Los libros y mi ciudad

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Ingresar a una feria de libros, en la ciudad donde creciste, te obliga a repensar aquellos momentos en que fuiste feliz con uno.

Quien mantenga una relación intensa con la palabra escrita puede articular una lista de este tipo: los libros que leíste en la ciudad donde creciste. Fuera de Lima he leído muchos libros extraordinarios. Sin embargo, ninguno ha tenido la intensidad, el fuego (Vargas Llosa dixit) del descubrimiento que provocó en mi adolescencia la lectura de estos títulos:

  1. La ciudad y los perros. La película del director Francisco Lombardi─con guión del poeta José Watanabe─ figura en mi recuerdo con una intensidad similar a las imágenes de la novela. Los peruanos que crecimos en los 80s recordamos los diálogos y escenas cinematográficas en que se intercalaban la vida de los cadetes del colegio militar Leoncio Prado con las revistas de calatas, las prostitutas de pies dorados y las patadas de castigo en ángulo recto. Sin embargo, el detalle más importante de mi relación con la novela de Vargas Llosa, es que el libro de tapa crema estaba en un supermercado, en un precio al alcance de mis propinas, y que mi padre se negó a comprármelo. Él arguyó que el texto estaba plagado de obscenidades y malas palabras. Fue la primera novela que compré con mi plata. Qué librazo.
  2. Un mundo para Julius. Me la encargaron en el colegio, para la clase de literatura. Yo no sabía de qué se trataba. Las páginas de esta novela (con la foto en portada de los pisos encerados del Country Club de San Isidro, editada por Mosca Azul) se despegaban del lomo conforme avanzaba la lectura. Leí ese libro maravillado, imaginando que me convertía en personaje de ese universo limeño de oligarquías rancias del que nadie me había hablado. Recuerdo una escena en la que un auto de lujo marchaba por las calles hostiles, Julius miraba desde la ventana y el escritor comentaba sobre “esa Lima que se fue y esa Lima que ya es hora de que se vaya”. 
  3. La última mudanza de Felipe Carrillo. El libro de Oveja Negra lo encontré muy barato en un supermercado de la Residencial San Felipe. Me encantó cómo se mezclaban en la historia el sentido del humor y las letras de canciones. Como los boleros de Armando Manzanero: Esta tarde vi llover, vi gente correr, y no estabas tú. El recuerdo de los desastres causados por el Fenómeno del Niño a principios de los 80s ─con diluvios y aguda escasez de productos─ aún lo tenía bastante vívido. Esta novela sucedía en medio de aquellas inundaciones.
  4. Cien años de soledad. Tampoco tenía idea de qué trataba el libro. Lo leí de un tirón, fascinado, envuelto por las imágenes y por las historias. El mundo de Macondo se parecía al del pueblo de mi madre, al del fundo de mis abuelos. Creo que por eso empecé a preocuparme por enteder ese paisaje, esa gente de campo que sólo veía en mis vacaciones: creí que eran una mina de oro. Por ese entonces copié mucho─y mal─a Gabo.
  5. Sólo para fumadores. El libro rojo con la foto del autor en la portada estaba entreverado entre el olor a cigarrillo y las latas de cerveza. Fue en ese departamento de Iván Takahashi en la playa de Pulpos, aquella Semana Santa de 1992 en que vimos─y filmamos─ a una muchacha masturbándose para nosotros, echada en una hamaca. Era delgada y rubia, como las muchas que se divertían con los coqueros que ocupaban el depa que se miraba desde la terraza del nuestro. Encontré el libro de Ribeyro tirado en el piso. Lo empecé a leer sin saber de qué iba y no pude soltarlo. Luego lo he releído varias veces y siempre me ha parecido fascinante, hermosamente escrito.
  6. El lobo estepario. Ese pequeño libro de tapa marrón de la colección Premios Nobel, esa edición barata de Oveja Negra. Lo encontré entre otros tantos, en una librería de una calle de Miraflores. Había leído acerca de Hesse. Me habían recomendado también Siddhartha (que nunca leí). Hesse me empujó a vivir, me hizo ver que los libros podrían ser un ancla a un universo sin vida, que tenía que aventurarme, conocer el mundo.

Apunte agradecido: Esta lista nació inspirada por la lectura de ese librazo sobre libros que es Biblioteca bizarra, de Eduardo Halfon. Sospecho que la idea de publicar esta entrada tiene que ver con mi reciente lectura de otro libro fascinante que trata sobre libros fascinantes: Ex Libris, Confessions of a Common Reader de Anne Fadiman.

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Ulises Gonzales
Obtuvo la licenciatura en Ciencias de la Comunicación por la Universidad de Lima y se le otorgó la Maestría en Literatura Inglesa en Lehman College (Bronx), City University of New York, en donde actualmente posee una cátedra. Está cursando el programa de Doctorado en el Graduate Center CUNY. Ha publicado la novela País de hartos (Estruendomudo, 2010). Sus cuentos han sido publicados en Hermano Cerdo, Revista de Occidente, Luvina, The Barcelona Review, Frontera D y en Renacimiento de Sevilla. Dirigió la revista de historietas Resina "Historietas para mentes cochinas". Ha publicado crítica literaria en Hueso Húmero y artículos en La Opinión de A Coruña y en la revista Buensalvaje. Vive en Nueva York. Dirige la revista de literatura Los Bárbaros. Es uno de los directores de la casa editorial neoyorquina Chatos Inhumanos.

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