Lo que Felipe Boso me ha enseñado sobre la categorización léxica, y viceversa

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Intervención de Paco Prazol sobre una ilustración de Felipe Boso

En Casablanca, la medina vieja tiene ese no sé qué de la Ribera de Curtidores de hace treinta años. Caminar por allá agudiza los sentidos, y al salir al hormigueo de petits y grands taxis, buses y atascos de la parte nueva se siente uno a ratos como el grafiti de esa niña gigantesca que se tapa los oídos sobre la fachada de un edificio cercano a la plaza de las Naciones Unidas. A diez minutos a pie de la Plaza de las Naciones Unidas están las Torres Gemelas, desde cuyo piso 27 es posible maridar un vino con el vértigo de la propia mirada sobre la capital. Lejos queda el Café de Rick, en el que se le pide más o menos cortésmente al visitante que tenga la mínima elegancia de quitarse los calcetines si va en sandalias.

Todo esto lo sé desde hace apenas unos días, desde mi viaje a Casablanca. Desde entonces, la palabra casa convoca en mi mente también el sustrato de imágenes que arrastra esa ciudad.

Las palabras, decía el psicólogo ruso Lev Vygotsky, son el microcosmos de la consciencia humana. Cada microcosmos está formado por nuestro conocimiento lingüístico y experiencial, y se activa como un nodo de una tupida red de asociaciones que se encendiera al ser tocado por un sonido, un olor, el fogonazo de un recuerdo, la imagen de un álbum o cualquier otro hecho que el azar trae a nuestra cotidianidad.

Si nos tomamos un minuto para pensar en expresiones en nuestra lengua que contengan la palabra casa (lo que en lingüística se conoce como unidades léxicas), a un hispanohablante de España le vendrán a la memoria, probablemente, asociaciones como Casa Paco, como Pedro por su casa, flan de la casa, de andar por casa, La casa de Bernarda Alba y, tal vez –a mí desde luego– Casablanca. Y es que las palabras se almacenan en el cerebro no como un inventario ordenado alfabéticamente, sino como una red que se lanza al mar. Al tirar de uno de sus hilos, recogemos la pesca, que, como en el arrastre, puede ser de lo más variopinta. Las palabras, los hilos de esa red, forman nudos con otras porque comparten rasgos con ellas –sean estos de significado (hogar, domicilio, residencia) o de forma (casa se parece a pasa, tasa, cosa o caso), porque van juntas a menudo (casa de campo, de andar por casa), porque pertenecen al mismo grupo (chalet, cabaña o apartamento son tipos de casa o vivienda), o por la experiencia personal de los hablantes con respecto a ella (quién no recuerda la casa en la que creció y en la que podía jugar durante horas sin pensar en nada más). Todas estas asociaciones forman lo que en lingüística cognitiva se conoce como conceptualización, marcos de conocimiento con los que el ser humano estructura el mundo y conceptualiza la realidad. En la conversación con otros activamos nuestros marcos de conocimiento y todo lo que arrastra cada uno de ellos. Conceptualizamos la realidad a través del lenguaje, y observar el lenguaje es, por ello, observar nuestra propia forma de mirar el mundo.

Cerremos ahora los ojos e imaginemos una típica casa de campo. Esa imagen será nuestro prototipo de casa de campo, nuestra casa de campo por excelencia. La teoría lingüística de los prototipos parte de estos esquemas de conocimiento, dentro de los cuales entendemos que hay unos elementos que se acercan más que otros a lo que nosotros entendemos por casa, es decir, son más representativos de ese concepto. A grandes rasgos, diríamos que hay un grupo de elementos (o de rasgos de esos elementos) que forman un núcleo central, frente a otros más periféricos dentro de la misma categoría. Para mí, por ejemplo, se acerca más al prototipo de casa un piso en una urbe como Madrid que un riad en la nueva medina de Casablanca, pero evidentemente, este centro es movible según los hablantes y sus diferentes culturas.

Ahora bien, no solo los hablantes; también las lenguas conceptualizan una misma realidad de diferentes formas. Pensemos, por ejemplo, en la preposición de en la unidad léxica casa de campo. En ella, de tiene la misma función que en pueblo de montaña o barrio del centro: indica que la casa está situada en el campo. Felipe Boso, ese poeta maravillosamente extraño y tristemente desconocido de Palencia, escribió un bellísimo ‘Poema idealista’, que comienza así:

Quiero
una casa de campo,
de campo, sólo de campo

Hasta aquí, nada se rompe; nuestro prototipo sigue en pie. Pero leamos ahora el poema completo:

Quiero
una casa de campo,
de campo, sólo de campo.
Sin paredes ni tejado,
de campo,
sólo de campo.
Sin ventanas ni balcones,
de campo,
sólo de campo.
Sin muebles y sin cortinas,
de campo,
sólo de campo.
Quiero
una casa sin casa,
de campo,
sólo de campo.

¿Por qué es este poema tan sorprendente y radicalmente bello? No solo por las imágenes y la amplitud que convoca, sino porque cuestiona desde abajo nuestra conceptualización de lo que significa una casa de campo, y lo hace dando a la preposición de otro de los muchos valores que esta tiene en español. Todos los hispanohablantes sabemos que un vaso de agua contiene agua, y que un vaso de cerámica está hecho de cerámica. Una casa de campo se encuentra en el campo y un álbum de Nick Cave está compuesto por este poeta atormentado. La preposición de es un inmenso contenedor de significados, y cuál de ellos se actualiza en cada momento depende de sus amistades semánticas, de las palabras que la sostienen. Otras lenguas utilizan otras preposiciones u otros mecanismos de formación de palabras para expresar lo que en castellano se conceptualiza con la preposición de.

Boso juega con esa asunción incuestionada, con ese valor habitual de la preposición de en la unidad una casa de campo, y lo sustituye por el valor que tiene en un vaso de porcelana: La casa de campo de Boso, así, no se encuentra en el campo, sino que está hecha de campo.

Y con ese click, con ese mínimo cambio, Boso modifica nuestros marcos de conocimiento, nuestra percepción del mundo, siquiera por unos instantes. He ahí la grandeza de la poesía. He ahí la grandeza de la lengua. Si, como decía Parra, la poesía es el arte de sacarle jugo al lenguaje, Boso es aquí vitamina pura.

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Emilia Conejo es licenciada en filología inglesa y máster en estudios avanzados en literatura española e hispanoamericana. Trabaja como editora. Colabora con varias revistas de crítica literaria y creación poética y ha publicado dos poemarios: Minuscularidades (2015) y De acá(2019), ambos en Godall Edicions.

3 COMENTARIOS

  1. La poesía de Felipe es dinamita a la vez que vitamina. La poesía de Felipe la conozco en estado naciente. A veces he vivido, literalmente vivido, cómo nacía un poema suyo. Por ejemplo este: “Llamemos a las cosas / por su nombre: / cosas”. Ese era el santo y seña para saludarnos por teléfono, algo que hacíamos un día sí, otro no, a veces (muchas veces) el de enmedio, hasta la noche antes de su muerte. Nos despedimos alrededor de las once de la noche, y a las ocho de la mañana me telefoneó su mujer para anunciarme que Felipe acababa de morir. Fue profeta. Ese mismo día del calendario, cinco años atrás, había tenido un primer infarto, y cuando lo fui a visitar al día siguiente, en la clínica, me saludó diciéndome: “Dentro de cinco años el segundo y adiós muy buenas”.

  2. Ese conocimiento de las funciones de las palabras según el contexto era, según Wittgenstein, el objeto de la pragmática del lenguaje. Me encantó tu artículo, Emilia. Y tu recuerdo, Ricardo

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