Los miserables del vertedero de Tegucigalpa

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Los pepenadores rebuscan cartón, plástico o hierro entre la basura de la capital de Honduras. Conviven con amenazantes aves de rapiña mientras sufren temperaturas de más de 30 grados y se exponen a todo tipo de enfermedades 

 

En Tegucigalpa existe una carretera que lleva a la más pura miseria. Es la que une la capital de Honduras, el segundo país más pobre de todo América, con Olancho. En el kilómetro 6,5, tras recorrer en coche unos 30 minutos, aparece una cuesta empinada sobre el arcén izquierdo. Al ascenderla se divisa un vertedero inmenso repleto de gente rebuscando entre la basura. No existe orden. No hay medidas de seguridad. El sol abrasa, 35 grados, y el olor, dulzón, resulta vomitivo al clavarse en la garganta. La única sombra que se cierne sobre los pepenadores la producen las inmensas alas de las aves rapiña que sobrevuelan sus cabezas en busca de comida.

 

Entre uno de los grupos de gente –formados por unas 30 personas- y detrás de unos cartones aparece el pequeño Wilson. Probablemente no mida más de 1,50 de estatura ni tampoco pese más de 35 kilos. El niño, de 13 años, lleva siete trabajando aquí, el mismo tiempo que hace que lo echaron de la escuela por mal comportamiento. Vive cerca, en la colonia Nuevo Tiempo, y cada día se parte la espalda de sol a sol para poder llevarse al bolsillo 50 lempiras (unos dos euros).

 

Wilson se despierta cuando aún es de noche en Centroamérica. Despega los ojos a las 4.45 horas. Quince minutos después, cuando el sol comienza a despuntar, él ya está en este infierno que tiene por lugar de trabajo. “Me voy de aquí casi a las ocho de la noche (bien avanzada la noche, pues en Honduras oscurece en torno a las seis). Como no puedo cargar sobre mi espalda demasiado peso de cartón o plástico sólo puedo ganarme lo suficiente como para comer”.

 

Como Wilson, quien sueña con llegar a ser militar algún día y llevar un fusil bajo el brazo, el resto de rebuscadores entre la basura sigue trabajando. Lo que logren encontrar (plásticos, cartones, latas o hierros) luego lo venderán a una chatarrería o a una empresa como Recicla Honduras. Normalmente hay unos 70 pepenadores. Con la llegada de la Navidad y los regalos la cifra llega a doblarse.

 

La anciana María Luisa Espinosa y su sobrina Carla Patricia descansan sobre dos neumáticos inservibles. Son sus particulares “sillas de oficina”, dice la más joven, de 29 años. Ambas, pese a la temperatura asfixiante, visten pantalón largo y una camiseta sobre la que llevan puesta una sudadera. Lo hacen para evitar enfermedades en la piel. Sin embargo, no se cubren con nada la boca ni la nariz. “Quiero otra cosa, otro trabajo, pero no hay”, se lamenta Carla Patricia.

 

María Luisa, de 65 años, hace 29 que trabaja en el vertedero de Tegucigalpa rebuscando entre los desperdicios de los demás. “Ya no sé hacer otra cosa”, cuenta. Sus ojos han visto a niños de la edad de Wilson morir arrollados por camiones. También sabe que aquí se han producido violaciones de mujeres y de niñas, y que los hombres, en ocasiones, se pelean por el territorio.

 

La anciana, que tiene cuatro hijas –una trabajando un poco más allá de donde ella lo hace- cuenta que soporta “bien” el esfuerzo diario, con el que logra llevarse a casa entre 50 y 60 lempiras. La mujer sabe que su futuro está aquí, pero lamenta que los niños no vayan a la escuela. “Me da pena verlos rebuscando. Yo tendré que morir trabajando en este vertedero, pero ellos merecen algo distinto”.

 

En Honduras se vive desde hace una década una guerra sin tanques, silenciosa, alejada del foco de los grandes de medios de comunicación. En este país centroamericano, bañado al norte por el Caribe y al sur por el Pacífico, los policías corruptos, que se cuentan por miles, los narcos, los mareros, los sicarios y las bandas juveniles se matan entre sí y también a ciudadanos de a pie que no aceptan ser robados o sobornados. Cada día, la prensa recoge los sucesos de la jornada anterior: cuerpos descuartizados en bolsas, ejecuciones en autobuses, tiroteos a abogados…

 

Durante los cuatro años de la anterior legislatura, que acabó en 2009 con un golpe militar para sacar del poder al ex presidente Manuel Zelaya, murieron más 19.000 personas de forma violenta. Principalmente, por arma de fuego. En este mandato, que no expira hasta noviembre, el presidente Porfirio Lobo no ha podido detener el derramamiento de sangre: ya van más de 22.000 muertos a causa de un tiro, un machetazo o una simple agresión física. En Honduras, donde cada persona mayor de edad puede ir armada, se piensa que puede haber en torno al millón y medio de armas ilegales.

 

El país, donde el 62% de su población vive en zonas rurales, es el cuarto estado con menor índice de desarrollo humano de todo el continente americano. Sólo lo superan en esta lista Nicaragua, Guatemala y Haití. Además, es el segundo que tiene un PIB per cápita menor. El primero es Haití, que hace tres años quedó devastado por un terremoto.

 

Pese a los esfuerzos de la alcaldía de Tegucigalpa por implantar cierto orden entre los pepenadores, lo evidente es que toda iniciativa ha quedado en nada. Lo demuestra el hecho de que entre los rebuscadores haya vacas comiendo basura y peleándose por ella con los zopilotes, las inmensas y amenazantes aves rapiñas que también merodean el lugar. Incluso algunas familias han levantado sobre las lomas del vertedero, de 3,5 hectáreas, casas con madera y chapas de metal. Mientras tanto, las autoridades parecen mirar hacia otro lado.

 

Zuyapa Fajardo es una gran conocedora del funcionamiento del vertedero. Durante dos años esta agrónoma dirigió un proyecto para intentar dar una oportunidad laboral a los pepenadores más jóvenes. “En este lugar hay auténticas mafias. Es un submundo muy competitivo y desleal en el que existen unas condiciones humanas terribles. Aquí, los más expertos no quieren la llegada de nadie ajeno para evitar que les quiten parte de su beneficio”.

 

José Enrique Mesa no despega un ojo de su ganado, al que trae cada día desde hace siete años. “Antes venían los del ayuntamiento a dar por atrás –cuenta- pero últimamente me están dejando tranquilo”. Con su sombrero del Oeste logra combatir el achicharrante calor. Separado y con dos hijos, es de una aldea del interior de Honduras. El ganadero dice que le va bien. Y probablemente sea así ya que se ahorra el gasto de dar de comer a sus 40 vacas, que se alimentan de las entre 80 y 100 toneladas de basura que generan los 2,1 millones de habitantes que tiene Tegucigalpa.

 

“Es un negocio redondo. Las engordo y luego las vendo a empresas cárnicas por unas 10.000 lempiras la unidad [unos 371 euros]. Ahora está a buen precio la cabeza”. José Enrique pronuncia la frase sin ningún remordimiento o pudor. Le da igual que la gente pueda comer una carne infectada por alguna enfermedad. Se despide con una sonrisa y con un “De algo hay que vivir, ¿no?”.

 

A medio metro de donde dos zopilotes se disputan con las alas abiertas un trozo de algo que parece carne, el niño Anthony, de 13 años, rebusca cartón entre la basura. ¿No te dan miedo? “No, para nada. Ya estoy acostumbrado”, responde.

 

El chaval, amigo de Wilson, lleva tres años trabajando en el vertedero de los miserables de Tegucigalpa. Empieza a las 5 de la madrugada y 12 o 14 horas después vuelve a la casa que comparte con sus padres y cinco hermanos. A diferencia de su amigo, nunca ha pisado una escuela. Es analfabeto y, por lo que dice, seguirá sin saber leer ni escribir. “Ya no creo que en mi vida pise un aula”, afirma este pepenador de la miseria.

 

 

 

Andros Lozano. Periodista valenciano, 28 años. Viaja por el mundo en busca de historias que contar. Escribe con asiduidad en El Mundo y sus suplementos. Colabora con El Heraldo hondureño y Tinta Libre. Ha cubierto desde una caravana electoral de Izquierda Unida en Andalucía hasta el cónclave vaticano que nombró Papa a Jorge Bergoglio. En mayo recorrió Honduras para narrar el país más violento del mundo. En Twitter: @AndrosLozano

Autor: Texto y fotos: Andros Lozano