Mi vida en las sombras: nada más que una tormenta

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“I have never felt so lost, never felt such darkness”, escribe Maggie Nelson en The red parts (Vintage, 2017), tras recibir un único mail incongruente, incomprensible, de su exnovio. Sucede tras su separación. Y cuenta que, cada mañana, mientras se estaba duchando se sentaba sobre sus rodillas y lloraba (incapaz de responderle el mail a su novio, o de mandarle las decenas de cartas que le escribía), dejando que corriese el agua por sobre su cuerpo. Y rezaba: “Praying that this loss, that this whole time, will move over me, through me, like a dark storm passing over a great plain”.

Like a dark storm.

 

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Sucede que es una cuestión de intensidad, foco y dirección.

Un error de intensidad, foco y dirección, mejor dicho.

 

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Contaba en una entrevista reciente la actriz Ingrid García Jonsson que los papeles que mejor le han salido en su carrera son los que menos se ha preparado, que aquellos en los que trabajó ardua, metódicamente, acabaron en desastre.

 

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Sucede lo mismo con el amor, que posamos para él, para su solo deleite. Somos, a veces, amadores profesionales, ahítos de trascendencia. Nos deleitamos en posar para una tragedia inescapable. Tormentosa. Sin saber que apenas se trata de nubarrones frágiles vestidos de siniestra hipérbole capciosa.

Nos dejamos engañar por la gravedad del gesto, por la tortura de la catástrofe inane.

 

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Sufrimos porque el fin de la modernidad (en la cual, aunque no queramos, seguimos teniendo un pie encharcado) nos ha enseñado a situarnos en el mundo en base a la enfermedad del espíritu. Lo cual no es más que una (falsa) apariencia.

Queremos ser épicos y conquistar el terreno de lo simbólico, sin saber (sin querer saber) que somos una fantasía corporativa del capitalismo tardío.

 

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“Exegi monumentum aere perennius”

Horacio

 

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Somos metapatéticos queriendo ser eternos.

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