Marina de carbón

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La Naturaleza, madre del color, a veces se maquilla de blanco y negro. Los crepúsculos y las auroras son laboratorios cromáticos que persiguen emular pintores y fotógrafos. Esas acuarelas borrachas de ciertos cielos tempranos o tardíos, son una fuente de exuberancia o de vulgaridad, según se mire. Y aunque parezca mentira, los crepúsculos o auroras son más elegantes y sobrecogedores, cuanto más sobrios se manifiestan.

 

Este crepúsculo de carbón de la Marina de Almería está dibujado a ras del agua, desde la playa del Zapillo, balneario de la capital. La gran masa pétrea que resguarda el puerto de Almería (y que la separa de la vecina Aguadulce y de la más distante, Roquetas de Mar,) pintaba con carboncillo su silueta gris marengo. En primer término, los montecillos del faro de San Telmo relucían de puro negro. En lo alto de su cumbrecilla se apunta la presencia del faro más recóndito y misterioso de la capital.

 

El cielo lucía tanto, que a sus pies el mar se mostraba igual de blanco. La luz que trae la vida, también acaba con las esferas y las sustancias. Las 3 dimensiones se perdieron en la hora bruja de la bahía de Almería, como si fuera un cuadro recién pintado. El mar y el cielo eran vacío; la batería de montañas gravitaba en el centro.

 

No hubo rayo verde* porque las montañas lo impedían; aunque en la rada almeriense, durante unos segundos, y casi de una forma inexplicable, todo se hizo silencio calmo. Como si fuera un instante de felicidad suprema, o simplemente el final del mundo.

 

En medio de aquel pasmo, una gaviota inmensa comenzó a vislumbrarse en la lejanía. Cuanto más se acercaba, se la veía volar con la gracia y la armonía de una cigüeña; sus largas patas la hacían más misteriosa. Cuando cruzó por lo alto de nuestras aguas, descubrimos que era un flamenco rosa. Fue el rey del paisaje por unos instantes. Todo se había detenido a su paso. El flamenco (que debía dirigirse a las cercanas marismas de Cabo de Gata, donde habita toda una colonia,) emitió un disonante graznido desde lo alto -que sonó algo apocalíptico- mientras se alejaba ceremoniosamente, batiendo sus alas contra el ocaso.

 

 

*El rayo verde se produce en los 4 o 6 segundos siguientes, a que el sol desaparezca por el horizonte; queda suspendido en el aire, y es una experiencia mucho más reveladora que el título de una película francesa. Faba cazó el suyo nada más ni nada menos que en la Torre de Hércules, en La Coruña, muy cerca del Finis Terrae.

 

 

Marina de Almería. Ocaso.

Gabriel Faba. Verano de 2007.

Lápiz de punta de plomo y

Carboncillo, sobre papel GVARRO.

16 X 12 cms.