Manuel Arias Maldonado: “Seguimos asumiendo una concepción ‘sacralizada’ del sexo”

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En otoño de 2017 los cimientos de Hollywood se tambalearon al saltar a los medios la revelación del historial de acoso sexual contra actrices de Harry Weinstein. El ‘caso Weinstein’ provocó una ola mundial de indignación y debate sobre el acoso y el abuso sexual representada en ese fenómeno de masas que fue el MeToo. El feminismo es un movimiento mucho más amplio y no va sólo de sexo. Se está cuestionando también la manera de ver la relación entre hombres y mujeres, la manera en que se cortejan … En ese terreno ha entrado Manuel Arias Maldonado, profesor de Ciencia Política de la universidad de Málaga. Arias Maldonado ha publicado (Fe)Male Gaze. El contrato sexual en el siglo XXI (Nuevos Cuadernos Anagrama, 2019), un ensayo breve y sustancioso donde señala, para empezar, que estamos ante “la primera guerra cultural global”. Su título, La mirada femenina, hace referencia a la teoría male gaze (la mirada del hombre sobre la mujer) que popularizó en 1975 la escritora Laura Mulvey para quien “el uso inconsciente del patriarcado en los códigos de representación fílmicos vendría a perpetuar las estructuras de poder fuera de la sala de cine”. Como explica Arias Maldonado, las tesis del #MeToo no son nuevas. Lo que sí es novedoso es el gran apoyo popular que están recibiendo proveniente tanto de las redes sociales como de la llegada a puestos de poder de un porcentaje de mujeres muy superior al de ninguna otra época de nuestra historia, éxito que casi nunca se atribuye a las sociedades liberales.

El futuro de las relaciones entre hombres y mujeres, ese nuevo contrato sexual del siglo XXI, habrá de restablecer la confianza rota en estos últimos años. Arias Maldonado abre su ensayo con una canción de Elvis Presley que sintetiza a la perfección el actual estado de las cosas: “We can´t go on together with suspicious minds. And we can´t build our dreams on suspicious minds”.

1.  ¿Por qué este libro y en un formato tan original?

El libro tiene su origen en un conjunto de entradas, cinco en total, que en momentos distintos de los últimos años he dedicado al asunto de las relaciones hombre-mujer en mi blog Torre de marfil, en Revista de Libros. En un cierto momento, me pareció que había en ese material un ensayo en potencia, que procedí a actualizar y completar hasta alcanzar una extensión apropiada para un librito. No es un trabajo académico, y de hecho he querido liberar al lector de las notas a pie de página y de las referencias bibliográficas, pero lógicamente hay lecturas académicas detrás. Por lo demás, los Nuevos Cuadernos de Anagrama me parecían un sitio perfecto y tuve la suerte de que Silvia Sesé aceptase la propuesta de buen grado, cosa que yo agradezco. En cuanto al porqué del libro, quería poner mis argumentos en circulación y tomar así parte en la conversación: si se trata de redefinir las relaciones entre hombres y mujeres, me parece importante que hablemos todos.

2. Algunos estudiosos del tema sostienen que la vivencia de la corporalidad en la mujer es algo estructural y con una orientación finalista estable y concreta. Y que el cuerpo para el hombre sería un mero instrumento. Y que de ahí provienen las dificultades femeninas para llegar al deseo sin pasar por el amor y lo raro es que haya hombres que lleguen al deseo tras un enamoramiento.

Me parece aventurado realizar afirmaciones tan tajantes. En todo este asunto quizá pecamos de falta de humildad: ya sea por la necesidad de revestirnos de autoridad, por la saturación del mercado de la atención y la consiguiente necesidad de que nos hagan caso, o por una genuina convicción ideológica, decimos las cosas con una contundencia que está reñida con la dificultad de probar nuestras aseveraciones. Tomemos, por ejemplo, la vivencia del cuerpo: como dice Svenja Flasspoler, a la que cito en el libro, ninguno de los sexos tiene ni tendrá jamás acceso fenomenológico al otro. Ninguna mujer sabrá lo que siente un hombre estando en su cuerpo, ni un hombre sabrá lo que siente una mujer en el suyo; es una brecha insalvable que dificulta el diálogo y da pábulo a las generalizaciones más aventuradas. De ahí que, a falta de certidumbres ontológicas o fenomenológicas, recurramos a los datos que la realidad nos ofrece: a las conductas observadas, regulares, susceptibles de crear “patrones”. Ahí observamos, por ejemplo, que los hombres parecen sufrir ese “déficit sexual” del que habla la socióloga Catherine Hakim y que explicaría la mayor compulsividad de su deseo erótico. Pero a eso puede oponerse la idea de que tal déficit es un producto de la cultura dominante, modelada por el varón, de manera que si cambiamos la cultura lo hará también la desigual distribución del deseo. Desde ese punto de vista, la testosterona cuenta menos que las ficciones o discursos en circulación. Pero, ¿quién tiene una respuesta “científica” para estos dilemas? Nadie. Lo único que se puede hacer es seguir observando la realidad y comprobar si los cambios que están en marcha en la cultura producen los efectos postulados por los culturalistas, o si, en cambio, hay un límite -que sería entonces biológico o somático- a lo que la cultura puede llegar a cambiar. Y por responder a su pregunta sobre los hombres y el amor: si la misma cultura a la que llamamos patriarcal ha producido la Comedia de Dante o el romanticismo, sería difícil concluir que el varón es incapaz de sentimientos amorosos. Otra cosa es que, como escribiera Luhmann, el sexo engendre sentimientos y que, por razones de estrategia reproductiva (como la mayor inversión de recursos que ha de hacer la mujer cuando tiene hijos, como nos enseñan los biólogos evolucionistas y en no menor medida el sentido común), la mujer acaso precise de más claras señales de compromiso. Pero también esto habría que demostrarlo en un contexto libre de sesgos culturales heredados, si es que eso puede existir.

3. Entre las miradas que han construido the male gaze está la de Hitchcock pero también tenemos la memoria de JL Mankiewicz en Eva al Desnudo que duda que la masa encefálica del hombre sirva para algo al contrario del universo femenino, rico, complejo y pleno de sensibilidad. ¿Qué le parece esta confrontación entre las miradas masculinas? ¿El hombre es tan simple como le parece a Mankiewicz y a varios pensadores más?

Habría que empezar por puntualizar que la male gaze de Hitchcock está llena de ambigüedad, como supo ver la crítica Tania Moldeski en su célebre estudio sobre las mujeres en el cine del director británico. Que este detalle se escapase a Laura Mulvey no deja de ser significativo y se ha dicho más de una vez que elegir Vértigo como “prueba” de su tesis muestra la inconsistencia de la misma. Por lo demás, Mankiewicz incurre en una contradicción performativa al exponer su teoría sobre la pobreza de mundo del varón en oposición a la riqueza de mundo de la mujer: el mundo de Mankiewicz, aunque no tan interesante como el de Hitchcock, tiene ya suficiente riqueza. De nuevo, corremos el riesgo de generalizar: hay individuos complejos e individuos simples, igual que hay personas con pobreza de mundo y personas con riqueza de mundo. Otra cosa es que la división de funciones que asignaba históricamente distintos roles a hombre y mujer propiciase itinerarios vitales muy diferentes que desembocasen en existencias con muy distinto grado de vivacidad. Podríamos contraponer a Emily Dickinson, que crea una obra poética deslumbrante sin salir de su casa, y a Joseph Conrad, que se sienta a escribir tras pasar media vida surcando los mares. Y con todo, me parece más fructífero que nos dediquemos a describir lo que pasa ahora en lugar de seguir identificando las injusticias del pasado. La clásica asignación de roles que dibujó vidas diferentes para Dickinson y Conrad no rige ya en el mundo desarrollado. A consecuencia de ello, ¿son las mujeres más listas, más brillantes, más lectoras? La realidad no es un chiste del Forges tardío, hay de todo: hombres que leen y mujeres que no leen, y al revés. Sí podemos observar tendencias: por ejemplo, un mayor número de mujeres graduadas o un mayor fracaso escolar masculino. Y preguntarnos por sus causas estructurales. Pero hablar en términos binarios de complejidad femenina y simplicidad masculina es como darle la vuelta al esencialismo que, en el pasado, decía justo lo contrario. Lo que debe preocuparnos es que todos los individuos, sin distinción de sexos, tengan las mismas oportunidades para el autodesarrollo. Y ver luego qué uso damos a esa libertad. Dicho con una fórmula: las mujeres deben tener libertad para ser ingenieras, pero también la libertad de no serlo.

4. Pese al respeto y la perspectiva integradora que su texto rezuma, esto no le ha librado de duros ataques por parte de mujeres indignadas con él. ¿Le ha sorprendido la reacción, por ejemplo, de Laura Freixas? Entre las mujeres tiene más críticas, ¿positivas o negativas?

Cuando uno participa regularmente en la esfera pública nada puede sorprenderle. Es inevitable que nuestros juicios o hipótesis sean recibidos de distinta manera según cuáles sean los horizontes teóricos, ideológicos o anímicos del receptor. En otras palabras, la polisemia es un rasgo constitutivo de la comunicación humana y nadie puede esperar que sus mensajes sean recibidos sin discrepancias o desacuerdos. Es más: nadie debería desear una recepción unánimemente favorable o laudatoria, pues eso es contrario a la vocación intersubjetiva del debate público (y no digamos del debate académico). Si a eso sumamos una cultura de la vigilancia ideológica que se dedica a marcar textos o personas con objeto de preservar la hegemonía de un tipo particular de discurso, la sorpresa ya no cabe por ninguna parte. Otra cosa es que esa crítica se alimente de descalificaciones o de trucos deshonestos, orientándose a excitar a la jauría digital con sobreentendidos falaces; el debate se convierte entonces en una guerra de posiciones. Pero allá cada uno con sus escrúpulos intelectuales, o falta de ellos: la vida va muy rápido y no puede uno detenerse en estas menudencias. Dicho esto, mi ensayo tiene una explícita vocación conciliatoria y es quizá una pena que se lo presente de manera distinta; son muchas las mujeres que me han dicho que les ha gustado, no hay una Unimente Femenina. Ya que usted menciona Twitter, alguien dijo que mi libro es “prepotente”. O sea: si no se dice lo que obligatoriamente hay que decir, uno ya es Erdogan. ¡Estamos apañados!

5.  Sorprende la bibliografía que respaldan las tesis digamos feministas. ¿No le parece que las fuentes que cita provenientes del psicoanálisis lacaniano (Zizek, Recalcati, etc) son tanto ambiguas como contradictorias? ¿Y las lecturas que más critican estas tesis no se sitúan en terrenos demasiado radicales? ¿No estamos necesitando antes de hablar encontrar un vocabulario y una gramática comunes? ¿No se echan en falta ensayos más rigurosos sobre estos temas?

En mi librito hay referencias de todo tipo. He citado a Zizek al comienzo, como ejemplo de pensador emblemático que cree que el #MeToo es el inicio de una revolución en materia de igualdad; y a Recalcati como representante de la idea de que el amor femenino necesita de palabras más que el masculino, matizando de inmediado que el número de hijos nacidos de padres distintos de los oficiales pone en cuestión que la deslealtad sea unilateral… quiero decir que la literatura psicoanalítica no ocupa un lugar preeminente en el trabajo, y sin embargo no veía razón para dejarla fuera a pesar de la imposibilidad de demostrar la veracidad de sus postulados explicativos y terapéuticos. Y sí, necesitamos un vocabulario común, pero jamás lo tendremos: el pluralismo epistémico es inevitable cuando se aborda un tema tan complejo y poliédrico como éste. Ya que hablábamos de psicoanálisis, por ejemplo: ¿de qué manera hay que entender las tesis de Freud sobre el rol del padre ahora que la vieja autoridad paterna ha dejado de ser lo que era? ¿Y qué hay de lo que puedan decir las neurociencias? Necesitamos de la sociología, de la biología, de los estudios culturales, de la psicología, de la semántica, de la filosofía, del derecho. Y necesitamos que esas disciplinas colaboren entre sí y estén abiertas a la evidencia empírica y la persuasión argumentativa; si los practicantes de cada una de ellas se encierran a solas con su método o su ideología no habrá manera de ponernos de acuerdo. Aunque quizá los hombres y las mujeres se vayan poniendo de acuerdo ellos solos sin necesidad de leernos.

6. ¿Qué piensa de la recepción y actual conocimiento de la obra de Simone de Beauvoir en nuestro medio? ¿Puede entenderse la obra de Beauvoir sin conocer los azares de su vida y la tormentosa relación con Sartre?

Seguramente sea una autora más mencionada que leída; su obra es exigente y prolífica. Su importancia, en todo caso, difícilmente puede exagerarse. En cuanto a su célebre relación con Sartre, no creo que sea óbice para la recepción de su pensamiento, salvo que pidamos a nuestros pensadores de cabecera que vivan como a nosotros nos gustaría. No obstante, se insinúa con ello un tema muy interesante, que es el “lugar” desde el que se teoriza u opina. Lo digo al principio del libro: cuando hablamos de este tema, nuestro conocimiento es inevitablemente conocimiento “situado” que no puede desligarse de nuestro sexo, de nuestra edad, de nuestro contexto social, de nuestras experiencias amorosas y eróticas, etc. Naturalmente podemos, como escritores y lectores, separar el contexto de descubrimiento (o circunstancias en que nacen las ideas) y el contexto de justificación (lo que decimos y su consistencia interna). Pero me pregunto hasta qué punto esa distinción es posible cuando hablamos de experiencias con una fuerte carga afectiva o somática. Si hablamos de la maternidad, por ejemplo, ¿tienen la misma validez las afirmaciones de quien ha sido madre y las de quien no lo ha sido? No estoy seguro, pero tampoco tengo una respuesta tajante. Y ojo: lo mismo podríamos decir respecto del desamor o la pérdida del padre o la madre; hay algo incomunicable en esas experiencias que restringe la capacidad explicativa de quienes no las han sufrido. En todo caso, alguien podrá describir la conducta observada desde fuera y lo hará mejor que el “afectado”. Pero eso es otro asunto.

7. ¿Cuál es la verdadera causa del MeToo? ¿Realmente se inicia con la denuncia contra Weinstein? ¿Qué posibilidad hay de que numerosos testimonios no estén replicando el llamado “síndrome de la falsa memoria”? ¿Qué papel puede haber jugado el caso Clinton-Lewinsky y el Mia Farrow contra Allen, que se ha demostrado falso?

No veo motivos para dudar de que las denuncias contra Weinstein marcan el inicio del movimiento #MeToo; así se nos ha contado, al menos. Tal vez la celebridad de las denunciantes sirvió de impulso para que multitud de mujeres anónimas compartiesen la protesta, dando fuerza al movimiento. La fiabilidad de los testimonios dependerá de cada caso, aunque naturalmente habrá de todo; no estoy en posición de juzgarlo ni podemos ignorar el carácter a menudo agresivo de la sexualidad masculina. Woody Allen, en cambio, representa un ejemplo inquietante que puede extrapolarse a muchos otros supuestos: sin que haya aparecido ninguna nueva evidencia acerca de una acusación de abuso sexual para la que hace 25 años no se encontraron pruebas, son incontables los actores y actrices que le han dado la espalda por la sencilla razón -al menos eso parece- de que su nombre estaba “manchado” por una suerte de contagio ambiental. ¡A la hoguera! Es curioso: la historia nos ha mostrado sin descanso cómo funcionan los juicios colectivos, las dinámicas de linchamiento, la creación de chivos expiatorios. Pero no importa: nos llenamos de virtud como algunos futbolistas se llenan de razón y buscamos nuestro disfraz de Robespierre para hacer justicia. De alguna manera, uno siente que está vengando una larga historia de discriminaciones o crímenes que quedaron impunes, y bajo esa luz detalles como la presunción de inocencia de un simple individuo no tienen la menor importancia. Mal asunto. Afortunadamente, la realidad posee cualidades pedagógicas: en España hemos tenido el caso de Juana Rivas y espero que nos haya enseñado cuán necesario es respetar las garantías procesales y sujetar nuestras adhesiones anímicas espontáneas.

8. En su libro abundan las referencias cinematográficas. ¿Le parece una mirada rigurosa la que sale de Hollywood vía Mulvey? ¿No supone dejar un tema tan complejo al albur de un construccionismo radical? ¿No habría que empezar definiendo con mayor rigor qué entendemos por conceptos como “sexo” “género” y sobre todo “identidad”?

El problema es que son conceptos con una fuerte carga ideológica y la batalla por definirlos tiene ya connotaciones políticas. No es que el concepto nos sirva para estudiar una realidad, sino que el conflicto acerca de cómo es y cómo debería ser la realidad cristaliza en el concepto. De ahí que las apelaciones al rigor estén condenadas al fracaso. Obviamente, tampoco es el rigor algo que pueda pedirse a la tesis de Laura Mulvey sobre la mirada masculina como mecanismo organizador del cine clásico: en la medida en que hunde sus raíces en el psicoanálisis, estamos ante una interpretación sugerente pero discutible y no ante una “teoría” digna de tal nombre. Eso no le resta atractivo, ni utilidad. En todo caso, se trata de una herramienta de análisis adicional para la evaluación extra-fílmica del cine, no de la herramienta que hayamos de usar con exclusión de todas las demás.

9. Hace unos días una madre con dos hijos se quitó la vida, presuntamente, como reacción tras haber sido difundido masivamente un video porno que ella misma había grabado cinco años antes con otra pareja. El hecho ha sido catalogado por sectores feministas como “violencia machista”. Sin embargo hay analistas que han reclamado un mejor empoderamiento de la mujer en este tema y en que su relación con la sexualidad se asemeje más a la que mantienen los hombres. ¿Puede hablarse de un fracaso de los movimientos de liberación de la mujer que se iniciaron en mayo del 68 y que llegaron a su culmen en España en los primeros años de la democracia? El modelo de “mujer” que proponen nuestras feministas de hoy en día, ¿es el de una mujer libre o busca una libertad vigilada y subvencionada?

Lo que se ha planteado en relación con este triste caso es que quizá haya una desproporción entre el hecho (la difusión del vídeo) y la consecuencia (suicidio de una madre con dos hijos pequeños). Si tomamos como referencia la ideología de la liberación sexual abanderada en los 60 y que el feminismo hizo suya en su momento, no acaba ciertamente de entenderse contra quién se dirige el reproche de que estamos ante un caso de violencia machista o de que hemos de avanzar hacia una “sexualidad libre”. ¿Al patriarcado en asbtracto? ¿A las mujeres mismas? Pero, ¿piensan todas las mujeres igual? ¿Y quién ejerce de portavoz (o “portavoza”) de todas ellas? En el libro me refiero a cómo una parte del feminismo reniega ahora de una liberación sexual que se habría hecho al servicio del deseo masculino, mientras que otras secciones del mismo apuestan por insistir en esa vía emancipatoria. En última instancia, son las mujeres las que tienen que decidir qué quieren. O sea: qué uso quieren dar a su libertad. ¿Es una libertad cuyo ejercicio está influido por el marco social en que tomamos las decisiones? Inevitablemente; eso vale para todos, en todas partes. Pero ese marco es también cambiante y de ahí la necesidad de que aclaremos si la liberación sexual es algo deseable o si, por el contrario, habríamos de regresar a marcos morales más rígidos en nombre de la protección de la mujer. Podríamos acabar redescubriendo el matrimonio indisoluble… Tal como señala el filósofo Pablo de Lora en su nuevo libro, que sale ahora en Alianza y que ha titulado Lo sexual es jurídico (y político), la idea sesentayochista de que el sexo habría de ser desdramatizado y desacralizado no ha terminado de generalizarse, de tal forma que seguimos asumiendo una concepción “sacralizada” del sexo. Por ejemplo: no se vende porno en los supermercados, ni aplaudimos a los exhibicionistas, ni copulamos en público. ¿Es porque no nos hemos “liberado” lo suficiente? ¿O porque no queremos “liberarnos” más? Así que las preguntas fundamentales siguen sin responderse: ¿libertad ¿para qué, respecto de qué, hasta dónde? ¿Y libertad moral o libertad legal?

10. ¿Ha desaparecido la intimidad? Los teóricos de la izquierda dicen lo contrario: la gente se ha echado a las calles y los creadores se han refugiado en la intimidad…

No ha desaparecido, pues su preservación depende de nuestra capacidad para crear un espacio indisponible para la mirada exterior y eso sigue siendo posible. Otra cosa es que hagamos uso -o un uso alocado- de tecnologías que facilitan la apertura de nuestra vida privada a la mirada del público. Pero entonces no es que la intimidad desaparezca, sino que la hacemos desaparecer nosotros por la vía del exhibicionismo narcisista. Son cosas distintas.

11.  ¿Ha sido usted libre escribiendo este cuestionario?

 He tratado de serlo.

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