AcordeónLos animales que quedaron en el frente ucraniano

Los animales que quedaron en el frente ucraniano

Cuando una bomba rusa arrasó su hogar, en un pueblo cerca de Zaporiyia, Nicole estaba en Polonia, adonde había llegado en las primeras semanas de la invasión, como miles de ucranianos que huyeron con lo puesto. 

“Recuerdo exactamente el momento en que empezaron las conversaciones sobre marcharme. No me fui sola. Tenía 16 años, así que no podía mudarme por mi cuenta. No me habrían aceptado en Polonia como refugiada si no hubiera tenido a una persona mayor conmigo. Mi tía estaba embarazada y también tenía un hijo de dos años, así que lo más lógico era que nos fuéramos juntas. Fuimos a la ciudad polaca de Poznan porque el marido de mi tía tenía allí a un primo. Era la única persona que conocíamos básicamente en Europa. Él nos ayudó a llegar y a encontrar un apartamento”. 

Antes de la invasión rusa a gran escala, iniciada el 24 de febrero de 2022, Nicole todavía iba al instituto. Estaba en décimo curso y le quedaba poco para terminar la escuela, aunque la guerra le impidió acabar esa etapa de forma presencial. Su vida, hasta entonces, giraba alrededor de los estudios y de la gimnasia rítmica, un deporte que practicaba desde los cuatro años y al que había dedicado buena parte de su infancia.

Salió de Ucrania en la segunda semana de la invasión, en un tren de emergencia hacia Polonia. “Cuando se acercaba el día de marcharme, le decía a mi madre: ‘No quiero irme mamá, quiero quedarme contigo’. Por supuesto, estaba equivocada. Ahora entiendo que la vida es más importante que cualquier otra cosa. Me habría quedado atrapada en un lugar, viviendo con miedo”.

Como muchos, Nicole creyó que sería cuestión de semanas. Se llevó una maleta y la ilusión de volver. Con el tiempo, entendió que aquella decisión –dolorosa e injusta– le salvó la vida. “Mi madre me dijo que no merecía ver todo aquello”, recuerda. Las noticias de la guerra le llegaban al momento a través de internet, entre el miedo y el alivio de saberse a salvo. Pero esa vez fue diferente: la llamada de su padre lo cambió todo.

La casa familiar no era un piso cualquiera. Era el hogar que sus padres habían construido con sus propias manos, ideado por su madre que trabaja como diseñadora de interiores. Allí, entre el jardín y el bosque, vivió su infancia. También, estaba Alex, el perro de raza akita americano de la familia: juguetón, curioso, “como un niño pequeño”, dice Nicole. 

Antes de la guerra, ella dividía su tiempo entre Zaporiyia y su pueblo. Su madre se había mudado a la ciudad tras separarse, pero su padre seguía en la casa, acompañado por los perros. Primero estuvieron Nika y Alex. Nika murió poco antes de la invasión. Alex, el más joven, siguió viviendo con su dueño. “Para mi padre, esa casa era realmente como el paraíso, porque no le gusta mucho la gente ni las grandes ciudades, y ese lugar, donde crecimos, era como un verdadero paraíso para él. Además, hay un bosque cerca. Así que estaba muy unido a ese lugar.”, recuerda Nicole.

Durante los primeros años de guerra, su aldea no fue de las zonas más castigadas. El padre de Nicole siguió viviendo allí, hasta que una bomba cayó a cien metros. La explosión reventó una ventana y tiró al suelo los objetos de una estantería, entre ellos una foto de Nicole y su hermano de pequeños. Su padre, que dormía, se despertó sobresaltado. Aquella noche entendió que ya no podía quedarse allí ya que era camionero y a pesar de la guerra tenía que seguir trabajando. Alquiló un apartamento en Zaporiyia y se marchó con lo justo, pensando en quedarse sólo unos días. Alex se quedó en la casa, como otras veces, con la convicción de que su dueño volvería a alimentarlo al día siguiente, estando ya acostumbrado a estar solo varios días. 

“Para mí fue un milagro”, comenta Nicole. Era la primera noche que su padre no dormía allí. Cuando los vecinos llamaron a su padre por la mañana, él no entendía el motivo de la urgencia. Entonces supo que su casa había sido alcanzada. Volvió a su pueblo con un amigo para ver qué había quedado. Entre los escombros, lo único que importaba era encontrar a Alex. Buscaron durante horas bajo los restos de la casa y en el jardín. No había rastro de sangre. Al día siguiente, regresaron.

“Cuando llegaron, Alex estaba allí, de pie sobre los escombros, vivo y moviendo la cola”, relata Nicole. La imagen aún le cuesta asimilarla. Probablemente, el perro huyó asustado tras la explosión y volvió después. Cree que sobrevivió porque estaba en el patio delantero, cerca de la entrada donde solía esperar a su padre, pero la bomba impactó en la parte trasera. La propia casa, al recibir el golpe, pudo protegerlo. “Cuando me enteré, lloré como una loca. Tuve un ataque de pánico”, confiesa. Imaginaba a Alex solo, confundido, sin saber qué se le pasaría por la cabeza durante esos días.

Hoy, desde Cracovia, Nicole combina sus estudios de Relaciones Internacionales con su trabajo en el mundo del deporte, un campo al que llegó tras dejar su carrera como gimnasta rítmica. Aunque la guerra truncó su última etapa en Ucrania, ella ha logrado reconstruir una vida en Polonia, viaja por Europa cubriendo competiciones y planea dar el salto profesional fuera de su país de acogida. “Quiero seguir creciendo, probar cosas nuevas”. Pero hay algo que no quiere posponer: este verano viajará a Kiev para estar cerca de su familia. Y, sobre todo, para ver a Alex. “Llevo tres años sin verlo. Es una locura. Pasé toda mi infancia con él, y él me quería mucho. Necesito verlo al menos una vez más en mi vida”.

Su padre, ahora en el ejército, planea llevarse a Alex cuando acabe la guerra, pero Nicole no quiere esperar. “No sé cuándo terminará esto, ni cómo. Pero sé que no puedo seguir sin verlo”, dice. Porque, al final, la guerra le arrebató su casa y su país, pero no su derecho a abrazar a quien la acompañó durante años. Y aunque el futuro sea incierto, tiene claro que volverá a Ucrania cuando pueda, aunque sea solo para recordar que, entre tanto caos, aún queda su familia.

En este caso, Alex ha tenido la suerte de que le rodee una familia que se ha preocupado por que siga pudiendo vivir feliz. Pero en Ucrania todos los días hay cientos de animales que, como Alex, necesitan ayuda y sin embargo no tienen a nadie que pueda proporcionarla.

La lucha por la vida de todos los seres vivos

La historia de Nicole y Alex es solo un ejemplo de lo que ocurre en Ucrania, donde la guerra no solo ha destrozado vidas humanas, sino también las de los animales que quedaron atrapados en el conflicto. En las exrepúblicas soviéticas, la situación de los animales callejeros ya era complicada antes de la invasión. Tras la caída de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), muchas ciudades se vieron desbordadas por perros y gatos abandonados, víctimas de políticas de control animal poco efectivas y de una cultura de tenencia responsable aún en desarrollo. Ucrania no era una excepción. Con la guerra, el problema se agravó y los animales que ya vivían en las calles o que quedaron atrapados en zonas de combate se convirtieron en víctimas silenciosas de un conflicto que no eligieron. Desde el inicio de la invasión rusa a gran escala, más de once millones de personas han sido desplazadas en Ucrania según Humane World for Animals.

Ante este vacío, organizaciones como UAnimals se han dedicado a rescatar a los animales desde el inicio de la guerra, al ver que cada vez tenían más peticiones desde las zonas del frente. Desde entonces, su trabajo se centra en evacuaciones desde zonas de combate, misiones veterinarias, esterilizaciones, apoyo a refugios y distribución de comida y medicamentos. Según la organización han evacuado a más de 10.000 animales de zonas de combate, esterilizado a más de 50.000 y proporcionado tratamiento médico a más de 60.000 animales.

Perros encerrados en casas vacías. Gatos escondidos entre edificios derruidos. Mascotas que no entienden por qué sus dueños ya no vuelven. En una evacuación urgente, no siempre hay tiempo, espacio o medios para llevárselos. Los animales forman parte de las rutinas y de los vínculos familiares. Y en Ucrania, salvar a un perro o a un gato puede ser, a veces, salvar también a una persona. Muchas familias se niegan a evacuar sin sus mascotas, porque son su consuelo, su razón para seguir adelante y no quieren dejarlas atrás.

Fundada en 2016 para combatir la explotación animal (circos, zoológicos, uso de pieles), la invasión rusa de 2022 cambió su prioridad. A medida que pasaba el tiempo recibían cada vez más peticiones de personas que no podían evacuar con sus animales o que los habían dejado con vecinos que se quedaron, pensando que iba a durar poco. A raíz de esto las diferentes asociaciones animalistas que hay en el país decidieron empezar a hacer misiones de rescate.

La mayoría de las misiones de UAnimals se concentran en Donetsk, Dnipropetrovsk y Zaporiyia. Las solicitudes llegan a través de un chatbot, teléfonos de voluntarios o equipos sobre el terreno. Pueden recibir entre 10 y 30 peticiones de ayuda al día. Con ellas, preparan una lista para cada misión. Aunque el objetivo es atender unas 30, el equipo recibe más ubicaciones a las que acudir (entre 40 y 50), porque en el terreno todo puede cambiar y que ocurran situaciones como que ya no haya acceso, que el animal no esté o que debido a algún ataque la ruta sea imposible.

Antes de salir, revisan la situación de seguridad, consultan con militares y adaptan el recorrido. “A veces, si miras el mapa, te dice que la ruta es de solo 30 minutos. Pero los puentes están rotos o la carretera ya no está disponible. Entonces tenemos que cambiar la ruta, y puede llevar dos o tres horas llegar allí”, dice Nina Nenorova, responsable de proyectos de rescate y evacuación de animales. Y cuando el equipo llega, el animal no siempre se deja ayudar. Algunos huyen por miedo; otros, están demasiado desorientados, no entienden que alguien intenta salvarlos.

En ocasiones, las familias envían fotos de la vivienda donde quedó el animal, pero al llegar, el equipo no reconoce el edificio o no puede acceder. La destrucción borra referencias básicas que necesitan para ubicar las casas concretas, y todo esto lo tienen que hacer rápido siendo conscientes de que los drones no les dejan trabajar.

Teddy, el perro que sobrevivió a un dron

Una de las historias que más recuerda Nina ocurrió en Druzhkivka (Donetsk), durante una evacuación en diciembre de 2025. “En ese momento había una evacuación masiva de personas ya que había una ofensiva y recibimos muchas peticiones desde el lugar. Llegamos a la dirección. Recogimos dos pastores blancos y el equipo los subió al coche”.

En ese momento, un dron enemigo impactó contra la parte delantera del vehículo. Los rescatistas reaccionaron rápido y se alejaron, pero el coche empezó a arder y decidieron volver rápidamente a por los perros, una operación difícil por el tamaño de los animales y la presión del momento. Uno de ellos, Teddy, resultó herido en la parte trasera.

El equipo se refugió con los animales en una casa cercana mientras el ataque continuaba. Allí, intentaron detener la hemorragia de Teddy. “Estaban más preocupados por el perro que por ellos mismos”, comenta Nina. Con ayuda de militares y después de tres horas de espera lograron evacuar al equipo y a los perros hacia Kramatorsk, donde un veterinario limpió la herida y administró analgésicos. Muchas clínicas ya habían abandonado la zona y no podían hacer nada más que aplicarle primeros auxilios. Teddy necesitó cuatro meses de ingreso en Dnipró para recuperarse. La lesión era grave, y existía la posibilidad de amputarle la pata, pero los veterinarios consiguieron salvarla.

Hoy, Teddy y su compañero viven adoptados por una familia en Finlandia. Para oenegés rescatistas, ese es el final que quieren para todos los animales que se ven afectados, una segunda vida.

El rescate no termina en la evacuación

Salvar a un animal en zona de guerra es el inicio de un proceso largo que involucra buscar recuperación física y emocional, acogerlo en un refugio, y que estén cuidados el tiempo que necesiten hasta que se adapten otra vez a la vida normal. Después de esto se ponen en adopción tanto en Ucrania como en el resto de los países europeos.

En un primer momento tras la evacuación la mayoría de los animales pasa por una clínica veterinaria donde recibe revisión, vacunas y esterilización si es necesario. Si tienen heridas, se les proporciona atención completa. Después, son trasladados a refugios colaboradores o, si tienen familia, vuelven con ella. Cuando no hay información sobre sus vacunas, las organizaciones no gubernamentales intentan cubrir esa parte, especialmente la vacunación contra la rabia.

En esa fase posterior al rescate también aparecen organizaciones como Animal Rescue Kharkiv, que no solo evacúan animales, sino que mantienen espacios propios para atenderlos y acompañar su recuperación. Animal Rescue Kharkiv, conocida también como ARK, es una de las asociaciones que trabaja directamente con animales afectados por la guerra en el este de Ucrania. ARK tiene una clínica veterinaria, el Little Prince Cat Rehabilitation Center y el ARK Peace Sanctuary.

La clínica les permite atender a los animales rescatados por ellos mientras que los otros espacios funcionan como lugares de acogida y recuperación. El centro Little Prince nació ante la necesidad de un lugar específico para darle a los gatos unas condiciones más parecidas un hogar y también recibe la visita de niños, militares y visitantes. Por otro lado, el ARK Peace Santuary, a pesar de que aún no está terminado, da alojamiento a más de mil animales y les da la oportunidad de tener una segunda vida mientras se recuperan.

“La gente suele centrarse en lo global: los niños, la ayuda humanitaria o lo que Rusia está destruyendo”, dice Nicole. “Pero hay mucho más en la guerra y en la experiencia de las personas de lo que ves en las noticias. Hay cosas que parecen pequeñas en el panorama general –como no saber si volverás a ver a tu perro–, pero que no lo son en absoluto cuando hablamos de una vida que es parte de tu familia y tu hogar”. Por eso valora el trabajo de quienes rescatan animales en Ucrania. “Es increíble, porque muchas personas probablemente dejaron de lado su trabajo y su vida normal para hacer esto. A veces, no solo salvan animales, sino que entran en situaciones extremadamente peligrosas y arriesgan sus propias vidas. Creo que solo un grupo especial de gente sería capaz de hacerlo”. Para ella, esas organizaciones ocupan un lugar que nadie más puede. Entran en zonas peligrosas para salvar vidas que dependen por completo de otros.

En Ucrania, salvar a un animal no detiene la guerra. Pero cuando una vivienda ha sido bombardeada, muchas veces las personas que no pueden huir con sus animales deciden quedarse con ellos aún con las consecuencias que puede conllevar.

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