilas no se hubiera retirado cuando la situación se complicó, especialmente al ver que se estaba volviendo más tensa. El presidente serbio aseguró que Đilas perseguía la violencia y que era el culpable de la escalada por su actitud “provocadora”, en el enésimo intento de deslegitimar a la oposición.

En cuanto a las protestas estudiantiles, Vučić, en un tono claramente victimista, se quejó, aludiendo al episodio de manifestación frente a su oficina, antes descrito, de que llegaron a las inmediaciones de su lugar de trabajo, violaron la zona restringida en una convocatoria ilegal, rodearon la Presidencia con actitudes que ponían en riesgo la seguridad y la libertad de movimiento garantizadas por la Constitución. Calificó todas esas acciones de delito muy grave.

Es entonces cuando el predsednik despliega su artillería y pasa al trazo grueso. Así, critica la falta de respeto hacia su posición y cuestiona por qué los manifestantes no dirigieron sus quejas a otros actores como los fiscales. En este sentido, aseguró, en febrero de 2024, en su cuenta de Instagram, que él está siempre a favor del diálogo, que siempre resulta beneficioso.

Otros asuntos esbozados pasaron por la situación internacional, destacando la inevitable cuestión del gas ruso y la política europea: habla de la decisión de Ucrania de cortar el flujo de gas ruso a Europa a partir del 1 de enero de 2025 y cómo esto afectaría a países como Eslovaquia y Austria. No deja de mencionar a Robert Fico, primer ministro eslovaco, que viajará a Rusia, lo que podría generar tensiones en la Unión Europea. Eslovaquia es, antes y hoy, uno de los principales sostenes de Rusia en la cuestión ucraniana y del gas. Por su carácter populista, prorruso y con retórica antieuropea, es una figura bastante cercana a Vučić.

No podía faltar la guerra en Ucrania. Tirando de equidistancia, lamenta que los ataques ucranianos en territorio ruso compliquen la situación internacional: calco del discurso de Vladimir Putin, a tenor del cual él si puede invadir Ucrania, pero defenderse atacando a Rusia supone una inaceptable provocación.

En cuanto a las protestas y la oposición, los acusa de histéricos por criticar el mitin. También tiene palabras para los tibios del SNS que no cierran ciegamente filas en torno a él. Les acusa de complacientes y malos gestores y amenaza con purgarlos. Respondiendo a los temores de la oposición, asegura que no cambiará la Constitución para optar a un segundo mandato. Un año después confirma este aspecto, insistiendo en que así lo hará porque no es un dictador.

 

La contramanifestación del SNS en Belgrado

En respuesta a los cientos de miles de concentrados contra el gobierno, el SNS decide convocar una contramanifestación en abril de 2025, un mes después de la posiblemente más multitudinaria protesta de la historia serbia y tras una marcha ciclista y a pie hasta Novi Pazar, capital del Sandžak homónimo, de predominio musulmán. Allí, en la mayor manifestación hasta la fecha, se les unieron los estudiantes de la universidad de la población, aunque el bofetón más grande que se llevó el gobierno fueron las imágenes de estudiantes y otros habitantes ataviados con el velo musulmán protestando contra el poder, exhibiendo la unidad étnica de las protestas. Para un Vučić reacio a reconocer el genocidio bosniomusulmán de Srebrenica, o a hacerlo con cuentagotas, fue un gol por toda la escuadra que le endilgó la oposición.

El SNS congregó a unos miles de seguidores del presidente en el centro de Belgrado, lejos de las decenas o centenares de miles que lograron movilizar los jóvenes serbios. El SNS blindó el mitin con efectivos policiales y se tiró la casa por la ventana: el SNS organizó conciertos y barbacoas, se instalaron tiendas de campaña y barricadas para los seguidores del presidente. Un festival en toda regla. Muy en la línea del nacionalpopulismo, no faltó una enseña nacional serbia, portada por simpatizantes del SNS, batiendo plusmarcas en dimensiones.

Sin embargo, los propósitos del ágape no eran sólo festivos. Vučić optó por explayarse en torno a una conspiración –judeomasónica, diría cierto señor bajito con bigote y entonces muy delgado– mundial o, mejor dicho, occidental, contra su persona. Así, acusa –sin pruebas, ni falta que hace– a los servicios de inteligencia occidentales de promover su derrocamiento a través de una “revolución de color” y que, entre otras maléficas organizaciones, se encontraba detrás la Agencia Estadounidense para el Desarrollo Internacional, USAID (Gracias, Donald, pensó cuando el naranjado president la desmanteló): hay gente que nunca cambia. Fue un discurso de fuerte tono emocional en el que el predsednik parecía próximo a las lágrimas. Él, que ha dado a Serbia sus mejores años.

 

Los disturbios de Novi Sad y el muñequito de Duracell

[Fecha: 15 de agosto de 2025
Medio: RTS (Radio-Televisión de Serbia)
Formato: Entrevista
Tema: Vučić responde a preguntas de la presentadora y comentarios de ciudadanos].

Recuerdo una vez, estando en Cuba, que fui a comprar algo a un puesto de comida cerca de la playa de Santa María, en La Habana. Estaba puesta la radio. El locutor hablaba de la bota del imperialismo y la tendera, indignada y cansada, exclamó:

―¿Otra vez? ¡Están estancaos!

En el ferragosto de 2025, tras unos disturbios acaecidos en Novi Sad poco antes Vučić se dejó ver de nuevo por la RTS, donde insistió en sus temas fetiche. No podía faltar –¿en serio? ¿Otra vez?– el origen externo de los disturbios, culpando a poderes foráneos de la actual situación del país. Hay varios “agentes”: por una parte, la oposición nacional en el extranjero, que denomina frente verde-izquierda, Occidente y los países que lo integran y, en concreto, la misma USAID. Así, los estudiantes estarían dirigidos por agitadores extranjeros o líderes opositores desde fuera del país que persiguen el poder mediante disturbios y ataques a la policía. Por añadidura, reprocha a los ciudadanos que celebren la violencia y los incendios. Los califica de bloqueadores, apelativo con connotaciones despectivas (por los bloqueos que suelen realizar), que aplica a los estudiantes, a quienes intenta asociar estrechamente con la violencia. Vučić los acusó de destrozos y estragos. Con todo debe hacerse notar que hubo policías reforzados con miembros de los Kobre. Y donde esté este cuerpo hay gresca segura.

Además, vuelve a insistir sobre el impacto económico de las protestas en la vida cotidiana, señalando que la situación afecta a la vida de los ciudadanos ordinarios (enésima apelación al bolsillo de la gente). Y dura, y dura, y dura.

En cuanto a la exigencia opositora de elecciones, reiteró que los comicios se celebrarían dentro del plazo legal y constitucional. Además, para qué, si él es un gobernante honrado que dirige el país “honesta y justamente”, que ni recibe apoyo extranjero ni tiene intereses fuera de Serbia. Olvida, quizá, que la inteligencia rusa asiste a la seguridad serbia en la represión de las manifestaciones, aunque, en fin, es un hombre muy ocupado. No puede estar en todo.

También expone sus propias cifras de afluencia a las manifestantes: casi no hay opositores, a diferencia de sus partidarios, que los superan. Dichos seguidores son, según Vučić, adultos, gente con la que se puede hablar. Se diferencia de los estudiantes gamberros. En consonancia, con el habitual discurso que bascula entre la vaguería y las ansias festivas de estudiantes y opositores hasta los tintes más hooliganescos, cuyo cometido es agredir a las fuerzas de seguridad. Son, para Vučić, ataques a personas que “piensan diferente”. De hecho, califica las agresiones a la policía como “intentos de asesinato”. Para qué medias tintas. Por ello, el predsednik elogia la labor de las fuerzas de seguridad y unidades especiales y los respalda.

En contraposición a la actitud violenta de la oposición, el presidente está abierto al diálogo, como siempre, aunque, eso sí: solo con los ciudadanos maduros –léase: los suyos–. Tras esta actitud que pasaría, en cierto sentido, por conciliadora, se acaban las tonterías: anuncia detenciones en varias ciudades serbias y promete orden y castigo, garantizando que no habrá piedad con los matones. Asimismo, aprovecha la ocasión para ejercer la técnica argumentativa del y tú más: trae a colación la muerte de un manifestante en 2008 –naturalmente, gobernaba Boris Tadić–, tiempos, según él, en los que el Estado mataba opositores. El presidente serbio sostiene que su gobierno, a diferencia del de Tadić, no mata opositores y protege a los ciudadanos de los matones.

No podría finalizar la exposición sin las típicas amenazas tácitas: usando un lenguaje bélico gratuito, reiteró que no sacará a los soldados a la calle, no habrá guerra civil y que el Estado se mantendrá fuerte frente a amenazas externas (sí, de nuevo). Nadie en los estudiantes habla de guerra civil sino de pacifismo; y esgrimir alusiones a la misma no es una actitud responsable en modo alguno. Vučić, en cambio, mantendrá la calma. Intentó proyectar la imagen de hombre prudente que no o se dejará provocar.

En suma, en una exhibición de total falta de autocrítica, defendió el uso de la fuerza por parte de la policía y la defensa del orden, mencionando los ataques sufridos, anunciando compensaciones para los policías agredidos y destacando la necesidad de mantener el orden.

También avaló la actuación de la RTS (la Radio-televisión de Serbia), criticada por falta de objetividad.

Es cierto que hubo excesos por la otra parte: criticó el ataque sistemático a las sedes del SNS, algo que según él nunca había ocurrido en Serbia antes. Hay que darle la razón en esta cuestión. Los estudiantes mantienen el tono pacífico de las reivindicaciones, aunque proliferan por las redes sociales fotografías en las que se depositan bolsas de basura delante de los locales del SNS y se alienta a realizar actos vandálicos por el estilo. Algo sin duda rechazable.

 

La violencia como patrón: violencia verbal y campañas de desprestigio/desinformación

Incontables. La narrativa partisana sigue siendo importante en Serbia. No por nada el país (o la versión reducida de Yugoslavia con Serbia y Montenegro como remanentes) intentó inútilmente que la ONU designara el nuevo Estado (República Federal de Yugoslavia, RFY) como sucesor de la República Federal Socialista de Yugoslavia, RFSA). No lo consiguieron: la ONU les exigió que solicitaran el reconocimiento en igualdad de condiciones que el resto de las repúblicas. Sólo cuando Slobodan Milošević salió del poder, en 2000, y con Vojislav Koštunica al mando, fue cuando Naciones Unidas aceptó a la RFY. Es fundamental, pues, entender el porqué de este empeño en querer seguir siendo la Yugoslavia de Tito como si no hubiera pasado nada. El mismo nacionalismo (pan)serbio que destruyó Yugoslavia pretende que el resto de la comunidad internacional siga viendo la RFY como el país que fue y ya no es. Croacia, en cambio, también se esmeró en la destrucción de Yugoslavia: en parte por la brutal crisis económica de los años 1980, en parte por el expansionismo de la Serbia de Milošević. De igual modo colaborada en el genocidio de los bosníacos en Bosnia, como Serbia y sus fuerzas afines dentro, está claro que la república sí que quiso cortar todo lazo con la RFSY y su intención era la opuesta a tener algo que ver con ella.

No obstante, para Serbia y la RFY, el prestigio de Tito y su lucha con sus partisanos derrotando a los nazis, del liderazgo yugoslavo de los no alineados, pero también de su celosa independencia de los soviéticos con su “socialismo autogestionario”, eran aspectos de poder blando muy convenientes para cualquier país. Si el resto de las repúblicas lo que deseaban era alejarse de Yugoslavia, a Serbia y Montenegro sólo les quedaba seguir siendo ella. Y hoy en día, para Aleksandar Vučić, también resulta conveniente para seguir polarizando… al menos, en su particular cosmovisión.

Un ejemplo es llamar fascista a todo el que no piense como tú. Pero ojo… no fascista a secas, sino algo peor: ustaša. En este sentido, es menester destacar que Vučić no se considera ultraderechista, fascista o protofascista; por el contrario, se ve como continuador de la Yugoslavia de Tito, como Putin. Es comunista en tanto que se considera soviético o llamado a restaurar dicho orden. Vučić pensaba como Milošević, que se decía socialista (su partido, el SPS, hace referencia a ello), pero era aún más echado al monte. Vučić era militante del partido radical (SRS), partido formado, entre otros, por los Četnici, monárquicos y colaboradores con nazis y fascistas durante la guerra, y comandados por Vojislav Šešelj, jefe de milicias paramilitares que la ONU declara autores de crímenes de guerra y de lesa humanidad, de alta actividad delictiva durante las guerras de Bosnia y Kosovo. Al dejar dicha formación para formar el actual SNS, Vučić se identificó en cierto sentido con Milosevic y su “socialismo”. Pues la sigla contiene la palabra “progresista” (napredna). No es “socialista”, pero algo hay: no puedes ser partisano y nazi al mismo tiempo.

Y esto es conveniente para dar coherencia a su narrativa: nos habíamos dejado al presidente llamando “fascistas” a los opositores. La palabra para fascista en serbio es fašista y también ustaša, si bien la última arrastra unas connotaciones mucho más graves (más nazi) en la mentalidad colectiva serbia, y en todos los Balcanes. Pues bien, vaya un ejemplo de esta demonización: en Kraljevo se procedió, de la noche a la mañana, a la pegada de carteles que atacaban a Ivan Matović, miembro de la Asociación de Pueblos Autóctonos, opositor a Vučić y miembro activo de las protestas. En un fotomontaje digno del photoshop de más baja estofa, los carteles muestran su imagen junto a Pavelić, con gorra ustaša incluida y el lema Ustaški starosedelac, un juego de palabras (significa ustaše autóctonos: todo de una sutileza finísima). Los posters proliferan en internet y, físicamente, por toda la localidad, en especial en los alrededores de la sede de la asociación.

Todo se inició con la idea de un referéndum crítico con el gobierno. Matović acusa al alcalde de Kraljevo (aunque reconoce que no tiene pruebas) de estar detrás de los ataques, los carteles. La campaña de difamación se ha intensificado desde que un nuevo coordinador regional (de SNS) llegó a la ciudad. Se ha denunciado a la policía, sin éxito. Es de recibo que una campaña así organizada no la pone en práctica un amante despechado en una obnubilación incontrolable del alma: precisa una entidad fuerte detrás, capaz de llenar las redes de trolls y con personal para dedicarse a diseñar el montaje (por muy infantil y burdo que sea), imprimir los carteles en grandes cantidades y pegarlos en distintos lugares de Kraljevo. Lo narrado es una muestra entre muchas de cómo se las gastan en el poder en Serbia… y de prototipo del modus operandi de la narrativa del gobierno. Para los serbios la gesta partisana contra nazis y ustaše es parte inalienable y orgullo de su mentalidad colectiva. Que así te designen no es un simple insulto: es llamarte antiserbio.

 

Digresión: Ante Pavelic y los ‘ustaše’ 

Los ustaše estaban comandados por Ante Pavelić. Este dirigente croata tiene en su currículo una terrible distinción: es uno de los mayores criminales de la Historia (con permiso de Benjamin Netanyahu, quién se abre paso con fuerza y a codazos, en ese macabro paseo de la fama genocida). Fundó con la colaboración de los invasores nazis en los años 1940 un Estado satélite, el Estado Independiente de Croacia (NDH) que, a imagen y semejanza de sus protectores, exterminaba a todo el que no era croata: gitanos, musulmanes, judíos. Con todo, se ensañó especialmente con los serbios, contra los cuales puso en marcha un genocidio que causó, según estimaciones, entre 300.000 y 350.000 víctimas mortales (algunas fuentes lo elevan a 500.000). Los ustaše tenían incluso un cuchillo llamado mataserbios, una especie de deshuesador de jamón, pequeño, con el que se les asesinaba. El campo más tristemente célebre fue el de Jasenovac, donde los guardias organizaban competiciones para matar el mayor número posible de serbios en una sola noche. Hasta los nazis se quejaban a Hitler de que los métodos ustaše de exterminio de personas eran demasiado bárbaros. Hay que ver: con lo humanitarios y sensibles que eran los nazis para sus asesinatos.

El líder croata Ante Pavelic en 1942, realizando el saludo nazi en el Parlamento.

 

Subepílogos

Ante Pavelić murió tranquilamente en Madrid en 1959, donde está enterrado, acogido por su amigo fascista, el general Francisco Franco.

El Memorial de Jasenovac en Croacia languidece en un descuido intencionado. Mientras Serbia y la comunidad internacional lo consideran un símbolo del genocidio ustaša, en Croacia persiste en muchos sectores el revisionismo histórico sobre dichos crímenes. Por otra parte, proliferan símbolos ustaša en la sociedad croata, lo que motiva críticas sobre el compromiso del Estado croata con la preservación del memorial y la memoria de las víctimas, así como con la educación sobre los horrores cometidos en el campo. Insisto: dentro de los buenos también hay malos.

Memorial de Jasenovac. Croacia

Un final lo que se dice feliz (salvo para los genocidas) tampoco es que se diera ¿no?

Volvemos a la Serbia actual. Vučić no es mejor que los que niegan los horrores ustaše: el mismo ejerce el negacionismo con respecto a los crímenes cometidos por los serbobosnios contra los musulmanes durante las guerras de los 1990, como explico en esta entrada. En fin… todo el mundo es comunista o no comunista cuando le conviene. En 2025, el predsenik serbio muestra una actitud menos negacionista o quizá más práctica. No parece conveniente negar un genocidio mientras condenas otro como el palestino.

Ya dejé esbozado que, como a Putin, a Vučić le tira la narrativa de “1941: yo soy Tito –no por nada es sucesor de Yugoslavia y tal, por mucho que lo deniege la ONU– y los demás son nazis. Lucho contra los nazis, ergo si luchas contra mí eres nazi”. Lo dicho, es algo con lo que Putin lleva dando la matraca mucho tiempo. Léase: “yo soy la URSS de 1941 y lucho por la libertad contra los nazis” (los nazis –léase- son los ucranianos, que no han invadido Rusia como sí hicieron los nazis; en fin: nadie es perfecto–). Estas identificaciones de líderes actuales con héroes pretéritos de la última guerra mundial pueden parecer simple. Y lo es, pero cala y da rédito electoral o de imagen.

 

Campaña de acoso, desprestigio y calumnias 

Según la organización no gubernamental CRTA, el Estado actúa contra los disidentes mediante un elenco de medios tales como la represión contra quienes descubren afirmaciones falsas del relato oficial, produciéndose, por dicho motivo, detenciones de ciudadanos como el ingeniero Zoran Đajić y otros, que denuncian la corrupción y negligencia del gobierno como causantes de la tragedia de Novi Sad. En segundo lugar, se usa el poder coercitivo de la fuerza pública o el sistema judicial con fines de persecución a ciudadanos que defienden el interés público, disfrazando la represión como lucha contra “delitos informáticos” (postear en las redes sociales, por ejemplo). En muchos casos, se procede a arrestar a ciudadanos por pura venganza del Estado: los afectados han experimentado semanas de encarcelamiento por lo que dijeron no en una red social (decenas de casos por esta causa), sino en una conversación privada… ilegalmente intervenida. Compartían mensajes con información sobre la corrupción del sistema. El Estado, en un claro abuso de poder, usa sus prerrogativas para controlar, intimidar y violar la ley, en lugar de servir a la ciudadanía.

Todo ello, mientras se permite a los partidarios del gobierno la difusión de mensajes de odio claramente delictivos por las redes sociales

 

Difamación con origen en los medios de comunicación del régimen

Los medios de comunicación alineados con el régimen, como se ha descrito, han desplegado campañas de difamación contra los estudiantes. Los tachan de holgazanes y jaraneros, gente indeseable que se aprovecha de tragedias como la de Novi Sad para sus pachangueros fines. De hecho, hay líneas de desinformación que inciden en el “alcohol” y los “picnics” que, según dichos medios, es el objetivo de los estudiantes. Algunas organizaciones informan, en este sentido, de publicaciones por parte de medios como Alo, B92, Informer y Srpski Telegraf de más de 180 artículos entre noviembre y diciembre de 2024 en los que difundían rumores, discursos de odio y narrativas difamatorias. Los estudiantes denunciaron los hechos como contenidos que conculcan la legislación nacional y europea (a la que Serbia debe tender). Dichos medios, para los que el vocablo “informativo” es quizá mucho decir, conjuraron las posibles consecuencias legales trasladando las publicaciones a servidores de firmas estatales. Cualquier parecido con la realidad de una coordinación de estos tabloides con la política de propaganda oficialista está totalmente fundado.

No podía faltar la mano negra occidental detrás de todo eso: Organización para la perversión de la moral y los valores, algo contra lo que clama Putin desde hace tiempo. Y Orbán. Y Trump. Y Naurocki.

No obstante, los estudiantes no son los únicos destinatarios de las invectivas de Vučić: los abogados constituyen, para el predsednik, una mafia inaceptable en un país democrático. Su delito es ponerse a disposición de los estudiantes de manera gratuita para prestar asesoramiento jurídico, como el del párrafo precedente, o muy útil cuando, por ejemplo, se sufre una detención arbitraria o una paliza por parte de la policía o los matones del gobierno. Mafiosos, los abogados: lo dice él, Vučić, con indicios más que razonables de conexiones con la mafia.

 

Represalias contra facultades y profesionales

La universidad también ha sido un blanco predilecto de las difamaciones gubernamentales. Valga como ejemplo, entre un sinnúmero, el de la Facultad de Ingeniería Civil de Belgrado. No criticaron al gobierno, no pidieron dimisiones: simplemente colgaron un comunicado en Linkedin, suscrito por casi todos los docentes, donde manifestaban su ánimo a colaborar con el gobierno para contribuir en la investigación de las causas del derrumbe de la estación e Novi Sad. Detectaron errores legales en la aplicación de la Ley de Planificación y Construcción y se ofrecieron, entre otras cosas, a examinar los documentos faltantes durante la construcción de la infraestructura. Menuda provocación: el gobierno respondió con campañas mediáticas y persecución de profesores y estudiantes. De hecho, en la arriba aludida red social, la Facultad de Ciencias Políticas de la Universidad de Belgrado emite, en otro comunicado, una declaración de apoyo al rector Vladan Đokić, donde se condena el acoso institucional ejercido sobre él. El gobierno, a fin de lograr la adhesión del académico, le hizo llegar una citación judicial en pleno Viernes Santo tras la consiguiente campaña de difamación. Los docentes acusan al gobierno de intento de intimidar a toda la comunidad universitaria crítica y exigen el fin inmediato de estas presiones.

No se ha salvado de las iras gubernamentales ni el sector sanitario: así, el pediatra Dejan Panić fue suspendido por apoyar a los estudiantes y denunciar las condiciones sanitarias. El régimen amenazó con revocar su licencia, aunque lo que logró fue el efecto contrario: el apoyo al Dejan de los sanitarios. En un país con escasez de médicos, la suspensión resulta especialmente grave.

Incluso figuras de renombre como Novak Djokovic sufren la presión del gobierno. El tenista, en apoyo a los estudiantes, decidió llevarse el ATP de Belgrado (organizada por su hermano) a Atenas en 2025. Se llamará Hellenic Championship. A la capital griega trasladará Nole también su residencia.

 

Más palos que palabras y zanahorias

Alguien dijo una vez que las palabras hacen más ruido que los hechos. Puede ser verdad, pero los hechos duelen y dejan sangre y hematomas. Se ha instalado en el país un clima de violencia desde hace años. Ya desde 2023, es un componente claro del proceder político del predsednik serbio. Aquel año, los tiroteos en colegios y la forma de escalar el conflicto con Kosovo, con un alarde estéril de movilizar al Ejército hacia las fronteras con Kosovo, o la violencia vertida por los medios de comunicación a los que Vučić otorga licencias dan clara fe de lo dicho. Con el agravante de que Serbia es uno de los países del mundo donde más armas de fuego circulan por habitante. Las mafias de las guerras de los años 90, algunas con origen en grupos paramilitares, siguen sin desmovilizarse. Ya no está clara la línea entre el huevo o la gallina.

Una muestra del clima de agresividad y permisividad hacia la violencia reinante lo representa la misma Ana Brnabić, mujer de confianza de Vučić y primera ministra hasta marzo de 2024. Quizá arrobada por tan navideñas fechas, decidió mandar al Kremlin el 25 de diciembre de 2023 un presente navideño…

De acuerdo: más de un quisquilloso podrá alegar que en Serbia y Rusia la Navidad suele caer en torno al seis de enero, pero permítanme la licencia literaria.

Pues el no-navideño obsequio consistió en agradecer públicamente al servicio de inteligencia ruso su ayuda en una manifestación contra el gobierno. Las protestas llevaban mes y medio escaso y aún se pensaba desde el poder que se podrían disolver. Parece que la seguridad rusa avisó de que se preparaba una concentración en Belgrado que, según la narrativa de la hoy ex primera ministra, era violenta y tenía como fin tomar la Asamblea de la capital. Ah, y también estaba organizada por Occidente (la vieja cantinela).

Menos mal que el Kremlin es un decidido enemigo de la violencia. Desconozco qué tipo de asistencia en concreto puede prestar su espionaje contra manifestantes que clamaban contra un pucherazo electoral del cual nadie duda. En cualquier caso, se cuentan entre los “servicios” rusos varios trabajillos como el envenenamiento de su exagente Alexander Litvinenko y su hija en 2006 con polonio-210 en Londres, la muerte del opositor Boris Nemtsov en 2015, cerca del Kremlin o el renombrado caso de “intoxicación” de Alexei Navalny en 2020 con un agente nervioso. En cualquier caso, ya van desde noviembre de 2023, cuando comenzaron las protestas, tres primeros ministros: la mencionada Ana Brnabić, a quien sucedió Miloš Vučević dimitido en enero de 2025 y en funciones hasta el 16 de abril. Dicho día asume el mando Đuro Macut. Endocrinólogo de formación, no parece que esté logrando enfriar la furia del pueblo contra su jefe. Vamos con la violencia proveniente de la seguridad –y lo que no es la seguridad– del Estado, que puede manifestarse de diversas formas, algunas con una creatividad fuera de serie.

 

La actuación desmedida de las fuerzas policiales

ONG como Amnistía Internacional han advertido sólo en 2025 del exceso de violencia contra manifestantes estudiantiles. Dichas protestas son fundamentalmente pacíficas, con bloqueos en calles y universidades, reclamando elecciones parlamentarias anticipadas. Muchos serbios confían en que, en 2027, cuando finalice el período máximo de tiempo para ocupar la presidencia que establece la constitución del país balcánico, Vučić se irá y todo habrá terminado, aunque sea un poco. Pero otros muchos no se fían del predsednik, por mucho que asegure que él no intentará la reelección y que no es un dictador. A muchos ciudadanos no les ha convencido, en particular, de lo segundo. Siempre se puede intentar dejar todo atado y bien atado.

Volviendo a la actuación policial: Amnistía Internacional y Civil Rights Defenders denuncian que la policía antidisturbios ha actuado de forma indiscriminada contra manifestantes pacíficos, incluyendo arrestos masivos y arbitrarios y violencia en custodia, junto a detenciones arbitrarias y palizas que dejan estudiantes hospitalizados (ni siquiera se salvan los alumnos de secundaria). Proliferan individuos encapuchados a las órdenes del poder y existen informes que informan sobre agresiones a manifestantes. Esto último forma parte del matonismo organizado por el Estado y será objeto de abordaje más pormenorizado después.

Varias organizaciones instan al gobierno a cesar en estos comportamientos, exigir responsabilidades a los implicados, investigar la violencia policial y que, en fin, se garantice el derecho de reunión. De igual modo, se insta a la Unión Europea a que recuerde a Serbia que uno de los deberes para entrar en ella pasa por las libertades de expresión y reunión como valores europeos clave. La UE, sobre el papel, lo apoya todo, si bien parece que se le hace poco llevadero abandonar el camino de las palabras y pasar a los hechos. Que hagan memoria viene muy bien, pues proclamar que la UE descansa en los llamados “valores europeos” sólo con Ucrania queda, cuando menos, un poco feo. Con respecto a Palestina, ya no está Joseph Borrell, sólo Ursula von der Leyen con su mochila alemana de Staatsräson (razón de Estado) y Kaja Kallas. Hasta su predecesor al frente de la diplomacia europea, Borrell, tan combativo en las cuestiones de Palestina y Ucrania, no ha hecho gran cosa por los estudiantes serbios, y ello por líticas razones que en algún pasaje de este escrito se comentarán.

Podría llegar a pensarse que, tras casi dos años de protestas y brutalidad policiales contra los manifestantes en boca –y en los móviles– de medio mundo, el gobierno podría haber pensado, siquiera de cara a la galería, atemperar la violencia represiva, algo muy lejos de la realidad.  Todo lo contrario: desde las demandas de elecciones parlamentarias por la oposición se está produciendo una escalada aún mayor en la potencia represiva. En agosto de 2025, las fuerzas del Estado seguían ensañándose con los estudiantes y, por desgracia, continúan siendo el pan de cada día escenas de grupos de policías aislando y propinando palizas a estudiantes indefensos en el suelo o incluso el lanzamiento de bengalas contra los manifestantes.

 

Cobras en la calle contra la población civil

Daddy Trump lo hace en Los Ángeles y Washington. El gobierno serbio hacía tiempo que tenía ganas. Si no el Ejército en su conjunto, al menos los Kobre o cobras. Todos conocen los métodos de los Kobre en Serbia: saben de lo que son capaces. De hecho, Vučić tira de bonhomía y asegura que los podría haber sacado a la calle para disolver a los estudiantes delante de su despacho, que no hubiera tardado más de seis o siete segundos en dispersarlos, pero que no lo hace porque es güena gente. Con todo, ahí queda el mensaje, para la antología de las amenazas presuntamente sutiles: “no os reviento porque no quiero, pero podría cambiar de opinión”. Lo más grave es proclamarlo sin empacho alguno.

Los Kobre son en la actualidad un cuerpo de élite altamente especializado de las fuerzas armadas serbias, especializados en antiterrorismo (inclúyase la creativa interpretación del término en la guerra de Kosovo). Se formó en la Yugoslavia de 1978 y lo heredó la de Milošević, en cuyas manos estaba de facto (según reporta Human Rights Watch). Su historial les coloca en una posición proclive al poder, un poder que les mime y no les investigue. En democracia se ha intentado por parte de otros gobiernos modernizar la unidad y acercarla a condiciones más democráticas, sin éxito. Al llegar Vučić al poder cayó todo en saco roto. En suma, el historial de los Kobre no se caracteriza, precisamente por lo intachable.

Han desarrollado diversas “misiones”, que pasan por el desplazamiento forzoso de albaneses durante la guerra de Kosovo (1998-1999), donde se reporta que algunos de sus militares (bastantes con antecedentes penales o criminales convictos) “perdían el control” y acababan asesinando civiles (en teoría, contra las directrices del gobierno), además de otros incontables abusos. Durante las operaciones de “traslado”, los Kobre (junto a otras unidades paramilitares con experiencia en el genocidio en Bosnia y con buenos vínculos con la mafia y el crimen organizado serbio), no se limitaban a la limpieza étnica, sino que llevaban a cabo actos de incendios de propiedades privadas, pillaje y saqueo. La idea era que los albanokosovares captaran el mensaje y se fueran. De igual modo, algunas de sus misiones pasaron por el encubrimiento de matanzas con víctimas de dicha etnia como la de Račak (asesinato de 34 albanokosovares): a imagen y semejanza de los falsos positivos de la violencia en Colombia (de los que el expresidente Álvaro Uribe sabía bastante) o como los israelíes cuando se llevan por delante centenares de civiles porque debajo había un supuesto centro de operaciones de Hamás.

Estos abusos se produjeron en un contexto en que otras fuerzas paramilitares (como los Tigres de Arkan, las Águilas Blancas de Šešelj o la Fuerza Delta de la República Srpska) operaban en Kosovo bajo el apoyo logístico y político del gobierno serbio y coordinadas con el Ejército y el Ministerio del Interior. Los Cobra, al igual que estas unidades, trabajaban en estrecha colaboración con los órganos de seguridad gubernamentales, incluida la SDB (Seguridad del Estado), que suministraba armas, comunicación y listas de personas a arrestar o eliminar. Algunos de los crímenes cometidos por los Cobra reflejan un patrón similar al de otros grupos paramilitares: ejecuciones extrajudiciales, expulsión forzosa de civiles o saqueo y actos de pillaje sistemático.

Diversas investigaciones sugieren que, mientras los Cobra y otras unidades paramilitares actuaban en coordinación con las fuerzas estatales, algún general ordenaba de vez en cuando parar, tras un tiempo prudencial mirando hacia otro lado. El Departamento de Estado estadounidense advirtió sobre militares perpetradores de crímenes de guerra y lesa humanidad como Miloš Mandić.

Las amistades de las cobras eran más que dudosas, aunque por todos es conocido que “Dios los crea y ellos se juntan”. Los Kobre operaron en Kosovo junto a diversas fuerzas paramilitares de (criminal) renombre ya citadas en Bosnia: lo mejor de cada casa, bandas criminales que hacían el trabajo (aún) más sucio del Ejército. Si bien su cometido oficial estribaba en operaciones antiterroristas, los Cobra se unieron, igualmente, a misiones conjuntas con estos grupos, recibiendo información, listas de objetivos y apoyo logístico de la SDB y del Ministerio de Interior yugoslavo (RFY). Compartían inteligencia sobre la ubicación de civiles y líderes locales, informantes y guías de origen albanés o romaní, y a menudo se integraban en columnas mixtas para realizar “acciones de limpieza” en pueblos albaneses, es decir: cooperantes necesarios para asesinatos, traslados forzosos de población, saqueos y destrucción de propiedades. En ocasiones, los Cobra mismos ejercían la supervisión directa de tales operaciones criminales. Es decir: amplia implicación en calidad tanto de cooperadores necesarios como de autores de crímenes de guerra y contra la humanidad.

Muchos, la mayoría de estos asesinos pertenecientes a banda criminal armada no recibieron sanciones, o fueron trasladados o retirados del servicio sin mayores consecuencias. No son los únicos. El fiscal especial para la persecución de los crímenes de guerra está harto de quejarse sobre los continuos retrasos a la hora de enjuiciar los responsables de estos delitos en Bosnia y Kosovo. El Tribunal Penal Internacional para la antigua Yugoslavia procesó a muchos y hubo otros gobiernos más colaboradores y europeístas como los de Tadić y Djindjić que se prestaron más, gobernantes deseosos de superar las consecuencias del milosevismo y situar, de una vez por todas, a Serbia en el camino de la UE y la modernidad. La efigie de Djindjić es recurrente en las protestas serbias actuales en carteles más o menos artesanos. Tadić, por su parte, hizo avanzar mucho a su país, pero fue derrotado inesperadamente por Toma Nikolić, nacionalista conservador. Este, a su vez, fue defenestrado de la candidatura a la presidencia por un Vučić quien, se dice, siempre tuvo de facto las riendas del partido y muy claro a dónde quería llegar y a quien tenía que quitarse de en medio.

En suma, cuando Vučić nombra a los Kobre a cualquier serbio le aterra la idea de ver a cualquier miembro de estas bandas con una pistola en la mano: lo peor es que acabaron viéndolo. Pero no adelantemos acontecimientos.

Los Kobre constituyen cada vez más una guardia pretoriana, personal, de Vučić y los funcionarios del SNS, más que un cuerpo profesional al servicio del Estado. En teoría, debería operar con independencia del mandatario de turno, si bien sabemos que el milosevismo sigue pesando mucho. Se ha convertido según algunos medios en un servicio de mayordomos, una forma de estatus en la que se intentan hacer méritos para ganar el favor y contactos del jefe. En un país donde la captura de Estado es hecho notorio era difícil que fuera de otra forma.

Con todo, el gobierno serbio sí que recurrió a ellos. Parece que, por primera vez, esta fuerza armada se usó contra la población el 13 y 14 de agosto de 2025, con empleo de armas de fuego y disparos al aire “de forma segura”. Ya se sabe: se empieza disparando al aire y quién sabe dónde puede acabar la bala. El ya dimitido primer ministro Miloš Vučević, también jefe del SNS y ahora asesor de Vučić –ay, esas puertas giratorias–, activó a los mencionados Kobre durante una protesta frente a las oficinas del SNS en Novi Sad. El suboficial del ejército Vladimir Brkušanin, del equipo de seguridad de Vučević, disparó al aire, un acto innecesario que puso en peligro a todos los manifestantes, e ilegal: en todos los países democráticos, el uso de armas solo está justificado ante amenazas inminentes.

A ello se añade que la función de los Kobre es la protección de altos funcionarios estatales, por lo que su presencia en la represión de manifestantes civiles de a pie quedaba, a todas luces, fuera de lugar. Vučević, por su parte, no observó los protocolos de seguridad en estos casos y se expuso en un lugar de alto riesgo: aquí empieza la cadena de irresponsabilidad. Además, la Constitución de Serbia limita la Vojska Srbije (ejército serbio) a la defensa externa, por lo que no hay base legal para desplegarla en disturbios internos. Por si no bastara con los excesos mencionados se utilizaron estas unidades para la protección de su hijo, lo que constituye un uso indebido de los recursos de seguridad del Estado en provecho propio. En conjunto, su comportamiento imprudente supuso un claro abuso del sistema de protección oficial y generó riesgos para terceros. Lo expuesto es simplemente un caso que se logró documentar. Es de esperar que esta red de mayordomos con armas en la que se ha convertido la unidad de élite represente sólo la punta del iceberg, un supuesto en el que no se siguió la prudencia adecuada.

 

Matonismo: paramilitarismo urbano

Otro de los frentes represivos pasa por el matonismo. No estamos hablando del oficial. Ese está bien documentado y es de dominio público, como se ha visto más arriba. Son fuerzas ajenas a la institucionalidad del Estado, personal extraoficial, al margen del gobierno, aunque de facto a su servicio. Se trata de simples bravi que hacen el trabajo sucio: reparten palizas, intimidan a los manifestantes, sin que se manche (demasiado) las manos la policía, que no son mancos precisamente a la hora de detener gente y zurrar a manifestantes.

Atropello de un estudiante en una manifestación de protesta en Belgrado

El modus operandi es, ante todo, ejercer violencia intimidatoria, como atropellos a estudiantes (susceptibles de herir la sensibilidad de los lectores). El perpetrador fue detenido. Si fue secuaz o no del gobierno o si actuó por su cuenta aún se desconoce –probablemente no se sepa nunca mientras esté Vučić en el poder–, pero algo está claro: la violencia contra la oposición está bien instalada en el país y, al mismo tiempo, se niega y se tergiversa: quienquiera que se informe por medios oficiales no es de extrañar que concluya que los estudiantes son marionetas de Occidente de la peor calaña posible, irresponsables que quieren destruir Serbia ¿Cuál es la respuesta del gobierno, o que fue la estudiante quien se lanzó contra el coche. ¿Recuerdan cuando Vladimir Putin negaba la matanza de Bucha asegurando que se trataba de un montaje y que los cadáveres eran actores? Ese es el nivel.

También pululan en las concentraciones pacíficas camorristas con bates de béisbol que se dedican a convencer a los estudiantes de que depongan su actitud contra el gobierno. La respuesta de los opositores es siempre pacífica, como la recepción por parte de los estudiantes a Ana, de Sarajevo, estudiante de medicina en Novi Sad, que recibe el aplauso de los congregados en una de las muchas concentraciones estudiantiles. Fue víctima de los camisas negras, matachines del poder que le rompieron la mandíbula con bates de béisbol. Los casos son incontables. Se trata de infiltrados del SNS o matones encapuchados al más puro estilo hooliganesco, contratados al efecto, que se paseen con sus bates, sin el menor recato, por lugares donde se desarrollan las manifestaciones. Su actuación se vuelve cada vez más activa y se ha acreditado que simpatizantes y miembros del Partido Progresista Serbio atacaron a los manifestantes con pirotecnia, piedras, botellas congeladas de agua y herramientas en agosto de 2025, alguno aparecía armado con una pistola.

Su indisimulado objetivo es reventar las protestas, instalar la violencia en ellas para sembrar dudas sobre su carácter pacífico. Si, de paso, algún periodista que está cubriendo la información o su cámara recibe leña, mejor que mejor. La meta última es hacer ruido para que la gente se olvide de lo de Novi Sad. De momento, no lo están consiguiendo

Alguna que otra vez, los estudiantes acometen pequeñas investigaciones y desenmascaran a algunos de estos bravi del gobierno, como los de Arte Dramático de Belgrado: en noviembre de 2024, estudiantes y profesores se reunían para rendir homenaje a las víctimas de Novi Sad, cuando fueron atacados por elementos violentos. Se logró identificar a algunos de ellos y se redactó un pliego de demandas donde se detallaba la identidad de los alborotadores y se exigía la toma de medidas penales contra ellos, así como la remoción de los cargos municipales que detentaban algunos. Ello no ha hecho más que recrudecerse desde entonces.

 

Movilización europea contra la represión

El 30 de enero de 2025, varias organizaciones de la sociedad civil en Serbia, incluyendo el Centro de Política de Seguridad de Belgrado, el Centro de Política Contemporánea, el Movimiento Europeo en Serbia y el Comité de Abogados para los Derechos Humanos enviaron una carta a las instituciones de la Unión Europea. En ella, se reclamaba de la UE que interviniera en la crisis política actual de Serbia. Diversos sectores de la sociedad se unieron a los estudiantes en sus reivindicaciones. Las organizaciones firmantes piden a la UE que preste más atención a los acontecimientos en Serbia y defienda sus propios valores antes de que la situación se deteriore aún más.

 

Represión y sofisticación tecnológica: el cañón de sonido

En la tarde-noche de 15 de marzo de 2025 se celebró en Serbia una manifestación masiva, histórica por el número de congregados, e igualmente, otro hito difícilmente alcanzable: que la violencia empleada por el gobierno pillara por sorpresa a los estudiantes serbios. Nadie albergaba duda alguna en que el poder pondría toda la carne en el asador para abortar o sabotear la concentración (y mira que es difícil, habida cuenta de la pasión serbia por la carne). Una difamación por acá, otra por allá, atropellos, policía que se emplea con extrema dureza hasta el punto de que organizaciones internacionales claman contra ello, matones del gobierno que cubren a manifestante con mantas de palos y fracturan mandíbulas con bates de béisbol, un encarcelamiento o despido injusto. Nada. Lo normal. Son cosas que pasan. Ya tienen experiencia. Nada nuevo bajo el sol serbio.

Sin embargo, tal emotiva fecha entró en juego otra de las cartas represivas del gobierno: el cañón sónico. Técnicamente, es un “dispositivo acústico de largo alcance” (long range acoustic device, o LRAD), aunque también se le conoce como dispositivo de aclamación, balas sónicas o bazucas de ruido. Tiene la consideración, en cualquier caso, de arma acústica y haría las delicias de cualquier lector de novelas distópicas como 1984, con la salvedad de lo rabioso de actualidad.

El uso de esta tecnología no es nuevo: el Reino Unido, las fuerzas policiales griegas contra inmigrantes que intentaban cruzar la frontera desde, al menos, 2021, y también contra piratas en Somalia.

De nuevo en Serbia, es de reseñar el ensañamiento y la ausencia de ética y empatía con que se llevó a cabo el uso de este tipo de arma, en tanto que se implementó durante los minutos de silencio que los manifestantes guardaban en conmemoración de las víctimas del derrumbe de Novi Sad. Silencio, respecto, recogimiento. No estaban destruyendo el mobiliario urbano, atacando a la policía o lanzando cócteles molotov. Como de costumbre, se trataba de una concentración pacífica. Hay vídeos donde puede verse el efecto inmediato de este tipo de arma.

Su función es emitir niveles de sonido muy altos, dolorosos, generando un ruido concentrado y amplificado. Aunque se comercializan como sistemas de comunicación o LRAD, su principal función pasa por la dispersión de multitudes en concentraciones o protestas provocando “molestias” que se describen después.

Existen varias modalidades, a saber: en primer lugar, el mencionado LRAD, que proyecta sonidos hasta una distancia de casi nueve quilómetros y que daña el oído a unos 20 metros. Otra variable es el mosquito, así llamado por su sonido agudo y estridente. Presenta, como nota distintiva, además de su sadismo, el estar diseñado para oídos de jóvenes menores de 30 años. Para gente de mayor edad no suele ser perceptible. Sus ventajas son innegables: es totalmente adecuado para el grueso de estudiantes universitarios, no afectando a los viandantes. En las protestas serbias se ven afectados diversos grupos de edad, pero eso no obsta a que también se haya usado. Es ideal para que los viandantes de mediana edad o no tan jóvenes puedan seguir con sus cosas mientras se ataca específicamente a los concentrados de menor edad… y a los niños, claro. En tercer lugar, se cuentan entre este tipo de dispositivos, los infrasónicos, inaudibles, pero con capacidad para producir malestar o desorientación. No te enteras de qué está pasando.

El modelo utilizado en las protestas del 15 de marzo fue el LRAD 450XL. Desde aquí, confiamos en no dar ideas.

En cuanto a los efectos para la salud, se documentan, en casos de exposición aguda, dolor, náuseas, pérdida temporal de audición y, a largo plazo, dolores de oído, dolores de cabeza, o pérdida permanente de audición, en función de la intensidad y duración de la exposición.

En Serbia muchos lo califican de un ruido ensordecedor, enloquecedor, o “infernal”, como “un avión que deja una estela de viento”, que causa pánico entre los manifestantes.

Sale de unos paneles rectangulares con un aspecto que recuerda a una antena parabólica. Lo sabemos porque muchos manifestantes lo grabaron y lo colgaron en las redes sociales. Se instalan en tanquetas o vehículos policiales y su función es el control de multitudes, de duración breve pero muy intensa que tiene un efecto desconcertante, y produce mareos, desorientación y confusión, molestias y presión en los oídos, náuseas, dolor de cabeza. Debido al pánico que produjo, se dieron estampidas entre la multitud que originan, adicionalmente, lesiones, como la que narra un estudiante, que vio romperse a un joven la pierna al intentar huir, presa del pánico. Observadores con experiencia especializados en protestas callejeras aseguran, en este sentido, que no han presenciado nada igual antes, un pánico de tal envergadura.

En el caso concreto del 15 de marzo de 2025 se han acreditado, tras el empleo del cañón sónico, cientos de afectados y heridos que derivaron en una presión mayor que de costumbre para el personal sanitario de los hospitales y clínicas belgradenses. Los pacientes referían dolores de cabeza, confusión, presión auditiva y nauseas. Estos síntomas se han manifestado no sólo en momentos inmediatos a la exposición al arma sónica, sino incluso días después.

Para dejar constancia de lo sucedido, y también con el objetivo de proporcionar una información fiable y transparente, ajena a la información oficial, multitud de organizaciones de la sociedad civil como A11 Initiative, FemPlatz, YUCOM, o el prestigioso Centro de Derechos Humanos de Belgrado (curtido en las protestas contra Milošević hace 25 años), CRTA y European Citizens’ Initiative recopilaron estos testimonios inmediatamente después de la manifestación. El material, anonimizados para proteger la identidad de los participantes, fue procesado y visualizado con apoyo de la Fundación Share. Se igual modo, de forma anónima, se han recopilado más de tres mil testimonios de ciudadanos sobre el incidente y han sido publicados en esta plataforma.

 

El gato de Schrödinger sónico: cañones que están y no están al mismo tiempo

Vučić y el gobierno negaron, diez días después de su uso, la existencia de tales artefactos…en un principio. No fue suficiente. Las armas sónicas eran un clamor que desbordaba el campo comunitario –algo asaz complicado a tenor del trabajo que dan las cabeceras en Gaza o Ucrania–. Inundados de evidencias y fotografías de cientos de móviles e incluso de alguna ONG estadounidense, al gobierno serbio no le quedó más que rendirse, ma non troppo, a la evidencia de algo que ya era un secreto a voces: así, el ministro de Interior y antiguo primer ministro, Ivica Dačić, tuvo que admitir, finalmente que, bueno –a ver cómo lo digo– armas sónicas, lo que se dice haberlas, haylas, inaugurando, de este modo, una serie de contradicciones.

Según el ministro, se compraron en 2021, pero están en los almacenes, sin uso: fue una inversión estatal por error: se equivocaron (entonces ¿no volverá a ocurrir? ¡Que va! Es broma), la policía no hace uso de tales medios contra la población porque –informan– están prohibidos. Eso sí, fiel a la máxima del gobierno serbio de “por qué no insultar si puedes hacerlo”, arremetió contra los que autores de la “avalancha de noticias falsas” y “afirmaciones maliciosas” y declaró, asumiendo plena responsabilidad moral y penal, que la policía no utilizó ningún medio ilegal durante la concentración del 15 de marzo. Es más: la policía, incluso siendo atacada, no usó “ni siquiera una porra, y mucho menos cualquier otro medio ilegal”, lo que contrasta con la alta cantidad de videos colgados en las más diversas redes sobre los excesos de la policía sobre manifestantes pacíficos. Debía ser gente disfrazada de policía que se divertía atizando a los estudiantes. A mí que no me miren.

En realidad –admitió el ministro, provocando la enésima contradicción– sí se han utilizado los LRAD (en concreto, el modelo 100X), si bien solo para control de fronteras, advertencias públicas y emergencias, o pruebas y ejercicios policiales. O sea: sólo para megafonía. Parece que la inversión en estas tecnologías, más que errónea, es cara, porque un altavoz de toda la vida cumple esa función con creces y tiene un coste mucho menor.

Nadie se creyó la versión oficial. La oposición política, liderada por Marinika Tepić (del Partido de la Libertad y la Justicia, SSP en sus siglas serbias),  acusó al gobierno de mentir sobre el uso de dispositivos LRAD durante las protestas, mostrando fotos y denuncias contra Vučić y el SNS por terrorismo.

El interior no iba bien del todo, así que había que centrarse en el exterior: como Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea, y António Costa, que preside el Consejo Europeo, estaba muy preocupados por el uso de este tipo de ingenios contra la población civil, el presidente serbio les aseguró que no se habían utilizado cañones de sonido en Serbia contra los manifestantes: nada de qué preocuparse, nada que esconder. De hecho, estaba, incluso, abierto a cualquier tipo de indagación y se mostraba a disposición del Tribunal Europeo de Derechos Humanos (TEDH) para sus preguntas. Hasta el FBI podía venir si quería. Total disposición. Transparencia, que no falte.

Sin embargo, el TDH no preguntaba, precisamente, por curiosidad: diversas organizaciones de la sociedad civil (Beogradski centar za ljudska prava, CRTA, YUCOM, A11, Građanske inicijative y FemPlatz, entre otras) presentaron, en nombre de 47 ciudadanos, demandas al tribunal, que ordenó a Serbia abstenerse temporalmente de usar dispositivos sonoros para controlar manifestaciones ciudadanas. Se fundamentó la medida, con carácter urgente, en base a que el uso de estos dispositivos es ilegal según la legislación serbia y que existe un riesgo de graves consecuencias para la salud de las personas. Esta medida constituye una advertencia formal al Estado serbio y no equivale a una sentencia final, que, como suele ser habitual, podría tardar años en dictarse, pero sería bastante significativa y sentaría jurisprudencia.

En cualquier caso, Vučić sabe que tiene la sartén por el mango: la UE necesita el litio de las minas de Jadar, proyecto del que, por mucho secreto con que quisiera tratarse, se acabó enterando la población: otro motivo más para apoyar a los estudiantes serbios, que la UE ignora bastante. Han llevado a cabo marchas ciclistas y de relevos hasta Bruselas, donde Von der Leyen o Costa brillaron por su ausencia. Solamente algunos eurodiputados como la eslovena Irena Joveva o el croata Gordan Bosanac y alguna personalidad más prestaron atención. Los estudiantes serbios y sus demandas de lucha contra la corrupción y rendición de cuentas –insoslayables requisitos para la membresía en el club comunitario– no importan a nivel institucional comunitario tanto como el litio. Y no será porque la UE no lleva desandando el camino serbio hacia la adhesión del país balcánico a causa del deplorable estado de su calidad democrática.

 

Se busca perfil ‘vučićniano’ para el BIA 

Una vez “tranquilizados” los ánimos en sede europea, Vučić podía centrarse en el interior. El director de la BIA (Agencia de Información y Seguridad), Vladimir Orlić, fue destituido debido a filtraciones internas, especialmente sobre el uso de cañón sónico. En realidad, por el no-pero-sí-uso, porque no existía, pero sí existía tal cosa en Serbia: el felino arriba mencionado, en su versión sónica, que está y no está a la vez. Su despido fue debido a que el organismo que dirigía filtró una información sobre el LRAD, no por su uso.

No era el único problema del director: la oposición clamaba también por otro asunto como el de la colaboración con la seguridad rusa (FSB), amén de un clásico en los políticos del SNS como los vínculos con el crimen organizado y la mafia, que utiliza para la represión a los estudiantes, aunque a estas alturas ya se presupone, no es algo de lo que un serbio o serbia de a pie se escandalice.

Vučić procedió con la BIA de igual manera que fantasea Donald Trump con la Guardia Nacional y del mismo modo con que procedió él mismo con los Kobra poniendo a su disposición las instituciones del Estado. Tiempo ha que un sinnúmero de analistas no considera a Serbia una democracia plena sino un “Estado híbrido en transición”. Un aspecto tan importante de toda captura de Estado es, huelga decirlo, su seguridad. Vučić consideró que las protestas iniciadas en noviembre de 2024 serían un episodio pasajero. No le falta lógica: más de una vez ha estado contra las cuerdas y de todas las situaciones adversas ha salido airoso. Es un superviviente nato, eso es hecho demostrado. Terminó dicho año con una atmósfera enrarecida y protestas en aumento. De modo que decidió llamar a filas, en enero de 2024, a Vladimir Orlić: era el perfil que necesitaba para dominar la situación.

Efectivamente: Orlić, miembro destacado del Partido Progresista Serbio (SNS), presidente de la Asamblea Nacional (2022–2024), combativo y agresivo con la oposición, a la que compara con Hitler, Goebbels y llama escoria. ¿Recuerdan la retórica partisana a tenor de la cual, si se critica a Vučić se es un nazi porque-él-es-el-heredero-de-Tito-y-Tito-luchó-contra-los-nazis-etcétera? Pues eso mismo. Su lealtad a Vučić es un hecho consumado y sus invectivas nada sutiles contra los medios que osan criticar al predsednik lo acercan mucho a él. Vaya currículo. Llamen a este chico. Menudo currante.

Señor presidente –debió decir algún asesor–: Orlić es un crack, ha hecho un montón de cosas y a apparatchik no le gana nadie, pero… no sabe de inteligencia ni de seguridad. Quizá, no sé…

Vučić, por su parte, debió reprender en cierta forma al asesor. Posiblemente, el predsednik haya hecho notar que lo que menos necesitaba en enero de 2024 era un experto en inteligencia y seguridad… en la agencia de inteligencia y seguridad. Lo que de verdad precisaba era una persona de confianza, porque lo decisivo era proteger el poder político del presidente y su entorno. Lo de la seguridad, bueno. Alguno habrá que sepa. Lo importante era que la agencia operara como instrumento de control interno sobre oposición, periodistas y ONG. El control del relato, ya se sabe.

Y en ese relato, conviene hacer hincapié en las buenas cartas internacionales del presidente, como la de la Jadar (llave de la sartén del mago comunitario) y la EXPO 2027 (el mundial Argentina 78 de las Juntas). Es fundamental mantener el prestigio exterior. Ayudamos a la UE con el litio y ellos miran hacia otro lado en lo de los derechos humanos y esos estudiantes plastas. Ya lo hace con Israel: nosotros, al lado, somos hermanitas de la caridad. No les costará. A cambio, Serbia engrosará sus maltrechas arcas con una lluvia de miles de millones de euros. Ni digo que lo superes: No está mal.

Orlić contó con un buen presupuesto en la BIA: se duplicó desde 2016. La casa por la ventana.  Con dicha guita pudo adquirirse diverso software de espionaje como Predator, especializado en vigilancia secreta e ilegal de terminales móviles de opositores y ciudadanos. Trabajar para la BIA es, además, un chollo. Sus empleados no sólo ingresan buen sueldo, sino que tienen otras prebendas como beneficiarse de los –documentados– nexos de la BIA con el crimen organizado, que les permiten la compra en condiciones –llamémosle así– muy favorables, apartamentos de nueva construcción en el Novi Beograd, el distrito capitalino de expansión de la ciudad, donde la especulación inmobiliaria, la opacidad en los contratos y la falta de transparencia y rendición de cuentas, la corrupción o el cohecho son los rasgos distintivos. No se oculta: cualquier belgradense, serbio o de más allá en el ámbito balcánico lo sabe.

 

Sacos de boxeo

En cualquier caso, el empleo de armas sónicas no parece haber amedrentado a los estudiantes serbios, quienes el 12 de agosto, por ejemplo colgaban en las redes otra nueva convocatoria para el 15 de agosto, cinco meses después del episodio. ¿Preparados para repetir?, rezaba un tuit de Jelena Lukić en el portal de ETF Blokada (el sitio estudiantil para la organización de bloqueos de la Facultad de Ingeniería Electrónica de Belgrado, una de tantas facultades organizadas de modo autogestionario). Repitieron.

Podría haber sido mejor, todo hay que decirlo. Las tanquetas de la policía, las cargas policiales con antidisturbios repartiendo leña o lanzando gases lacrimógenos no hicieron muy llevadero el encuentro. Con todo, no obstaron tales inconvenientes para los estudiantes serbios, quienes aprovecharon la ocasión para inaugurar un nuevo grito de protesta: “no somos un saco de boxeo”. Lo parecen.

De nuevo, los estudiantes y sus seguidores protestan contra el autoritarismo y la corrupción; de nuevo la oposición demandando a Bruselas que haga algo (que les da palmaditas en la espalda y nada más) y la dimisión del ministro del Interior, Ivica Dačić (el del gato de Schrödinger sónico: capaz es de decir que los gases se compraron, también, por error; cualquiera sabe). De nuevo, la versión oficial afirmando que sólo fueron cuatro gatos y que los heridos son decenas policías, y que el que diga lo contrario, miente, y que complots occidentales estaban detrás de la manifestación.

No, hay cosas que nunca cambian.

Qué noche aquella, chiquilla, qué noche aquella de verano
Te vi contar las bengalas, las latas de gas lacrimógeno
Y las porras en acción,
los bates de los encapuchados,
que no dejaron a nadie sano.

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