Lo personal es político

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«Lo personal es político», fue el lema del feminismo de los años sesenta. Conseguido el voto femenino, no sin esfuerzo, en la mayoría de países desarrollados, las mujeres se dan cuenta que no tienen poder. La democracia como derecho a elegir a sus representantes no mejora su libertad efectiva, no supone la posibilidad de acceder en igualdad de condiciones a los mismos bienes o recursos públicos y privados. No las iguala, las sigue subordinando en la medida en que no las convierte por sí en sujetos de decisión con capacidad de cambiar sus condiciones de vida reales, su día a día, y no elimina la discriminación que venían sufriendo en el plano físico, legal y simbólico.

 

Lo personal es político porque no se puede aislar la política, el poder de organizar y decicidir el destino de una sociedad, de las circunstancias, problemas y conflictos de los individuos que conviven en ella, porque precisamente, esos conflictos, esos problemas, esas circunstancias vitales deben ser el objeto de la política dirigida por los valores democráticos de la igualdad, la libertad, la solidaridad, la justicia…

 

La política parece flotar sobre la sociedad a la que debería servir. Ya nadie confía en la política. O quizá ya nadie confía en quienes hacen política. Las feministas se dieron cuenta que sus obstáculos no eran individuales o familiares sino políticos, que su avance en la igualdad requería poder político real, poder para cambiar de forma efectiva sus condiciones de discriminación estructural.

 

Pero, ¿qué ocurre cuando las personas que representan el poder político parecen haberse convertido en los antisistemas? Anti-sistema democrático, de libertad, de igualdad, de dignidad.

 

La violencia tiene muchas formas. Eso es algo de lo que también saben mucho las mujeres. Saben mucho porque son mayoritariamente débiles en cualquier otra división social: pobres, dependientes, discapacitados, inmigrantes, menores… Son la mitad más vulnerable de todos los segmentos sociales a los que se está atacando desde el poder con la única legitimitad del voto. Pero como ya he señalado las desigualdades estructurales no se solucionan ejerciendo el derecho al sufragio. A las mujeres las permitieron tras siglos de lucha ser ciudadanas, pero las hicieron ciudadanas de segunda, como ciudadanas y ciudadanos menores de edad parecen considerar a sus votantes los que están tomando en este momento decisiones por ellos.

 

Se habla del impacto social de los recortes, de los ajustes, de las medidas, de los rescates, como si de un simulacro se tratase, como si no hubiese personas reales que ven transformada y arruinada su vida con ellos. Nuestra crisis es política, no inmobiliaria ni financiera. Porque las condiciones personales y vitales de la gente han dejado de ser el norte de los que nos gobiernan.

 

Y de nuevo los pilares más débiles de nuestra sociedad tambaleándose. Porque sólo se hacen mamografías las mujeres, sólo las mujeres se hacen tratamientos de fertilidad, porque son mayoría utilizando el transporte público, mayoría trabajando en el sector público que se desmantela por momentos, porque suelen ser mujeres en su mayoría las trabajadoras de los comedores escolares, de los servicios sociales, de las escuelas infantiles, porque en general serán ellas las que preparen la comida que ya no dan los colegios, porque sin residencias ni Centros de Día públicos para cuidar a nuestros dependientes, de nuevo serán las mujeres las que asuman esta responsabilidad colectiva, porque con un mercado de trabajo cada vez con menos protección social tedrán como siempre que elegir entre la maternidad y la profesión, y sin profesión dignamente remunerada sólo queda volver a relaciones de pareja jerárquicas y dependientes, porque sin servicios públicos que cubran las necesidades básicas de las personas, los derechos en general y la igualdad en particular, se convierten sólo en una declaración vacía sin contenido real, y cada persona quedará a su suerte, y la suerte será de quien se la pueda pagar o robar, por las buenas o por las malas.

 

Leí una vez que la fortaleza de una sociedad se mide por la de su pilar más débil. Porque la sociedad es como un puente, y si se derrumba, nos caemos todos. Quizá para levantarnos tengamos que recuperar la política de quienes nos la expropiaron, de quienes nos quitaron la política para las personas, porque como decían las feministas: lo personal es político.

Pilar Pardo Rubio. Estudió Derecho en la Carlos III y continuó con la Sociología en la UCM, compaginando en la actualidad su trabajo de asesora jurídica en la Consejería de Educación y la investigación y formación en estudios de Género. Desde el 2006 colabora con el Máster Oficial de Igualdad de Género de la Universidad Complutense de Madrid que dirigen las profesoras Fátima Arranz y Cecilia Castaño. Ha participado en varias investigaciones de género, entre las que destacan la elaboración del Reglamento para la integración de la igualdad de género en el Poder Judicial de República Dominicana (2009), Políticas de Igualdad. Género y Ciencia. Un largo encuentro, publicada por el Instituto de la Mujer (2007), y La igualdad de género en las políticas audiovisuales, dentro del I+D: La Igualdad de Género en la ficción audiovisual: trayectorias y actividad de los/las profesionales de la televisión y el cine español, que ha publicado Cátedra, con el título "Cine y Género". (2009). La publicación ha recibido el Premio Ángeles Durán, por la Universidad Autónoma de Madrid y el Premio Muñoz Suay por la Academia de Cine.   La mirada cotidiana que dirigimos cada día al mundo en que vivimos es ciega a la las desigualdades que, sutiles o explícitas, perpetúan las relaciones entre hombres y mujeres; visibilizar los antiguos y nuevos mecanismos, que siguen haciendo del sexo una cuestión de jerarquía y no de diferencia, es el hilo conductor de "Entre Espejos". En sus líneas, a través del análisis de situaciones y vivencias cotidianas y extraordinarias, se ponen bajo sospecha los mandatos sociales que, directa o indirectamente, siguen subordinando a las mujeres e impidiendo que tomen decisiones, individuales y colectivas, críticas y libres, que siguen autorizando la violencia real y simbólica contra ellas, que siguen excluyendo sus intereses y necesidades de las agendas públicas, que siguen silenciando sus logros pasados y presentes, que, en definitiva, las siguen discriminando por razón de su sexo y hacen nuestra sociedad menos civilizada, a sus habitantes más pobres e infelices, y a nuestros sistemas políticos y sociales menos democráticos y justos.