Lugares de agosto – 3

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Aquella era una ciudad de nubes y por eso se encontraba a más de quince jornadas en caballo hacia levante. No había ninguna duda en toda la región, e incluso en todo el país, de que los habitantes de la ciudad las sentían como lo que otros denominaron Dios.

Las nubes tenían ojos o tenían lo que ellas quisieran.

Por ejemplo, un brillo o el sonido al recuerdo, o la punta de un lápiz apenas usado.

Cuando llegué lo primero que quise saber fue cómo concebían su inestabilidad. También pregunté qué era para ellos la lluvia. No tuvieron respuesta, porque mis preguntas carecían de sentido. Me pidieron que observara el cielo y escuchase al riachuelo correr.

Mira.

Recordé el libro que leía antes de llegar, sobre Inazares o Nazaret.

Unas líneas.

Otras galaxias como Andrómeda, a millones de años luz: lo último que puede alcanzar el ojo humano allá a lo lejos, esas ciudades iluminadas en la lontananza enigmática del gran misterio.

Tuve que tocar el agua que corría cerca y sentí otra mano.

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