Los diplomas

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Alguna vez escribí un poema. Hablaba de Dios y de sus hijos. Del castigo y del perdón. El profesor de literatura anunció por un altoparlante que yo había ganado los Juegos Florales. Caminé al frente de la escuela formada en en el patio, me entregaron un diploma y dos libros: la poesía completa de César Vallejo y una novela de Graham Greene.

No sé quién decidió celebrar mis primeros pasos en la escritura creativa con dos autores atormentados por la religión y la culpa.

A los 23 años participé en un concurso nacional de historieta. El premio consistía en un diploma y US$800. Me pareció maravilloso dedicarle una semana a dibujar en tinta china la idea que había soñado: El hombre gol. Quedé muy contento con el resultado, sin embargo, los más de mil concursantes inscritos me obligaban a ser escéptico sobre mis posibilidades.

Llegué tarde a la ceremonia en que se anunciarían los ganadores. Venía con una revista que tenía pensado lanzar aprovechando la expectativa del concurso. Contenía otros autores y tres de mis trabajos: una parodia del Hombre Araña (El Hombre Araña en Resinápolis); un historieta con un superhéroe poco convencional (un policía corrupto capaz de cualquier hazaña a cambio de dinero: Coiman), y las primeras páginas de una aventura con un personaje que había inspirado a un amigo de la Facultad a escribir un guión y dirigir un cortometraje: El Hombre Pus.

En la historia Pus se enfrentaba a un estafador religioso que convocaba a las masas desde la televisión y en multitudinarios eventos, pregonando entre otras cosas la abstinencia sexual. La enamorada de Pus había caído en las redes de este «Salvador» y aquello había despertado la ira del héroe.

Alguna vez tendré que escribir sobre cómo la beatitud de mi primer poema colegial desembocó, diez años después, en aquella aventura gráfica.

El auditorio reventaba de gente. Me asomé a una puerta. Era imposible entrar. Empecé a conversar con los vendedores ubicados en puestos afuera del auditorio. Les enseñaba orgulloso mi revista. La ceremonia terminó, los asistentes comenzaron a salir. Uno de los autores que yo había publicado pasó frente a mí. No se acordaba de mi nombre porque cuando le pregunté quién había ganado, hizo el gesto de intentar recordar y me dijo: «creo que un tal…Ulises Gonzales».

Dejé las revistas encargadas y me metí al auditorio en sentido contrario a la marea de gente que se iba. Avancé hacia los organizadores. Uno de ellos me reconoció: «¡Ulises! ¿Dónde estabas?» Una amiga de la que había estado profundamente enamorado, corrió a abrazarme. El organizador llamó a los camarógrafos que ya estaban guardando los equipos y les dijo: «¡Él es el ganador!». Un micrófono y una cámara de televisión vinieron hacia mí.

Esa noche, mientras cenábamos en un restaurante muy caro, mi amiga me dijo que apenas vi a los periodistas la aparté con un brazo y caminé hipnotizado hacia la cámara. Que me olvidé por unos minutos de ella (y del mundo) para responder embobado a sus preguntas.

Ese premio de historieta vino también con un diploma, una entrevista en El Comercio, invitaciones a la radio y una página completa en la revista Phantom.

Por esos meses fue que Oscar Quezada Machiavello, el profesor que alguna vez me convenció de olvidarme de estudiar Derecho y seguir las Ciencias de la Comunicación, me ofreció dictar un curso dedicado a la «narrativa secuencial». El único requisito era escribir una tesis breve, defenderla frente a un jurado y obtener el título de Licenciado.

La tesis versó sobre la exitosa estrategia publicitaria de la Cerveza Cusqueña («Va para ti»). Entrevisté a los genios de esa campaña que despojó de una enorme tajada del mercado a las cervecerías limeñas. Poco antes de la fecha para defender mi tesis me llamó una amiga belga-italiana interesada en conocer la ruta terrestre entre Arequipa y el Cuzco. Creí que visitar esa ciudad encajaba bien con un trabajo asociado a su famosa cerveza.

Ese recorrido marcado por la altura (el más horrible soroche) y la helada (qué frío despiadado) fue la peor experiencia viajera de mi vida (si bien aún te adoro: Rossella).

Me preparé para la defensa de la Licenciatura leyendo el libro Posicionamiento tumbado sobre la grama al lado de las murallas de Sacsahuamán. Si bien no fue una defensa convencional, mi estrategia fue un éxito. Me dieron el diploma y me convertí, durante un par de semestres, en el profesor más joven de la universidad.

Mudado a Nueva York, conseguí otros diplomas: un Bachelor en Multilingual Journalism y un Master of Arts en Literatura Inglesa.

Hace unos pocos días, tras una breve temporada en el infierno, terminé de escribir las 200 páginas de mi tesis de Doctorado y, luego de una defensa que duró casi dos horas, conseguí el último de los diplomas académicos: El Ph.D (que viene volando).

Y eso es todo.

Solo quería decirles que he llegado ahí. Poner el punto final, pasar a otra cosa. Para eso también sirven  los diplomas.

 

 

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