Mi último suspiro (Luis Buñuel) y los cortes de mangas a la ciencia

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Siento horror a la vivisección. Siendo estudiante, tuve un día que crucificar a una rana y disecarla viva con una navaja de afeitar para observar el funcionamiento de su corazón. Es una experiencia- por cierto, completamente inútil- que me ha marcado de por vida y que aún hoy me cuesta perdonarme. Apruebo calurosamente a uno de mis sobrinos, gran neurólogo americano en camino de obtener el premio Nobel, que ha suspendido sus investigaciones por causa de la vivisección. En ciertos casos, hay que hacerle un corte de mangas a la ciencia.

Un clásico la vivisección de la rana. Aparece en la película ET y en muchas series americanas, lo que me hace pensar que es una práctica obligatoria en el sistema educativo norteamericano. También era obligatoria en los institutos de EEUU la lectura de El guardián entre el centeno, aunque creo que se va retirando por protestas de sectores ultraconservadores. Igual la protesta de sectores animalistas consigue eliminar esta práctica de las aulas también. En España tenemos una legislación bastante concreta y exigente con todo lo referido al uso de animales en investigación científica.

Justo terminaba de escribir estas líneas cuando empecé a escuchar en el podcast científico tan recomendable de A hombros de gigantes una entrevista a Lluis Montolui sobre este asunto. Allí descubrí que los animales utilizados en ciencia han aumentado una barbaridad porque ahora se computan las larvas de acuicultura y que efectivamente el uso escolar del que se queja Buñuel es casi inexistente ya. De hecho los propios científicos deben justificar de manera meticulosa la necesidad de utilizar animales vivos y la imposibilidad de utilizar métodos alternativo

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