Mapas borrosos

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Antes de emprender el viaje me gusta leer todos los libros que pueda, sobre el terreno, la historia, la geografía. No siempre es posible. También novelas, poemas, teatro. Todo lo que tenga que ver con el territorio. Hace tiempo que dejé de lado la fantasía de la pureza, de la espontaneidad. Ves más cuando sabes más. Entiendes mejor las razones, lo que parece que es imposible de discernir. Pero lleva tiempo, exige tiempo, estudio, horas, devoción. Lo que a menudo oculta esa presunta espontaneidad es la vanidad de la pereza, del artista que se cree dotado de un sexto sentido para ver detrás de las paredes, para descifrar los sentimientos a primera vista, para ponerse en el lugar del otro sin correr ningún riesgo. Otra falacia. Antes de emprender el viaje, de abandonar la seguridad del escritorio, de la ventana que da a un paisaje, a una luz, a unos sonidos conocidos. Antes de abandonar las calles familiares, la rutina, las caras de todos los días, las noticias que parecen noticias, las voces que suenan genuinas, las palabras que pretenden seguir queriendo decir lo que solían cuando sabemos que ya no es así, que el envilecimiento tiene un coste, que no se puede seguir esgrimiendo la inocencia cuando participamos de este juego en el que tantos saben que mienten (ellos nos mienten a sabiendas, y saben que nosotros sabemos que mienten) y les seguimos la corriente porque sería agotador hacer lo contrario, decir ya basta, no, hasta aquí ha llegado la ficción.

 

Antes de emprender el viaje a Bosnia leí libros como El oficio de matar, de Norbert Gstrein, publicado por Tusquets en 2006 con traducción de Rosa Pilar Blanco. Allí se lee:

 

“Lo que más me perturbó mientras leía no fueron las ostensibles atrocidades, ni los horrores de los que Allmayer había sido testigo o de los que había oído hablar a lo largo de esos años, ni las imágenes de los pueblos de Bosnia vacíos en los que los perros vagabundos despedazaban los cadáveres desperdigados entre los edificios destruidos por la artillería. Los ejemplos que él refería eran tan numerosos que nada me habría extrañado. Al parecer, lo que se podía hacer con el cuerpo humano no conocía límites, y sólo me asombraban las fantasías que debían haber desarrollado gentes hasta entonces más o menos íntegras, cabría decir, qué placer podía proporcionar obligar a un prisionero a arrancarle a otro los testículos a mordiscos y comérselos en su presencia, a abrir el vientre a una mujer embarazada, a cortarle el cuello a un niño en brazos de su madre y apretar su cara contra el chorro de sangre que saltaba o violar a una mujer ante los ojos de un padre moribundo (…). No había un solo río que no hubiera arrastrado muertos, ningún lugar, creía, en el que en el futuro no te preguntases qué se ocultaba debajo (…).

 

“Tal vez suene cínico, pero para mí el horror se concretaba cuando hablaba de los tanques calentado motores en los cuarteles, de los prolegómenos de los enfrentamientos, con su estruendo que presagiaba la desgracia brotando por encima de los muros, de los patrulleros que cruzaban de un lado al otro el Danubio en la frontera serbo-croata, o de los barcos de la bahía de Sibenik, su lento surgir entre la bruma con la primeras luces del alba y el silencio sepulcral antes de comenzar el bombardeo de la ciudad…”.

 

Más que el catálogo de horrores de lo que se puede hacer con un ser humano, lo que espanta al lector son los preparativos, el momento antes de envilecerlo todo, como el afeitado del verdugo en su casa, con los suyos, el desayuno en familia y el momento de despedirse de la mujer y los hijos para acudir al chollo (como decimos en Galicia), después de pasarles la mano por la cabeza, afectuosamente, a los cachorros, y de besar a la esposa en los labios, un beso nada concienzudo, un beso mecánico. Ah, y la conciencia de que “no había un solo río que no hubiera arrastrado muertos”. Junto al Drina no me acordé de todo lo que debía de haberme acordado.