Mayéutica 2.0 (3): Una lectura, en clave lacaniana, de Canta la hierba

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Jacques Lacan reconocía «al verdadero arte poético, la capacidad de hacer soportable lo repugnante y desagradable» y creía que «lo bello, para preservar su fuerza estética, debe estar en relación con lo real; la belleza es un velo apolíneo que debe hacer presentir el caos dionisiaco que pulsa en ella»*. Y es esto precisamente lo que hace la premio Nobel de literatura Doris Lessing a través del lirismo narrativo de Canta la hierba (su primera novela publicada en 1950) y del brillo de Mary Turner, su protagonista, brutalmente asesinada a manos de Moses, su criado negro (no es un libro apto para quien deteste los spoilers, ya que el dramático final se anuncia en el mismísimo inicio).

El relato se desarrolla en Rodesia, en una época en el que la población negra vivía prácticamente en la servidumbre y las mujeres lo hacían bajo la sombra de los hombres, en un país vasto y salvaje donde «la ira, la violencia, la muerte parecían naturales». Intentemos pues desentrañar los mecanismos que hacen operar dicha tragedia, atravesada por el racismo y el machismo del momento, ayudados por otra parte por la lectura que Lacan hizo de la Antígona de Sófocles.

Portada del año 1952 de la edición estadounidense de Canta la hierba: The Grass is Singing, Paperback 804 Bantam 1045. La ilustración deja intuir el destino de su protagonista.

El contexto histórico-cultural

Los afrikáneres eran (y aún son) un pueblo del sur de África de espíritu mesiánico y una tradición racista que solía vivir en granjas con extensos terrenos dedicados a la agricultura y la ganadería. Mary Turner formaba parte de esa sociedad. Era una joven blanca que se crio en una zona rural, marcada por una infancia de privaciones en la que vio fallecer a dos hermanos, y en la que adoró a su abnegada madre y aborreció a su alcohólico e indolente padre. Ambos morirían más tarde, cuando Mary, ya en la veintena, se había trasladado a la ciudad para vivir, independiente y sin compromiso, «la existencia cómoda y despreocupada de una joven soltera en Suráfrica» que «ignoraba lo afortunada que era». Sin embargo, a ojos de sus conciudadanos, ese era un modo de vivir inaceptable para una mujer. Presionada por la sociedad, Mary no tuvo más remedio que disponerse a encontrar un marido. Y finalmente se casó con Dick Turner, un granjero incompetente con el que se instaló en una pequeña casa en la soledad maciza del veld sudafricano, donde ambos vivían aislados del resto de la comunidad blanca (hecho importante que discutiremos más adelante).

Tiempo después, convertida en ama de casa, desconectada de un marido perdido a diario en el trabajo del campo, e inundada por una desidia paralizante y depresiva, fue salvajemente asesinada por Moses, un nativo que trabajaba como su sirviente doméstico: «Mary vio por encima del brazo que mantenía su cabeza apretada contra la pared, que la otra mano descendía con rapidez. Las piernas se le doblaron y el rayo saltó de la oscuridad y centelleó en el acero que se hundía. Moses la soltó, y ella se desplomó». Pero, ¿por qué Mary salió de su casa, fuera del refugio de sus paredes y del de su marido, para ir al encuentro de Moses? ¿Cómo es que Mary ya había predicho una muerte que le resultaba inevitable de modo que ella misma «se sentía como en el interior de un túnel oscuro que la conducía a un desenlace fatal, algo que no acertaba a imaginar, pero que la esperaba de forma inexorable e irreversible»?

Para responder a esas preguntas es preciso entender primero la visión que la comunidad blanca tenía de Mary y de su marido: «los habitantes del distrito trataban a los Turner con el espíritu de compañerismo que constituye la primera regla de la sociedad surafricana pero que los propios Turner despreciaban. Al parecer, no reconocían la necesidad de guardar un espíritu de compañerismo, y ahí derivaba su impopularidad». Hasta tal punto llegaba esa antipatía que «sentían una sutil pero fiera indignación contra Mary, como si fuera un ser desagradable e impuro que se había ganado que lo mataran». Un desprecio que partía no desde la indiferencia sino desde todo lo contrario porque «¿a quién iba a concernir más que a los agricultores blancos el hecho de que una insensata se dejara asesinar por un nativo por razones que la gente imaginaba, pero no mencionaba jamás? Estaban en juego su subsistencia, sus esposas y familias, su modo de vida». ¿Fue entonces Mary asesinada o se dejó asesinar? ¿Qué razones eran esas que no se podían siquiera pronunciar? Lacan decía sobre Antígona: «se arrastra por una pasión y trataremos de saber de qué pasión se trata». Haremos lo mismo con Mary.

La concurrencia del machismo y el racismo en Mary Turner

Por un lado, Mary creció en una sociedad patriarcal, inundada por la influencia de su madre, de la que heredó, tal y como se dice en la novela, un «feminismo árido». Pero esa no fue la única herencia recibida porque Mary detestaba a su marido y su propia condición de cónyuge, al igual que su madre, a la que recordaba «cada vez más con mayor frecuencia como una réplica mayor e irónica de sí misma», siguiendo así «el curso marcado inexorablemente por su educación». Y ese curso era el de una esposa resignada, triste y apática que se encontraba presa en su mundo. Así, cuando Mary se casó y se encontró sin nada que hacer en una claustrofóbica y solitaria cabaña rural, cayó «en la cuenta de que todo lo que a sus ojos era pobre y patético, para él representaba una victoria sobre su incomodidad y, lentamente, se apoderó de ella la sensación de que en realidad no se hallaba en esa casa, con su marido, sino otra vez con su madre, presenciando sus interminables desvelos por ahorrar, remendar, zurcir…». Pero Mary no solo despreciaba a su marido, sino a los hombres en general, de los que le repelía el contacto físico y no sentía la mínima atracción. De hecho, pensaba el sexo como un mal necesario para encontrar pareja del que era imposible evadirse. La escena en que tiene por primera vez una relación sexual con su marido es indicativa de sus sentimientos: «Mary decidió, cuando todo hubo terminado, que a fin de cuentas, no era tan horrible como había supuesto. No había significado nada para ella, absolutamente nada».

Por otra parte aparece el «problema negro», que se le hace del todo explícito cuando tiene que actuar por primera vez como ama ante los nativos. Hasta entonces les había tenido, como otras mujeres blancas, un temor intenso y visceral ya que, como le había contado su madre cuando era niña, «eran malos y deseaban hacerle cosas horribles». Y con este legado, sus sentimientos se proyectaron desde el rencor y la cólera que sentía por Dick hacia los nativos negros a los que, simplemente, no consideraba humanos. Frantz Fanon nos puede ayudar a comprender esa visión cuando habla  de la mirada del colono, porque esta «termina por crear su objeto mismo, por fijarlo y destruirlo o, inclusive, por restituirlo al mundo, pero bajo el signo de la desfiguración o, al menos, de otro-yo, un yo-objeto». Mary nunca pensaba en «los nativos como en seres que necesitasen comer o dormir» y los trataba de una manera especialmente cruel y déspota, en un desprecio que crecía en ella como una mancha tóxica (la sola visión de los negros, de su piel, le provocaba náuseas). Hasta el momento en que Moses comenzó a trabajar para ella (antes que él, los estallidos de Mary contra sus criados hicieron que todos la abandonaran) y esas consideraciones sufrieron una turbia mutación.

En cuanto al propio Moses, ella ya se había cruzado con él en las plantaciones, donde llegó a propinarle un latigazo en la cara por considerarlo un salvaje insolente. Sin embargo, al comenzar a trabajar en su casa, «ella lo observaba, muy quieta, mientras él trabajaba. La fascinaba su cuerpo macizo y atlético […], los músculos le abultaban la fina tela de las mangas, que parecían a punto de reventar». Y es que, como dice Achille Mbembe respecto a la lógica de raza, «estas dos categorías, amo y esclavo, estuvieron marcadas por la ambivalencia de la repulsión, del encanto atroz y del goce perverso». Así, raza y racismo, a lo que añadimos género y machismo, «forman parte de procesos fundamentales del inconsciente. En esto, se relacionan con las dificultades del deseo humano: apetitos, afectos, pasiones y temores. Es una operación imaginaria, el punto de encuentro con la parte de la sombra y las regiones oscuras del subconsciente». Y en esa encrucijada se encontraban Mary y Moses.

Ejemplar de Canta la Hierba. B de bolsillo (Ediciones B), 2007. Traducción a cargo de Pilar Giralt. Esta portada es la que mejor ilustra ese «velo apolíneo que debe hacer presentir el caos dionisiaco que pulsa en ella».

Mary Turner «entre-dos-muertes»

Esa confluencia se hace evidente en el que es, desde mi punto de vista, el acto principal de la novela (una muestra, a su vez, de la potencia y el esplendor hipnótico de la literatura de Lessing) y que no es precisamente el momento del asesinato de Mary, sino aquel en el que Tony, un trabajador blanco de la casa de los Turner, se encontró con la siguiente estampa:

«La cortina que separaba la sala del dormitorio estaba descorrida, y la sorpresa que ante lo que vio paralizó a Tony. Mary se encontraba sentada sobre una caja de velas invertida ante un espejo clavado en la pared. Iba vestida con una enagua de color rosa subido que contrastaba con la palidez de los hombros huesudos. A su lado estaba Moses y, mientras Tony los observaba, ella se levantó y estiró los brazos para que el nativo le pusiera el vestido desde atrás. Entonces se sentó de nuevo y se ahuecó el cabello de la nuca con ambas manos, con el gesto de una mujer hermosa enamorada de su belleza. Posó los ojos en el espejo mientras Moses le abrochaba el vestido. El nativo se comportaba con indulgente complacencia. Cuando hubo terminado, se apartó y contempló a Mary, que se cepillaba el pelo” -Gracias, Moses-dijo ella en voz alta e imperiosa. Entonces dio media vuelta y añadió en tono íntimo-: Será mejor que te vayas ahora. El amo no tardará en llegar”».

Trasladando hasta Mary y Moses lo que dice Lacan respecto a Antígona, y entendiendo la figura de Tony como el coro de una tragedia que representa la comunidad blanca, esta situación está caracterizada por «personajes situados de entrada en una zona límite, entre la vida y la muerte», porque «las dos instancias (la fuerza de la vida y la potencia que procura el saber de la muerte) no están separadas». Además, en relación a la figura de Mary, podemos decir que «más allá de los diálogos, más allá de la familia y de la patria, más allá de los desarrollos moralizantes, es ella quien nos fascina, con su brillo insoportable, con lo que tiene, que nos retiene y que a la vez nos veda en el sentido de que nos intimida; en lo que tiene de desconcertante esta víctima tan terriblemente voluntaria». Porque esa escena delante del espejo «tiene una función singular en el efecto de la tragedia. En el atravesamiento de esa zona el rayo del deseo a la vez se refleja y se refracta, culminando al brindarnos ese efecto tan singular, que es el más profundo, el efecto de lo bello sobre el deseo».

Ese rayo del deseo ilumina al lector, pero también cegó a Moses. Y de ese modo, nos muestra «la suerte de una vida que se confundirá con la muerte segura, muerte vivida de manera anticipada, muerte insinuándose en el dominio de la vida, vida insinuándose en la muerte. […] Su suplicio consistirá en estar encerrada, suspendida, en la zona entre la vida y la muerte. Sin estar aún muerta, ya está tachada del mundo de los vivos. Solamente a partir de ahí se desarrolla su queja, a saber, el lamento de la vida». Nos enseña también el aislamiento asfixiante en el que había caído Mary, crucial también para entenderla en la línea en que Lacan considera al héroe de la tragedia, ese quien «participa siempre del aislamiento, está siempre fuera de los límites, siempre a la vanguardia, y arrancado de la estructura en algún punto». Ahí podemos ver a una Mary exhausta y arrancada de esa estructura, situada en esa zona límite entre la vida y la muerte donde se clavan los ojos de Tony, de Moses y los suyos propios, donde Mary no solo ha descubierto el deseo hacia los hombres, sino el deseo hacia un hombre negro.

En ese juego de miradas también es esencial, cómo no, la figura de Moses, sin la que es imposible explicar la posición de Mary. Como dice Mbembe: «Vanidad, venalidad y codicia constituyen las tres manifestaciones privilegiadas de esta posición de servidumbre frente al amo y al culto de potentado. En consecuencia, un prolongado deseo se vuelve necesario para gozar de estos bienes novedosos o de la promesa de ciudadanía. La posibilidad de la satisfacción efectiva de deseos desconocidos es continuamente aplazada». Pero Moses no la aplazará para siempre y acabará asesinando a Mary ya que, en palabras de Lacan, «mediante el crimen, el hombre tiene el poder de liberar a la naturaleza de la cadena de sus propias leyes. Pues sus propias leyes son cadenas».

En cuanto a Tony su función es la de representar a esa «civilización blanca», la cual, como se especifica en la novela, «jamás, jamás, tolerará que una persona blanca, y en particular, una mujer blanca, mantenga un trato humano, para bien o para mal, con una persona negra». Aquí volvemos a Lacan, para entender que «en la medida en que la comunidad se rehúsa a ello, Antígona debe hacer el sacrificio de su ser para el mantenimiento de ese ser esencial que es la Até familiar-motivo, eje verdadero, alrededor del cual gira esta tragedia». En el caso de Mary, a la Até familiar, se une la Até social.

Una de las ediciones británicas de la novela: The Grass is Singing, Ace Books, 1957. La ilustración refleja esa tierra de nadie entre su marido y su criado, en la que terminará habitando Mary Turner.

La Até de Mary Turner

Lacan, en su lectura de Antígona, se centró en un término como la Até, que es un extravío, una calamidad, una fatalidad. Y es hacia ese lugar insoportable donde, según él, se dirigía Antígona. Pero también Mary, quien, como esa legendaria figura, «apunta al más allá de la Até» vinculándose «con un comienzo y con una cadena». En cuanto a Mary es el mismo destino errático y opresivo de su difunta madre, al que se le suma ese otro dramático de aquellas mujeres blancas que, fuera de las normas dictadas, se dejaron llevar por la atracción hacia el hombre negro. Porque, tal y como pensaban los conciudadanos de Mary, «tarde o temprano, de un modo u otro, los Turner habrían caído igualmente víctimas de la fatalidad». Y en este punto, nos dice Lacan, «ninguna mediación es aquí posible, salvo ese deseo, su carácter radicalmente destructivo».

Ese deseo había hecho que, llegado el momento de morir, Mary sintiera que «no había nada nuevo, ni siquiera en su muerte; todo aquello le era familiar, incluso la conciencia de inevitabilidad». Porque Mary ya había asimilado que «es terrible destruir la imagen que una persona guarda de sí misma en aras de la verdad o cualquier otra abstracción. ¿Qué nos garantiza que será capaz de crear otra que le permita seguir viviendo?». Para Mary era demasiado tarde para crear esa otra imagen y para la comunidad era insoportable ver en lo que se había convertido, descorrer el velo que esconde la verdad y observar lo que intuía a través de sus ojos y los de Mary, mediante esa mirada colonial que, según Mbembe, es «o bien un deseo de objetivación o anulación, o bien un deseo incestuoso, o un deseo de posesión, e inclusive, de violación».

Por tanto, Mary caminó hacia su Até familiar y hacia su Até social, «la Até que depende del Otro, del campo del Otro», que viene a representar, como señala Sonia Arribas, «una cuestión simbólica:el peso que tienen la ley y la estructura simbólica sobre los sujetos. Lacan también lo llama “el orden de la ley”, el “horizonte determinado por una relación estructural”».

Nota final

Dice Lacan que «es importante no comprender para comprender», que «para aproximarse a la obra de arte no conviene comprender a partir de los propios prejuicios, ni a partir del sentido que uno le impone a la obra». Pero quizá, sea exactamente lo contrario y sea preciso comprender para no comprender. Porque una vez analizadas esas razones que llevaron a Mary hasta la muerte, esas fuerzas ineludibles que la situaron en ese lugar entre la vida y la muerte, todo resulte más sencillo de explicar de lo que hemos pretendido. Y, tal que Antígona, Mary sea esa heroína trágica que representa la individualidad absoluta y que no se justifica más que por su propio deseo, hasta llevar al límite de la realización «lo que se puede llamar el deseo puro, el puro y simple deseo de muerte como tal. Ella encarna ese deseo».

 

* Las dos primeras citas pertenecen al libro de Massimo Recalcati Las tres estéticas de Lacan (Psicoanálisis y arte). Ediciones del Cifrado, 2006. El resto de citas de Lacan han sido sacadas de El seminario. Libro 7: la ética del psicoanálisis (1959-1960). Paidós Ibérica, 1990. En cuanto a Fanon y Mbembe, las citas provienen del libro de Mbembe Crítica de la Razón negra. Ensayo sobre el racismo contemporáneo. Nuevos emprendimientos editoriales, 2016. En cuanto a los de la novela, vienen de la edición en castellano de Canta la Hierba. B de bolsillo (Ediciones B), 2007, traducida por Pilar Giralt.

 

Rosauro Varo Cobos. Cordobés nacido en 1982, es pediatra, investigador y cooperante. Ha ejercido su profesión en países como India, Perú, Costa Rica, Sudáfrica, Malawi, República Centroafricana o Mozambique. También es Doctor en Medicina en la línea de Salud internacional por la Universidad de Barcelona. Ha realizado el Máster en Creación Literaria de la Universidad Pompeu Fabra, donde ahora cursa el Máster en Estudios Comparativos de Literatura, Arte y Pensamiento. En su ciudad natal fue cofundador de la revista literaria Café con Letras y de las tertulias del mismo nombre. Ha publicado diferentes artículos y cuentos en medios locales y nacionales (tales como Granta o Mercurio), y colabora escribiendo reseñas literarias con Revista de Letras. Ha publicado un libro de cuentos titulado El embudo (Andrómina, 2014) y una novela, Plagio (Ediciones en Huida, 2018).

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