Mi vida en las sombras: un acto desesperado

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Van Gogh . Campo de trigo con cuervos (1890)

 

*

Era salir a la carrera, en aquella estrechísima escalera del Raval, y correr como el rayo. Con sus gritos a la espalda, arañando como cuchillos veloces. Y el portazo. Bum. No vuelvas. Ah. Ya volverás. Vuelve, cabrón. Etc.

La bolsa mínima con algo de ropa para cambiarme. El corazón en la boca.

A veces no es suficiente la razón. O mejor dicho: no sirve para nada. El impulso sagitariano de salir huyendo es más fuerte (y convencionalmente más sabio).

La vida exige, en ocasiones, actos desesperados. Que no lo son, dígase. Porque se trata, siempre, de salvaciones in extremis.

Aquella noche, que luego fueron muchas noches. De salir huyendo. De salir escopetado como quien teme al diablo. O como quien teme (aun) más perder su dignidad, la independencia, la libertad: el sentido común.

Estas cosas se cuentan y parecen obra de una tira cómica inventada, pero hay que vivirlas. No es tan divertido cuando te pasa.

Y, además, su fuerza se halla en su repetición. Porque cuando pasa una vez, por alguna razón, reincide(s).

La(s) sombra(s) de la vida acechan todo el rato; y toman múltiples formas.

 

*

Parece cosa del destino (del destino de tu estupidez, claro)

 

*

Me pasó lo mismo hace varias semanas. No exactamente lo mismo (siendo el origen idéntico). Quiero decir un acto desesperado, repentino. Una noche me di cuenta de que había que cambiarse de casa. Y a los dos días ya tenía otra comprometida. En la que vivo ahora.

El mar de fondo, sin embargo, es el mismo: el ensombrecimiento.

Verse a uno mismo como una sombra de sí; y no reconocerse.

Necesitar la luz, de inmediato.

 

*

Vivía en una calle angosta, con ese olor pérfido de los orines todo el rato.

Apenas transitada por coches, transitadísima por personas que se esconden (o acaso huyen). Grupos de personas que no van ni vienen, sino que dudan y, entretanto, echan el rato. Porretas. También algún turista despistado, cómo no.

Un piso menudo, interior, sin apenas luz.

Se me morían todas las plantas; quedaba claro que eso era reflejo de mí.

Mi alma se estaba ensombreciendo.

 

*

Así que como quien no quiere la cosa: dicho y hecho. Tuvimos suerte y encontré uno cerca. Mucho más grande, más habitaciones, soleado, con varios balcones.

Y nos cambiamos.

 

*

Fue rápido, fulgurante. Tanto que aun siento ese desconcierto de la zozobra.

Pero mi mirada, afortunadamente, ve cada mañana la luz del sol. En el horizonte.

Un horizonte que ahora es mucho más amplio y radiante que el de hace unas semanas.

Y es que uno no se da cuenta, pero cuando en algún momento de tu vida te ha habitado la mancha, es solo cuestión de tiempo que se expanda (de nuevo). Hay que estar muy alerta. Siempre.

Da igual los años que pasen: la mancha negra nunca muere.

 

 

 

 

 

 

 

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