Los doce viajes de Paco Inclán. Crónicas de un mundo absurdo

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Este libro podía haberse titulado, como el libro de relatos de Pere Calders, Crónicas de la verdad oculta: hallamos en él situaciones aparentemente rutinarias que derivan a lo desconcertante, corrientes traicioneras bajo la superficie, hojalata bajo la purpurina…

 

Hay historias en la que el autor omnisciente, desde su augusto emplazamiento, maneja el destino de quienes deambulan por sus páginas. Frente a la opción de quien se constituye en supremo creador que rige los destinos de sus criaturas, está el escritor que se hace hombre y habita en su relato, con una perspectiva a ras de suelo. En Tantas mentiras (Doce actas de viaje y una novela), Paco Inclán nos narra su inmersión en doce paisajes y sus respectivos paisanajes. Son doce viajes, o estadías, o expediciones: doce misiones con una finalidad inicial que deriva hacia lo imprevisto. El autor escribe la crónica de estos doce trabajos llevados a cabo, no por encomienda de sibila délfica alguna, sino por accidente, por propia volición o por encargo de algún rotativo o una institución más o menos cultural.

 

Este libro podía haberse titulado, como el libro de relatos de Pere Calders, Crónicas de la verdad oculta: hallamos en él situaciones aparentemente rutinarias que derivan a lo desconcertante, corrientes traicioneras bajo la superficie, hojalata bajo la purpurina… Un mundo cambiante e incierto que hace imprescindible un mínimo de capacidad acrobática, en el que el artista es inevitablemente multidisciplinar y muta en prisionero angustiado, testigo desconcertado, espectador relajado, artista mutante o corresponsal descreído, según la circunstancia.

 

Estos doce relatos son acompañados por un pequeño obsequio, como suele ser la costumbre en los libros que edita Jekyll & Jill, en éste caso una novela del autor que, como podrán comprobar los lectores, viene envuelta de manera primorosa. La cubierta, muy adecuadamente, es de Víctor Coyote, un artista similarmente viajero con geografías en común con Inclán.

 

Orson Welles dejó sin montar El cuarto mandamiento para irse a Latinoamérica a rodar un documental destinado a fomentar la política de Buena Vecindad de los Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial. Esta película, que quedó inacabada, se titulaba It’s all true (Todo ello es cierto), tal vez porque Welles pensaba que las historias desafiaban a la incredulidad del público. En el caso de Tantas mentiras, Inclán dice que “es al lector a quien corresponde decir qué grado de credibilidad le otorga a cada historia. Yo las he narrado empleando todos los recursos a mi alcance y con escenarios y personajes que he ido conociendo estos años. Algunos textos parecerán más o menos veraces, otros verídicos, algunos incluso verificables. Cuando lo acabé, encontré el texto sobre realismo mágico de Alejo Carpentier que abre el libro: ‘Lo maravilloso comienza a serlo de manera inequívoca cuando surge de una inesperada alteración de la realidad (el milagro), de una revelación privilegiada de la realidad, de una iluminación inhabitual o singularmente favorecedora de las inadvertidas riquezas de la realidad, de una ampliación de las escalas y categorías de la realidad, percibidas con particular intensidad en virtud de una exaltación del espíritu que lo conduce a un modo de estado limite’. ¿Se puede hablar si es cierto o no? Será cada lector o lectora quien lo determine”.

 

Considero que frente a la idea antañona del escritor como esa persona seria fotografiada ante la nutrida biblioteca de su casa (con estanterías de madera noble), bien remuneradas contribuciones en prensa nacional y con aspiraciones a un sillón con letra en la Academia de la Lengua, tenemos con bastante más frecuencia la del escritor que vive a salto de mata, que cobra a pie de obra. ¿Podemos imaginar el futuro de la escritura, como oficio, saliendo de esa precariedad? “Creo que es diferente cobrar por escribir que escribir por cobrar”, apunta Inclán. “Se nota cuándo un escritor convierte la escritura en su profesión remunerada, se deja llevar por plazos, agobios y contratos. El escritor Augusto Monterroso, el del dinosaurio que sigue allí, decía que prefería buscarse otros medios de subsistencia que no fueran la escritura. Y lo entiendo. Eso sí, cobrar por escribir lo veo bien. Pero bueno, ahí no decide  solo el escritor: tendrá que haber alguien que quiera pagarle, claro”. En Tantas mentiras aparece la figura del corresponsal en ejercicio que se costea sus propios gastos sin garantía alguna de ser pagado por el medio para el que colabora. “El ejercicio del periodismo está jodido, lo sabemos. Aunque afortunadamente hay oasis, es cuestión de rebuscarlos bien. En el periodismo de los grandes medios prima la rentabilidad económica y es una lástima. Ha triunfado el corta-pega de las notas de prensa de las agencias de comunicación y es complicado hacer periodismo a pie de calle. Lo que mola es esto, a mí por lo menos. Pero, claro, si un medio se ciñe solo a la rentabilidad económica es complicado que acepten propuestas de fondo, de investigación, de patearse los escenarios. Yo encantado de poder hacerlo”.

 

Me ha parecido detectar en algún capítulo un cierto escepticismo sobre el grado de compromiso genuino del artista escénico que quiere hacer patente su implicación ideológica y que a la vez esquiva, de manera un tanto paranoica, a la prensa que quiere dejar constancia de ello. También se hace un relato bastante descarnado del revolucionario con maneras de pop-star. Le pregunté a Paco Inclán si los parias de la tierra pueden albergar alguna esperanza o si la revolución está condenada a ser convertida en un bibelot para diletantes. “En el sistema actual, somos marcas, oferta y demanda, sociedad del espectáculo, que dijo el otro. Rebelarse vende si lo vendes bien. Eso es así, supongo. Y, claro, cuando la revolución se convierte en espectáculo, pues se convierte en otra cosa. Pero no lo critico, trato de contarlo con naturalidad. No quiero parecer un cascarrabias, celebro la humanidad y sus contradicciones. Tampoco hay que buscar culpables: los humanos tenemos unas necesidades de idolatría que cubrir. La esperanza supongo que está en generarse un criterio propio, no dejarse engañar por lo que nos cuentan respecto a la felicidad, éxito, fracaso, verdad, etcétera. Rebuscar por lugares y pensamientos que no nos los presentan tan fácilmente. Es difícil porque es más cómodo quedarse en un plano superficial. Requiere algo de esfuerzo. Y apagar el chat”.

 

Uno de los relatos tiene lugar en Ecuador; un monje zen se sale de sus casillas en una situación en la que todos los que le rodean muestran mucha más paciencia, y que me recuerda a una persona que conocí que daba clases de meditación y que, sin embargo, se ponía atómica con mucha facilidad. No sé si son dos casos aislados o si en realidad los exégetas de la espiritualidad oriental han hecho un excelente trabajo de marketing. A Inclán le gustan los personajes contradictorios. “Trato de respetarlos. Me gustan las personas cuando se reflejan en todo su caos. Y en este monje budista y violento encontré una gran oportunidad. La gente que no se desmorona de vez en cuando no me interesa tanto”.

 

En los relatos de Tantas mentiras vemos reflejado un mundo que se resiste a la modernidad manteniéndose irreductiblemente analógico. “Las notas en servilletas”, me dice,  “…acabarán triunfando. Lo de la tablet es una moda pasajera. Es cuestión de tiempo”. Aparecen también situaciones en la que las políticas revolucionarias o reivindicativas están presentes, y no siempre bajo una luz favorecedora. ¿Llegará la izquierda a superar el recurrente dilema entre ser el Frente Judaico Popular o el Frente Popular de Judea y ponerse manos a la obra? “Vivimos en una sociedad clasista, jerárquica y piramidal, ya desde tiempos de Brian. La gente se pone de acuerdo con más facilidad cuando hay dinero para llegar a acuerdos. Y la pasta la tienen los de arriba. Cuando se trata de consensuar ideas es más complicado. Y abajo de la pirámide hay muchas ideas y poco dinero. Pero que nos saquen medio millón de euros y seguro que nos aclaramos”.

 

Le confieso a Paco Inclán que me ha impresionado el relato del enciclopedista de la pelota vasca. Da que pensar sobre el momento terrible en el que una afición pasa a ser obsesiva. ¿Albergan todos los hobbies la raíz del mal? “A este relato le tengo mucho cariño”, me dijo, “porque es un homenaje a esas personas que con pasión y constancia se desviven por algo, lo dan todo, queman las naves sin saber siquiera qué recompensa recibirán o si recibirán alguna. Incluso ponen su vida en riesgo. He conocido a varios investigadores de este tipo; el último, el cronista no-oficial de la isla de Chiloé (Chile), un señor al que le acusan de tener síndrome de Diógenes por la cantidad de documentos históricos que acumula en su casa de manera desordenada. Tiene más que si juntáramos todos los archivos oficiales de la isla. El relato sobre la pelota vasca rinde homenaje a estos personajes que me fascinan. También porque soy muy disperso y me llama la atención la gente que es capaz de concentrarse en un solo tema de manera tan obsesiva”.

 

En un momento determinado de Tantas mentiras aparece descrita la geografía del pueblo como con forma de hígado. Me vino a la cabeza que los arúspices etruscos usaban los hígados de algunos animales para adivinar la voluntad de los dioses, y se lo dije. Leyendo el relato me dio la impresión de que su presencia alteraba alguna fuerza telúrica, como si fuera un anticuerpo en aquel lugar: “Un libro referente para mí es El antropólogo inocente. Es el libro que me hubiese gustado escribir. Desde entonces pongo en práctica ese método de observador-participante en los más diversos lugares, y lo que hago es  recoger las imprevisibles consecuencias que tiene esta práctica de meterme donde no me llaman. Como elefante en cacharrería”. Se hace referencia al poeta Arthur Cravan, un artista bastante polifacético que tanto se ponía a escribir como a recibir guantazos de Jack Johnson. “Cuando conocí la historia de Cravan me impactó mucho, salí rápidamente en su búsqueda por el Caribe, donde se perdían sus huellas; yo no quería ir, fui casi obligado por las circunstancias. Me fascinó su vida convertida en la mejor de sus obras, esa suma de verdades y mentiras convertidas en memoria biográfica a través del corta y pega de interné. Porque apenas conocemos cuatro detalles de su vida y siempre son los mismos. No sé si todos los autores se tendrán que convertir en especímenes exóticos, espero que no, porque entonces el exotismo dejará de serlo. Algunos preferirán crear desde la soledad de sus buhardillas. Y está bien también. Otros necesitamos vivirlo y luego contarlo”.

 

Tenemos que mencionar a los editores, Jekyll and Jill, y su defensa del libro impreso sobre papel y editado con cariño. “Esto es una historia de amor con final feliz, pues los Jekyll and Jill fueron desde el principio mi primera opción, antes incluso de empezar el libro. Me gustan: ellos y la pasión que manifiestan en cada una de sus ediciones. Es imposible que no se refleje en el resultado final, como así ha sido. Estoy muy contento de cómo ha quedado. Y sí, los libros tienen que ofrecer un plus al lector, que tenga ganas de poseerlo, de devorarlo con solapa y todo. Afortunadamente, aún se pueden hacer cosas que no ofrece interné. Y los Jekyll and Jill son un claro ejemplo de ello”. El lector, por supuesto, está invitado a comprobarlo de primera mano.

 

 

 

 

Tantas mentiras, de Paco Inclán. Jekyll & Jill editores, 2015

 

 

 

 

Gloria Porta, hija del ArrikiTown Metropolitano Barcelonés, tuvo el honor de nacer en 1966, como el álbum Revolver de los Beatles. Durante años ha trabajado en la cara oculta de la edición y ha maquetado, ha hecho fotolitos y se ha ensuciando las uñas trabajando en máquinas offset bien grandotas y con muchos cuerpos de impresión, así que le tiene mucho cariño a la edición analógica. Le gustan Charles Laughton, la horchata de chufa, Llorenç Villalonga, Hideko Takamine y el lúpulo en floración. Todavía no ha superado el trauma infantil de saber que la Pioneer 10 no volvería de su viaje a Júpiter y vagaría eternamente por el espacio profundo. En Twitter: @Zalagardera

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Autor: Gloria Porta