ArpaMelancolía de los confines. Norte

Melancolía de los confines. Norte

Beelitz

Cerca de Berlín, al salir de la clínica a la que habíamos ido a visitar a E., cuando caía la noche (cielo violeta, violento, recorrido por sombras y el murmullo de los chopos) y caminábamos hacia la estación de ferrocarril, un tanto turbados por la tristeza de haber dejado a E. en su cama de hospital, en ese largo invierno en que permanecía recluida, me vino a la mente un verso de Blanca Varela: “Donde todo termina, abre las alas”.[1] Esa súbita intrusión de la poetisa peruana en medio de la llovizna y los árboles sin hojas, a través de los cientos de lagos perdidos entre los meandros azules del Havel y las barcazas cargadas de arena del Spree, al oeste de esa marca de Brandeburgo atravesada en su centro por el enclave berlinés, marca en que nos adentramos lentamente en la noche estriada de rojo por los automóviles que huían hacia Potsdam, la brusca aparición de la poetisa de Lima de larga cabellera negra me pareció cargada de esperanza y a la vez de melancolía, de promesas de futuro y dolores entremezclados, lo mismo que el estado de E.: un cambio de ritmo en el hilo del tiempo. E. se hallaba en uno de los pocos edificios que seguían en activo de lo que, a finales del siglo XIX, había sido el mayor sanatorio de Europa y cuyo nombre, Beelitz, hoy en día está asociado a las montañas de espárragos que produce la comarca. Según parece, al espárrago los suelos arenosos de Brandeburgo le vienen bien, eso y las hayas, los tilos y las resinosas que pueblan el denso bosque que rodea el antiguo complejo hospitalario, dividido en cuatro por la carretera de Potsdam y la vía férrea de Berlín, hacia la que caminábamos en silencio, las alas protectoras de Blanca Varela sobre nuestras cabezas, gran ave nocturna. 

Beelitz-Heilstätten es un conjunto de unos cincuenta edificios perdidos en varios cientos de hectáreas de bosque y de entre los cuales hoy en día solo funcionan un puñado (incluida la clínica, moderna, donde estaba E.). Por allí paseas entre ruinas, tejados de teja roja venidos abajo, cornisas quebradas por el peso de la nieve y el abandono; viejos chasis de Trabant sin motor ni neumáticos se pudren detrás de cobertizos con la chapa destrozada, amenizando el paisaje con una nota de color azul o verde y recordando, por si acaso lo olvidaras, que estás en la antigua Alemania del Este. Aquí y allá la vegetación le ha ganado la mano a las construcciones y en medio del inmenso parque te encuentras con edículos devorados por las ramas de saúco y las zarzas, medio ocultos por setos silvestres; toda la ciencia médica y arquitectónica alemana de principios del siglo XX desplegada ante nosotros como en un cuadro de Schinkel, un paisaje imaginario tristemente real, de una belleza romántica que, dada la función original del complejo, acogera tísicos, tenía el aspecto de la Muerte por partida doble.

Los nobles edificios de ladrillo, con sus salientes voladizos y sus lucernas orgullosas, evocaban según su tamaño ora una villa en la playa, ora un gran hotel de montaña abandonado, y asociados en la mente del paseante al bacilo de Koch y a su enfermedad, la tuberculosis, recordaban a La montaña mágica, la muerte de Chopin o la de Kafka. Es extraño hasta qué punto ese conjunto disperso entre la vegetación concentraba la trágica historia de Brandeburgo; allí habían atendido a los heridos durante la Primera Guerra Mundial; el propio Hitler se recuperó allí de sus heridas. Después de la Segunda Guerra Mundial, los soviéticos instalaron su mayor hospital militar al oeste de la madre patria, activo hasta principios de los años noventa y cuya ubicación podía encontrarse fácilmente: en medio de un gran patio, frente a uno de estos grandes lazaretos simétricos, se erigía la estatua de un enfermero del Ejército Rojo, modelo 1945, con la camilla enrollada en la mano como una lanza o una oriflama, la ametralladora Shpagin y la mochila al hombro. Cubierto de abigarrados grafitis, las botas repintadas de rosa eléctrico por un artista desconocido, posaba hieráticamente, insensible a tanto escupitajo colorido en su viejo uniforme de piedra. El antiguo bol’nitsa que él custodiaba piadosamente llevaba abandonado casi veinticinco años. De unos sesenta metros de ancho, con dos alas salientes, elegantes miradores en la planta baja de la fachada trasera, y áticos con entramado de madera que sostenían unos tejados altos e inclinados coronados por campanarios como pequeños faros, era un gigante abandonado a las fuerzas de la decadencia. Las puertas y ventanas de la planta baja ajardinada estaban cubiertas con unos tablones de contrachapado que no impedían a los curiosos (fotógrafos principiantes, exploradores urbanos, jóvenes en busca de aventuras) entrar a visitar ese museo del Deterioro. Porque, aparte de los efectos del paso del tiempo, en la antigua clínica no había nada que ver. La escalera monumental y las elegantes columnatas de la entrada seguían allí, pero perdían una muda tras otra de revestimiento y pintura, dejando escamas verdes o blancas desperdigadas por los escalones. Los rosetones de cristal intactos que coronaban las ventanas parecían brillar en el desastre general. En el primer piso, perdida en medio de un noble rellano con columnata, había una bañera de hierro fundido descascarillada y medio llena de restos de yeso, como si los cansados transportistas rusos, en última instancia y tras largas vacilaciones, hubieran decidido abandonar a su suerte aquel trasto pesado para no tener que cargar con él escaleras abajo. La luz era magnífica. La generosidad de las aberturas estriaba los montones de mierda. Los largos pasillos se abrían a habitaciones vacías inundadas de sol y de basura, viejos periódicos a medio quemar, botellas de cerveza rotas, a veces colchones destrozados y sucios o sillas sin asiento evocando esqueléticos pensadores robot de otro mundo. Una vida clandestina se había desarrollado aquí, tan invisible para nosotros como los médicos y enfermeros rusos; las huellas de esos pasos se borraban aún más rápidamente que las inscripciones en cirílico aquí y allá en las paredes; la estancia mejor conservada del conjunto era sin duda el gran gimnasio, que ocupaba en doble altura el ala izquierda del edificio: el suelo seguía allí, la pintura verde también (ese verde intenso que, por alguna razón, siempre he asociado con los gimnasios), lo mismo que los carteles y lemas que alababan el deporte militar soviético, así como el dibujo de un gimnasta saltando un caballo como salta un corzo el seto.

Unas semanas antes del grave accidente de E., en el buzón encontré un folleto comercial de colorines y en papel satinado  bastante lujoso que proponía a los habitantes de Berlín –artistas, compositores, diseñadores, arquitectos– la compra de un apartamento en un pabellón del antiguo sanatorio de Beelitz, un edificio que estaban rehabilitando. La entrega de estas viviendas-estudio estaba prevista para dos años más tarde. El anuncio alababa la belleza del lugar, la tranquilidad y cierta exclusividad, un Wohnidyll para creadores, una villa creativa. Con cierta poesía, los promotores se proponían “despertar de su sueño a la bella durmiente del barrio D del sanatorio de Beelitz”.[2] Efectivamente, el pesado sueño del soldado, sepultado bajo la vegetación, parecía estar amenazado; pronto el soldado soviético guardián del lugar tendría nuevos vecinos enfrente, recluidos en la creación como él en el tiempo, y nosotros, mientras caminábamos lentamente, abatidos por el peso de nuestro encuentro con E., teníamos la impresión de que Beelitz era un decorado hechizado lleno de rarezas fantasmagóricas, un teatro de sombras en que el humano, los humanos, estaban condenados a pasar por siempre sin lograr jamás dejar su huella: intentaran lo que intentaran, lo único que iban a conseguir en el mejor de los casos era mantenerse en pie como la estatua del enfermero ruso, un recuerdo paródico mancillado por la propia búsqueda de la vida. A mí me parecía que los artistas, los creadores a quienes el mercado inmobiliario convocaba en Beelitz, también iban a experimentar esa confrontación con la vacuidad. El arte de los confines, de los límites. En semejante lugar, no podían sino interrogarse sobre su propia desaparición. O acaso contemplarla, sepultarse en ella para mejor describirla: así, el “camino de dosel forestal” que un consorcio turístico acababa de instalar al norte del antiguo sanatorio, un caminito de metal encaramado a diez metros de altura que serpenteaba entre las copas de los árboles como un balcón sin casa y permitía observar (además de las aves, la vida del bosque y la organización de la llanura circundante punteada de lagos) la certeza de la ruina.

Ese juguete de tamaño natural, última encarnación de la sociedad del ocio en que se han convertido los alrededores de Berlín, empezaba con una torre de observación metálica, un simple hueco de escalera al aire libre cuyo primer rellano daba acceso al caminito propiamente dicho. Ese Baumkronenpfad gestionado por una empresa con un nombre poético, Baum und Zeit, “Árbol y Tiempo”, al asociar la observación de la naturaleza con la desolación (por el precio exorbitante de diez euros), se estaba inventando una especie de romanticismo capitalista, una doble ilusión, en la que la decadencia de los edificios, el recuerdo de aquellas mujeres fallecidas en su sanatorio, la unidad de cirugía de los pulmones y la enfermedad que estaba en el origen del lugar se convertían en objeto de placer, cuando no de meditación; los pocos turistas con los que nos habíamos cruzado antes de visitar a E., cuya intrepidez a la hora de lidiar con el otoño brandeburgués estaba fuera de toda duda (ponchos impermeables, pesadas botas de senderismo, calcetines militares bien subidos), cabalgaban las nubes mirando siempre al frente, a lo lejos, a los paisajes de bosques muertos y campos de espárragos, y no hacia abajo, al antiguo complejo hospitalario. Baum und Zeit, Árbol y Tiempo, en lugar de Sein und Zeit, Ser y Tiempo.
El verso de Varela, “Donde todo termina, abre las alas”, desde esa altura adquiría una urgencia apremiante. Abre tus alas de ensueño y sobrevuela la muerte. Palabras de aedo. El extraño camino de acero entre las nubes, con su belleza inútil elevándose sobre los lúgubres edificios del antiguo sanatorio, entre las ramas sin hojas de las hayas y el verdor ennegrecido de los pinos, alzándose sin otro propósito que la exploración de los confines últimos, los del tiempo y de la muerte, se convertía para nosotros en una manifestación, una alegoría de nuestro poder y al mismo tiempo de nuestra futilidad, de la inútil energía desplegada en aras de un combate perdido de antemano, cierto, pero a la vez fecundo, una lucha desigual en los límites de la desesperación. En su flamante taller de Beelitz, al pasear por las cimas, el creador podría estar allí, mirar hacia abajo o hacia otra parte y contemplar las nubes sin que, por eso, su obra dejase de estar ligada al cuerpo de quien la expresa y cuyo discurso, como en el poema de Varela, eran alas que se abrían sin embargo lejos, más allá de sí mismo, más allá de la frontera de la nada, y se reunía con los muertos, todos los muertos, para quienes el tiempo no existe y permanecen inexorablemente a pesar de la tenacidad de la vida, mucho más numerosos que los vivos. Los muertos siempre serán más numerosos que los vivos, y no hay duda de que el cálculo de la integral de la función “Muerte”, que hace pasar x de la vida al óbito, arrojaría un resultado de lo más deprimente: según parece, entre ochenta y doscientos mil millones de individuos habrían “pasado por este mundo”, como suele decirse. Como La bella durmiente de Louis Sussmann-Hellborn, condenada a permanecer encerrada en mármol y en la Alte Nationalgalerie de Berlín: poco antes de su accidente, habíamos ido a visitarla con E. Situado en medio de la Isla de los Museos, ese templo romano que fue inaugurado en 1876 para albergar los tesoros artísticos de Prusia, un templo diseñado por el monarca Federico Guillermo en persona, conserva un gran número de obras maestras del romanticismo alemán y del arte prusiano; La bella durmiente abre por así decirlo el baile, escondida debajo de la escalera (estoy exagerando, no del todo bajo la escalera, en el hueco que crea el segundo tramo de escalones). En esa obra, el escultor desplegó toda su pericia para tratar de aligerar, de sustraer a la bella durmiente del peso mismo de la piedra de que estaba hecha, del peso del adormecimiento, de la carga del tiempo: el material de la estatua parecía tan dúctil como el oro o el bronce. En el hueco de tan festoneados rosales, esculpidos en un travertino blanco cuyas hojas bien podrían ser verdes de tan vivas como parecían, la bella durmiente podía esperar a su príncipe por los siglos de los siglos, salvada por el artista, dormida en su trono de mármol; un artista asimismo olvidado, cuyo nombre hoy
en día ya no le dice absolutamente nada a nadie: no logró para sí lo que planeó conseguir para su espléndida Bella durmiente, la gloria y la eternidad.

La Alte Nationalgalerie exhibía sus cuadros de Menzel y de Caspar David Friedrich; el famoso Wanderer über dem Nebelmeer, el caminante sobre el mar de nubes, que ilustra decenas de portadas de discos de música romántica alemana, ese hombre en lo alto de una roca, su pie izquierdo adelantado, el bastón de paseo en la mano, que parece dispuesto a lanzarse sobre las nubes, de no hallarse en Hamburgo podría haber estado allí; pero aun así, el templo de Apolo albergaba cantidad de lienzos que daban una idea del siglo XIX visto desde Berlín: marcial y a la vez romántico, poblado de nubes, claroscuros, bigotes y desfiles militares. Poblado también por un pie gigantesco, sobriamente titulado Pie del artista por el genio prusiano Adolphe von Menzel, y ese original autorretrato, con las uñas hechas polvo, los dedos enrojecidos, las venas salientes, sin duda decía tanto de la historia de Prusia en el siglo XIX como una larga digresión: el pie del artista era el del caminante, el del Wanderer, así como el del soldado, el arpón militar en la bota; la fértil ambivalencia del pie germánico.

Menzel, cuya vida coincidía con el siglo XIX en su totalidad, era tanto un pintor de historia que representa por ejemplo la vida de la brillante corte de Federico II como un pintor realista que describía su época, la ciudad, la industrialización, los trabajos y los placeres, a los burgueses y a la gente corriente. Menzel es el pie, pensé, una observación mnemotécnica un tanto pueril que ya debió de haber deleitado a un siglo de visitantes francófonos de las colecciones alemanas, que se llevaban de Berlín, confusamente, el recuerdo de La bella durmiente de mármol, de una puesta de sol brumoso en el puerto de Greifswald y del venoso extremo del miembro inferior de Menzel. 

En Beelitz, de camino a la estación, la llovizna se hacía más espesa (o eso me parecía) a medida que las luces de los coches iluminaban sus largos y relucientes trazos.

Es fría la luz de la memoria
lo apenas entrevisto brilla
con insistencia
gira buscando el casco de botella
o el charco de lluvia.[3]

Ciertamente, la luz de la memoria es bien fría, pensaba yo, incluso cuando ilumina obras de arte. El sanatorio de Beelitz se parecía a La nave de los muertos de la novela de B. Traven, un lugar que flotaba entre el miedo y el desamparo. Yo recelaba del viaje nocturno en el tren Regional Express que nos llevaría a Berlín, apretujados el uno contra el otro para tranquilizarnos, en silencio, ante el largo invierno que se avecinaba en nuestras vidas. De repente, en medio de la tormenta, sentí esa angustia que me asaltaba de niño en la época en que caían las hojas; me recuerdo observando día tras día, al volver del colegio, las hojas secas sobre la grava y las que se retorcían en los árboles, seguro de que no volverían, de que ese invierno sería el último, el invierno definitivo, el Devorador, y de que cada hoja que nos acercaba a Él, amarilla, marrón, roja, cada chopo, cada arce, cada sauce maltratado por las crecidas, cada montón de erizos de castaña puntiagudos en el recodo de un camino anunciaba nuestra pronta desaparición. Cuatro meses después del accidente de E., el otoño adquiría sus tonos vespertinos, su semblante apocalíptico, y la infancia lejana enviaba sus miedos a ese día gris que no lograba amanecer del todo, vacilando durante horas entre la sombra y la luz, frío como el recuerdo. 

Esa vacilación no era tal, era un respiro antes de la gélida noche de Berlín en diciembre, la gélida noche del enero berlinés que uno imagina que nunca volverá a encenderse con la tibieza de la primavera, de la mortal primavera de la marca, la que vio la última gran afluencia de heridos entre los muros de Beelitz, la última avalancha de heridos, la última primavera sangrienta antes del largo invierno rojo y la estatua del camillero soviético; hoy Brandeburgo sigue repleta de monumentos a mayor gloria de la URSS, en recuerdo de la Gran Guerra Patria; el enfermero de Beelitz, el de la ametralladora Shpagin y la camilla enrollada, combatió en los bosques de los alrededores, bajo los abetos y las hayas desmochadas por los obuses.

Los heridos soviéticos sustituyeron a los heridos nazis, los socorristas rusos a los enfermeros alemanes. En Beelitz se reagruparon las migajas del 9º ejército del general Busse, las migajas humanas, a finales de abril de 1945, un abril gélido, un abril de barro y de sangre, una estela roja en un cielo lechoso, las migajas humanas y los restos mecánicos –algunos tanques, cañones antiaéreos utilizados contra los tanques– del último bastión de la defensa de Berlín, un bastión arrasado por el frente bielorruso de Zhúkov y por su extraordinaria superioridad en hombres y material. Los soviéticos habían llegado al Óder unas semanas antes y habían instalado cabezas de puente en su orilla occidental. Detrás del río –una llanura húmeda salpicada de estanques y pantanos, con hierba alta de color leonado descubierta por el deshielo–, Zhúkov concentró la mayor cantidad de artillería jamás reunida: decenas de miles de cañones y miles de tanques para el bombardeo definitivo, la desintegración de las últimas defensas alemanas antes de Berlín. Diez veces más bocas de fuego que los cuatro mil cañones y obuses franceses y alemanes de Verdún. Suficiente para lanzar un millón de proyectiles sobre las posiciones que controlan la carretera de Berlín, a setenta kilómetros al oeste de la capital por la Reichsstraße 1, la gran carretera oeste-este que atraviesa el mundo germánico y conecta Aquisgrán con Königsberg. El límite oriental de la marca de Brandeburgo, hoy frontera con Polonia, es el Oderbruch, esa llanura cenagosa del Óder, un pantano drenado por los ingenieros prusianos del siglo XVIII, siguiendo el modelo de los pólderes holandeses, una depresión delimitada al oeste por un acantilado de unos cincuenta metros como mucho, las colinas de Seelow, pequeño pueblo de quinientos habitantes, otros tantos árboles y una estación en la línea de tren norte-sur, paralela al río, que conecta Fráncfort del Óder con Eberswalde. Seelow fue el teatro de una formidable batalla, la última gran batalla en suelo europeo, una batalla en que el terrible equilibrio de las pérdidas compensó la inaudita desigualdad de las fuerzas enfrentadas; entre veinte y treinta mil muertos en cada bando, al menos cincuenta mil cadáveres en setenta y dos horas, unos cadáveres cuyos huesos no dejan reaparecer una y otra vez al  ritmo de las labores agrícolas y las estaciones junto con los miles de municiones sin detonar que siguen salpicando el valle.

A veces, la construcción de un carril bici saca a la luz fosas comunes; a veces, movido por no se sabe qué corriente subterránea, un obús sale a la superficie; a veces incluso una rata topera que cava su madriguera provoca una explosión subterránea, así como un atroz géiser de pelo y de carne bermeja que asusta a los transeúntes. Todos los años, trozos de chatarra, restos de vehículos, fusiles, cascos, metralla y casquillos de bala salpican las zanjas y hacen las delicias de los arqueólogos aficionados y los detectores de metales. 

 

[1] “Donde todo termina, abre las alas”, en Blanca Varela, Como Dios en la nada, Visor Libros, Madrid, 2013. 

[2] El proyecto de promoción se llama Refugium Beelitz-Heilstätten y está en la parte sureste del complejo. En el momento de escribir estas líneas, quedaban por vender algunas viviendas-estudio. Hoy, en 2024, es todo un barrio, el barrio Beelitz-Heilstätten, que se extiende alrededor de unos cuantos edificios protegidos del antiguo sanatorio: se prevén 800 casas y 500 apartamentos, así como un colegio, un mercado, comercios, un gimnasio, etcétera.

[3] Blanca Varela, op. cit.

 

Este texto pertenece al libro del mismo título que, con traducción de Robert Juan-Cantavella, ha publicado Random House.

 

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