Mayéutica 2.0 (5): El amanecer del hombre y su posible crepúsculo

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¿Puede resumir la transición entre el vuelo de un hueso y el de una nave espacial la sustancia de lo que es el ser humano? La pregunta así enunciada, parece cuanto menos pretenciosa e imposible de responder (su propia formulación ya parece una quimera). Sin embargo, en 2001: Odisea en el espacio, Stanley Kubrick se atreve a proponer tanto la pregunta como una probable respuesta: su idea de que la tecnología es algo consubstancial al ser humano. De hecho, sería aquello que ha llevado lo ha llevado a ser lo que reconocemos como tal.

Con esta película, Kubrick quería crear una experiencia visual más allá de la limitación de las palabras, hasta penetrar «en el subconsciente con un contenido emocional y filosófico». Y el director entendía que el proceso por el cual un primate le da un sentido diferente a un hueso, al que de pronto identifica como un arma, es similar al que ha llevado al hombre y a la mujer, entre otras cosas, a navegar por el espacio. Y a modificar en el camino la naturaleza para acaparar sus elementos y convertirlos en una extensión de lo que somos. Kubrick traza en el corte de esas secuencias una historia de la evolución humana, en lo que algunos han calificado como «la elipsis más larga de la historia del cine» y quizás, de la historia del arte.

De ese modo, El amanecer del hombre no es otra cosa que el despertar de su consciencia y con ello de sus facultades técnicas, pero también de su capacidad de destrucción. Los primates, que de repente adquieren su naturaleza humana, ahora son capaces de luchar por sus recursos y su supervivencia, ya sea matando animales o aniquilando individuos de su propia especie. Es difícil saber hasta qué punto Kubrick pretendía que fuera también una metáfora, una advertencia o una premonición de lo que el hombre puede hacer con su entorno, y de su responsabilidad ética en la conservación de su especie y su planeta. En cualquier caso, podemos permitirnos nosotros esa licencia (y que sea tanto una metáfora, una advertencia y una premonición), en un momento en que el hombre exprime los recursos con un ritmo insostenible para el futuro de la naturaleza y de su propio bienestar; en lo que viene a ser un ejercicio desmesurado de violencia desde su posición de poder.

De hecho, en la filmografía de Kubrick, la violencia y el ejercicio del poder fue un constante. Reflexionando sobre La naranja mecánica, Kubrick se preguntaba si un hombre privado de ejercer el mal, puede ser un hombre bueno. Y si pierde la capacidad de serlo, ¿sería posible entonces ser un hombre? Parece que Kubrick nos señala también la violencia y la opción de ejercerla como algo intrínseco a nuestra idiosincrasia. Por tanto, si la historia del hombre es la historia de la tecnología, también lo es a su vez la de la violencia y su destrucción. El tránsito que traza Kubrick en el devenir de la humanidad es el de caminos entrecruzados entre todos ellos.

¿Desembocarán en la creación de una nueva conciencia humana? ¿O terminarán con la aniquilación del mundo tal y como lo conocemos? En 2001: Odisea del espacio, parece que ambas posibilidades estén contempladas.

Rosauro Varo Cobos. Cordobés nacido en 1982, es pediatra, investigador y cooperante. Ha ejercido su profesión en países como India, Perú, Costa Rica, Sudáfrica, Malawi, República Centroafricana o Mozambique. También es Doctor en Medicina en la línea de Salud internacional por la Universidad de Barcelona. Ha realizado el Máster en Creación Literaria de la Universidad Pompeu Fabra, donde ahora cursa el Máster en Estudios Comparativos de Literatura, Arte y Pensamiento. En su ciudad natal fue cofundador de la revista literaria Café con Letras y de las tertulias del mismo nombre. Ha publicado diferentes artículos y cuentos en medios locales y nacionales (tales como Granta o Mercurio), y colabora escribiendo reseñas literarias con Revista de Letras. Ha publicado un libro de cuentos titulado El embudo (Andrómina, 2014) y una novela, Plagio (Ediciones en Huida, 2018).

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