Luis Ignacio Helguera (1962-2003). Un largo apunte personal.

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Por fortuna, o al menos que yo no lo sepa, no existen sectas ni sórdidos clubes que le rindan culto a uno de los autores más expansivos, temperamentales, exquisitos y a la vez endiablados de la literatura mexicana, Luis Ignacio Helguera, parte de una selecta camada que cruzó con calma y persistencia las décadas de los años ochenta y noventa del siglo pasado, además de dejar una marca indeleble —al menos para un puñado de disgregados lectores y amigos de Nacho—  en el siglo siguiente, el XXI, en el cual la muerte le llegó cuando dicho siglo apenas empezaba y que, sin embargo, gracias a un par de oportunos, casi accidentales, rescates editoriales, quienes lo tratamos podemos seguir cerca de él, y podemos también extrañarlo a muerte. Lo diré con una cursilería que Nacho no me perdonaría y gracias a la cual me arrojaría uno de esos insultos decimonónicos que se guardaba bajo la manga del saco, el siempre infaltable saco. Luego les hablo de la corbata.

Digo esto para diferenciarlo de otros casos, pues no faltan en el norte de México —se sabe que el gran Norte es otro país y que sus habitantes se creen los Masters of the Mexican Universe, sea porque pueden beber toneles de cervezas, sea porque viven al límite y, por lo tanto, escriben temerariamente, por no decir que sus ejecutivos financieros se jactan de ser más productivos que, así me lo dijo un altísimo ejecutivo de un banco que lleva el Norte en su nombre, ay, esa bola de indios del Altiplano, inshis huevones, por eso no prosperan, remató en mi jeta el genio de las finanzas.

Así que, a diferencia de cierta leyenda urbana respecto a Nacho, es de agradecer que no hayan surgido bandas de rancheros aspirantes a poetas calzando obligada bota vaquera, luciendo vulgares hebillas, masticando beefy jerk mientras un pobretón crew armado con un par de cámaras intenta hacer un documental de bajo presupuesto, a la búsqueda del poeta ranchero que un día fue consentido por Octavio Paz, y otro día me robó una muy estrafalaria e innencontrable biografía literaria de John Keats escrita por un jovencísimo Cortázar.

Hablo de la leyenda de un poeta vaquero, desdentado y muy peleador que incluso sirvió de tema para una mediocre y oportunista novela, evidentemente destinada a los saldos, firmada por el más oportunista y menos pudoroso de los ideólogos de la 4T (ideólogos por llamarles de alguna manera, yo creo que se trata más bien de energúmenos que no vivieron a plenitud su adolescencia: les faltó ir a más fiestas, ligar más, drogarse más).

Tengo poco que agregar a lo escrito y publicado en Letras Libres, junio de 2003, con afecto, entraña, y hasta cierto enojo justificado por Ricardo Cayuela Gally ante las oportunidades perdidas que, a su prematura muerte, Nacho se llevó consigo: su matrimonio con una mujer inteligente y bella, la hija de ambos, prometedoras labores literarias y editoriales, gestas ajedrecísticas de niveles mayores, convivencias varias en tertulias, ánimos y actitudes ante la vida, la literatura, la música, el whiskey, que en Nacho confluían como fuerzas de la naturaleza, pero que —quizá siguiendo a Alejandro Rossi, con quien mantuvo una relación más bien equidistante, es mera conjetura—, jamás encerró en cajones incomunicables ni levantó diques artificiales entre la miríada de los principales intereses de su vida. Todo convergía: sin vida no había literatura, sin literatura no había vida, sin música ni pensamiento, no había ni vida ni literatura ni nada.

Nacho era, a no dudarlo, un dandy, con coordenadas ubicables en la Gran Bretaña, adicto in extremis a los ensayistas ingleses del siglo XVIII y al whiskey; poquísimas veces lo vi ataviado sin saco ni corbata, en esta tierra en la que la gente no sabe vestirse con el mínimo decoro: ahí van los escritores, jóvenes o vejestorios, portando las mismas playeritas y tenis que usan sus hijos, por no hablar de la aberrante barbita de candado.

Nacho, sus corbatas, sus chalecos abotonados, sus sacos, el delgado y apenas premeditado mechón de pelo que le cubría la frente y nariz. Nada había de “decandentismo”, ese tema ombliguero de ciertos autores y dizque historiadores mexicanos de las postrimerías del siglo XX.

Toda esa parafernalia suya, muy oxoniense, aparecía de pronto, bamboleándose de una mano a la manera del contrapunto bachiano, cuando se le veía portar una percudida bolsa de supermercado, de Sumesa o Aurrera: eran esos años, en esas bolsas de plástico Nacho cargaba bártulos diversos: una botella de whiskey, cervezas, algún tinto decoroso, un par de libros, varios ejemplares de la última edición de la revista Pauta, de la cual era secretario de redacción al amparo de Mario Lavista, LPs y casetes de los compositores que tendríamos que escuchar en nuestras reuniones si es que, todos éramos unos niños, lográbamos la hazaña de no retornar al nido familiar antes del amanecer.

Cuando digo reuniones me refiero a lo que, allá por 1993 o 1994, la memoria es un campo cubierto de neblina, llamábamos el “taller literario”.

Se sabe que las historias no arrancan de súbito.

Harto de mis nauseabundas clases de ciencia política y economía en El sacrosanto Colegio de México, un día, a saber cómo, me enteré que en la casona cultural de la UNAM, o como se llame, en la colonia Roma, Nacho, de quien yo no sabía absolutamente nada, impartía en la muy digna casa porfiriana propiedad de la Universidad Nacional, hoy seguro es una ruina, una serie de lecturas, o “lectures”, acerca del ensayo literario, en otras palabras: del ensayo literario inglés.

Habíamos dos que tres cabrones que sí agarrábamos la onda, pero no faltaron las intervenciones, en especial de un historiador profesional, quizá aspirante al doctorado, que exigía le enseñaran, a esas alturas, como redactar la frase inodora e incolora, dónde demonios meter y con qué formatos los pies de página sobre los cuales se sostenía el vacío de sus ideas (estoy siendo generoso). Pobre Nacho, tuvo que lidiar con un zoquete incapaz de diferenciar a Salvador Novo con el más pobretón tesista de doctorado. Hoy el muy perfectamente afeitado y docto historiador, rostro recubierto de crema hidratante, es parte de las huestes propagandísticas de la 4T y sus obtusas clientelas.

Asistía también la hoy Senadora por la República y recién condecorada Maestra Efigenia Martínez. La Maestra, tan veterana y dinosáurica como hoy, abrió dos veces el pico para graznar algo incomprensible, y jamás regresó. En definitiva, el grupo reunido por Luis Ignacio Helguera parecía más bien una variopinta congregación de seres provenientes de varios planetas.

Los detalles más idiotas se fijan en la memoria y lo importante se desvanece, como la neblina matutina de los montes.

Al punto, que se hace tarde: después de esos encuentros en torno al ensayo inglés, donde por primera vez leí a Charles Lamb como se debe, una quinteta impar de chicos y chicas decidimos pedirle a Nacho Helguera que nos impartiera un taller de escritura. Cuento, ensayo, aforismo, fragmentos sueltos, prohibida la novela, fue el común acuerdo.

Fue el primero y último taller literario al que asistí en mi vida, y no por malo o de cuestionables resultados. Al contrario, lo mejor vino por la vía indirecta de las fastuosas  artes de la convivencia, la conversación, la música, el baile, y el trasiego de alcohol, jamás por la tediosa lectura y crítica grupal de nuestros bodrios.

Lo cierto es que para la tercera o cuarta sesión, nuestra sede era el departamento de nuestro bendito anfitrión, Alberto MacLean, editor y ajedrecista de terror, en los edificios de Alberto Pani en Avenida Coyoacán. Las sesiones iniciaban con —los que supongo tediosos interrogatorios a Nacho— acerca de su mítico trabajo en la Redacción de Vuelta, de su trato con Octavio Paz en la revista: cómo era, buena onda, regañón severo… a los pocos minutos nos mandaba a la chingada, se servía un trago y preguntaba: ¿quién entre ustedes no ha escuchado el concierto de Haydn para clavecín y orquesta en Re? Aquí lo traigo, en mi bolsa del súper. O ya jodidos, escuchemos El mar, de Debussy.

A las pocas semanas, nuestro salón literario se había metamorfoseado gracias al trasiego de alcoholes varios, las conversaciones altisonantes, los chismes, las discusiones sobre autores que había que leer sí o sí, autores de los cuales había que huir como de la peste bubónica, la obligatoriedad de poner atención, al menos un poco de atención, a los más excelsos compositores de música clásica y la escucha de los mismos siempre a recomendación de Nacho, hasta acabar en bailes rituales en los que Luis Ignacio Helguera demostraba extravagantes pero eficaces movimientos de hombros y caderas para danzar arriesgados mambos capaces de dislocar huesos y articulaciones.

Esos fueron los años en que lo trate más, seguidos de la temporada en que coincidimos en La Jornada Semanal dirigida por nuestro amigo común Juan Villoro y de su capitán al frente de la redacción, Ricardo Cayuela, y otros años más con el mismo Ricardo piloteando la entonces novedosa y muy briosa barca de la revista Letras Libres.

Voy a sonar pedante, que me fusilen, pero voy a traer a cuento, tropicalizada, aquella frase de Francis Scott Fitzgerald: no hay segundos actos en la vida americana (entiéndase, tampoco en la mexicana: de hecho en ésta lo común es no llegar siquiera a la conclusión del primer acto).

La segunda mitad de los noventa y principios de los 2000 fueron, en general, muy buenos años, aunque tampoco tan buenos. Tal parecía que no habría segundos actos en la vida de casi ninguno de nosotros.

Luis Ignacio Helguera destacaba, para antes del fin del milenio, como uno de esos escritores “raros” en que la crítica encajonaba a quien no estuviera escribiendo novelas de aventuras, pasiones, gestas épicas, intelectuales y artísticas de eso que todavía algunos llaman de “largo aliento”, como si un aforismo de Nicolás Gómez Dávila no pudiese encapsular el mundo de mendicidades de un Balzac. Para finales de los años noventa, era ya tan sobada la etiqueta del “raro”, que en un ensayito ejemplar Nacho escribió:

Mi inclinación por los raros era (es) una consecuencia natural de mi fobia a los bestsellers, a los autores que hay que leer, a las modas literarias. Pero la moda no respeta nada: todo lo doma la moda (a la moda, dómala), debería ser palindrónicamente). Hasta lo más raro, lo más singular, acaba, por lo visto, absorbido por esa frívola glotona, por esa gran puta. ¿No era acaso auténticos raros Horacio Quiroga, Felisberto Hernández o Juan Rulfo, cuyas obras circulan hoy en idiomas y ediciones múltiples? ¿No era un raro Pessoa, sobre cuyos últimos días publicó recientemente Antonio Tabucchi, autor de moda, un librito de éxito? ¿Es una casualidad que el escritor raro José de la Colina y el que escribe estas líneas coincidamos actualmente en la impartición de cursos sobre escritores raros o “extraños”?

Y es que el asunto, o problema, relativa a la selección original de la decimonónica categoría del “raro” hecha por la Rubén Darío llegó a alcanzar, por aquellos años en que se despedía el siglo XX, vaya usted a saber, dimensiones planetario/transversales.

Raros comenzaron a ser también Enrique Vila-Matas, Juan Manuel Pardo, Gonçalo M. Tavares, el ya aludido Tabucchi y, en el México de esos mismos años qué digo, los “raros” caían de los árboles como cocos en la playa, fueran éstos alucinantes merolicos, aspirantes a Bukowski ataviados con las mismas camisolas estampadas de palmeras hawaianas… Si querías entregar una maquinazo dominguero a Juan Villoro, cosa que jamás hice, no soy tan pelado, lo llegamos a comentar entre nosotros, bastaba con empezar con algo así como: aparece un novísimo raro en la ya fértil tierra de la rareza mexicana. Raros obsoletos, tediosos raros posmodernos, raros inclasificables e ininteligibles: ¡los tenemos todos!

Desde luego, raro natural, Nacho jamás cayó en la idiótica tentación de la rareza. Tenía su propia terna a prueba de balas y la cuidaba y resguardaba del populacho: Virgilio Piñeira, Pedro F. Miret, Pita Amor, Saki, Roland Topor, Aloysius Bertrand, Charles Bukowski.

Lo suyo era algo más amplio, más voraz en términos de absorber la savia rara, vieja o nueva, y a la vez aquello que consideraba materia canónica de la famosa rareza. Me refiero, por ejemplo, a Julio Torri, a Tito Monterroso y, por encima de todos, a Juan José Arreola, lo cual resultaba una autentica extravagancia porque el propio Nacho aspiraba a seguir los pasos literarios de Arreola, en una tripleta no menos alucinante como encarnar la radical extravagancia de la persona pública, la del autor singularísimo y la el histrión consumado en los tablados de ajedrez.

Quisiera terminar con el propósito original de esto que titulé: Ignacio Helguera. Un largo apunte personal.

Si escarbo en mi memoria, dejé de ver a Nacho cuando partí a Londres a continuar mis estudios. Hasta donde lo dejé, insistía en seguir los pasos de su adulado Arreola, de alcanzar la compacta sapiencia de Tito Monterroso, por solo mencionar dos casos. Fue la época en que se distanció de libros como  la edición final de El Atril del melómano, Murciélago al mediodía, El cara de niño, Ígneos —estos tres últimos libros en los que resulta identificable la impronta de sus autores mayores, ya mencionados.

Tengo para mí que a partir estas prosas de Luis Ignacio Helguera, y en el abandono de las mismas, se desata una suerte de no sangrante parricidio —lo sé, el término es excesivo—, fuertemente impulsado por una intensa e incombustibe ingesta de alcohol, preferentemente whiskey blended, no joterías single malt para señoritos que rozan los setenta, no sé diga la cocaína inhalada para mantener de pie a esas momias todavía activas en los recovecos más cavernícolas de la república bananera de las letras mexicanas.

Yo hablo de la inmersión  a fondo de Nacho en las adicciones —yo, como mi admirado Antonio Escohotado, no censuro una sóla de ellas— como una forma, o que sé yo, de liberarse del personaje y la literatura de la cual, otra conjetura, llevaba una buena temporada queriendo abandonar y finalmente espolear, dentro y fuera de sí, la literatura más auténtica que Nacho llevaba años buscando el punto de quiebre, el punto de fuga.

Así, en un excepcional libro póstumo, De cómo no fui el hombre de la década u otras decepciones (Tumbona, 2010), Nacho comienza a hablar de un tema menor: la maldición de las mudanzas, y se refiere a una muy particular en la que, al sur de la ciudad, con apenas el tiempo suficiente para comenzar a abrir sus cajas de enseres, le tocó correr a un okupa del piso recién alquilado, testimoniar una lucha a muerte entre “dos teporochos que se partían la madre”, amén de buscar un remanso de paz para comer un sándwich con una cerveza mientras inspeccionaba las dos ratoneras que tenía como recámaras en aquel cuchitril: “Una daba al garaje donde se habían trenzado las lesbianas [greñudas y feas] y el otro a un traspatio inmundo.”

En otro ensayo/crónica titulado “Mi periplo financiado por el Instituto de Cultura”, Nacho no disimula su horror ante los actos literarios de orden popular, los burócratas que hacen todo para no organizarlos y, peor aún, dejar a los participantes con la lejana promesa de un pago que nunca llega.

En un rápido pero certero apunte acerca de Pedro F. Miret, uno de sus cuentistas preferidos, Nacho Helguera arrojó premonitoria luz, o sombra, no lo sé, sobre el actual caudal de autores y autoras tan dados a opinar sobre asuntos políticos de los que no saben un rábano, que no evitan la ocasión para subir a las redes sus patéticos shit-shows  en los que, ventrílocuos, entrevistan a gente por la sencilla razón de que nadie los entrevista a ellos, tuitean fotos con sus libros publicados, la mayoría, si no es que todos, prescindibles, opinan de la violencia, de la migración, de la seguridad, cuando la mayoría de ellas y ellos apenas ni han sido migrantes, ni han tenido que protegerse de otras balas que la inquina y la ponzoña de sus colegas literatos (palabreja vulgar, detestable, pero que los describe).

Al respecto, Nacho se adelantó décadas:

Valga la aclaración, nunca transitó Miret por el medio literario ni publicó sus cuentos en suplementos ni habló en mesas redondas ni se autopromovió.

Me imaginó los anticuados pero extra cáusticos, divertidísimos comentarios descalificativos que Nacho Helguera hubiera arrojado sobre semejante caterva. Él, que creía en la discreción, en el misterio y soledad extremas de la creación literaria, tanta payasada lo hubiera llevado a dos lugares, ciertamente: al bar de un Sanborn’s, sus preferidos por encima de algunas cantinas que consideraba pestilentes, abarrotadas de escritores sufrientes, o bien a comerse unos tacos y beber cerveza en un lugar que todavía existe, El Gallito, frecuentado por comandantes policiacos, menesterosos, sexoservidoras, jamás por escritores ni intelectuales. Pero todo esto, lo voy a decir como lo hubiera ya dicho sin siquiera tomarse la molestia Nacho Helguera: valen sus putas madres.

Lo importante a destacar es que conforme Luis Ignacio comenzó a desprenderse de sus reflejos juveniles, de Arreola, de Juan Vicente Melo, de Eduardo Lizalde, etcétera, y conforme se sumergió ya sin remedio —a diferencia de los actuales sesentones y setentones que todavía aspiran, háganme el favor, a mantener una “imagen pública” decorosa y dizque aceptable— au fond de l’Inconnu pour trouver du Nouveau, fue capaz, decía y no es una proeza menor, ni exenta de un desenlace fatalísimo, de encontrar la voz del poeta que lo había estado esperando y que pocos pudieron leerlo, pues se le ocurrió morirse.

Yo lo he hecho en ediciones postmortem, que atesoró y a las que acudo con suficiente frecuencia. El ya mencionado De cómo no fui el hombre de la década u otras decepciones, libro pensado como un conjunto de ensayos, crónicas, textos autobiográficos; pero cada vez más el libro de poemas, también publicado tras la muerte de Nacho: Zugzwang  (Ediciones del Tucán de Virginia, 2007), y en el que aparece, o reaparece, lo que sea, a quién le importa, el escritor que Luis Ignacio estaba destinado —soy muy cuidadoso con semejante palabra, pues en ella va implícita la deriva de un autor extraordinario, además de que ello equivaldría a afirmar que su caída en el abismo del alcoholismo y las adicciones, de manera definitiva mejoró su escritura. Eso no se le desea a los amigos.

Así, pasamos de escuchar las lluvias de ayer y otros poemas en prosa, a la vecina de sus padres en la avenida Campbell, en la ciudad de Chicago, alrededor de una música que no suena más a la música de antaño:

Postal de Brahms

Para Carlos Helguera

Esta vecina de mis padres en Chicago

ensaya todas las tardes el Andante un poco adagio de la

    Segunda sonta para viola de Brahms

mientras piso las hojas rojas y anaranjadas de la Campbell Avenue

¿Por qué le obsesiona ese movimiento como a mí?

(porque no lo estudia: le obsesiona)

¿por qué pasan estas cosas tío?

No toca nada mal la viola, aunque se atora en un pasaje

     difícil como yo en la vida

Quisiera tocar el timbre de su departamento

hablar con ella de Brahms, de esa serenidad sublime

y admirar la belleza de su viola y su cabellera

y la expresividad de sus brazos y sus ojos

mientras me ofrece un café o una copa

y hablamos del poder evocativo y las meditaciones otoñales brahmsianas

y del estatismo armónico extraño y sublime

en que toca un clarinete de pronto solista sobre el piano

   en el (tercer movimiento del Segundo concierto para piano y orquesta

y la invito a cenar al Belmont

¿pero qué tal si es una güereja desabrida o una anciana

decrépita

o un maricón pelirrojo o un gordo devorador de hamburguesas?

Sólo quedaría sellar una brahmsiana amistad y largarme

¿Por qué pasan estas cosas en la vida, tío?

¿Por qué, se pregunta uno por qué, si la vida toda es

naturalmente azarosa e indescifrable?

Hace años que me obsesiona la dulzura de este Andante

Brahms deshojaba lentamente en el pentagrama los árboles más bellos

Me invade la melancolía, pero no tengo el valor de tocar

      el timbre

Tal vez esa mujer espera a un brahmsiano que toque su

      timbre

Tal vez esa mujer espera un brahmsiano toque su

      Timbre

Tal vez esa mujer y yo podríamos amarnos, apadrinados

      por las barbas de Brahms

Tal vez sea la mujer de mi vida y me separan de ella la

      cordura y la cobardía de un timbre

Después de todo, la melancolía de los acordes

ambientan bien mi soledad

Me quedo con la belleza pura de la música

silbo la melancolía y piso las hojas rojas y anaranjadas

     de la Campbell Avenue

Y regreso con mis padres

Qué triste y hermoso y brahmsiano es el otoño de Chicago.

Podría seguir con este largo apunte, trayendo de regreso más ensayos ingleses, más poemas escritos en un extremo del bar, más hilarantes y decimonónicas mentadas de madre. Hoy tengo diez años más de los que había cumplido Luis Ignacio Helguera (41) cuando decidió verter el rey en el tablero. No te has perdido de mucho, Nacho, ciertamente.

Pinche Nacho, fuiste capaz de deletrear en un poema, que nunca viste publicado, tu propia “Zozobra”:

Como barco que se hunde y hunde

sin acabar de hundirse

así voy sin ir

yéndome sin irme

porque esto es oscilación constante

un sí y un no

ni sí ni no ni ni

sacar el agua de cubierta a cubetazos

mientras los otros conversan conmigo

como si supiera quién soy

sin saber que ellos lo saben mejor

si es que pueden saberlo

si es que yo soy alguien

aparte del que saca el agua de cubierta a cubetazos

el que conversa con los otros

y se toca con la mano la barbilla

como si fuera él mismo y lo supiera

Le doy la razón a Nacho Helguera, sin dejar de cuestionarlo ni discutir con él, así sea a imaginarios catorrazos. Sólo así seguiremos siendo amigos. Pinche Nacho, te extraño y no te extraño, ambos sentimos una náusea profunda, barcos que no acaban de hundirse, ambos muy probablemente terminemos, cada quien a su manera, igual, solos y perdidos.

Pero bueno, tampoco es una mala forma de terminar el show.

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Bruno Piché es ensayista y narrador. Ha sido editor, periodista, diplomático y promotor cultural. Realizó estudios en la Concordia University de Montreal, El Colegio de México, King’s College de Londres, Instituto de Investigaciones Sociales UNAM Es autor de los libros Robinson ante el abismo, Noviembre, El taller de no ficción, Los hechos y La mala costumbre de la esperanza. Es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte de México desde 2012. Su novela más reciente, 'La mala costumbre de la esperanza', (2018), apareció bajo el sello editorial de Literatura Random House. En 2015 publicó la novela 'Los hechos', acerca de la cual Juan Villoro escribió: “Bruno H. Piché entiende la historia del mundo como una diáspora: datos en fuga que al articularse conectan la vida pública con la esfera privada. Podemos escapar de nosotros mismos pero no de Los hechos, es decir, del flujo incontenible de la historia.”   Vivir en Comala City es un blog sin fronteras temáticas y en la que las sombras y presencias fantasmales remiten al escurridizo entrecruce entre los géneros literarios. En Comala todo es literatura y nada es lo que parece.

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