
“Words, words, words”
(Hamlet)
Imaginemos un espacio y un tiempo donde coexisten en forma de objetos lo ejemplar y lo corrompido, la ley y la trampa. Objetos robados u obtenidos en algún tipo de transacción ilícita junto a otros adquiridos gracias a méritos laborales premiados con la posibilidad de comprar bienes de consumo no disponibles a la población. La videocasetera traída por una tía o primo que vivía en el Norte junto a las fotos de quienes impusieron silencio, por decreto y durante casi dos décadas, sobre los nombres y el recuerdo de quienes se habían ido. Para localizar el espacio y el tiempo al que me refiero no hace falta evocar la mesa de disección a que aludiera Lautréamont, donde tenían lugar los encuentros más improbables, ni situarse en ese tiempo imaginario del “había una vez”, donde ocurren los mitos, las utopías y los cuentos, donde todo puede suceder. Muchas casas cubanas de la década de los ochenta podían reunir, en perfecta armonía, las cosas anteriormente descritas.
La extrañeza no residía solo en los espacios domésticos que contenían dichos objetos, también radicaba en la naturaleza de estos. Se trata de objetos que circularon en una sociedad sin espectáculo mercantil, o donde este se vislumbraba a lo lejos, debido la ausencia de una cultura de masas orientada al consumo. Guy Debord define la sociedad del espectáculo como “el momento en el cual la mercancía alcanza la ocupación total de la vida social”. La revolución cubana nace como un gran show televisivo, se hace por y a través de la imagen, pero la lógica del espectáculo político totalitario no responde a las mismas reglas de la sociedad del espectáculo mercantil. A pesar de que tanto el capital como la ideología que postula una sociedad sin clases se presentan, ante todo, como simulacros, las lógicas que rigen sus respectivos funcionamientos siguen siendo radicalmente diferentes. El medio, en este caso, no devora el mensaje. Los teatros que montan el capital y los regímenes comunistas no hablan un mismo lenguaje. La sociedad del espectáculo se dice de muchas maneras.
En el propio Debord se encuentra la clave para distinguir la sociedad del espectáculo mercantil de la política espectacular de los regímenes comunistas. Para Debord, en estos últimos “todo lo que se dice es todo lo que hay”. Las palabras, en los socialismos de estado, no solo anteceden cronológicamente a los objetos, sino que tienen sobre ellos una prioridad ontológica. En el principio de cada uno de esos regímenes está el verbo. Antes que ninguno de los productos de la futura industria socialista llegara a manos de la población, ya se había escuchado su eco en palabras que prometían abolir un sistema de producción y propiedad e inaugurar uno nuevo. Con palabras se prometió una abundancia solo equiparable a la de la mítica isla de Jauja, y también se usaron palabras para exigir sacrificio ante la escasez y la precariedad reinantes. Incluso, fue a través de palabras que se estipuló el valor de las cosas y su precio, antes marcados por las leyes de oferta y demanda.
¿Qué podía ver quien se acercaba a una tienda de la red de comercio minorista en la Cuba de los ochenta? Veía, sin duda, lo que tenía delante de los ojos, pero también vislumbraba todo aquello que la tienda no tenía y hubiera deseado adquirir. ¿Eran, estos objetos, mercancías –atravesados por el fetichismo y la mistificación que las singulariza, según Marx– o solo tenían valor de uso? Si algo define los objetos producidos en las sociedades comunistas es su grisura, la ausencia de la pátina de brillo, fulgor o aura que rodea a las mercancías en las sociedades de consumo. Pero este rasgo no los hace menos enigmáticos u opacos que los objetos mercantiles. El fetichismo que los define, la fantasmagoría que los acecha se genera por ocupar siempre el lugar de un objeto substituto, que se adquiere como segunda opción, a través de cuya posesión se puede tener una relación vicaria con aquello que falta, que se anhela. Al ser objetos que suplantan a otros y que permiten al deseo establecer una relación oblicua, perversa, con algo vedado o prohibido –se disfruta como apariencia aquello que no se puede gozar como realidad–, se adecúan mucho mejor a la definición de fetiche propuesta por Freud.
¿Cómo se curan, coleccionan, objetos de esa índole? ¿Qué significados adquiere la cultura material en los regímenes comunistas y cuál es su relevancia para entender ese tipo de sistemas políticos? ¿Qué importancia tuvieron los años ochenta, tanto a nivel material como político, en la revolución cubana? ¿Qué ecos dejan hoy los restos de la mayor promesa secular de emancipación –y el mayor fiasco– que experimentó la humanidad? Estas y otras interrogantes intento aclarar en la conversación que sigue con la socióloga María A. Cabrera Arús, coleccionista y estudiosa de la cultura material del socialismo cubano. Una versión más amplia de esta conversación fue publicada en el libro El eco de las cosas: los años ochenta en la colección Cuba Material, de Cabrera Arús y Xavier Tavera (Rialta, 2025).

—Todo ejercicio historiográfico suele empezar con una discusión sobre la cronología. ¿Por qué dedicar un libro a la década de los ochenta? ¿Qué importancia tiene en su trabajo, tanto como curadora como investigadora, este tipo de cortes temporales preestablecidos?
—Un repaso a la historia cubana de la segunda mitad del siglo pasado indica que muchos de los giros políticos, económicos y culturales que la distinguen coincidieron con cambios de década. Los sesenta, período que inaugura el triunfo revolucionario de 1959, estuvieron marcados por la experimentación y el voluntarismo. Sin embargo, el fracaso de la zafra de 1970, llamada Zafra de los Diez Millones, esfuerzo monumental concebido para financiar la industrialización del país, cierra esos años y da inicio a unos años setenta definidos, por un lado, por la mayor crisis económica y política de la hasta entonces corta historia revolucionaria y, por otro lado, por un período de represión y censura conocido como “quinquenio gris”, si bien se extiende a toda la década. Los setenta fueron años de “parametración” cultural e identitaria, de sovietización de la política y la economía, de cierta liberalización en el consumo y de emergencia de una clase media socialista compuesta por profesionales educados por la revolución. El éxodo del Mariel entre abril y octubre de 1980 representó un nuevo parteaguas social y político, dando paso a un nuevo período marcado por una mayor atención estatal al consumo y la calidad de los productos y servicios, la legalización del empleo y el comercio privados en algunas esferas, el auge del turismo internacional y las visitas de la comunidad exiliada en Estados Unidos, autorizadas en diciembre de 1978. Los ochenta se distinguen también por la llegada a la adultez de la llamada “generación Guillermo Tell”, jóvenes que nacieron después de 1959 y no conocieron otro sistema político que el socialismo de estado. La década cierra con la desaparición de los regímenes comunistas de Europa del Este, proceso que se inicia con el derribo del Muro de Berlín en noviembre de 1989 y que culmina con la desintegración, en 1991, de la Unión Soviética, principal aliado de Cuba, poniendo fin a la Guerra Fría. Estos eventos hunden el país en una crisis aún mayor que la de los años setenta, llamada de forma eufemística Período Especial.
—Dos grandes cambios a nivel social y simbólico inauguran estos años. Primero, los “gusanos” regresan convertidos en “mariposas”, según el decir popular con relación a los cien mil exiliados que visitaron la isla entre 1979 y 1980 cargados de productos destinados a suplir las carencias materiales de familiares y amigos, a los cuales solo tenían acceso con anterioridad miembros de la clase gobernante o trabajadores –marinos mercantes y algunos artistas– que viajaban al extranjero, lo cual pone de manifiesto el muy superior nivel de vida que los llamados “traidores y vendepatrias” disfrutaban con respecto a quienes se habían dedicado a construir el “primer territorio libre en América”. La década se inicia, además, con los sucesos de la embajada de Perú el 4 de abril de 1980, que terminan con unos 10.000 cubanos solicitando refugio y asilo en esa embajada y el posterior éxodo del Mariel. La aspiración revolucionaria de esculpir un hombre y un pueblo nuevos no había logrado, al cabo de veinte años, convertir a quienes las diatribas oficiales llamaban “lumpen”, “escoria” y “elementos antisociales”. ¿Qué impacto cree que tuvieron ambos sucesos tanto a nivel social como cultural, teniendo en cuenta, sobre todo, su influencia en la redefinición de categorías como “adentro” y “afuera” y sus respectivas codificaciones políticas “a favor” y “en contra”, “amigo” y “enemigo”?
—La metáfora de los gusanos convertidos en mariposas con que el pueblo describió el impacto causado por el regreso de la comunidad exiliada revela la transformación de la percepción de esta que tuvo lugar tras el levantamiento a fines de 1978 del veto gubernamental que impedía a quienes partían al exilio regresar a su país de origen. La ropa moderna y colorida, los productos de consumo y las anécdotas sobre la adquisición de estos que acompañaron a los exiliados en sus visitas —objetos y prácticas fuera del alcance del ciudadano cubano promedio— no solo desafiaron la caracterización de los exiliados como traidores a la patria sujetos a incontables penurias en su país de adopción, también ofreció una imagen tangible de las oportunidades y ventajas que ofrecía el capitalismo. En palabras del historiador Michael Bustamante, los “viajes de la comunidad”, como se les conoció, mostraron que “la vida de las personas de clase trabajadora que vivían en una sociedad occidental capitalista” no era tan insufrible como la pintaba el discurso oficial [en Maureen McCollum y Omar Granados, ‘Los éxodos masivos que siguieron a la revolución cubana’, Wisconsin Public Radio, 12 de octubre de 2022, https://www.wpr.org/social-issues/los-exodos-masivos-que-siguieron-la-revolucion-cubana]. Al cabo de dos décadas de sacrificio colectivo en nombre de un futuro prometido de prosperidad, los “gusanos” –nombre peyorativo con que el régimen cubano calificó a sus enemigos políticos y de clase– parecían haber accedido a dicho futuro… en Estados Unidos. No es de extrañar entonces que desde 1979 aumentaran el secuestro de embarcaciones con destino a ese país y los pedidos de asilo en embajadas en Cuba, y que, en abril de 1980, tras el retiro de los custodios de la embajada de Perú en medio de una disputa con el representante de ese gobierno a raíz del ingreso violento de seis ciudadanos cubanos en esa sede diplomática, más de 10.000 personas tomaran sus predios en menos de 24 horas. Si bien los motivos de estos y de las casi 125.000 personas que abandonaron el país durante los seis meses siguientes no pueden reducirse a las ansias de consumo, la aspiración a un mejor nivel de vida figura de manera prominente entre ellos, como refleja una de las críticas coreadas y reproducidas en pancartas durante la llamada Marcha del Pueblo Combatiente que tuvo lugar el 19 de abril de 1980 y que acusa a los potenciales migrantes de venderse “por un pitusa” o jeans. En cuanto a las fronteras que separaron el “adentro” del “afuera” en la política cubana, definidas en 1961 por Fidel Castro cuando sentenció que “dentro de la revolución, todo”, vetando cualquier gesto artístico dirigido “contra la revolución”, pero también implícitamente todo “afuera”, las visitas de la comunidad atenuaron la exclusión física y simbólica que pesaba sobre la emigración, como refleja el nuevo calificativo con que fue definida la parte de esta menos crítica al régimen cubano: “comunidad” en lugar de “escoria”, “gusanos” o “apátridas”, términos reservados para el exilio anticastrista. Además de que el “afuera” comenzó a ser percibido como un espacio de oportunidades.
—Bruno Latour, en su libro Nunca hemos sido modernos, habla de la imposibilidad de separar la esfera de los hechos de las del poder y el discurso, tal como había intentado el paradigma moderno. ¿Piensa que la historiografía sobre el periodo revolucionario en Cuba ha incurrido en un error similar? ¿Qué historia nos cuentan los objetos producidos, usados, deseados o añorados en los regímenes comunistas, que no encontramos en los discursos, las proclamas o las grandes reclusiones o movilizaciones?
—Si bien la modernidad trajo consigo la separación de la naturaleza y la sociedad, la ciencia y la política, como sostiene Latour, cuando comencé a pensar la revolución cubana como objeto de estudio, ya el nudo gordiano que une el conocimiento de las cosas con las maquinaciones del poder y la política –que la época moderna había cortado, según Latour– se había vuelto a anudar. El propio Latour proponía reensamblar lo social incorporando “actantes” tan diversos como los microbios y los picaportes de las puertas. Y el también francés Gilles Lipovetsky veía, en El imperio de lo efímero, la moda como reflejo y motor de dinámicas democráticas, entendiendo la renovación estética como ejercicio de libertad individual pese a también reproducir desigualdades. Hoy sabemos que la historia social que construyen y cuentan los objetos puede leerse tanto en los elementos del micromundo como en dinámicas de escala planetaria. En el caso de la revolución cubana, una aproximación desde la materialidad ilumina zonas más o menos oscuras, y complejiza otras ya trilladas. Mi trabajo sobre la relación entre moda y política amplía la comprensión de la constitución del poder revolucionario, antes analizado desde perspectivas que van desde la emergencia de un liderazgo carismático hasta la cooptación de demandas de origen popular, ignorando significados e imaginarios expresados en la materialidad. En un artículo que saldrá este año en Cuban Studies, así como en el manuscrito de mi libro Dressed for the Party, propongo que el poder revolucionario fue construido también a través del vestuario, incluidos los uniformes de los guerrilleros que irrumpieron en el espacio público y mediático a partir del 1 de enero de 1959, así como los de las nuevas organizaciones militares, paramilitares y de masas. En estas y otras publicaciones que abarcan temas que van desde el comercio de bienes de consumo en los años setenta hasta el diseño de la nueva moneda puesta en circulación en 1961, he abordado la construcción y el ejercicio de un poder panóptico cuyos aparatos de vigilancia y disciplinamiento descansan en parte en formas de distribución y uso de la cultura material tales como la distribución de diplomas y documentos de identidad, el reparto de estímulos materiales a los trabajadores, la persecución de identidades minoritarias identificadas por el vestuario y la construcción de imaginarios utópicos futuros. En 2021 coordiné un dossier para el Journal of Latin American Cultural Studies, Travesía, que es la primera y hasta hoy única compilación de trabajos sobre cultura material en los estudios cubanos, donde la materialidad es tratada como elemento que conecta grupos tan diversos como gremios profesionales, residentes en la Isla y exiliados, nacionales y extranjeros, Iglesia y Estado, sociedad y Estado. Los autores reunidos en ese dossier entienden la materialidad como agente en la construcción y expresión de identidades políticas, profesionales y religiosas, y herramienta de legitimación profesional, socialización, resistencia y crítica sociopolítica [ver María A. Cabrera Arús, ‘The Matter of Things: A Material Turn in Cuban Scholarship’, Journal of Latin American Cultural Studies (2021), DOI: 10.1080/13569325.2021.1948822]. El análisis de la revolución cubana desde una perspectiva material, en resumen, contribuye a explicar algunas de las formas de representación y de constitución de lo político. Una visión más holística y a la vez más íntima y tangible.
—Múltiples pensadores de los siglos XIX y XX señalaron el cambio que la economía capitalista provocó en la naturaleza de los objetos, a partir de las formas de producción, circulación, intercambio y consumo que esta impuso. Marx, por ejemplo, afirmaba en el libro I de Das Kapital que “A primera vista, una mercancía parece ser una cosa trivial, de comprensión inmediata. Su análisis demuestra que es un objeto endemoniado, rico en sutilezas metafísicas y reticencias teológicas. En cuanto valor de uso, nada de misterioso se oculta en ella, ya la consideremos desde el punto de vista de que merced a sus propiedades satisface necesidades humanas, o de que no adquiere esas propiedades sino en cuanto producto del trabajo humano. Es de claridad meridiana que el hombre, mediante su actividad, altera las formas de las materias naturales de manera que le sean útiles. Se modifica la forma de la madera, por ejemplo, cuando con ella se hace una mesa. No obstante, la mesa sigue siendo madera, una cosa ordinaria, sensible. Pero no bien entra en escena como mercancía, se trasmuta en cosa sensorialmente suprasensible. No sólo se mantiene tiesa apoyando sus patas en el suelo, sino que se pone de cabeza frente a todas las demás mercancías y de su testa de palo brotan quimeras mucho más caprichosas que si, por libre determinación, se lanzara a bailar”. ¿Cree que la economía de los regímenes comunistas, donde tanto la producción como la circulación de los productos es controlada en gran medida por el Estado, supuso un cambio sustantivo en la cultura material de esos países?
—La visión teleológica del desarrollo humano propuesta por el marxismo, la cual asocia el progreso social con el nivel de desarrollo de la base productiva, llevó a los bolcheviques, tras tomar el poder en 1917, a apostar por una industrialización acelerada que convirtiera la economía capitalista-feudal del antiguo imperio ruso en una economía socialista, que según el propio marxismo debía de ser más desarrollada incluso que la capitalista. En ese sentido, los bolcheviques fueron idealistas, pues quisieron cambiar la base económica en congruencia con la superestructura ideológica que impusieron. Para ello utilizaron, sin embargo, a falta de otra, tecnología capitalista. Ningún régimen comunista o de socialismo de estado, como también se les conoce, creó nunca una base económica nueva, diferente en términos cualitativos a la capitalista, como sí ocurrió durante las transiciones al feudalismo y el capitalismo, o como quizás estemos viviendo hoy en día con el desarrollo de la inteligencia artificial. Eso no quiere decir que los regímenes comunistas no transformaron las relaciones de producción. La estatización de la industria y el comercio eliminó la propiedad privada sobre estos, suprimió la burguesía y convirtió el Estado en único empleador, y el Partido y gobierno, en únicos representantes del proletariado. Sin embargo, la base material de la economía continuó siendo la del capitalismo, y las mercancías no fueron exorcizadas de su condición “endemoniada”, como constató la vanguardia bolchevique cuando intentó en vano producir objetos “transparentes” que revelaran las relaciones de producción que les dieron origen. Por el contrario, muchos bienes de consumo tanto en la economía formal como en la informal continuaron teniendo un valor simbólico o de cambio muy superior a su valor de uso. El carácter endemoniado que Marx endilgó a las mercancías en el capitalismo, dada su capacidad de ocultar las relaciones sociales que les daban origen, no desaparece, sino que se transmuta, en las mercancías socialistas, que esconden relaciones de producción no menos desiguales entre el Estado y la clase obrera. La interpretación guevarista del marxismo que planteó como axioma que “En los países socialistas… todo está planificado, y… si se necesita un millón de vasos se hace un millón de vasos, pero los vasos se hacen todos iguales… De tal forma que, este vaso con ser más bonito que otro no gana el mercado, porque en definitiva tienen que comprarse todos los vasos que hay, porque hay la cantidad de vasos para las necesidades de la gente”, que el propio Che Guevara adelantó en una reunión de producción cuando fungía como ministro de Industrias, resulta una falacia de la cual toda persona que haya vivido bajo un régimen de socialismo de estado puede dar fe [en Ernesto Guevara, ‘La industrialización de Cuba’, en Universidad Popular. Séptimo Ciclo: Economía y planificación, editado por C. Olivares, L. Soto, R. Anillo, R. Alarcón, and S. Fraile (La Habana: Imprenta Nacional, 1961), 52.]. Además, como sostiene la antropóloga Krisztina Fehérváry en el caso de Hungría, las propias condiciones de producción y circulación de la economía socialista conllevaron a la resignificación de los bienes de consumo en el marco de la relación Estado–sociedad, generando subjetividades políticas que evaluaron la gestión e intenciones del Estado a partir de la calidad, cantidad, presentación y disponibilidad de los productos de su industria. Desde el diseño de los bienes de consumo hasta el contenido de los mensajes publicitarios y el ambiente de los establecimientos comerciales minoristas, cuestiones ajenas al valor de uso se vieron reflejadas en la valoración no solo de los bienes de consumo y el comercio socialistas sino también del Estado y del sistema sociopolítico en general.
—¿Qué impacto tienen en la cultura material del régimen cubano las expropiaciones que tuvieron lugar al principio de la revolución, el cambio de moneda implementado en 1961 y la creación, durante los años ochenta, de casas de cambio de oro y plata por equipos electrodomésticos?
—La significación de esos eventos no puede separarse del contexto político en que tuvieron lugar. La estatización de la industria y la reforma monetaria ocurrieron poco después del triunfo de la revolución, en medio de una lucha por la hegemonía política. El primer caso debuta en medio de una lucha de fuerzas entre el naciente Estado revolucionario y Estados Unidos, todavía el más importante socio comercial del país. El segundo, en los albores de una guerra civil que se extendió por cinco años e involucró a diversos sectores que se oponían al nuevo régimen, en Cuba y el exilio. A la larga, ambas medidas permitieron al joven Estado revolucionario contrarrestar el potencial desestabilizador de las clases económicas, eliminando sus formas de reproducción y dando al traste con la relación sociedad–Estado característica del modelo democrático liberal. Para 1968, los ciudadanos cubanos eran súbditos y asalariados del Estado, siendo este el único proveedor no solo de seguridad, salud y educación, sino también de bienes y servicios. Por otra parte, la estatización de la industria y el comercio y el canje de la moneda cortaron el acceso de la oposición a formas de financiamiento internas, dejándola a merced de fondos externos, situación que luego sería explotada por la propaganda gubernamental dirigida a deslegitimar a esos actores políticos. Asimismo, ambas medidas resultaron en que objetos comunes en otros contextos, como un pitusa Levi’s, unos espejuelos de sol o un disco de Paul Anka, desaparecieran del mercado, convirtiéndose en bienes suntuarios de circulación restringida al mercado informal. En cuanto a la apertura de las llamadas “casas del oro y la plata”, casi tres décadas después de la estatización de la economía y el canje de la moneda, su incidencia directa es mucho menos generalizada, pues benefició ante todo a las familias que poseían prendas u objetos decorativos de valor, cuya venta al Estado les dio acceso a tiendas habilitadas con efectos electrodomésticos, ropa y alimentos de origen capitalista, e incluso automóviles de fabricación soviética, de gran demanda por una población cuya principal modalidad de compra era el mercado racionado, donde estos bienes no resultaban accesibles. La apertura de las “casas del oro y la plata” ha de verse, además, en el contexto del momento histórico en que tiene lugar, cuando los regímenes de socialismo de estado de Europa del Este y la Unión Soviética enfrentaban una crisis política que los llevaría en apenas dos años a desaparecer, y el gobierno cubano buscaba fuentes alternativas de divisas, incluido mediante empresas fantasmas y operaciones económicas encubiertas en Panamá y otros países. Más allá del rédito económico, que no es de dominio público, las “casas del oro y la plata” permitieron al gobierno cubano atender demandas materiales preteridas, si bien al costo de legitimar nuevas formas de privilegio. Fue así como, gracias a la riqueza acumulada en el pasado capitalista, algunas familias pudieron dar curso a ambiciones de progreso material que la revolución y el socialismo habían prometido satisfacer.
—¿No teme que tu proyecto pueda terminar siendo una variante criolla de la ostalgie?
—Desde que comencé a desarrollarla en 2012, mi colección Cuba Material, dedicada a la cultura material del espacio doméstico y la moda en Cuba entre 1959 y 1989, ha sido fuente de nostalgia. Muchas personas reconocen en determinados elementos de esta momentos entrañables de su biografía, aspecto que, lejos de temer, considero de gran valor heurístico. Sin embargo, el concepto de ostalgie u ostalgia, palabra de origen alemán que surge tras la reunificación alemana para definir la revaloración afectica por parte de los antiguos ciudadanos socialistas de determinados aspectos de la cultura material de la antigua RDA, se refiere a la nostalgia por la materialidad de regímenes de socialismo de estado que transicionaron al capitalismo. La ostalgia, en cierta medida, es consecuencia del hartazgo consumista que marcó dichas transiciones, proceso del cual Cuba estuvo y está exenta, por lo que transferir ese concepto al entorno cubano no es del todo preciso en términos epistemológicos. Cualquier forma de nostalgia que mi proyecto pueda generar pertenecería por definición a una dimensión diferente, más autobiográfica y menos reivindicativa. Por otro lado, la expresión cultural de la ostalgia suele ser traducida en explotación comercial, aspecto ausente en mi proyecto, tanto en el caso de la colección Cuba Material como del Archivo del Socialismo Cubano (ArchCuS, por sus siglas en inglés) y todos los otros productos expositivos, editoriales y académicos que he desarrollado relacionados con aquella. Además, la ostalgia se nutre de la capacidad evocativa de objetos particulares y mi proyecto se interesa por toda la cultura material; la ostalgia es un producto de la subjetividad postsocialista y mi proyecto surge en respuesta al control totalitario del archivo; la ostalgia reinterpreta la cultura material del socialismo y mi proyecto la documenta. La reivindicación política que persigue la “fiebre de archivo” que impulsa mi colección no pasa por una nueva interpretación del pasado, sino por el registro de todas las interpretaciones de este. Me interesa capturar y conservar una historia secuestrada por el poder y amenazada por el olvido.
—Se podría afirmar que la década de los ochenta termina de forma reactiva. En respuesta a la perestroika soviética, el gobierno cubano lanza el llamado “proceso de rectificación de errores y tendencias negativas”, que apela al voluntarismo y heroísmo revolucionarios de los años sesenta. El 4 de agosto de 1989, el periódico Granma responde a la glasnost con un editorial titulado ‘Una decisión inaplazable, consecuente con nuestros principios’, que explica la decisión de cancelar la circulación en la isla de las revistas soviéticas Novedades de Moscú y Sputnik, alegando que “En estas publicaciones se niega la historia anterior y se caotiza el presente […] En sus páginas se descubre la apología de la democracia burguesa como forma suprema de participación popular, así como la fascinación con el modo de vida norteamericano”. Luego, el 10 de octubre de 1991, en relación con la desintegración del bloque soviético y la inminente desaparición de la URSS, Fidel Castro afirmaba en un discurso: “Hoy nos corresponde a nosotros una responsabilidad universal. Somos el único país socialista en medio del occidente, de todo el occidente y de una parte del oriente, el único”. ¿Cómo definiría, a nivel de cultura material, la etapa que inaugura los años noventa y que se conoce como Periodo Especial? ¿Se podía vislumbrar a finales de los años ochenta lo que sucedería en la isla en estos primeros años de la década de los noventa? ¿Por qué el proyecto Cuba Material solo se extiende de 1959 a 1989?
—Mi colección responde a un interés en documentar y preservar la memoria de la vida cotidiana durante las tres décadas más peculiares de la historia de Cuba, delimitadas por un lado por el triunfo revolucionario del 1 de enero de 1959, que dio paso al alineamiento con la Unión Soviética en el mapa político de la Guerra Fría, y por otro lado por el derrumbe del Muro de Berlín en 1989 y la posterior caída de los regímenes de socialismo de estado de Europa del Este y desintegración de la URSS, que dieron paso a la crisis del Período Especial. Como todos los límites, las marcas “1959” y “1989” son un tanto arbitrarias, pues de igual modo que en términos de materialidad hay más continuidades que rupturas entre el primer año de la revolución y el precedente, el derribo del Muro de Berlín en 1989 no repercutió de forma inmediata en la cultura material del país. De hecho, hay objetos en la colección producidos o comercializados con posterioridad a esa fecha. Sin perder de vista que, como acota el filósofo Walter Benjamin, los límites temporales de toda colección tienen mucho que ver con la subjetividad del coleccionista. Sin embargo, más allá de toda continuidad, la cultura material de los años noventa se articula a partir de lógicas contrapuestas a las de los ochenta, estando determinadas por un lado por la precariedad que acompañó la crisis económica que afectó el país a partir de 1991, y por otro lado por la primacía del dólar tras la despenalización de esta moneda en 1993. Ambas dinámicas dieron lugar a nuevas formas de consumo y de acceso a este, y a una oferta de bienes que, tras desaparecer la industria socialista de Europa del Este y quedar la cubana paralizada por la crisis, perdió toda particularidad ideológica y adquirió rasgos similares a los de otros países de la región. Sobre si “se podía vislumbrar a finales de los ochenta lo que sucedería” en los noventa, ya desde la década de los sesenta varios observadores y analistas, muchos de estirpe marxista como el ingeniero y agrónomo francés René Dumont, entrevieron el fracaso del “experimento” cubano. De hecho, cada giro económico o político promovido por el liderazgo del país buscó dar solución a problemas causados por el modelo previo: el plan de industrialización trazado en 1961 dio paso al idealismo y voluntarismo de ethos agrario que caracterizó la segunda mitad de la década, el fracaso de este modelo trajo consigo la sovietización e institucionalización de los años setenta, los problemas causados por esta derivaron en el llamado al Proceso de Rectificación de Errores y Tendencias Negativas durante la segunda mitad de los años ochenta. Pero la magnitud y particularidades del “después” que fueron los noventa no creo que hubieran sido descifrables para el cubano promedio. Sin embargo, desde el presente podemos entreverlo en el eco de las cosas que atesora la colección Cuba Material.




