Los recuerdos

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Un fragmento del próximo libro del autor sueco

 

«Mi vida». Cuando pienso estas palabras veo frente a mí un rayo de luz. En una aproximación mayor, el rayo de luz tiene la forma de un cometa, con cabeza y cola. La extremidad más intensa, la cabeza, es la infancia y los años de crecimiento. El núcleo, su parte más densa, es la más temprana infancia en la que los rasgos más importantes de nuestras vidas se definen. Intento recordar, intento deslizarme hacia allí. Pero es difícil moverse en esas densas regiones, es peligroso; siento como si me acercase a la muerte. Hacia atrás el cometa se adelgaza —es la parte más larga, la cola. Se hace más y más densa pero también cada vez más ancha—. Ahora estoy en el extremo de la cola del cometa, tengo sesenta años cuando escribo esto.

       Las vivencias más tempranas son en su mayor parte inalcanzables. El relato, las memorias de las memorias, las reconstrucciones en función de estados de ardor repentinos.

       El recuerdo más temprano que puedo registrar es un sentimiento. Un sentimiento de orgullo. Acabo de cumplir tres años y alguien dice que esto es muy importante, que ahora ya soy grande. Estoy acostado en una habitación luminosa y luego me levanto y camino sobre el piso, increíblemente consciente de que me estoy volviendo grande. Tengo una muñeca a la cual he puesto el nombre más hermoso que pude encontrar: Karin Spinna. La trato maternalmente. Ella es más bien una compañera, o un amor.

       Vivimos en el barrio de Söder, Estocolmo; la dirección es Swedenborgsgatan[1] 33 (ahora se llama Grindsgatan). Papá está aún en la familia, pero pronto la abandonará. El estilo de vida es bastante moderno: desde chico he tuteado a mis padres. En la cercanía está la abuela y el abuelo, viven a la vuelta de la esquina, en Blekingegatan.

       El abuelo, Carl Helmer Westerberg, nació en 1860. Él era piloto náutico y mi amigo cercano, 71 años mayor que yo. Extrañamente, él tenía la misma relación de edad hacia su propio abuelo, que por lo tanto había nacido en 1789: asalto a la Bastilla, Motín de Anjala, Mozart escribe el Quinteto para clarinete. Dos zancadas similares hacia atrás, dos largas vidas, aunque no tan largas. La historia se puede tocar.

       El abuelo hablaba la lengua del siglo XIX: muchos giros sonarían hoy sorprendentemente anticuados. En su boca, y para mí, sonaban totalmente naturales. Era un hombre bastante bajo, con bigote blanco y una nariz fuerte y algo encorvada: “de turco”, decía él mismo. No le faltaba temperamento y podía alterarse. Sus explosiones no se tomaban nunca del todo en serio y desaparecían de inmediato. No poseía en absoluto agresividad profunda. En realidad era tan conciliatorio que corría el riesgo de ser considerado un indeciso. Quería mantenerse en buenos términos aun con personas que fuesen calumniadas en una conversación cotidiana.

 

—¡Pero, papá, estarás de acuerdo en que X es un bandido!

 

—Mira, de eso no sé nada.

 

       Después del divorcio, mamá y yo nos mudamos a Folkungagatan, a un edificio para clase media baja. Allí vivía un abigarrado vecindario. Los recuerdos de la casa se organizan más o menos como en una película de los 30 o de los 40, con una galería de personas que hacían sus papeles allí. La amorosa portera y el parco y fuerte portero que yo admiraba, sobre todo porque se había envenenado con gasógeno y esto le daba una heroica vinculación con máquinas peligrosas.

       El tráfico privado era escaso. Algunos borrachos aparecían a veces en la escalera. Los mendigos llamaban a la puerta alguna vez a la semana. Se detenían farfullando en la entrada. Mamá les preparaba bocadillos: les daba rodajas de pan en lugar de monedas.

       Vivíamos en el quinto piso. En el más alto. Había cuatro puertas, fuera de la del desván. En una de las puertas se leía: “Örke, Fotógrafo de prensa”. De algún modo era distinguido vivir al lado de un fotógrafo de prensa.

Nuestro vecino más cercano, el que se oía a través de la pared, era un señor soltero de edad mediana para arriba, con piel pálida y amarillenta. Trabajaba en su casa; hacía alguna especie de negocios por teléfono. Durante las conversaciones dejaba escapar a menudo sonoras carcajadas que atravesaban la pared hasta llegar a nosotros. Otro sonido que se repetía siempre eran los estampidos de los corchos. Las botellas de cerveza no llevaban tapa metálica en aquella época. Esos sonidos dionisíacos, las carcajadas y los corchos, no parecían pertenecer al espectral y pálido señor que yo encontraba a veces en el ascensor. Con los años se volvió desconfiado y las risas se hicieron menos frecuentes.

       Una vez, la cosa se puso violenta. Yo era pequeño. Un vecino fue echado por su mujer: estaba borracho y furioso. La mujer se había atrincherado en el apartamento. Él trataba de derribar la puerta y le gritaba amenazas. Lo que recuerdo es que él gritaba la extraña frase:

 

—¡No me importa terminar en Kungsholmen!

 

—¿Qué quiere decir con Kungsholmen? —le preguntaba a mamá.

 

       Ella me explicaba que la jefatura de policía estaba en el barrio de Kungsholmen. Esa zona adquirió para mí desde entonces algo sombrío. (La imagen se intensificó cuando visité el hospital San Erik y vi a los inválidos de guerra finlandeses que se trataron allí durante los años 1939 y 1940.)

       Mamá iba a su trabajo por la mañana temprano. Iba a pie. Durante toda su vida adulta caminó cada día, ida y vuelta, entre Södermalm y Östermalm; trabajaba en la escuela popular Eleonora y se ocupaba del tercer y cuarto curso durante años. Era una maestra devota y amaba a los niños. Podía pensarse que le iba a ser difícil retirarse. Pero no fue así: sintió una gran liberación.

       Mamá trabajaba, y por eso teníamos criada, o señorita, como se llamaba entonces, aunque debería haberse llamado niñera. Dormía en una habitación mínima, que formaba parte de la cocina y que no se contaba en un apartamento de “dos cuartos y cocina”, como se llamaba oficialmente.

Cuando tenía cinco o seis años la niñera se llamaba Anna-Lisa y era de la ciudad de Eslöv. Me parecía muy atractiva: cabello rubio y encrespado, nariz respingada, un acento suave de Escania.[2] Era un ser exquisito y hasta hoy siento algo especial cuando paso por la estación de Eslöv. Pero nunca me bajé en este lugar mágico.

       Entre sus talentos estaba el de dibujar muy bien. Era especialista en figuras de Disney. Yo mismo dibujaba todo el tiempo en esos años, a finales de los 30. El abuelo traía a casa rollos con papel de envoltorio de esa clase que se usaba en todas las tiendas por aquellos tiempos, y uno llenaba los papeles de relatos dibujados. Por cierto, aprendí a escribir a los cinco años. Aunque era lento. La fantasía exigía medios de expresión más veloces. Tampoco tenía la paciencia necesaria para dibujar bien. Desarrollé una especie de taquigrafía de las figuras, con cuerpos en movimiento continuo y peligroso dramatismo, pero sin detalles. Eran historietas que tan solo yo consumía.

En algún momento a mediados de los 30 me perdí en medio de Estocolmo. Mamá y yo habíamos estado en el concierto escolar. En el tumulto de la salida de la Casa de los Conciertos se soltó mi mano de la de mamá. Fui arrastrado irremediablemente lejos por la corriente humana y como era tan chico, nadie lo notó. Anocheció en la plaza de Hötorget. Allí estaba yo, privado de todo amparo. Había gente a mi alrededor, pero todos estaban ocupados en sus cosas. No había nadie a quien aferrarse. Fue mi primera vivencia de la muerte.

 

 

       Después de un momento de pánico, empecé a pensar. Tenía que ser posible volver a casa. Absolutamente posible. Habíamos venido en autobús. Yo había venido arrodillado en el asiento, como acostumbraba, y había visto a través de la ventanilla. Habíamos pasado Drottningsgatan. Se trataba tan solo de volver por el mismo camino, parada tras parada de autobús.

       Caminé en el sentido correcto. De la larga caminata recuerdo solo un pasaje. Recuerdo haber llegado al puente de Norrbro y haber visto el agua. El tráfico era denso y no me animaba a cruzar la calle. Me volví hacia un hombre que tenía junto a mí y le dije: “Aquí hay mucho tráfico”. Me tomó de la mano y me acompañó a cruzar.

       Pero luego me dejó. No sé por qué a todos los otros transeúntes les parecía totalmente normal que un pequeño caminase solo en una oscura noche de Estocolmo. Pero así fue. El resto de la caminata, por la Ciudad Vieja, Slussen y por Söder, tiene que haber sido complicado. Tal vez fui hacia la meta guiado por la misma misteriosa brújula que los perros y las palomas mensajeras llevan consigo: siempre vuelven a casa, los dejen donde los dejen. Es claro que la confianza en mí mismo crecía todo el tiempo y cuando volví a casa, estaba en estado de embriaguez. Me recibió el abuelo. Mi madre, desesperada, estaba en la comisaría de policía siguiendo las investigaciones. El buen talante del abuelo no falló: me recibió con naturalidad. Estaba contento, pero no dramatizó. Todo era seguro y natural.

 

Museos

Durante mi infancia me atraían los museos. Primero el de Historia Natural, en la zona de Frescati. ¡Qué edificio! ¡Gigantesco, babilónico, inagotable! En la planta baja, sala tras sala, los mamíferos y los pájaros disecados se amontonaban en el polvo. Además, estaba la bóveda donde las ballenas colgaban del techo. Y en el primer piso: los fósiles, los invertebrados…

       Yo visitaba el museo tomado de la mano de alguien. Tenía cinco años. A la entrada nos recibían dos esqueletos de elefante. Eran los dos guardias de la puerta hacia la maravilla. Dejaban en mí una impresión colosal; después los dibujaba en un gran cuaderno.

       Después de un tiempo cesaron las visitas al museo. Había entrado en un período en el cual tenía un miedo atroz a los esqueletos. Lo más terrible era la imagen de la osamenta que aparecía al final del artículo titulado Hombre en el Libro Nórdico de la Familia.

       Pero el miedo se extendía hacia los esqueletos en general, es decir también a los esqueletos de elefante del museo. Me volví temeroso hasta de mi propio dibujo y no me animaba a abrir el cuaderno.

       Mi interés se dirigió por entonces hacia el museo del Ferrocarril. Hoy en día se halla en las afueras de la ciudad de Gävle, pero en aquel entonces estaba en el barrio de Klara. Un par de veces a la semana bajaba con el abuelo desde las alturas del barrio de Söder y visitaba el museo. El abuelo mismo debió de estar fascinado con los modelos de trenes, de otro modo no hubiese soportado el aburrimiento. Durante un fin de semana habitual, terminábamos en la estación Central de Estocolmo, donde los trenes echaban vapor en tamaño totalmente natural.

       Los empleados notaban el fanatismo de aquel niño, y en alguna oportunidad fui recibido en la oficina del museo y pude escribir mi nombre (con la S al revés) en un libro de visitas. Quería ser ingeniero de trenes. Yo estaba más interesado en las locomotoras a vapor que en los más modernos trenes eléctricos. En otras palabras, yo era más romántico que técnico.

       Tiempo después, en la edad escolar, volví al museo de Historia Natural. Era zoólogo aficionado, serio, precoz. Me inclinaba sobre los libros de insectos y peces.

       Había empezado a coleccionar. Mis colecciones estaban en un armario de la casa. Pero en mi cabeza crecía un enorme museo, y entre ese museo fantástico y el real, en Frescati, había una relación.

       Un domingo sí y otro no, más o menos, iba al museo de Historia Natural. Tomaba el tranvía hacia Roslagstull y caminaba los últimos quilómetros. El camino era siempre un poco más largo de lo imaginado. Recuerdo esas caminatas muy bien; siempre con viento, se me caían los mocos, lagrimeaba. No recuerdo las caminatas en sentido contrario; es como si nunca hubiese vuelto a casa, como si tan solo hubiese estado yendo hacia allí, un paseo expectante, moqueando y lagrimeando hacia el enorme edificio babilónico.

       Al llegar, me saludaban los esqueletos. A menudo, caminaba directamente hacia la sección vieja, con los animales disecados desde el siglo XVIII —algunos de los cuales habían sido tratados deficientemente— con la cabeza hinchada. Había allí una magia especial. Los grandes paisajes artificiales con modelos bien diseñados de animales no me atraían: eso era ilusión, cosa de niños. Estaba claro que no me interesaban los animales vivos. Sí me interesaban los disecados, los que estaban al servicio de la ciencia. La ciencia a la cual me sentía cercano era la de Linneo: descubrir, coleccionar, examinar.

       El museo era explorado. Me detenía largo rato entre las ballenas y en la sección de Paleontología. Y después estaba la sección en la que me entretenía más: la de los invertebrados.

       Nunca me comunicaba con otros visitantes. En realidad, no recuerdo que hubiese otros visitantes. Otros museos que visitaba con menos frecuencia —el Marítimo, el Etnográfico, el Técnico— estaban siempre llenos de gente. Pero el Museo Nacional parecía estar abierto solo para mí.

 

 

       Un día me encontré con un semejante. No un visitante, sino un profesor, o algo por el estilo, que trabajaba en el museo. Nos encontramos en la sección de los Invertebrados, de pronto se materializó entre las vitrinas, casi tan alto como yo. Hablaba a medias consigo mismo. Inmediatamente nos metimos en una conversación sobre moluscos. Era tan distraído o libre de prejuicios que me trató como a un adulto. Uno de los ángeles de la guarda que aparecieron de vez en vez en mi infancia y me tocaron con sus alas. La conversación condujo a que yo fuese autorizado a visitar una sección que no estaba dedicada al público general. Recibí una cantidad de consejos sobre el disecado de animales pequeños y me prestaron pequeños tubos de vidrio que parecían parte de un equipo verdaderamente profesional.

       Junté insectos, sobre todo escarabajos, desde los once años hasta más o menos los quince. Los intereses que competían con esta actividad eran sobre todo los artísticos. ¡Qué pena que la entomología tuviese que dejar lugar para esos intereses! Yo me convencía de que era algo momentáneo. En cincuenta años retomaré la colección, pensaba.

       La actividad comenzaba en la primavera pero florecía sin dudas en el verano, en Runmarö. En la casa de verano, donde nos movíamos en unos pocos metros cuadrados, estaban los frascos con insectos muertos y una placa para disecar mariposas. Y por todas partes se deslizaba un olor a éter, que además flotaba en torno a mi persona, porque yo andaba siempre con un frasco de insecticida en el bolsillo.

       Sin duda hubiese sido más serio usar cianuro, como recomendaba el manual. Por suerte, esa sustancia estaba fuera de mi alcance, de modo que nunca tuve que pasar por la prueba de honor de usarlo.

      Eran muchos los que participaban en la caza de insectos. Los niños de los alrededores aprendieron a avisar cuando aparecía algún insecto que pudiese ser interesante. “¡Un animaaaaal!” sonaba el grito en el pueblo y yo llegaba corriendo con la red.

       Andaba siempre de excursión. Una vida al aire libre sin ninguna idea de que fuese o no saludable. No tenía puntos de vista estéticos sobre mi caza, naturalmente —se trataba de la Ciencia— pero tuve muchas vivencias de la belleza sin enterarme de ello. Me movía en el gran misterio. Aprendí que el suelo estaba vivo, que hay un interminable mundo reptante y volador que vivía su propia, rica vida, sin preocuparse en lo más mínimo de nosotros.

       Una pizca de ese mundo era cazada y pinchada en mis cajas, que he conservado hasta el día de hoy. Un mini-museo escondido del que tengo poca conciencia. Pero allí están los bichos. Como si esperaran su tiempo.

 

Copyright: Nórdica Libros  (anticipo del libro de memorias del autor sueco, que Nórdica publicará este año)

Traducción: Roberto Mascaró

 


 

[1] Swedenborgsgatan: «calle de Swedenborg». En sueco, los nombres de calles añaden a su nombre el sufijo –gatan, que significa justamente «calle». (N. del T.)

 

[2] Escania: región del Sur de Suecia. (N. del T.)

 

Autor: Tomas Tranströmer