Los enemigos del consenso

Donde se incide en que la historia no es la defensa de una causa, aunque sea propia

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Han escrito Echevarría y Albiac interesantes textos contra el felipismo: hablan de la venta de unos ideales, la corrupción sistemática y también las panzas agradecidas que ascendieron gracias al camarada Isidoro. Son muy parecidos, además, a los viejos artículos que publicaban Luis Bonafoux o Leopoldo Alas «Clarín» contra la Restauración, modelo inequívoco del régimen de la Transición, en un referente olvidado gracias a ese tajo terrible que hizo el franquismo con la vieja cultura liberal. A diferencia de Guillem Martínez y otros enemigos del 78, los artículos no establecen un modelo alternativo de sociedad, son más cínicos, y por ello dejan un regusto tan amargo como benefactor.

En ese sentido, ejercen más de historiadores que mitólogos, que es el verdadero drama de la historia contemporánea de no más de 50 años. A mí siempre me ha estomagado el discurso sin tacha de la Transición, escribí contra ello hace más de una década, pero nunca mitifiqué por contrario la II República y su consecuencia directa la guerra civil. Me parecían las mismas pugnas, las mismas miserias, de un país meridional, no especialmente rico y con una cultura política de arrieros con garrota. Donde los grandes defensores de la ruptura -que nadan en los diarios digitales de izquierdas con verdadero desparpajo- veían luces igualitarias, yo oteaba a sindicalistas unineuronales, Largo Caballero o Dolores Ibárruri, desconocedores de una mitad de país que quería su cabeza en una pica.

Las dos Españas

En contrapartida, Victoria Prego creó una imagen falsa de la Transición, lean el excelente libro de Sophie Baby, que se da patadas con muchas renuncias que sucedieron tanto en la izquierda como en la derecha. Este matiz es importante, un tanto oculto, y es que esta fue un pacto de mínimos donde todos renunciaron a sus ideas máximas. Es decir, se fundaba un estado mediocre para una sociedad mediocre y que produciría, oh sorpresa, una cultura mediocre. Un país de rentistas, de caseros franquistas, cuyos herederos podían irse de fiesta todos los días en ese año 82. Cuando no hay trabajo no es necesario madrugar al día siguiente, afirma con verdadera sutileza García Domínguez sobre el génesis de «La Movida».

«Conoce supernumerarias en tu zona…»

¿Podría ser de otra manera? Quizá, pero el lector sabe que una dictadura falangista o una democracia popular, los modelos mitológicos y alternativos que siempre callan los críticos con el 78, eran todavía más mediocres. Y la utopía desde 1989 no deja de ser un mito: ningún historiador puede creer en ellos.

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