“Minerva”: Los patricios también lloran 

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La etiqueta de clásico suele ser aplicada de manera generosa y muy elástica en bastantes convocatorias y muy particularmente en la programación del Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida, que va mucho más allá de incluir obras griegas y latinas –y sus versiones, aproximaciones o interpretaciones– que en principio son las que, si no estoy equivocado, deberían ser la materia prima de este certamen. Una valoración amplia y bastante razonable imprime ese marchamo de clásico a las obras griegas y romanas de Shakespeare (Tito Andrónico, Julio César, Troilo y Crésida, Antonio y Cleopatra, Coriolano, Timón de Atenas, La comedia de las equivocaciones y Pericles). Aplicando ese mismo criterio de admisión, por qué no abordar también las obras de ambiente grecolatino o mitológico de Lope de Vega (El esclavo de Roma, Roma abrasada, Adonis y Venus, El vellocino de oro, El laberinto de Creta, Las mujeres sin hombres y El marido más firme, por ejemplo) o de Calderón (La gran Cenobia, El mayor encanto, amor, El golfo de las sirenas, Fortunas de Andrómeda y Perseo, El monstruo de los jardines, Fieras afemina amor, La fiera, el rayo y la piedra, Eco y Narciso, Apolo y Climene, El laurel de Apolo, Auristela y Lisidante, El segundo Escipión…), amén de otros autores estimables y no solo españoles.

Assumpta Serna en un plano general de la escenografía (Fotografía: Jero Morales / Festival de Mérida)

No prosigo por no hacerme demasiado pesado, extremo en el que a menudo incurro, perdonenme; pero sí quiero subrayar que ahí hay material trágico y cómico que en las manos adecuadas podría resultar interesante para todo tipo de públicos; además, no estaría mal poner en valor un patrimonio poco conocido por poco frecuentado antes que incurrir en disparates como programar la zarzuela bíblico-sicalíptica La corte de Faraón –divertidísima pero nada clásica– como ocurrió hace tres años, o estrenar una obra escrita en nuestros días aunque transcurra en la antigua Roma como es Minerva, que ni siquiera se aproxima a un personaje histórico como, podría ser el caso, Calígula de Albert Camus o Séneca de Antonio Gala. La noche del estreno de esta Minerva, que nada tiene que ver con la diosa, un amigo comentaba cerca de mí que, al parecer, es suficiente con que el argumento de una pieza se desarrolle en la antigüedad grecolatina para poder ser programada en Mérida y que, así, sin ánimo peyorativo, podría valer, pongamos, una versión de la divertida y bien construida Vamos a contar mentiras de Alfonso Paso si la acción se traslada a la Atenas de Menandro o la Roma de Plauto y los personajes visten peplos, clámides, túnicas, togas o algunas de esas vestimentas tan vistosas que usaban los antiguos. 

Fermín Núñez (Pólux) en un momento de la función (Fotografía: Jero Morales / Festival de Mérida)

Vaya también por delante que soy consciente de que llenar un recinto con un aforo de tres mil localidades no es tarea fácil y que el festival tiene también una faceta económica y promocional para la ciudad, pues convoca en la capital extremeña a multitud de viajeros a quienes, entre otros acicates turísticos, seguramente atrae en buena medida la posibilidad de disfrutar de una gran representación al aire libre en ese marco incomparable –disculpen el tópico aquí justificadísimo– del Teatro Romano. Por otra parte, el certamen emeritense es una iniciativa pública gestionada, tras el correspondiente concurso, por una empresa privada que, como es lógico, trata de hacerlo rentable o, al menos, no deficitario como ocurría en épocas no tan lejanas. Pero el difícil equilibrio entre la exigencia y la comercialidad no exime de respetar unos límites de coherencia en la programación, que, no se olvide, es la de aportar contenidos idóneos a un Festival Internacional de Teatro Clásico, que, la verdad sea dicha, es escasamente internacional y a veces se olvida de que una sus primordiales e irrenunciables señas identidad es la de ser “clásico”.  

Assumpta Serna (Minerva) y Francesc Albiol (Céler), matrimonio protagonista de la obra (Fotografía: Jero Morales / Festival de Mérida)

Pero vayamos ya con Minerva, escrita por Assumpta Serna, que la protagoniza, y Scott Cleverdon, que la dirige. En el programa de mano de la función se explica que, “a lo largo de cuarenta años y cinco emperadores, esta es la historia de una mujer sabia y de su familia, el legado de un imperio y la religión incipiente que creció dentro de él, todo lo cual formaría los cimientos del mundo que conocemos hoy”. Los asesores históricos que han revisado la pieza se han ocupado de que la cronología y los hechos se ajusten de manera que Minerva pueda asomarse, a través de la peripecia vital de la protagonista, a la intrahistoria de la Roma de los siglos I y II d. C. (la acción se desarrolla entre los años 95 y 131 de nuestra era). Es una aproximación que sigue, estética y conceptualmente, la estela del peplum, o sea, las pelis de romanos de toda la vida, con sus dosis de melodrama, sus intrigas políticas, su crueldad e incertidumbre, la imprescindible persecución de cristianos… y una atmósfera contemporánea de raigambre televisiva, de modo que lo resultante podría ser una mezcla de Quo vadis? y Los ricos también lloran.

Minerva es una acomodada patricia casada con el arquitecto Céler y amiga del senador Polux. Tiene una hija, Gaia, joven rebelde que, tras dar a luz un niño que endosa a sus padres, viaja a Emérita Augusta para poder progresar en su vocación teatral en compañía de Julio, padre del niño y ayudante de Céler, que a su vez desarrollará en esa provincia del imperio su carrera como arquitecto; ambos, de sexualidad abierta, dan fe de sus preferencias homosexuales. Tras prestar ayuda a un cristiano perseguido, hermano de su esclava Tácita, Minerva se ve envuelta en problemas que la llevan a prisión por desobedecer las órdenes del emperador Domiciano. 

Juan Carlos Castillejo (izquierda) y Carlos Ceña en un distendido momento de «Minerva» (Fotografía: Jero Morales / Festival de Mérida)

La protagonista es una mujer libre, moderna, justa y benéfica, dibujada con rasgos tan contemporáneos como los de algunas cuestiones que aparecen en la obra tratadas con tono buenista: diversidad sexual, aborto, eutanasia, suicidio, empoderamiento femenino, justicia social… No hay asunto correctamente político que se quede en el tintero. 

Equilibrios argumentales aparte, el montaje, a cargo de la compañía extremeña Samarkanda Teatro, es dramáticamente bastante plano, igual que, a mi juicio, la dirección escénica de Cleverdon; aunque, justo es decirlo, se nota que es un espectáculo cuidado con esmero, con elementos atinadamente combinados: cuenta con una bonita escenografía de Marcelo and Partners que integra con maestría partes del escenario del teatro romano, un vestuario en plan peplum de Luisa Santos, una bien ajustada iluminación de Fran Cordero, una música épico incidental de Jorge Ferrando y un muy buen trabajo de creación audiovisual de Nuria Prieto. Las interpretaciones son correctas en general, con una discreta Minerva a cargo de Assumpta Serna y unos entonados Céler (Frances Albiol), Pólux (Fermín Núñez) y Sara Jiménez, que encarna a una vehemente Gaia. Muy eficaces en diversos cometidos, Francis Quirós, Juan Carlos Castillejo y Carlos Ceña, que a mí me gustó especialmente en el papel de Domiciano, al que sabe extraer matices que van de la crueldad caprichosa al asombro emocionado.

 

Título: Minerva. Autores: Assumpta Serna y Scott Cleverdon. Dirección: Scott Cleverdon. Escenografía: Marcelo and Partners. Iluminación: Fran Cordero. Vestuario: Luisa Santos. Composición musical y espacio sonoro: Jorge Ferrando. Creación audiovisual: Nuria Prieto. Coproducción: Festival Internacional de Teatro de Mérida y Samarkanda Teatro. Productor: Fermín Núñez. Intérpretes: Assumpta Serna, Fermín Núñez, Francesc Albiol, Sara Jiménez, Verónica Parreño, Francis J. Quirós, Juan Carlos Castillejo, Carlos Ceña, Arturo Núñez, Robert Giordano y Carmen Adsuara . 68 Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida. Teatro Romano de Mérida (Badajoz). 20  de julio de 2022.

 

Juan Ignacio García Garzón es uno de los nombres que me habitan (o que habito, vaya usted a saber). Como tal espécimen, nací y vivo en Madrid, donde ejerzo la profesión periodística desde hace más de tres décadas, que ya son años. En tiempos pretéritos trabajé en Radio Exterior de España (RNE), la Agencia EFE y la cadena radiofónica COPE, no simultáneamente. En el diario ABC, he sido redactor jefe de la revista dominical Blanco y Negro, las secciones de Cultura y Espectáculos, y su suplemento cultural, además de crítico teatral.   He publicado dos libros biográficos: “Lola Flores. El volcán y la brisa” (2002 y 2007), y “Paco Rabal. Aquí un amigo” (2004), con el que obtuve el II Premio Algaba de Biografías, Autobiografías y Memorias, y el volumen de análisis cinematográfico “Cary Grant. RKO Films” (2009), además de alguna otra cosa sobre cine y teatro que se hace fatigoso enumerar. En 2009 fui agraciado con el premio Ciudad de Alcalá en su modalidad de Periodismo, que lleva el nombre de "Manuel Azaña", por el artículo “Si Hamlet fuera mujer”, publicado en ABCD las Artes y las Letras.   A veces, aunque hace ya tiempo que se hace el remolón, me visita un tipo que escribe poesía y firma como Juan Garzón. Pese a su ánimo remiso, este holgazán de la escuela Bartleby ha publicado cuatro libros de poemas: “Ejercicios de estilo” (1979), “Figuras y descripciones” (1984), “Imán” (1989) y “Principio de viaje” (2000).

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