¿Me llamará Serge González Rodríguez alguna vez?

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para Juan Villoro

Pasó el 3 de abril y ese día atenté, muy en serio, contra mi vida.

Sin preocuparme ante el riesgo de contraer Covid-19, me fui a parar un rato a la esquina de Madero e Isabel La Católica —sí, así se sigue llamando esa calle en esta mega-urbe que vive de espaldas a los reclamos idiotas del gobierno actual a su majestad Felipe VI rey de España por la invasión, conquista, ocupación, despojo, pillaje civilizacional más lo que ustedes gusten allá en el año 1521. Digamos que fueron casi veinte minutos, durante los cuales debí de haberme rozado con unas cincuenta cabezas de ganado en promedio por minuto. Estoy hablando del Centro Histórico de lo que algunos todavía llamamos, más por costumbre que por nostalgia, el Distrito Federal, el Défe, la Capirucha, la Mujer Barbuda, el Monster o Mostro de las Mil Cabezas. Estoy hablando de la avenida Madero, una calle que es lo mismo un andador peatonal, un baño público, que un vagón de tren cósmico en el cual viajan, dice el mito, a más de 350 mil alegres y atribuladas almas en promedio cada día.

Confieso que ahí andaba yo el 3 de abril, sábado para más señas y mayor alarma o menor sentido de la auto-preservación, metido hasta los dientes en esa pileta rellena de carne humana: no voy a decir que infecta pero sí contagiosa in extremis.

No llevaba puesto el lamentable traje de astronauta que visto cada vez que llega Halloween, pero con gafas oscuras, gorra de beisbol, el obligado cubrebocas KN95, bata y guantes de cirujano, me temo que si nos hubiéramos vuelto a encontrar, pues ese fue el punto exacto donde nos despedimos una tarde de domingo hace unos 6 años, mi amigo y hermano Sergio González Rodríguez —el Serge, como le decíamos quienes lo queríamos y seguimos extrañando como perros abandonados—, quizá ni siquiera me habría reconocido.

De hecho, casi estoy seguro que habría burlado hábilmente mi paso, no se diga cualquier intento de saludo, entre consternado y exaltado ante la visión de fin de mundo con que hemos contemplado los últimos 13 meses de nuestras epidémicas vidas. Porque sí, Serge era, por encima de todo —por encima incluso de ser un escritor implacable y temible, un lector provechosamente voraz, un bromista y un conversador maratónico—, un tipo muy valiente.

Si no se doblegó ante los matones que le propinaron una golpiza cuando, those were the days, comenzó a publicar a finales de los años noventa los primeros reportajes sobre las muertas de Ciudad Juárez y que finalizarían en el primer relato periodístico acerca del macabro e irresuelto tema cuyo título sigue siendo más que vigente, Huesos en el desierto, el apocalíptico escenario de una pandemia que azota con fuerza a la ciudad de la cual se desconoce el número de habitantes que la pueblan, semejante escenificación de la catástrofe apenas le habrían arrancado una carcajada y el comentario que solía descargar sobre figuras tales como políticos, periodistas de confiabilidad dudosa y otras cabecitas huecas: ahí se los dejo de tarea.

Años antes de ese último abrazo, en ese lejano precámbrico en que era posible reunirse en una cantina y arrellanarse alrededor de una mesa no menos de seis a siete horas continuas, en una era anterior a la práctica del idiotismo sin filtros consistente en juntar a un grupo de gente para sumergirse cada quien en la pantalla de su teléfono móvil, mis brothers mayores Juan Villoro, Serge y yo mismo solíamos convocar una vez al mes a una gran comilona, situ La Coyoacana en la calle de la Higuera, barrio de La Concepción, allá, aquí cerca en Coyoacán.

El menú, mexicanísimo, y los tragos, escoceses, rara vez cambiaban, pero en cada ocasión desfilaban, al parejo de un puñado fijo de amigos, invitados que se animaban a alternar con la tribu: escritores y poetas, editores, periodistas, funcionarios y uno que otro político con los sesos colocados donde Darwin dijo que deben ir, diletantes de procedencia varia, comentocratas y académicos de aquel instituto, de aquel colegio, de aquella universidad y quienes en realidad solían ser el plato preferido en aquellas hecatombes, pues deleitaban a la concurrencia con prolongadas cátedras dedicadas al sabroso arte del chisme y la intriga profesoral, la cual, créanmelo, llegaba a niveles carniceros y letales que pocas veces he presenciado en otros ámbitos, incluido el correspondiente a diputados y senadores de la República, esos engominados y solemnes personajes de sonrisa zafia y trajes mal cortados que a la fecha siguen residiendo en las cloacas de la apreciación pública nacional, ese bajo mundo, créanmelo que, a mi pesar o quizás a favor de mi experiencia de vida, conozco como pocos colegas escritores.

No era inusual que un pequeño comité y Serge prolongáramos esos convites en noches que estirábamos al máximo en algún bar confortable y concurrido, preferably by the ladies, con más conversación acerca de todo y nada, más chismorreo, más bromas, más vida. El servicio de Uber existía, como en su tiempo el internet, exclusivamente en los corredores del Pentágono, no en las calles de esta ciudad. En incontables ocasiones vi a Serge plantarse bajo la acera y detener a un taxi tan tenebroso como la alta madrugada o como se diga, así, cuando todo mundo se hallaba un poco extraviado entre las cenizas restantes del día y de la noche que desde horas antes se habían cernido sobre nuestras despeinadas cabezas. Sí, en esos años todos teníamos más cabello, eso ni dudarlo. Y así se iba y desaparecía en medio de la oscuridad, el temerario y cabronazo de Serge, con el mismo sentido de seguridad y tranquilidad con que uno aborda un servicio de taxi en Copenhague o Estocolmo, mientras que los demás temíamos que la intimidante y blindada camioneta Hummer estacionada a unos metros se echara a andar y nos rociara con una dulce ráfaga de metralla.

No olviden que fue Roberto Bolaño quien, al día siguiente de recibirlo en su casa de Blanes, escribió: “si alguna vez me encuentro en una situación jodida sería una garantía tener a Sergio González Rodríguez a mi lado.”

Y sí, tener cerca a Serge, ya fuera con su presencia o al recibir un correo o una llamada suya, era siempre e invariablemente una garantía. ¿De qué? De muchas cosas. Incluso ausente algunos de sus amigos seguimos invocando esa garantía, estemos o no en situaciones jodidas. No estoy al tanto, quienes me conocen saben que jamás me detengo en la mesa de novedades de las librerías, menos ahora, pero de manera coincidente Juan Villoro y yo dedicamos los libros que cada uno publicó en el año 2018 a la memoria de Sergio González Rodríguez.

De regreso al ojo del huracán pandémico en pleno Centro Histórico, en sábado para mayor agravio a la salud que precaria que a toda costa intento conservar, ahí parado como idiota, expuesto al contagio del SARS-CoV-2, recordé con una claridad que mi memoria no me suele ofrecer a manos llenas ni vacías, a Serge despidiéndose de mí con un apretado abrazo, a las puertas de una tienda de DVDs y discos compactos, rodeados en ese mismo instante por el descomunal remolino humano que arrasa con las suelas de sus zapatos, botas, huaraches y pies descalzos, las losas color deterioro que recubren la superficie de ese súper túnel del tiempo que es la avenida Madero.

No revelo ni descubro nada si afirmo que hay imágenes que se fijan y se incrustan en el recuerdo bajo la indescifrable forma de un sentimiento. Quizá a eso fui a pararme en la esquina de Madero e Isabel La Católica el pasado sábado 3 de abril, no para buscar personajes en el engañoso teatro de la memoria, sino para bucear en el pozo insondable de los sentimientos. Quizá buscaba recuperar lo mismo el gozo de rendirle un mínimo —algunos sinvergüenzas le llamarían ridículo— homenaje al amigo y hermano que ya no está y sigue estando, tal como lo vi partir entre la muchedumbre, luego de un mediodía y tarde de domingo que fatigamos juntos desde el primero hasta el último minuto.

Yo llevaba un tiempo fuera del país. Estaba en la ciudad, en el Mostro, para cumplir con un par de compromisos, incluida la presentación, ese mismo día de domingo, de un libro sobre Octavio Paz de Ángel Gilberto Adame en la sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes, junto con Teodoro González de León y Arnaldo Coen.

Hablo de un mundo perdido. Hacía tiempo que ahí se alojaban mentes cerradas y cerriles, pero el diario La Jornada todavía se daba el lujo de dedicarle una nota decente a la presentación de un libro acerca de Octavio Paz. Hablo por lo tanto de un mundo que no debe ser confundido con el parque jurásico de nuestra actual política inusitadamente pedestre, selvática y salvajemente antidemocrática.

El asunto es que terminó la presentación, me despedí a las carreras de Gilberto, de Teodoro —en su caso, ya con una salud menguante, predeciblemente por última vez—, de Arnaldo y de algún par de sombras ahora imposibles de recordar. Salí pitando del versallesco Palacio para encontrarme con Serge en la planta baja de un edificio restaurado en la calle de Isabel La Católica que aloja lo mismo un hotel que algunas boutiques y un par de restaurantes que hoy llamaríamos de excesivo “poseo”, de ver y ser visto, pues.

Serge había tomado la precaución de llegar antes. Ya se sabe que en el mundo anterior a la pandemia, en domingo los restaurantes del entonces Distrito Federal solían llenarse como vagones del metro a las ocho de la mañana en cualquier día de la semana. Creo la nuestra era la única mesa ocupada por sólo dos comensales; aquello era un circo estridente y súper-poblado, lindas gacelas, cachorros inquietos y desesperantes, panteras despampanantes al punto del infarto, guacamayas incontinentes, hienas e incansables tiburanazos, incluso en domingo, de las relaciones públicas.

En medio de semejante fauna farandulera, Serge y yo comimos y conversamos a cuerpo de rey. Metidos en nuestros temas, no nos privamos en absoluto, eso era parte de habernos reunido en aquel congal, del espectáculo que se desarrollaba en torno a nosotros. Incluso ya pasadas un buen par de horas, a la hora de los digestivos, el café y los postres, ocurrió algo que no era extraño cuando uno se sentaba a comer o cenar con Serge, el escritor, ensayista y cronista tan temido por los poderes de toda laya. Casi de rodillas y como pidiendo perdón, se acercó a la mesa el entonces secretario de Educación, un funcionario todavía joven considerando que ya había sido gobernador de su estado, embajador en Chile y poderoso jefe de relaciones públicas del presidente Salinas de Gortari allá en el año del caldo. Perdón por la interrupción, dijo la fiera amansada, cómo están, ¿tú eres Sergio González Rodríguez, verdad? Es que te reconocí desde hace rato y hace años nos conocimos y pues aquí nada más, pasando a saludar.

Me llamó la atención el modo entre extremadamente cortés, casi sumiso y a la vez ladino con que el poderoso secretario de Educación se dirigió a Serge. Pero más me sorprendió la reacción de mi querido hermano, una combinación de confusión, cómo diciendo: y este pobre señor quién demonios es, qué hace aquí hincado, nos va a espantar a las chicas, y el natural y colmilludo capotazo con que le dio salida al espécimen en cuestión. Ah sí, cómo no, qué gusto verte eh, tantos años, sí, respondió Serge cortando amablemente pero de un limpio machetazo la mínima posibilidad de que aquel saludo durara más de treinta segundos.

El astuto sobreviviente de la sangrienta lidia política pasó a retirarse y regresó a su mesa, donde lo acompañaban dos guapas señoras. Míralas, dijo por lo bajo Serge. Creo que esa, la del peinado tal, es su esposa, dije yo. Bueno, ¿y quién es ese caballero?, no lo recuerdo. Serge, es Menganito, el secretario de tal y cual, aquel que trabajó con Salinas. ¡Ah, pues ya vámonos y se los dejamos de tarea a la concurrencia, hermanito!, respondió Serge mientras levantaba la mano para empezar el tortuoso trámite que implica pedir la cuenta en cualquier restaurante de la ciudad de México, sea bueno, regular o pésimo.

Eran los tiempos posteriores al Premio Anagrama de Ensayo por Campo de guerra en que, creo, es una muy personal teoría, Serge escribía y publicaba libros y reportajes una vez más, como en el caso de las muertas de Juárez, señaladamente incómodos para los nefastos personajes de siempre. Me refiero, desde luego, a Los 43 de Iguala y a El robo del siglo, este último una novela política sin ficción en la que su autor revelaba la trama de corrupción y complicidad del empresario chino Zhenli Ye Gon con el poder político y que luego de leerla, consideré pertinente advertirle a Serge tener cuidado, tomar precauciones. Esto tampoco lo olvidaré. Me miró como diciéndome: ¿Que qué, brother? ¿Quieres que te lo deje de tarea?

Caminamos un par de cuadras para estirar las piernas y respirar los millones de bacterias y microbios que flotan en estado semi-sólido en las calles del Centro Histórico. Yo tenía que seguir mi camino al aeropuerto esa misma noche para regresar al país donde entonces residía. Nos detuvimos en la esquina ya referida, nos metimos un momento a la tienda de DVDs y discos compactos de la cual también ya hablé, cada quien compró algo, no recuerdo qué, pero jamás olvidaré ni los abrazos ni las palabras, trágicamente de despedida, de Serge: bueno brother, no extrañes nada ni a nadie, nos vemos. Así me dijo, el Serge, cabrón querido: nos vemos. Solamente que no me precisó en donde pasaría u ocurrirá eso.

Al parejo de destapar la cloaca de los grandes dineros del narco y arrojar luz sobre sus vasos comunicantes con importantes personajes de la política mexicana, Serge se mantuvo escribiendo en secreto un par de libros personalísimos, nada que ver con asuntos truculentos ni públicos, que se publicaron después de su repentina muerte: Teoría novelada de mí mismo, que apenas fue atendida y Amigas: los años noventa fueron mejores, que prácticamente pasó desapercibido.

Me queda claro que ni el título ni la materia misma de este libro genial, explosivo y a la vez cariñoso y misógino, ya no va más con los tiempos que corren. Cosa por completo carente de importancia, pues a Serge, al igual que al músico Nick Cave de Jubilee Street, la calle del puteo, del lenocinio, de la droga y la desolación, el asunto de las complacencias no sólo le importaban un reverendo cacahuate; al contrario, la cosa era, precisamente, contrariar lo más que se pudiera.

Esta mañana, no miento pero tampoco lo juraría ante nadie con la mano puesta sobre la biblia ni el corán, mientras tomaba mi café y milagrosamente volvía una vez más a la vida, extraje de un librero mi ejemplar de Los Pichiciegos, la novela de Fogwill por la cual Serge y yo compartíamos un justo y franco entusiasmo, así como por la figura de su autor y buena parte de su obra.

Me encontré entre sus páginas lo que uno nunca piensa que va a encontrar pero que suele suceder en estos casos, casi como dictado por el inefable destino: un recorte de “Escalera al cielo”, la columna que Serge mantuvo en Reforma desde la fundación del diario hasta la muerte de quien fuera su cercano colaborador y consejero editorial. El pedazo de papel en cuestión contiene la meditación de Serge en torno a la obra, la poética, por así decirlo, y la figura autoral de Fogwill en el contexto de la literatura argentina y mundial llegado el momento de su muerte en el año 2010.

No voy venir a decir que se me pusieron los pelos de punta, o que levanté la mirada en busca de alguna señal divina, mucho menos que afiné el oído en caso de que en el fondo del inaprensible mundo metafísico estuviera sonando la música de las esferas que las mentes más bien limitadas y silvestres afirman escuchar cuando les ocurren este tipo de, para mí, más bien procaces y no tan insólitos hallazgos.

Sí creí que se me había pasado la mano en la ingestión de cafeína cuando leí en el recorte de periódico de hace once años lo que sigue:

Confeso de ser como era —provocador, oposicionista, excéntrico, divergente— (Rodolfo) Fogwill se condujo a lo largo de su vida desde la ostentación de una lucidez que cautivaba tanto como asustaba a los temperamentos poco dados a la autenticidad entre lo público y lo privado. Murió una semana atrás por afecto al tabaco, su gran pasión junto con los automóviles, las mujeres, los hijos y las lecturas. —Y al penetrar la médula estética y vital de su obra, Serge continúa más adelante, lúcido como siempre—: La cacería de lo inaccesible y lo invisible que a su vez admite el realismo como telón de fondo o espacio narrativo que se intercambia con lo conjetural, o lo paralelo, o lo onírico o lo fantaseado […] Y la pertinencia de los mecanismos sutiles para referir la forma de las cosas y de la vida, los cruces con la lectura, el giro insólito en lo cotidiano, la normalidad herida por la paradoja, la fisura y la bifurcación de lo existente, la decisión final ante la contingencia. O el más acá de la parodia y del malestar ante lo circundante, el gesto combativo de la inteligencia.

Lo primero que hay que decir después de leer lo anterior, es que hace falta un editor que rescate, recoja y publiqué los cientos de colaboraciones de Serge en el Reforma; sería un desperdicio, son algo así como dos décadas ininterrumpidas de textos de crítica valiente, puntual y expansiva, que lo mismo se internaban en las artes visuales, el cine, el pensamiento y la filosofía, la crítica literaria. “Escalera al cielo” no conocía fronteras.

Lo segundo se refiere a la suerte de retrato involuntario de sí mismo que hizo Serge a partir de Fogwill. Como el argentino, Serge fue un tenaz y valiente provocador y Contrarian, que ojo, no se traduce como “disidente” —a la manera de Christopher Hitchens y su maestro George Orwell—, poseedor de una lucidez que igualmente asustaba a los mediocres temperamentos, tanto en el mundo de la política o en la república de las letras.

Serge no tuvo hijos, pero sí, vaya que me consta, el afecto incondicional de un puñado de amigos.

En su libro, no exento de controversia, Amigas: los años noventa fueron mejores, Serge relata o imagina un encuentro con Jorge Ibargüengoitia a la mitad de un sueño. Ibargüengoitia, desde las alturas, lo despierta para pedirle que le recuerde el final de una artículo del propio Jorge. Serge apenas acerta a responder con una generalidad. Ibargüengoitia se disculpa por haberlo molestado y deja que Serge descienda de nuevo a los dominios de Morfeo, no sin antes preguntarse: “¿Me llamará Jorge de nuevo?”

Yo soy malo para los sueños y buenísimo para las pesadillas.

Tal vez Juan Villoro tenga más suerte.

Recuerden que en su crónica, para mi impar y uno de los primeros libros suyos que leí allá por 1989 y que he revisitado en más ocasiones que las que he estado en Mérida, Palmeras de la brisa rápida. Un viaje a Yucatán, habla de su abuela, oriunda de la península, y revela algo que no a todos se nos da o que podemos articular con su impecable elocuencia, es decir, con las mejores e indispensables herramientas de la literatura para que los sueños tengan algo de rescatable: “A veces la veo en sueños. Habla en su lenguaje peculiar y opina cosas que aun para la lógica subvertida de los sueños son extrañas, recupero su infinita capacidad de intriga, su humor…”

Suena a que Juan quizás ha tenido la oportunidad de hablar en sueños con Serge; suena a que su abuela Estela Milán y Serge compartían el gusto por las cosas extrañas, el humor, la intriga que nunca se acaba.

Yo no. A lo más que aspiro es que, como en el caso de Ibargüengoitia, Serge se anime a llamarme una de estas noches.

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Bruno Piché es ensayista y narrador. Ha sido editor, periodista, diplomático y promotor cultural. Realizó estudios en la Concordia University de Montreal, El Colegio de México, King’s College de Londres, Instituto de Investigaciones Sociales UNAM Es autor de los libros Robinson ante el abismo, Noviembre, El taller de no ficción, Los hechos y La mala costumbre de la esperanza. Es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte de México desde 2012. Su novela más reciente, 'La mala costumbre de la esperanza', (2018), apareció bajo el sello editorial de Literatura Random House. En 2015 publicó la novela 'Los hechos', acerca de la cual Juan Villoro escribió: “Bruno H. Piché entiende la historia del mundo como una diáspora: datos en fuga que al articularse conectan la vida pública con la esfera privada. Podemos escapar de nosotros mismos pero no de Los hechos, es decir, del flujo incontenible de la historia.”   Vivir en Comala City es un blog sin fronteras temáticas y en la que las sombras y presencias fantasmales remiten al escurridizo entrecruce entre los géneros literarios. En Comala todo es literatura y nada es lo que parece.

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