Los dibujos de David Hockney tomados directamente de la vida y el espíritu de la época

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De vez en cuando, surge un artista importante que representa, en mayor medida que sus colegas, el espíritu de la época. El hoy octogenario artista británico David Hockney ha plasmado el Zeitgeist contemporáneo por medio de un formalismo inusualmente preciso. En esta exposición se muestran retratos figurativos que destacan por su fiel realismo. Hockney está representado por un centenar de obras en papel, con dibujos de cinco personas: él mismo; su madre, Celia Birtwell, su amiga y musa; el comisario de arte Gregory Evans, su viejo e íntimo amigo; y el maestro grabador Maurice Payne.

El realismo de Hockney es maravillosamente preciso, y tal vez se debate entre las exuberantes costumbres de los años sesenta, cuando el joven artista alcanzó su madurez, y las percepciones, más sobrias, de un momento actual más conservador y una mayor edad. Como el anuncia el principal autorretrato, expuesto en lo alto de una pared de la Morgan Library de Nueva York, que separa las dos salas de dibujos, Hockney es hoy un anciano de ochenta y tres años de cabello cano que lleva gafas y tirantes rojos. Pero en el retrato vemos la persistencia de su agudeza técnica y su interés en los misterios de la personalidad y el carácter. El cuadro, que es al mismo tiempo una interpretación precisa y una enérgica imagen del artista en las postrimerías de su vida, muestra que Hockney sigue siendo un pintor con medios e inspiración.

Desde el principio, Hockney ha sido un observador de sí mismo. Los primeros autorretratos empiezan en 1954, durante los últimos años de la adolescencia del artista. En su colorida pintura aparece con su pelambre castaño, gafas, una chaqueta deportiva de color azul claro, una corbata amarilla sobre una camisa a cuadros y una larga bufanda roja. La mirada del jovencísimo rostro de Hockney es inquisitiva, sensible y confiada. En cierto modo, está anunciando su determinación de seguir la vocación elegida. La ambición de Hockney se evidencia aún más en el grabado The Student (El estudiante, 1973), que muestra a un joven artista con el cabello largo, sombrero con cinta y gafas; lleva consigo un gran tablero –¿un soporte para sus dibujos?– mientras mira fijamente la escultura de la cabeza de un joven Picasso. La mirada de este último es serena e intensa, una señal de sus extraordinarios dones. Hockney era un estudiante cumplidor, y pintó varias veces a sus amigos con la camisa de manga larga y a rayas preferida de Picasso. En conjunto, las dos obras nos dan una idea del impulso juvenil de Hockney; incluso cuando era joven aspiraba a ser un creador extraordinario. Las dos piezas también señalan la falta de interés de Hockney en el arte de orientación conceptual: él era un defensor de la técnica, no un promotor de ideas.

La madre de Hockney fue una importante y propiciatoria influencia en su vida. Los retratos que pintó de ella están realizados con afecto y con la precisión técnica que esperamos de su trazo. En una obra realizada a lápiz de color en 1972 vemos a una mujer envejecida, con un vestido negro estampado con lunares blancos, sentada en un sillón perfilado con trazos de color azul jade. Sus ojos azul claro y su cabello corto acentúan sus afilados rasgos. La madre de Hockney siempre apoyó las aspiraciones artísticas de su hijo, y se prestó continuamente como modelo para él. Aquí hay una especie de realismo casi fotográfico –recordemos los posteriores retratos que Hockney realizó con cámara Polaroid, unidos pieza por pieza– que se vuelve más humano gracias al afecto tácito con que el artista realiza el retrato. En un dibujo posterior, Mother, Bradford, Feb. 19, 1979 (Madre, Bradford, 19 de febrero de 1979, 1979) se aprecia la rapidez con que ha envejecido su madre, que nació en 1900. Dibujado con tinta sepia, la madre devuelve la mirada, triste y vulnerable, a sus espectadores. Lleva un sombrero oscuro y un gabán, este último representado con trazos mínimos, y está sentada en un sillón, del que vemos la mitad izquierda. El desapego y el pathos de este retrato no concuerda mucho con el resto de su arte, más exuberante. Es un dibujo profundamente conmovedor.

En la primera etapa de la vida de Hockney, en París a mediados de los años setenta, comenzó una relación con Gregory Evans, que siguió siendo su amigo íntimo y modelo durante décadas. En Gregory (1979) vemos a un hombre más bien joven con una chaqueta ligera, representada solo parcialmente, con rayas azules alrededor de la muñeca y a lo largo del hombro y la manga de la prenda. Realizado a lápiz de color, el dibujo transmite con precisión el ánimo meditativo de la figura, que mira fijamente al vacío con sus ojos azul grisáceos; sobre su frente descansa un mechón rizado de su cabello. Destacan sus labios rojizos, y tiene el brazo izquierdo levantado para apoyar su rostro en él. Los diferentes tonos de lápiz hacen que este retrato íntimo sea particularmente atractivo, y subrayan la extraordinaria destreza técnica de Hockney. Gregory, Los Angeles, March 31st, 1982 (Gregory, Los Ángeles, 31 de marzo de 1982, 1982), un retrato compuesto por dieciséis imágenes parciales del amante de Hockney, al que vemos de perfil, con su cabello castaño despeinado y un suéter celeste. Reposa frente a nosotros en un sillón de color tostado y respaldo alto. Aunque se trata de una fotografía –un medio relativamente distinto– transmite el afecto de Hockney por Evans. Hay algunas imágenes duplicadas en las fotos, pero esto le presta un efecto surrealista y cubista. Al ver esta exposición, queda claro que el uso de Hockney de la intimidad y la amistad en relación con sus amigos intensifica tanto la técnica como la emoción de sus obras. En España (2004), Gregory Evans se ha convertido en un hombre de mediana edad de aspecto reservado e incipientes entradas. Está mirando a un lado, y lleva una chaqueta gris y una camisa azul claro. De nuevo, como en gran parte de la obra de Hockney, el dibujo está realizado con suma precisión y tácito afecto.

Celia Birtwell, la diseñadora textil y de moda, ha sido su amiga íntima, confidente y colaboradora modelo desde la década de 1960. Las notas de prensa señalan que, como buenos amigos, comparten un origen norteño y sentido del humor. En 1970, Hockney realizó Celia, un retrato de cuerpo entero a lápiz y cera de color. El cabello sutilmente rizado de la modelo enmarca unos inquisitivos ojos de color gris claro. Birtwell tiene levantado el brazo derecho, extendiendo la silueta de la mano con un emotivo gesto. El resto de su cuerpo está levemente esbozado ligeramente, con la excepción de la silla a rayas blancas y negras en la que se sienta. En Celia (Carennac) August 1971 (1971), el dibujo a lápiz de color de Hockey resulta en un derroche de colores: vemos una bata de casa sobre una fina blusa blanca de flores rojas, azules y blancas y la cara bronceada de la joven, con los ojos enmarcados por un delineador azul y su cabello castaño claro. Está sentada en una silla de listones horizontales verdes, mirando al espectador con leve curiosidad y desapego desconcertado. Este retrato es tanto una lectura psicológica como una presentación afectuosa de una joven con talento. Celia, una litografía de 1973, la muestra con el cabello recogido, sentada en una silla. Se trata de una imagen realizada solo con líneas negras sobre papel tostado. Lleva un vestido largo que se extiende más allá de los codos y le llega hasta los zapatos, con una abertura en forma de V desde el medio hasta la cintura. El dibujo parece ligeramente anticuado, como si sus orígenes se remontaran a la Francia del siglo XIX.

La amistad de Hockney con el grabador Maurice Payne también comenzó en la década de 1960, cuando trabajaban juntos en un conjunto de obras gráficas para ilustrar los poemas de Cavafis en 1967. A partir de los años setenta su relación se interrumpió, pero Payne abrió un taller de grabado en 1998 y los dos hombres empezaron a trabajar juntos de nuevo. En la litografía Maurice with Flowers (Maurice con flores, 1976) el grabador está sentado, desviando la mirada hacia un lado. En su cabeza, nítidamente delineada, se aprecian sus pobladas cejas negras y su cabello moreno, muy rizado. Payne lleva una camisa a cuadros y apoya el brazo izquierdo en una mesa sobre la cual hay un jarrón con flores y frondas. La meticulosidad de la litografía es especialmente sutil. La mirada distante de Payne y la postura que adopta irradian una energía elevada, noble. En gran medida, las imágenes celebran una vida en el arte. El grabado Maurice (1998) lo muestra con una chaqueta oscura, una camisa blanca y pantalones a cuadros. Su cabello es más ralo, pero su expresión es joven. Detrás de él hay una pared con papel de cuadros que enmarcan una ventana llena de luz. Se sabe que Payne animó a Hockney a experimentar; en el caso de esta obra, la textura se logró mediante un cepillo metálico, pero siempre domina el trazo fiero de Hockney. En Maurice, 11th September (1999) Hockney utiliza el lápiz y la cámara lúcida para describir al modelo de la forma más precisa y exquisita, que aparece cruzado de brazos y mirad directamente al espectador. Hockney empleaba a menudo la cámara lúcida, un dispositivo óptico que, mediante un prisma o un espejo, proyecta rayos de luz sobre el papel para crear una imagen; el resultado es de una sobrecogedora precisión.

¿Cómo podemos resumir la exposición David Hockney: Drawing from Life? Lo primero que hay que decir es que su organización es sumamente inteligente, dedicada al estudio detallado de unas personas que significaron mucho para Hockney. Los cinco modelos de la muestra permiten al artista retratar diferentes temperamentos con la precisión exacta que lo caracteriza. El otro rasgo que uno aprecia enseguida al contemplar los dibujos de Hockney es la extraordinaria destreza que invierte en su trabajo; sin embargo, su impulso no nace de la frialdad y el desapego, sino del afecto que acompaña a la intimidad y la amistad. Debemos recordar que, en estos tiempos, una exposición de obras figurativas comporta (innecesariamente) una mirada conservadora. Pero Hockney es tan buen artista que su inclinación figurativa se convierte en una celebración de la tradición, en vez de un punto de vista marcado por la rigidez estilística –y hablamos de un artista cuyo país es más famoso por su escritura que por su arte–. La glorificación del artista como poco menos que una deidad en el arte contemporáneo se basa en su reconocimiento como un gran dibujante consumado.

Pero Hockney no es solo un genio técnico. En los sesenta, capturó el espíritu del swinging London, cuya cultura pop logró retratar con afecto, a pesar de dotar el placer de cierta profundidad de base histórica. Lo mismo ocurre con los cuadros de piscinas que pintó cuando vivía en Los Ángeles; describen un estilo de vida placentero, incluso hedonista, pero los efectos técnicos del arte son tan innegables, y el uso de los colores tan bello, que olvidamos la extravagancia de la imagen y la admiramos por su mero atractivo. En esta exposición de dibujos, el color no tiene muchas posibilidades de impresionar al espectador, pero cuando lo hace, se evidencia que el progreso del trazo de Hockney se ve igualado por su inspirado empleo de la tonalidad, como se comprueba en los dibujos a lápiz de color de la muestra. Solo podemos admirar una y otra vez la dilatada excelencia de un artista para el cual el pasado no es un muro, sino una puerta que se abre hacia logros extraordinarios que no hay por qué consignar al olvido por el paso del tiempo. Ahora que tantos escritos tienden a dirigirse a la vanguardia –o a lo que se llama de manera un tanto inexacta vanguardia (¿cómo se puede calificar algo de desafiante y nuevo, si existen un espacio, un público y una respuesta crítica ya listos para ese trabajo que se supone que desafía?)– debemos dirigir nuestra mirada con respeto hacia un artista cuyas obras promueven un estilo de representación que mantiene la tradición viva.

A la larga, y a la luz de la futura escritura histórica sobre el arte, nuestras conclusiones estilísticas sobre la efectividad de la representación frente a la abstracción, o al revés, no importarán frente al logro creativo del propio artista. Hockney es un artista importante, lo sabemos desde hace mucho tiempo. Las razones por las que es tan bueno deben ser analizadas y situadas en su contexto histórico, pero su arte se caracteriza porque desde el principio se supo que era sobresaliente. En esta exposición, Hockney logra vincular a las personas importantes de su vida con su capacidad para retratarlos meticulosamente para la posteridad. Podemos asumir que su maravilloso trazo está animado por un profundo afecto por su familia, sus amantes y amigos. ¡Es tan raro hoy encontrar a un artista que trabaje el estilo figurativo y trascienda el peso del pasado! La destreza técnica del artista debe sin duda llevar su percepción al ámbito de la permanencia, pero su logro no acaba ahí. La palabra humanismo, que no se emplea mucho en la actualidad, es la adecuada para describir la inspirada fusión del afecto de Hockney por el pasado y su talentoso deseo de conectar con la importancia emocional de las personas, los lugares y el arte. Esta exposición demuestra que Hockney conversa con el tiempo y sus logros visuales. Al trabajar en el marco de una longeva tradición, ha aprendido a renovar esa tradición. Hoy es ya un anciano, pero su legado se vuelve cada vez más atemporal, a la luz de sus actuales intentos de presentar una nueva mirada basada en precedentes históricos. Por tanto, el pasado se parece cada vez más al futuro, y Hockney maneja ambos a la perfección.

 

Traducción: Verónica Puertollano

Original text in English

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