Memorias de aquella playa que se llamó Silaca

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Uriel, Juvenal, Rucho (detrás de la peña), entre las olas de Silaca (1970s).

Al abuelo Ulises le gusta conversar. Lleva un bulto de carne en la frente–que palpita y cambia de color cuando se entusiasma–y carga siempre en el bolsillo una cajetilla de Ducal, con la que acompaña la charla. Es buen anfitrión. Abre las bodegas de vino, nunca duda en sacrificar un animal si el tiempo lo amerita, y al despedirse colma las alforjas de los invitados con los membrillos más redondos, las tunas más frescas, los pacaes más gordos.

Desde que acompañaba a su madre al pueblo, de niño, aprendió bien las artes de la sociedad y cultivó las amistades de los principales. Su presencia es celebrada en fechas importantes, y si bien es lacónico y exige que lo excusen de discursos, sabe entretener a la gente con la conversación inteligente y la broma fina.

Las damas lo celebran, el de a pie nunca olvida sacarse el sombrero para saludarlo y las autoridades, apenas llegan a Jaquí, aprenden de la indispensable fuerza de su apoyo y de su dinero.

Se jacta de ser valiente y ridiculiza a los afeminados–que siempre le huyen. Entre la peonada mastica coca y les enseña que él puede cargar tantas alforjas sobre sus espaldas como las que cargan las llamas. Tiene tino para premiar el buen trabajo sin ofender a los vagos, a los que nunca vuelve a contratar. Cuando entra en Jaquí, sus peones más antiguos, los que ya no le trabajan, se acercan con sus mujeres y sus hijos para apretarle la mano y darle presentes.

No le importa pasar frío entre los cerros. Se acostumbró a cabalgar en la helada, cuando arrea a sus animales hacia los pastizales de la montaña, obligado a dormir en las punas. No le angustia el dinero. Por eso lo regala cuando entra cabalgando en el pueblo, sacando los reales de sus costalillos y lanzándalos al aire para que sus ahijados se peleen por las monedas brillantes. Los peones lo invitan a su casa, matan gallinas y cabritos. Allí el abuelo conversa en quechua, moviendo el bulto de su frente, aspirando sus Ducal. Charla sobre política y sobre religión, le gusta aconsejar. Se toma dos vasos de cerveza con ellos, luego pide una guitarra y empieza a rasgar las cuerdas y a cantar un vals o algún huayno. A veces lo obligan a bailar. No le gusta, pero lo hace bien.

Al abuelo le gusta leer. Está suscrito a la revista Selecciones y cada mes que aparece en Jaquí su paquete, se lo lleva hasta la hacienda, lo abre sentado en su mecedora bajo la ramada frente al corral, y no se levanta hasta que termina de leer. El mundo es más grande que este pueblito, sabe él. Por eso quiere que sus muchachos se eduquen, que ingresen a la universidad, que consigan diplomas.  Le gustaría que a donde ellos fueran, las autoridades se saquen el sombrero para saludar, los peones se acerquen para apretarles las manos y sus hijos hablen bien a sus espaldas y los admiren.

Ama las corridas de toros. Por eso cabalga todos los años, con sus animales, hacia Lima, antes de la Feria. Primero pasa un tiempo en el camal. Luego de despachar regalos hacia la hacienda para su esposa e hijos, enfila para la Plaza de Acho, donde lo espera su abono de sombra. Asiste a todas las corridas. Aplaude a los buenos toreros sin reserva y pifia sin piedad a los malos, sobre todo a los que aparecen por ahí con grandes carteles europeos y terminan agazapados tras el burladero.  Felizmente, no son muchos. Repite entre sus amigos que la Feria siempre le levanta el ánimo y le devuelve la fe en la humanidad.

Al final de las corridas camina por el lado del río hasta el piso que ha comprado en una esquina del Rímac y, después de cambiarse, toma el tranvía y cruza la ciudad para visitar a sus primas que viven en Miraflores. Durante ese mes que pasa en Lima asiste a bautizos, matrimonios y visita el cementerio. Comprueba la buena salud de su familia y compromete dinero para medicinas o para que sus sobrinos vayan a estudiar. Siempre se despide quejándose de la gente sana que abandona el campo y prefiere vivir entre la neblina de la capital.

A mediados de diciembre –principios del verano–, el abuelo realiza el otro gran viaje del año. Ordena que se llenen las alforjas de charqui, aceitunas secas, pasas, encurtidos, frutas, y que se carguen los barriletes de vino sobre las yeguas.  Después empieza la cabalgata de dos días con la familia y los muebles cruzando los cerros y dunas que los separan de la costa, hacia la casa en Silaca. Deja encargada la hacienda y sus criados a los peones más viejos. Sólo se lleva consigo a la cocinera y a uno que otro chiquillo que sepa marisquear.

El abuelo pasa la mayor parte del verano en el mar. De pie sobre las piedras de las pozas, con la red amarrada al cuerpo y el agua hasta la cintura, le enseña a sus hijos a maniobrar con el nejo para despegar los mariscos de las rocas, y a utilizar las cangrejeras para ensartar a los animalitos que huyen asustados entre las rendijas de piedra. Los niños esperan sobre las peñas secas de la playa, encargados de avisar cuando aparezcan las olas azules. Su premio son las lengüetas de los barquillos, las criadillas y la carnecita de los erizos recién arrancados.

Luego se los lleva al Desembarcadero, a Puerto Viejo, a la Poza de las Sirenas, al Pozo de los Hombres y les enseña cómo aventarse desde las rocas, a chapotear, a cogerse de las piedras o del aracanto y a esperar el empuje de la marea para salir. El abuelo aprendió a nadar en la casa hacienda, entre los patos y la grama barrosa del fondo del estanque, pero en Silaca todos saben que el único que ha cruzado a nado la bahía y ha sobrevivido sin arruinarse la piel con las espinas de los erizos, ha sido él.

Después del almuerzo, el abuelo duerme la siesta. No le gusta ir al baño de día, así que no sigue la rutina de todos sino que espera a la noche para perderse por los senderos detrás del cerro de la casa, entre las piedras que sólo él conoce. Nadie pudo decir nunca que sorprendió a Ulises cagando.

El abuelo se despierta de la siesta siempre en punto. Se lleva a sus dos hijos hombres entre las piedras para pescar. Juvenal lleva los cordeles, la plomada y los anzuelos. Uriel carga los costalillos con la carnada. Al abuelo no le gusta pescar siempre en la misma poza. Cambia según su olfato. Huye cuando encuentra tres o cuatro pescadores lanzando el cordel en la misma poza. No le gusta conversar cuando pesca, ni fumar.

El abuelo siempre calza las alpargatas, pero deja que sus hijos lo sigan descalzos. Dice que así siempre ha sido, que los pies de los muchachos se tienen que acostumbrar a las arrugas de las piedras, a la dificultad de los caminos.

Juvenal ha cumplido doce y Uriel tiene once años. A Juvenal le sobra la paciencia para desenredar el cordel cuando los anzuelos se enganchan en el aracanto o se agarran de las rendijas entre las piedras. Uriel es rápido enganchando las carnadas, tiene claridad para abrir los plomos y ensartarlos en el cordel, pero ninguna paciencia para la lenta espera de la buena pesca. Se cansa cuando los peces se demoran en picar. Cuando se le engancha el cordel se desespera en arrancarlo. Si no lo consigue, empieza a gritar y a insultar. El abuelo no tiene paciencia para enseñarle a pescar. Prefiere dejar que se las arreglen. Confía en que aprenderán con la experiencia.

Juvenal apunta su cordel hacia el mismo lugar donde su padre lo lanza. Lo deja alcanzar el fondo y reposar, observa cómo su padre ausculta el mar en silencio, sin prisa. Trata de no escuchar los gritos de Uriel. No recuerda haber hecho jamás tanto escándalo. No lo entiende. Lo quiere pero no lo entiende. Son los únicos hombres en una familia de varias mujeres. Se supone que deberían estar más cerca, entenderse. Pero no es fácil.

Juvenal es pausado y prefiere el silencio. La contemplación. Las charlas de su padre. A Uriel le gusta la gente, es obvio que huye del trabajo de la casa, no le gusta la obediencia. Tiene muchos amigos, a diferencia de Juvenal.

Y si Juvenal prefiere  no pedir demasiado a sus padres, Uriel siempre quiere y pide. Y grita si ellos le dicen que no puede recibir más dinero. Uriel siempre desaparece con amigos mientras Juvenal se queda ayudando a su padre: porque necesita un compañero para la ir a la sierra, para cerrar las tomas de las acequias en tiempo de lluvia, cargar la leña, perseguir al ganado que se ha perdido en el monte.

Uriel se ausenta cuando suceden estas emergencias. Tal vez está en el pueblo con sus amigos, tal vez está cansado y listo para insultar y responder si se le acusa. Su madre prefiere no meterse con Uriel. A veces Juvenal se da cuenta de que le huye, que evita enfrentársele, que voltea a buscarlo porque sabe que él es más dócil:

–Juvenal ven conmigo. A ver, dame una mano.

Y ser dócil no le gusta, pero así es él. Y le disgusta que en una fiesta Uriel siempre cuente las mejores historias y lleve la mejor conversación. Así que si él ha trabajado más duro durante la semana preparándola, no importa. El día de la fiesta todos rodean a Uriel y se ríen de sus bromas. Y pasan por alto que Juvenal es más ordenado en los gastos y más trabajador.

Así empieza a cuestionarse Juvenal si vale la pena obedecer tanto a sus padres.

Porque a veces, como aquella tarde, Uriel gritando “¡no saben nada de pesca!”, se ha encaramado sobre unas rocas difíciles, los ha mirado desde un pequeño acantilado y ha lanzado su cordel por encima de un montón de aracanto y algas. Tensamente han esperado, mirando a Uriel descolgarse entre las piedras resbalosas mientras la marea sube y las olas revientan cada vez más altas y picantes.  Su padre y Juvenal temen por él. Juvenal teme por la vida de su hermano. Ama su valor, su fuerza para plantarse frente al padre.  Le disgusta –y le da miedo– reconocer que Uriel es mejor persona que él.

¿En qué momento su vida se convirtió en una competencia contra su hermano? Uriel no tiene miedo, es generoso y es fiel con los amigos. Así le gustaría ser a él ¿Y su falta de sentido común?¿Su obstinación en marchar contra la corriente? Su hermano es tan distinto, piensa.

No hay pesca y la mar está brava. El sol ya se ha escondido entre las islas de piedra donde revientan las olas asustando a los lobos de mar. El agua ha subido toda la tarde, con furia. Juvenal cree que algo pica el anzuelo. Atento, mira el océano y escucha cómo revienta contra las rocas. Pronto resulta obvio que la punta desde donde Uriel está pescando va a ser sepultada por las olas. Juvenal mira en silencio. Lo asombra la pasividad de su hermano ante el evidente desastre. “Quiere probarnos algo”, piensa Juvenal. “Quiere probar que estamos equivocados”.

–¡Uriel, sal de allí!–grita por fin el abuelo. Y por unos segundos, Juvenal ve el miedo cruzar el rostro de Uriel, cuando una ola se levanta por encima de todos, se adueña de las rocas y revienta contra su cuerpo.

De un momento a otro, todo es espuma. El grave sonido del mar retirándose sólo es cubierto por el retumbar de las olas que no pueden ver, pero saben que vienen. Entre rocas y espuma, Juvenal salta de un lugar a otro y busca un camino, cuando ve que su padre ya está en el fondo del pozo agarrando el brazo de Uriel, cubierto por el agua, mirándolo con gravedad porque la siguiente ola ya está sobre ambos.

“¡Agárrate de la piedra!”, le grita. Uriel suelta la mano y se prende de una roca, mientras el mar los sepulta otra vez y se vuelve a escuchar el retumbe seco del agua retirándose entre las peñas, y el coraje de las olas que vienen detrás.

Juvenal ve a su padre y a su hermano abrazados cada uno de una piedra, en la pendiente del precipicio hacia el pozo, donde la marea arrastra con violencia el aracanto.

Y la siguiente ola lo cubre a él también, que por mirarlos no se ha agarrado de nada y resbala. No ve nada. Esos segundos que no ve, siente la sal que entra en su garganta. El frío del mar de Silaca llenándole la traquea. Siente un golpe. Su brazo contra las rocas. La sangre caliente que se mezcla con la sal. La espuma que lo tapa. La noche llegando. Y dos pares de brazos que lo sujetan y lo levantan.

El mar es demasiado frío y la noche es demasiado negra. Apenas respira. Siente que su hermano Uriel le grita:

–¿Estás bien?¿Estás bien, hermanito?

No recuerda nada más. Se despierta con los labios de su padre soplándole aire en el cuerpo. Mojado, cubierto de sal, tendido sobre una roca grande, a un lado del pozo, lejos de la orilla, abrigado entre un poco de aracanto seco. Está mareado. No puede moverse. Supone que lo han cargado hasta alllí. Reconoce la sombra de su hermano y su padre. Sólo siente la sal dentro del cuerpo y la sangre que chorrea por el brazo. Sólo rasgaduras, cortes pequeños. Uriel está pálido. Juvenal nunca ha visto tanto miedo en sus ojos.

Esperan a que se reponga.  Es muy oscuro. Nunca se han quedado a pescar hasta tan tarde. Se escucha la bronca del mar a lo lejos, pero como si se hubiese calmado después de demostrarles su poder. Uriel ha juntado los cordeles, la canastilla, las redes. El cordel de Uriel se lo ha llevado el mar. Lo ayudan a pararse. “¿Cómo te sientes?”, le pregunta el abuelo. “Mejor”, responde él.

Y se ponen a marchar en silencio entre las rocas, por el camino que lleva hacia las casas de Silaca. No hay estrellas. En silencio, con cuidado, cruzan sobre las ruinas de los gentiles, desparramadas entre los desvíos hacia las pozas, entre las rocas gigantes.

Aún camina muy despacio. Juvenal siente la ansiedad con que ellos esperan que se mueva. Un rato después aparecen las luces desde las casas de piedra sobre la bahía. Los tres ingresan a la plaza oscura y silenciosa. Desde las casas llega el apagado sonido de las lámparas de petróleo, el ardor de las camisetas de los lamparines. Algunas voces reunidas alrededor de las mesas. En la casa de ellos, no se escucha nada.

La abuela se lleva a Juvenal a su cuarto y le echa aseptil rojo sobre las heridas. La cocinera ha preparado caldo de azulillos. Con la carne seca y arroz, mezclado con mariscos de la mañana, ha preparado un picante. Cuando comen los cuatro alrededor de la mesa, solo se escucha el fogón de la cocina, la cancha tostándose en la sartén. Uriel observa su plato sobre la mesa, todo el tiempo, aún cuando ya ha terminado. El abuelo termina el picante en silencio, agarra su cajetilla de Ducal y sale a fumar a la puerta.

Las hermanas están llegado. Se escuchan sus voces de niña, aún antes de que levanten el poncho sobre el tronco que cubre la puerta y entren a la casa, con ojos curiosos. Sus primas las Sifuentes las habían invitado a cenar. Su tío Aureliano había llegado esa tarde con abundante pesca. Agilia, Chabuca, Lila y Tula–la más pequeña, mi madre–aparecen rompiendo con sus carcajadas el silencio de la casa. Encuentran a sus hermanos más silenciosos que nunca, cabizbajos, sentados a la mesa. Ven las vendas en el brazo de Juvenal.

–¡Juve!¿Qué ha pasado?

Y Juvenal les cuenta. Sin apuro, sin exaltarse: Lo arrastró una ola. Chocó contra unas rocas. Perdió la conciencia. Que Uriel y su padre lo han rescatado. Ve el horror en los ojos de ellas. Un horror que sería complicado de desvanecer así él les explicara por qué sucedió todo. Por qué Uriel nunca debió treparse, desafiante, a pescar entre los acantilados.

Agilia le mira las heridas, hace más preguntas a esos dos cabezas bajas que fingen estar interesados en sus platos. Trata de obtener respuestas de su madre, Leonor, que sigue sentada en la mesa pero no observa nada, ocupada en tejer. Es un olor delicioso el de la leña que llega desde la cocina. Es un silencio feliz el que cubre la casa y todo el pueblo de Silaca aquella noche. Agilia pregunta:

–¿Y pescaron algo?

Y en ese momento Uriel, que parecía haber estado masticando su vergüenza durante toda la cena, levanta los ojos del plato y responde con una mueca: “Ni mierda”.

Las hermanitas se ríen, y su madre grita “¡Nada de lisuras en esta casa!”. A la cocinera se le escucha decir “¡Dios!” desde la cocina. Juvenal hasta teme que su padre, fumando en la puerta, lo haya escuchado y venga a reprender a Uriel y a terminar con la alegría. Todos están de buen ánimo otra vez, y Uriel lo mira a su hermano y quisiera que también él lo festeje.

Si bien sabe que no va a ser así. Que no lo va a festejar. Que Juvenal va a seguir mirando atentamente su plato, mientras Uriel pide permiso y sale de la casa acompañado de sus hermanas, mientras la abuela Leonor les grita que no se demoren mucho, que ya va a ser la hora de dormir, y ellos se van para allá, cruzando la plaza, a la de las primas Sifuentes, a ver si ellas aceptan jugarles una partidita de cartas.

Este texto, con algunos cambios, apareció como parte de la novela País de hartos (Estruendomudo, 2010)

 

 

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