Mientras tanto‘Manon Lescaut’, una producción necesitada de un arco musical y dramático

‘Manon Lescaut’, una producción necesitada de un arco musical y dramático


Cartel de 'Manon Lescaut' de Puccini en el Teatro Real
Cartel de ‘Manon Lescaut’ de Puccini en el Teatro Real

Nueva producción del Teatro Real de Manon Lescaut de Puccini y mucha expectación porque hacía ciento veintiún años que esta ópera no se veía en Madrid. Unas expectativas que para el público se cubrieron el día a la que corresponde esta crítica, si hay que atenerse a los aplausos durante y al final de la representación. ¿Se puede decir lo mismo si se analiza con mente analítica? Vamos al lío para responder a esta pregunta.

Lo cierto es que esta producción no se entiende desde el punto de vista musical ni escénico. Entre otras cosas porque se piensa que es una sucesión de escenas y así ha sido trabajada. Por lo que no hay continuidad musical, excepto el volumen. Se podrá argumentar que en la realidad no hay continuidad ni coherencia en lo que pasa, es cierto, pero como sabe todo artista eso no pasa en la ficción.

La primera pregunta es: ¿por qué se piensa que la ópera italiana cuanto más alto suene la orquesta mejor? Tanto que se inicia con una escena que entre el coro y la orquesta (y quizás la escenografía, un paralelepípedo haciendo un salón donde habrá un concurso que se encierra a todas esas personas) opacan y no dejar casi oír al cantante Alejandro del Cerro, que consciente de la situación y con inteligencia no se mata para que se le oiga. No tiene sentido hacerlo en este montaje.

Y como falta la dirección tanto musical como escénica de los cantantes, sobre todo los principales, que, además, tienen limitadas capacidades actorales, hacen lo que pueden dentro de ese nivel de volumen. Ver como se desgañita Sondra Ravadnovsky en sus arias, la verdad, no es agradable o cuando su voz se empequeñece tumbada en el suelo y temblando. Y duele cuando se ve que el público lo interpreta como la forma de cantar arias a la italiana y aplaude. Lo mismo sucede al ver a Michael Fabiano en el último acto moviéndose entre las Manon Lescaut que ocupan el escenario, estas sí actrices/bailarinas, por lo que se ve más las deficiencias actorales de los cantantes.

Todo esto hace que la historia se muestre confusa y plantee dudas sobre la producción y se produzcan certezas. Lo del trabajo en escenas se puede confirmar en el programa de mano. Y claro que la novela de la que procede y el trabajo de Puccini y sus libretistas pueden haber escrito solo escenas, aunque lo habitual es que busquen musical y dramáticamente un arco para los personajes. Pero para eso está la dirección musical y la dirección de escena, para tratar de interpretar la partitura y el libreto y construir ese arco.

Darle un punto de vista a una historia que se podría resumir de la siguiente manera. Manon Lescaut es una mujer que su familia quiere meter en un convento. Cosa con la que su hermano no está de acuerdo. En ese viaje al convento, ella conoce en una posada a un estudiante y se enamoran. Y su hermano, un tahúr con deudas, conoce a un viejo al que la joven le pone y acuerda con él dársela en bandeja para que la colme de lujos y a poder tener dinero para el juego.

Pero el plan de la hermana y el estudiante es distinto. Así que se fugan. Lo que pasa es que ella pronto se da cuenta de que contigo pan y cebolla, por mucho amore que se canten, no mola. Por lo que se vuelve con el viejales al palacio de este y disfruta de la vida de lujo que le proporciona hasta que vuelve a aparecer el estudiante y ella cede a la pasión.

El viejo los descubre y ella se ríe de él. Tener una mantenida no estaba mal a ojos de la sociedad, pero que esta te ponga los cuernos, de eso nada. Así que, la denuncia por prostitución. Y cuando los amantes van a escapar los pilla la policía, porque se entretienen recogiendo las joyas que le regaló el anciano a Manon, que el amor está muy bien pero con algo de pasta está algo mejor.

Ella acaba en la cárcel acusada de prostituta y deportada a la América desértica y profunda ¿los cayos de Miami? ¿la Luisiana con sus caimanes?  El estudiante que se entera pide que le metan con ella en el barco. Y allá se van los dos y sus votos de amor y pobreza. Me imagino que no hace falta contar el trágico final de esta historia. El castigo, al que una vez más, se la condena en la obra. ¿Cuántas mujeres van condenadas en la ópera?

Esta es la anécdota. Lo que cuenta el libreto y la música en esta producción no está claro. ¿Qué le pasa a Manon, que iba para monja no se olvide, para arriesgarse a perder el tren de vida que le ofrece su viejo amante sabiendo que la vida con su estudiante ni de lejos le puede dar eso y que ya rechazó? ¿Y qué hace su decisión absurdamente humana y apela a la platea actual más allá del ideal idiotamente romántico del amor que el marketing y la ficción del no pensar y el entretenimiento sigue promoviendo porque produce pingues beneficios?

Ante tal despropósito musical y escénico, la mirada se posa en lo accesorio. Una escenografía que a ratos resulta bonita, con ese carrusel de caballitos o el juego de reflejos del suelo del escenario. Un suelo que parece un espejo sobre el que se hubiera tirado tierra dejando zonas descubiertas y que puede remedar los cayos. También algunos juegos de luces.

O ese intermedio musical, que tan bien funciona, en la que se oye una parte sinfónica mientras se proyecta un video de un mar en la oscuridad de la noche (más americana que real por el color de las olas). Cuyo movimiento sin ser real o realista, está suspendido entre lo lento y lo rápido, resultando bellamente artificioso acompasado bien con la música. Un intermedio que recibió una de las mayores y unánimes ovaciones de la noche. Porque funciona en lo que cuenta, la incómoda y esperanzada travesía, tan llena de incertidumbres como de riesgos, entre París y los Estados Unidos y evita la metáfora manida de un mar revuelto.

Lo que se echa en falta en esta producción para poder disfrutarla de verdad es una reflexión escénica, por favor no confundir con escenográfica, y musical. Para que poner Manon Lescaut en escena no sea para saldar una deuda histórica sino una deuda artística. La buena noticia es que, al no haberse resuelto esta última deuda, se puede programar otra producción en breve que sí permita a los mismos cantantes brillar con su indudable capacidad canora, por las que realmente se les contrata a petición del público, y las limitadas capacidades actorales que tienen. Un montaje en el que Manon tenga algo que contar al público contemporáneo, no solo cantarles.

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