Los otros talentos de López Vázquez

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Como uno no tiene demasiadas ideas propias, a veces se ve obligado a repetir su menguado repertorio. Disculpen que por ello vuelva a insistir en algo que ya he subrayado en alguna otra ocasión: me parece que en los archivos de nuestro cerebro habita un atareado ente, algo parecido a un pequeño entomólogo que se ocupa tozuda y meticulosamente de ordenarnos el mundo: sensaciones, recuerdos, personas, nombres, emociones… Y así, como disciplinados insectos ensartados en un alfiler, cada cosa ocupa su cajetín correspondiente en las celdillas de nuestra memoria. De esta forma tenemos claro, desde que el entomólogo minúsculo los clasificó en el lugar oportuno, que la nieve es blanca y fría, que las caricias suelen ser agradables, que de noche todos los gatos son pardos o que Leonardo da Vinci pintó La Gioconda.

Escenografía para «El perro del hortelano» (1954). Museo Nacional del Teatro (Almagro). Foto: Filmoteca Española

Eso explica que, si pulsamos la tecla correspondiente a José Luis López Vázquez (1922-2009), el dichoso entomólogo nos envíe la imagen de un señor calvo con bigote y gafas sobre el taxonómico rótulo de “gran actor”. Y si le pedimos más datos para ampliar la perspectiva, nos proyecte en la pantalla interior de la memoria secuencias de Tres de la Cruz Roja (Fernando Palacios, 1961), Plácido (Luis G. Berlanga, 1961), Atraco a las tres (José María Forqué, 1962), El bosque del lobo (Pedro Olea, 1970), Mi querida señorita (Jaime de Armiñán, 1971), Viajes con mi tía (Georghe Cukor 1972), La prima Angélica (Carlos Saura, 1973) o de alguno de aquel centón de títulos en los que se curró el perfil de españolito medio y cabreado junto a Gracita Morales, Un vampiro para dos (Pedro Lazaga, 1965) u Operación Cabaretera (Mariano Ozores, 1967), verbigracia. O que nos muestre escenas de algunas de sus impresionantes interpretaciones teatrales, como la que en 1975 realizó en Equus, de Peter Shaffer, con dirección de Manuel Collado, donde convocaba sobre el escenario del Teatro de la Comedia el sombrío pájaro de la pesadumbre absoluta con tanta verdad que daban ganas de abandonar la butaca para reconfortarlo, o nos haga evocar el Willy Loman de Muerte de un viajante, de Arthur Miller, que encarnó en 1985 a las órdenes de José Tamayo y que conservo en mis recuerdos como el mejor de los que he visto. O tal vez nos remita a su imagen en la pequeña pantalla a bordo de espacios dramáticos como La cabina (1972) y Este señor de negro (1976), ambos dirigidos por Antonio Mercero, o en series como Los ladrones van a la oficina (1993), de Tito Fernández. Y es que, si tuviésemos que elegir un solo rasgo para definir la calidad interpretativa de López Vázquez sería el de la “naturalidad esencial”. Patrimonio nacional de nuestro cine y nuestra escena, poseía el difícil arte de la verdad teatral, ese don que distingue a los grandes actores, capaces de emocionar hasta con la lectura de un prospecto farmacéutico. Todo esto sin duda contribuyó a que su magisterio se viera recompensado con el Premio Nacional de Teatro en 2002. 

Figurines para «La vida es sueño» (1953). Colección Carmen de la Maza. Foto: Filmoteca Española

Pero a veces ese enano clasificador se ve asaltado por el desconcierto cuando algún dato hace chirriar los ficheros porque escapa del orden establecido. Y se ve obligado a remover lo que consideraba inamovible. Así ha tenido hacer con López Vázquez y añadir a su vitola la de artista plástico. Porque resulta que el actor tuvo también otra carrera primigenia como pintor, diseñador y figurinista, como ha quedado demostrado en la exposición “Del escenario a la pantalla. Los diseños de José Luis López Vázquez”, comisariada por el catedrático de Historia del Arte Joaquín Cánovas Belchí, experto en cine mudo español y en las relaciones entre cine y artes plásticas, y que se ha exhibido en las salas de la Filmoteca Española; una iniciativa que prolonga el éxito y el interés que tuvo otra muestra centrada en la misma faceta del actor, que, a cargo de Aránzazu Riosalido, fue expuesta en 2013 en la sede madrileña de la Fundación AISGE: “José Luis López Vázquez. Arte en papel”.  

Una faceta bastante poco conocida que se despliega en los trabajos presentes en “Del escenario a la pantalla”, realizados desde los años 40 a finales de los 50 del pasado siglo, y la mayor parte procedentes de las colecciones conservadas por la fallecida actriz Carmen de la Maza, compañera del actor (y artista plástico) en sus últimos años, el Museo Nacional del Teatro (Almagro) y el hijo mayor de López Vázquez, José Luis López Magerus, quien, al parecer, tiene previsto donar su colección a la Filmoteca. 

Cartel para la Feria Nacional del Libro (1957). Colección José Luis López Magerus. Foto: Filmoteca Española

Aunque fue José Caballero quien le encargó sus primeros trabajos profesionales en el terreno plástico, sería el dramaturgo y cineasta José López Rubio quien tuvo un peso más decisivo en esa faceta de su carrera al contratarlo como figurinista para tres películas: Sucedió en Damasco (1943), Eugenia de Montijo (1944) y Alhucemas (1948), todas dirigidas por el propio López Rubio, aunque la primera en colaboración con Primo Zeglio. En la muestra se percibe la impronta de un artista elegante, de trazo equilibrado y sobrio dominio de la paleta cromática. Sus composiciones son bellas, delicadas y firmes al tiempo. Cultivó esa faceta hasta 1957 en once películas en total, compaginándola con la de actor hasta que protagonizó de El pisito (Marco Ferreri, 1959) y decidió dedicarse por entero a la interpretación.

Diseño de vestuario para «Don Juan Tenorio» (1952). Museo Nacional del Teatro (Almagro). Foto: Filmoteca Española

La verdad es que fue su formación como dibujante la que le permitió acceder al teatro por la puerta de la escenografía. Los más antiguos datos sobre su dedicación a ese mester son de comienzos de los años 40; de su faceta como actor, una de las primeras referencias es de marzo de 1946, cuando, en las filas del TEU de Madrid, representó en el Teatro Fontalba la comedia de Rojas Zorrilla Entre bobos anda el juego. En su crítica de ABC, el gran Alfredo Marqueríe lo calificaba de “actor cómico de positivo mérito”. Luego vendrían otras piezas, como La dama boba de Lope de Vega, en 1951, y Bobosse, un vodevil de André Roussin que dirigió Adolfo Marsillach en 1955. Su primera aparición cinematográfica como actor fue en la muy recomendable María Fernanda, La Jerezana (1947), maravillosa película de Enrique Herreros. La caudalosa popularidad que el cine le proporcionó a partir de los primeros años 60 fue decisiva para su alejamiento de los escenarios. Posteriormente, cuando tras intervenir en películas de Saura, Eceiza y Olea al revuelo popular se unió la consideración profesional indiscutida –lo cómico, ya saben, tiene menos prestigio cultural que lo dramático–, protagonizó diversas piezas teatrales de peso como algunas de las ya mencionadas. 

Escenografía para el montaje teatral de Don Juan Tenorio (1952). Colección José Luis López Magerus. Foto: Filmoteca Española

Todo un descubrimiento este otro arte de López Vázquez, cuya vocación pictórica tuvo algo de misterioso, según él mismo explicó en una entrevista concedida al diario El país en 2005: “Me cayó del cielo; no tengo antecedentes, es algo muy extraño. De pronto yo estaba entre dos aguas: pintaba y me decían que no lo hacía mal, pero me costaba mucho trabajo; e interpretaba, y esto me fluía de una manera más normal y más espontánea”. En torno a 1958 su actividad plástica fue decayendo: “Era muy exigente –explicaba en la misma entrevista–, no me gustaba nada de lo que hacía, me torturaba, y lo fui dejando. Y ahora me sigue gustando la pintura, pero me falla la vista, no tengo paciencia”. El actor se impuso al pintor, aunque la antigua vocación nunca lo abandonó del todo.  

La exposición que se ha podido ver en la Filmoteca Española ofrecía un atractivo panorama que abarcaba desde sus comienzos y su etapa de aprendizaje hasta sus aportaciones como escenógrafo, figurinista y diseñador gráfico, incluyendo, además de preciosos diseños de vestuario y proyectos de decorados teatrales, retratos, exlibris, algunas de las curiosas felicitaciones navideñas que enviaba a sus amistades, cubiertas de libros y carteles. Resulta curioso constatar que, tras ingresar como funcionario en la Organización de Actos Públicos, dependiente de la Vicesecretaría de Educación Popular y luego Ministerio de Información y Turismo, López Vázquez se encargó de diseñar casetas y pabellones para ferias nacionales e internacionales, además de carteles para eventos, certámenes cinematográficos y otras encomiendas diversas. 

Vestuario para la película «Alhucemas» (1947). Museo Nacional del Teatro (Almagro). Foto: Filmoteca Española

Además de consagrar a López Vázquez un ciclo de películas en el cine Doré, la muestra de la Filmoteca incluía un apartado con obras (carteles, escenografías, figurines, dibujos…) de otros artistas como Dalí, García Lorca, Caballero, Benjamín Palencia y Manuel Comba, con el objetivo de ayudar a contextualizar la tarea del luego actor en el panorama de la España de esos años primerizos y aproximarse a las influencias creativas que marcaron su faceta de diseñador y dibujante, Así, en los tempranos dibujos a lápiz de López Vázquez se adivina la influencia del pintor José Caballero, que fue su maestro, y en  piezas posteriores la huella inspiradora de artistas como Giorgio de Chirico, Dalí, Max Ernst, Le Corbusier y Jean Cocteau, entre otros, como detalló en su momento, en la revista de AISGE, Víctor Zarza, director del departamento de pintura y restauración de la Facultad de Bellas Artes en la Universidad Complutense de Madrid. Para Zarza, el formidable actor “era un artista que estaba muy al corriente de lo que se estaba haciendo en España y fuera de España. No estamos hablando de alguien que tuviera buen gusto o habilidad, sino de alguien con una auténtica vocación. López Vázquez estaba en su tiempo y en lo mejor de su tiempo”. 

Bienvenida sea, pues, cualquier iniciativa destinada a completar la imagen poliédrica de este gran actor que iba también para gran figurinista y escenógrafo.

 

Juan Ignacio García Garzón es uno de los nombres que me habitan (o que habito, vaya usted a saber). Como tal espécimen, nací y vivo en Madrid, donde ejerzo la profesión periodística desde hace más de tres décadas, que ya son años. En tiempos pretéritos trabajé en Radio Exterior de España (RNE), la Agencia EFE y la cadena radiofónica COPE, no simultáneamente. En el diario ABC, he sido redactor jefe de la revista dominical Blanco y Negro, las secciones de Cultura y Espectáculos, y su suplemento cultural, además de crítico teatral.   He publicado dos libros biográficos: “Lola Flores. El volcán y la brisa” (2002 y 2007), y “Paco Rabal. Aquí un amigo” (2004), con el que obtuve el II Premio Algaba de Biografías, Autobiografías y Memorias, y el volumen de análisis cinematográfico “Cary Grant. RKO Films” (2009), además de alguna otra cosa sobre cine y teatro que se hace fatigoso enumerar. En 2009 fui agraciado con el premio Ciudad de Alcalá en su modalidad de Periodismo, que lleva el nombre de "Manuel Azaña", por el artículo “Si Hamlet fuera mujer”, publicado en ABCD las Artes y las Letras.   A veces, aunque hace ya tiempo que se hace el remolón, me visita un tipo que escribe poesía y firma como Juan Garzón. Pese a su ánimo remiso, este holgazán de la escuela Bartleby ha publicado cuatro libros de poemas: “Ejercicios de estilo” (1979), “Figuras y descripciones” (1984), “Imán” (1989) y “Principio de viaje” (2000).

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