Lotófagos

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En su periplo por el Mediterráneo Ulises y los suyos dieron con sus huesos en la isla de los lotófagos, llamada así porque sus moradores seguían una estricta dieta de frutos de loto, el puente a la tierra prometida del olvido, de donde nadie vuelve y de donde a nadie se ha visto regresar, porque el olvido implica la imposibilidad de regresar a nuestro lugar de origen y a nuestras raíces.

 

 

En su periplo por el Mediterráneo, Ulises y los suyos dieron con sus huesos en la isla de los lotófagos, llamada así porque sus moradores seguían una estricta dieta de frutos de loto, el puente a la tierra prometida del olvido, de donde nadie vuelve y de donde a nadie se ha visto regresar, porque el olvido implica la imposibilidad de regresar a nuestro lugar de origen y a nuestras raíces. Ulises se las vio y se las deseó para arrastrar hasta sus naves a los marinos de su expedición que se aficionaron a esa dieta de loto y que consiguientemente olvidaron quiénes eran, de dónde venían y que alguien los esperaba en Ítaca. La mítica isla de los lotófagos ha sido identificada tradicionalmente con la isla de Djerba en Túnez, Los Gelves en español, recuerdo de las empresas de África de la monarquía hispana en el siglo XVI.

 

Junto con el nostos o regreso, la tensión entre memoria y olvido es uno de los temas fundamentales de La Odisea y, por ende, de la literatura occidental. El loto, el diospyros lotus, o “trigo de Zeus”, que provocaba la pérdida de la memoria, aparece también en el Libro de Job, en el libro IV de las Historias de Heródoto de Halicarnaso y en las Metamorfosis de Ovidio, donde la hija de Neptuno, la ninfa Lotis, invocó la ayuda de los dioses para seducir a Priapo, y estos la convirtieron en un árbol del loto (seguimos sin saber de qué árbol se trataba). Y por supuesto, en el canon de Tintín, en El loto azul.

 

En el Hades había varios ríos. Uno de ellos era el Mnemósine, el río del recuerdo y de la omnisciencia; otro era El Leteo, el río del olvido. Quien bebía de él olvidaba todo. Los soldados de Décimo Bruto, al adentrarse a las riberas del río Limia en las brumas gallegas, pensaron que habían llegado al Hades y retrocedieron atemorizados, pues no querían beber de sus aguas y olvidar a los suyos. En un gesto propio de Alejandro Magno, Décimo Bruto cruzó el río a nado y desde la otra ribera comenzó a llamar a sus hombres por sus nombres completos, demostrándoles que de él no se había apoderado el olvido y que, por lo tanto, aquel río no era el Leteo ni se habían adentrado en el Hades.

 

Los sumerios y los egipcios ya conocían las propiedades hipnóticas y anestésicas de la adormidera, a la que denominaban, no sé si con propiedad, “la planta de la alegría”. También se nos habla de ella en el Rig Veda de la antigua India. Los griegos llamaron a esa adormidera opion, diminutivo de opos, “jugo de un vegetal”. El uso de esta planta se extendió por Europa con la llegada de los árabes, quienes se abastecían de ella en Egipto. “Las lágrimas de amapola” (lachryma papaveris) son el látex deshidratado de la amapola del opio (papaver somniferum). Al socaire de las rutas de las especias y de la seda, el opio viajó durante siglos desde donde nace el sol hasta donde se pone y viceversa. En Anatolia ha quedado como recuerdo de la producción del opio el nombre de la ciudad de Afyon, que significa “opio”. Pero fue en los siglos XVIII y XIX cuando se convirtió en una mercancía que provocó guerras para abrir mercados, sobre todo en la China, donde las guerras del opio transformaron aquella cultura milenaria y a punto estuvieron de acabar con ella. Los británicos se sirvieron de la Compañía de las Indias Orientales y de sus ejércitos de cipayos para controlar el monopolio de la producción y exportación en el subcontinente indio, un comercio que distorsionó su economía y acabó teniendo una influencia profunda en su evolución histórica.

 

El opio que los británicos llevaron de la India a la China acabó llegando a las capitales europeas y conquistando a la vez el mercado de los paraísos artificiales del viejo mundo. Thomas de Quincey nos dejó un relato extraordinario de los derroteros de los comedores de opio ―lotófagos― de Londres que él conocía en propia carne, pues le costó un triunfo abandonar un hábito del que es difícil regresar, ya que conduce a la tierra prometida del olvido. Marx (Carlos, no Groucho) dijo aquello de que la religión es el opio del pueblo. ¿Exageraba? ¿Desvariaba? Quién puede reprochar a los seres humanos desear el olvido. El difícil ejercicio del olvido.