
- Mencken y Nathan y Ross
Las preguntas que más me solía hacer la gente sobre mis primeros años en el New Yorker eran “¿Cómo es Dorothy Parker?” y “¿Qué edad tiene Peter Arno?”. Después, más y más gente, aquí y en el extranjero, en bares y salones, quería saber “¿Qué clase de hombre es ese Harold Ross?”. A esto sólo podía responder: “¿A qué Harold Ross te refieres? Hay tantos. Detrás de cada Ross siempre hay otro Ross. Yo mismo sigo descubriendo nuevos Ross”. En las fiestas y reuniones a las que he acudido, la gente suele preguntar, bebiendo té o gin-tonic: “¿Cómo es su mente? ¿Cuál es su experiencia literaria?”.
Teniendo que hacer frente a estas formidables preguntas, cualquiera de sus amigos más íntimos, excepto estando animados por un tercer martini, probablemente murmuraría, incluso ahora: “Sabe Dios” o “A mí que me registren”. Pero ya que he aceptado el reto de describir a Ross, debo alcanzar la botella de brandy y escribir este capítulo con las anécdotas marcadas como ‘literarias’, quizá las más abundantes y desconcertantes de los archivos de mi memoria. A Ross esto no le gustaría nada. El hombre que dio al diccionario una nueva definición de la palabra “perfil”, nunca estuvo seguro de la fórmula, especialmente cuando se aplicaba a personalidades complejas que él conocía bien. Cuando Joe Bryan anunció que planeaba escribir sobre Benchley para el Saturday Evening Post, Ross dijo: “No va a funcionar”. Meses después de que apareciese la pieza, Ross vio a lo lejos a Bryan en la estación Grand Central y le gritó: “¡Te dije que no iba a funcionar!”.
Empezando por todo lo alto, como se suele decir, os llevaré primero al apartamento de Harold Ross en Park Avenue. Estamos en 1948, una noche de primavera, después de cenar. Ross me había pedido (cambiando de golpe de tiempo verbal, algo que siempre le fastidiaba) que me quedase a charlar con H. L. Mencken[1], con George Jean Nathan[2] y con él (el alcalde O’Dwyer había sido invitado, pero no apareció). Ross sentía, creo yo, que podía confiar en mí para redirigir la conversación si se adentraba en terrenos que le hicieran sentirse incómodo. Mencken llevaba para entonces casi quince años escribiendo para el New Yorker y, hasta su enfermedad final escribió un total de cincuenta y seis piezas para Ross, sobre sus viajes por Europa, su vida y la lengua estadounidense. Después de veinte años editando, Mencken lo había dejado para dedicarse a la prosa, la meditación y la compañía de mentes afines.
El ex-editor de Smart Set y The American Mercury y el editor del New Yorker habían ayudado a revitalizar la literatura nacional, el humor y el periodismo en el medio siglo que estaba a punto de terminar. Habían visto el declive y caída de reliquias de la época de los carruajes como Everybody’s, Munsey’s, Ainslee’s o Pearson’s, la desaparición de Puck, la vieja Life y Judge (de la cual Ross fue editor), el colapso de Vanity Fair en brazos de Vogue, la extinción de muchas de las llamadas ‘pequeñas revistas’ y el advenimiento del triunvirato de revistas de Henry Luce, Time, Life y Fortune, o del Reader’s Digest de DeWitt Wallace. Habían visto, desde puntos de vista muy diferentes, la asombrosa, perturbadora y estimulante escena americana. Mencken apuntando sus prismáticos y su mazo hacia aquellos que eran objeto habitual de su desprecio y escarnio: los incultos booboisies[3], la América religiosa, los lunáticos de la arena política y los imbéciles que invaden la literatura. Y mientras, Ross, fascinado por muchas cosas que habrían aburrido a Mencken, absorbiendo la panorámica y las personalidades de la ciudad de Nueva York y posteriormente del espectáculo americano al completo, interesado por todo, desde una varilla de cóctel que cogió un día (“En esta maldita cosa hay una historia”) hasta el ligero movimiento del Empire State durante una fuerte tormenta.
La larga experiencia periodística de los dos hombres, el conocimiento de sus gustos y aversiones o sus grandes y diferentes talentos como editores formaban base suficiente para una noche de conversación interesante. Ambos eran grandes conversadores y buenos oyentes y los dos llevaban puesta su mejor vehemencia aquella noche, adornada con brillantes conclusiones seguras de sí misma, grandes generalizaciones y un énfasis de tono azulado. Nathan y yo éramos, en mayor medida, simples espectadores. La sesión iba firmada por la M de Mencken y la R de Ross. El hombre de Baltimore anunció que los cabezas de los gobiernos autoritarios que descartaban la religión eran unos estúpidos, o si no irían de casa en casa dando a todo el mundo dos opciones: unirse a la iglesia-estado o ser llevado al patíbulo. En teoría política internacional, Ross podía ser confuso y positivo al mismo tiempo. Una vez me preguntó “¿El comunismo es lo mismo que el marxismo?” y en otra ocasión afirmó rotundamente “Todos los comunistas han tenido infancias infelices”. Aquella noche no dijo nada sobre el tema.
—Taft[4] es un buen hombre –dijo Mencken de pronto–. Si hubiese tenido la voz de Dewey[5], habría arrasado en la convención.
Aprovechó para elogiar a Alf Landon[6], por el cual sentía una simpatía perversa y persistente.
Ross apenas hablaba de política nacional y cuando lo hacía era desde una perspectiva curiosamente personal. Dijo que había estado contra Roosevelt porque “Morris Ernst[7] podía ir a verle a cualquier hora del día o de la noche” y porque “Roosevelt llamaba a Ralph Ingersoll por su nombre de pila. Jim Forrestal[8] trabajaba para él, también”, añadía de forma melancólica, “y tengo poca confianza en un gobierno dirigido por amigos míos”. Mencken aplaudió entonces a un editor de un periódico sureño que había convertido su imprenta en un taller no sindicado. Ross dijo, taciturno, que a él le bastaba con que los sindicatos le dejasen sacar su revista. No podía entender por qué los hombres que imprimían el New Yorker no tenían una lealtad especial hacia la revista comparable a la suya propia.
En algunas ocasiones aquella noche, el tono y color de los pensamientos de ambos parecía mezclarse perfectamente, como cuando charlaron sobre la jerga ferroviaria (ripar, marmita, llavín, boje), pues Ross quería que Mencken escribiese un artículo al respecto, que Mencken quiso hacer; o cuando hablaron de los periódicos (“Todos los editores ejecutivos son escoria”, dijo Mencken) y los reformistas de salón que escribían piezas con conciencia social (“La ciudad está llena de Abraham Lincolns”, dijo Ross).
Mencken empezó a hablar de Will Durant[9], por quien había desarrollado una reciente e inesperada admiración.
—¿Cómo puede un imbécil convertirse de pronto en un gran hombre? –preguntó, queriendo decir, en ‘menckenés’, que cómo podía el autor de Historia de la Filosofía haber escrito César y Cristo. Mencken consideraba este paso, “de la bobada a la excelencia”, poco menos que milagroso.
Ross no podía añadir nada a este debate, pues si Will Durant significaba algo para él era simplemente como la víctima infeliz de un extraño banquete público en su honor, en 1930, del que Andy White había escrito para el New Yorker. Este banquete, en el Fifth Avenue Hotel, había degenerado en una vergonzosa charada en la que varios actores enmascarados, uno de ellos representando a Molière, habían aparecido de la nada al dar la medianoche para colocar una corona de laurel en la frente desesperada del filósofo americano. El único filósofo que Ross citaba alguna vez era Herbert Spencer[10] y era siempre la misma cita, “Un genio puede hacer fácilmente lo que nadie más logra hacer”, que Ross usaba para describir al genio editor con el que aún soñaba.
En este punto la conversación se dividió en dos y Mencken y yo empezamos a hablar de Willa Cather[11]. Seguíamos debatiendo sobre ella cuando Ross oyó el nombre, le dio un par de vueltas en aquella mente suya y después dijo:
—Willa Cather, Willa Cather… ¿fue aquel que escribió La vida privada de Helena de Troya?
No pude ver el rostro de Mencken, pero sentí el desconcierto en su silencio y acudí rápidamente al rescate de la situación que Ross había enmarañado con su incomprensible confusión entre Willa Cather y John Erskine[12].
—Ross no ha leído una novela desde Los jinetes de la pradera roja –dije– o El jardín de Alá. No lee nada excepto lo que sea para su revista.
—No tengo tiempo para leer novelas –admitió Ross.
Pero esa noche, como siempre, había llegado de la oficina con un maletín lleno de manuscritos y pruebas. Apenas había una noche en que no se llevase a casa trabajo o volviese a la oficina después de cenar para continuar donde lo hubiese dejado a las seis. La confusión Cather–Erskine nunca se aclaró, simplemente dejamos que muriese allí.
Entre los escritores de los que le gustaba hablar a Mencken (le había escuchado varias veces mientras se fumaba el puro de después de almorzar en el Algonquin) se hallaban Cabell[13] y Dreiser (de los cuales Ross no podía tener nada que decir), Sinclair Lewis[14] y Scott Fitzgerald. Los archivos del New Yorker revelan sólo dos piezas de Lewis, ambas impresas en 1937: una de ellas un artículo de título ‘Eso era Nueva York’ y la otra un perfil de un personaje imaginario llamado Effie Kayshus. Fitzgerald (al que Mencken llamaba afectuosamente Fitz) está representado en los archivos por tres textos cortos y dos poemas. Faulkner, Dos Passos y el gran amigo de Mencken, Hergesheimer, nunca escribieron para la revista, pues Ross no buscaba nombres consagrados. Thomas Wolfe[15] envió tres piezas, no solicitadas, que fueron compradas, pero Hemingway sólo aportó una breve parodia de la autobiografía de Frank Harris en 1927, cuando el autor de Fiesta sólo era un escritor más para Ross. Mencken había descrito una vez las historias de Hemingway en En nuestro tiempo como “cloacales”, juicio que nunca modificó. Ross y él bien podrían haber estado de acuerdo sobre Muerte en la tarde, que había sido reseñada en el New Yorker por Robert M. Coates en su época como crítico literario de la revista. Después de leer la reseña, Ross telefoneó a Coates para decir:
—Woollcott me ha dicho que hay una palabra horrible en el libro, cosas de baño.
Coates quiso saber a qué palabra se refería.
—No puedo decírtelo por teléfono –dijo Ross.
Mencken podía hablar incesantemente sobre novela americana (Tom Sawyer y Babbitt le parecían las mejores), pero Ross pronto se quedaba sin palabras. Después de leer la muy acertada parodia que Peter De Vries hizo de Faulkner me preguntó:
—¿De verdad Faulkner sigue escribiendo así?
La estructura de las frases y la puntuación le horrorizaban y habría avanzado igual de poco en cualquier libro de Faulkner que en el Ulises de Joyce. Siempre era receloso de su propia sección de libros, acercándose con curiosidad, respeto e inquietud, del mismo modo que mi perra se acercó en una ocasión a una tortuga. No podía entender por qué un crítico se negaba a reseñar el último libro de la tetralogía de José y sus hermanos de Thomas Mann e intenté explicarle que el distinguido hombre de letras que servía de crítico literario para nosotros no había leído los libros anteriores del cuerpo de la obra de Mann.
—Me da igual el cuerpo –dijo Ross–. No veo que tenga nada que ver.
Para él una nueva novela cuya publicación había generado muchas expectativas y de la que se hablaba mucho, tenía un valor informativo. Puede que fuese con Clifton Fadiman, crítico literario del New Yorker durante diez años, con quien Ross se sentía más cómodo. Al editor le había gustado el vigoroso y penetrante ensayo que Fadiman había hecho sobre Ring Lardner para The Nation y cuando en 1933 prescindieron de él como crítico, le contrató.
“En parte estaba de acuerdo con Ross en que los libros son noticias”, me ha confesado Fadiman. “Siempre reseñaba un libro cuando se publicaba, incluso cuando estaba reseñando hasta treinta libros a la semana. Y nunca consideré que un libro debiera ser un trampolín para las teorías personales”.
Probablemente Ross no coincidiese con la creencia de Fadiman de que lo mejor de Lardner se encontraba en “su habilidad, talento incluso, para odiar”, pues Ross sentía un profundo afecto y admiración por Lardner. Una vez me dijo:
—El otro día le pregunté a Lardner cómo escribe sus historias cortas y me dijo que escribía unas cuantas palabras o frases muy separadas en una hoja de papel y después iba rellenando los espacios.
Ross había caído en una de las famosas bromas del gran socarrón. Fitzgerald escribió de su amigo Ring que “su rostro era como una catedral”. Y Lardner debía haber mirado a Ross con su fría y gótica mirada y le había hecho creer ese sinsentido sobre su método de escritura. El entusiasmo casi infantil de Ross por cualquier novedad informativa podía desarmar, temporalmente, su maduro y astuto escepticismo que, en los días en que su visibilidad mental estaba despejada, funcionaba a la perfección.
A Ross no le avergonzaba su ignorancia sobre las grandes novelas de su país, o de cualquier otro, y uno de las más indestructibles anécdotas rossianas cuenta cómo asomó su cabeza por el departamento de verificación un día para preguntar:
—¿Moby Dick es el hombre o la ballena?
Cuando averiguó que yo llevaba meses escribiendo una parodia de Henry James y oyó que Edmund Wilson había sugerido que lo enviase al Atlantic (en Inglaterra ya se lo había prometido a Cyril Connolly[16] para su extinta revista Horizon), dijo que quería leerlo. Me lo devolvió unos días después con un suspiro y diciendo: “Sólo he entendido el quince por ciento de las referencias”. Pero imprimió una pieza nostálgica que escribí tras releer Los embajadores de James y (como podría haberla llamado Ross) La vida privada de una dama extraviada de Willa Cather. Le interesó pese a no tener conocimiento de Madame de Vionnet o de Marian Forrester.
—Trata de un hombre y dos mujeres –dijo– y se hace entender.
Si un ensayo literario tenía un esquema narrativo que mantenía su atención, podía con ello, pero mantenía un martillo siempre a mano para los ejercicios literarios o los tour de force.
—Nadie va a convertir esta revista en algo pretencioso –solía decir–. Esto no es el viejo Dial[17].
La lectura general de Ross era como un viaje a la Confusia profunda, sin mapa. No tenía ni disciplina ni dirección. Hablaba, de vez en cuando y a largos intervalos, sobre La vida en el Misisipí de Twain, los relatos de O. Henry[18] (especialmente ‘The Ransom of Red Chief’), Jack London, ciertos libros bélicos, H. G. Wells (pero no las novelas), memorias de doctores y cirujanos, la revista True Detective[19], un libro sobre la migración de las anguilas, cuyo estilo de vida nunca dejó de fascinarle y Kipling (pero no los poemas; una vez le dijo a una secretaria suya: “Nunca me dejes a solas con poetas”). En una ocasión, durante los años treinta, en una nota felicitando a su editor literario Gus Lobrano sobre alguna pieza dijo: “Es un trabajo excelente. Kipling no podría haberlo hecho mejor”.
Una tarde trajeron a Sherwood Anderson[20], a la oficina para presentarle al editor. En tales ocasiones, y si había tiempo antes, uno de nosotros informaba a Ross de la naturaleza y estatura de la obra del autor visitante. Aunque no es que sirviera de mucho. A Ross no le impresionaba ni intimidaba escritor alguno. Había vivido muchas cosas con demasiados escritores. Estoy seguro de que después de presentarles dijo “Hola, Anderson”, en su forma de hablar casual y despreocupada, para después empezar a hablar de lo primero que se le pasara por la cabeza. Esa reunión es recordada por una de sus imprudentes declaraciones literarias:
—No ha habido un buen escritor de relatos en América, Anderson, desde que murió O. Henry.
Yo no estaba presente como para saber cómo afectó esto a Anderson, pero le vendió cinco relatos a Ross.
Sí que estaba presente, en cambio, cuando Ross conoció a Paul Nash, pues fui yo quien escoltó al pintor inglés a la oficina del editor una mañana de 1931. El día antes le había explicado a Ross que Nash estaba de camino a Pittsburgh para servir como uno de los tres jueces extranjeros de la exposición anual de arte moderno del Museo Carnegie, pero que había parado en Nueva York para conocer a Otto Soglow[21], Milt Gross y otros dibujantes favoritos suyos, pues era un gran admirador del arte humorístico americano. También le había dicho a Ross que Nash era un ávido coleccionista de personajes curiosos y llevaba tiempo queriendo hablar con el editor del New Yorker.
—Hola, Nash –empezó Ross–, sólo existen dos artes falsos, la pintura y la música.
Nash era un hombre de gran humor e imaginación, cuyos ojos brillaban sin oscurecerse cuando alguna opinión escandalosa levantaba la cabeza agresiva. A él mismo se le daba bien mantener posiciones insostenibles. Cuando Nash y yo salimos de la oficina de Ross, aquel caballero inglés dijo:
—Es como vuestros rascacielos. Son increíbles, pero ahí están.
El conocimiento de Ross de las dos artes falsas era, podemos decir, endeble. Nunca oí que fuese a una exposición de pintura y habría sido tan infeliz en un concierto de la orquesta sinfónica como en una conferencia sobre materialismo dialéctico. Desde luego se había encontrado con pintura moderna en coloridas reproducciones y en las paredes de los apartamentos de algunos amigos y conocidos, pero debió verlas desconsolado, como si fuesen párrafos desordenados de prosa que necesitasen ser reorganizados. Nadie le oyó nunca cantar, o tararear siquiera, una sola nota de una canción y los silbidos le ponían de los nervios.
—Su mente no está embarullada por la cultura –dijo un hombre en el Players Club durante uno de esos discursos improvisados de Harold Ross que solían empezar cuando se juntaban escritores y artistas–. Por eso puede otorgarle a la prosa y a las imágenes una concentración mayor que ningún otro editor del mundo.
No era tan fácil, pues había más que gran concentración tras su ceño fruncido y su mirada de lupa cuando examinaba manuscritos, pruebas y dibujos. Tenía un sentido único, sólido, una percepción casi intuitiva de lo que estaba mal, incompleto, desequilibrado o demasiado enfatizado. Me recordaba a un explorador de caballería cabalgando al frente de la tropa que de pronto levanta la mano en mitad de un valle verde y silencioso y dice “Indios” pese a que al ojo y oído ordinarios no hay ni el menor signo o sonido de alarma. Algunos escritores éramos devotos suyos, a unos cuantos les desagradaba enormemente y otros salían de su oficina como de un número de circo, de un malabarista o la consulta de un dentista, pero casi todos preferíamos tener el beneficio de su crítica que a ningún otro editor sobre la tierra. Sus opiniones eran volubles, hirientes y agotadoras, pero de algún modo conseguían refrescar tu propio conocimiento sobre ti mismo y renovar tu interés en tu obra.
Tener un manuscrito bajo el escrutinio de Ross era como poner tu coche en manos de un habilidoso mecánico, no un ingeniero de automoción con un título, sino un tipo que sabe qué hace que un motor funcione, chisporrotee, se ahogue y a veces se detenga; un hombre con un oído para el más leve chirrido o el más sonoro traqueteo. Cuando, consternado, ponías tus ojos por primera vez en las correcciones de uno de tus relatos o artículos, veías que cada margen llevaba una maraña de peticiones y quejas (un escritor recibió ciento cuarenta y cuatro en un perfil). Era como ver las partes de tu coche extendidas por el suelo del garaje, el trabajo de recomponerlo todo y que funcionase parecía imposible. Pero luego te dabas cuenta de que Ross intentaba que convirtieras tu Ford T o tu viejo Stutz Bearcat, en un Cadillac o un Rolls-Royce. Trabajaba con las herramientas de su perfeccionismo incansable y, tras un intercambio de gruñidos y muecas, te ponías a trabajar para unirte a su proyecto.
Las preguntas y comentarios en los márgenes de Ross a veces eran meras nimiedades o manías, otras revelaban invariablemente su profunda ignorancia sobre ciertas facetas de la vida, el aprendizaje y la literatura, mientras que otras venían causadas por sus prejuicios tontos. Uno tenía que navegar entre ellas, ignorándolas, como también tenías que ignorar sus ocasionales ensayos en los márgenes sobre temas no relacionados o irrelevantes. Uno o dos de sus editores asociados de confianza solía interceptar algunas de sus correcciones y tachar los rossismos impertinentes o insignificantes, pero yo siempre insistía en que los dejasen, pues eran las huellas de un Ross que nunca dejaba de entretenerme.
Las manchas e imperfecciones que su ojo de águila detectaba eran indicadas con su lápiz con designaciones como confuso, repetitivo, cliché, elipsis y, de vez en cuando, palabras más contundentes. Sabía cuándo te habías cansado y estabas escribiendo de manera descuidada, cuándo estabas “haciendo el tonto”, probando cosas nuevas, escribiendo de manera sofisticada o alardeando. Su frase “¿Quién era este?” se hizo célebre no solo en la oficina sino también fuera, y hace diez años fue el título de una pieza sobre Ross escrita por Henry Pringle[22]. Joe Liebling hizo pintar “¿Quién era este?” en la puerta de su oficina, para perplejidad de los extraños, que se preguntaban qué tipo de negocio tendría Liebling. Ross usaba esta expresión para que le recordasen quién era alguien que no tenía claramente identificado y otras veces mostraba los lapsos en su conocimiento de figuras históricas, contemporáneas o literarias. Una vez dijo que solo había dos nombres conocidos por todos los lectores del mundo civilizado: Houdini y Sherlock Holmes.
Recuerdo que Ross me dijo una vez, tras leer un texto mío:
—Has debido eliminar ocho líneas desde tu anterior borrador.
Cuando lo releí en su oficina me pareció que funcionaba bastante bien, pero fui a comprobar mi penúltimo borrador. Ross se había equivocado. Solo había eliminado siete líneas.
Cuando trabajaba en un manuscrito o una prueba, estaba siempre rodeado de diccionarios que consultaba constantemente, junto a uno de sus libros favoritos, Diccionario de uso moderno del inglés, de Fowler. Aprendió más gramática y sintaxis de Fowler de la que había aprendido en sus escasos días escolares. Leía el diccionario del mismo modo que otros leen ficción y a veces se zambullía en un volumen al azar de la Enciclopedia Británica. Uno de los momentos más divertidos de Season in the Sun, de Wolcott Gibbs, mostraba al actor que interpretaba a Ross buscando tranquilamente la palabra “huracán” en el diccionario mientras los primeros vientos de un auténtico huracán se acercaban como una carga de caballería.
Cuando Ross se levantaba de su escritorio al final de la tarde, con un profundo y reticente suspiro (a menudo después de que todo el mundo se hubiese ido ya), pues odiaba dejar de trabajar y tener que tratar con los asuntos del mundo exterior (diseñado para agotarle), a veces descubría que tenía que ir a cenar o al teatro con su mujer, un amigo o un colega. Una noche, Wolcott Gibbs le llevó a ver una producción de la Old Vic Company de Enrique IV, parte 1. Ross siempre lucía una actitud de malestar en el teatro y uno sentía que en cualquier momento iba a levantarse y pasear por el pasillo, dándole vueltas en la cabeza a algún problema de la oficina. En general parecía más antagonista que espectador. Esta noche en particular, estaba lloviendo y él “llevaba un paraguas y una gabardina mojada, además de su habitual maletín”, recuerda Gibbs, “y todo se le caía del regazo continuamente”. A Ross le estaba disgustando el personaje femenino llamado Rumor, cuyo largo monólogo abre la obra y Gibbs recuerda que el ofendido Ross le dijo:
—¿Qué clase de escritor pone a una dama así solo para molestarme?
Como cuando editaba, lo primero que buscaba eran fallos y defectos, y puede que le entretuviese Falstaff, pero le horrorizó que dos personajes de la obra se llamasen Bardolph.
La curiosa conciencia crítica del editor, que podía aparecer en cualquier situación, se lanzó a por la promiscuidad confesa de la heroína de The Voice of the Turtle[23]. Unos días después de haber ido juntos a ver la obra, me preguntó si querría que mi hija la viese. Le dije que era demasiado pequeña como para entenderla y Ross saltó.
—Quiero decir si tuviese dieciséis o diecisiete.
—Claro, ¿por qué no? –respondí yo.
—Porque la chica se planta ahí y admite que se ha acostado con varios hombres con los que no estaba casada –dijo Ross.
—Comparados con las actividades amorosas de ciertas personas a las que podríamos dar lanzando este cenicero –le dije–, los personajes de esa obra son virtuosos hasta rozar la castidad.
—¡No quiero nombres! –gruñó Ross y se dio la vuelta.
Nunca dejó de ir al teatro, pero según pasaron los años, a las noches de estreno prácticamente había que llevarle a rastras, pues sabía que tendría que hablar con todo el mundo. Creo que le reconfortó la gran oposición de Mencken al escenario como medio, diciendo que distorsionaba la vida humana y magnificaba las distorsiones. Y aún así, un gran número de los amigos cercanos de Harold Ross eran gente del teatro: actores, actrices, autores, directores y productores. Jed Harris[24] fue íntimo suyo durante una época y una vez Ross empezó a escribir un perfil sobre su amigo, aunque nunca pasó de la primera página. En los viejos tiempos, podías conocer en su apartamento a gente que admiraba y le gustaba, incluyendo a Noel Coward, Harpo y Groucho Marx, Bert Lahr, Bert Wheeler, Bob Woolsey, Joe Cook, Dave Chasen, S. N. Behrman, Charles MacArthur, Helen Hayes, Ben Hecht, Beatrice Lillie, Madge Kennedy, Phyllis Povah, Ina Claire… la lista parece interminable según voy recordando nombres. También fueron hombres y mujeres de gran importancia en el teatro, además de buenos amigos de Harold Ross, los que dominaban la lista de diez consejeros editores que recibieron la propuesta del New Yorker en invierno de 1924, varios meses antes de que el primer número de la revista fuese publicado en febrero de 1925. Aquella informal junta de consejeros editores consistía en: Ralph Barton, Heywood Broun[25], Marc Connelly, Edna Ferber[26], Rea Irvin, George S. Kaufman, Alice Duer Miller, Dorothy Parker, Laurence Stallings[27] y Alexander Woollcott. Rea Irvin, que sería el principal consejero artístico de la revista durante muchos años, había sido actor (y de los buenos), antes de pasar a ser dibujante. Otros se convirtieron en colaboradores (Ralph Barton, Dorothy Parker, Woollcott) pero el papel como editores de todos, menos de Irvin, fue exclusivamente nominal.
No sé quién escribiría la propuesta, pero esa pieza de museo no lleva la firma ni el sello de Ross y, leyéndola en alto, tampoco suena a la voz de Ross. Sólo una frase ha sobrevivido todos estos años: “The New Yorker será una revista que no se edita para la vieja dama de Dubuque”.
The New Yorker fue, sobre todo, la revista para el hombre joven de Aspen. Muchos le ayudaron, mucho o poco, para que aquella frágil nave despegase. El nombre fue sugerido, me contaron, por John Peter Toohey[28]. John Hanrahan, profesional en dichos asuntos, fue el encargado de contratar al personal de los departamentos financiero y de publicidad. Y Raoul Fleischmann, como todos saben, financió impetuosamente, una y otra vez, la infancia del proyecto. Pero la que pilotaba editorialmente era la mano impulsiva y obstinada de H.W. Ross, que no estaba en absoluto seguro de hacia dónde se dirigía su tembloroso aparato volador, pero sabía que reconocería el lugar cuando llegase. El chico de Aspen, Colorado, finalmente logró aterrizar y me alegro de haber sido uno de los afortunados que le acompañaron en sus aventuras durante un cuarto de siglo que pasó demasiado rápido y terminó demasiado pronto.
Este fragmento pertenece al libro del miso título que, con traducción de Manuel Moreno, ha publicado Libros Walden.

Notas:
[1] Henry Louis Mencken (1880–1956), periodista, ensayista, crítico social, satírico y estudioso del lenguaje estadounidense. Trabajó en el Baltimore Morning Herald y The Baltimore Sun y fundó la revista The American Mercury.
[2] George Jean Nathan (1882–1958), crítico teatral y ensayista.
[3] Booboisie es un término satírico acuñado por Mencken, combinando las palabras boob (tonto) y bourgeoisie (burguesía), para referirse de manera despectiva a la clase media conformista, intelectualmente limitada y fácilmente influenciada por el populismo o las convenciones sociales.
[4] Robert A. Taft, senador por Ohio y candidato en las primarias republicanas de 1948.
[5] Thomas E. Dewey (1902–1971), gobernador de Nueva York. Fue dos veces candidato presidencial del Partido Republicano (1944 y 1948).
[6] Alf Landon (1887-1987), candidato republicano en 1936 y gobernador de Kansas.
[7] Morris Leopold Ernst (1888–1976), abogado, escritor y activista en defensa de la libertad de expresión y los derechos civiles. Fue a juicio en defensa de la publicación del Ulises de James Joyce.
[8] Jim Forrestal (1892–1949), primer secretario de Defensa en la historia de Estados Unidos (1947-1949).
[9] Will Durant (1885–1981). historiador y filósofo, conocido por escribir junto a su esposa, Ariel Durant, la ambiciosa obra en 11 volúmenes, La historia de la civilización, publicada entre 1935 y 1974 (en España por Editorial Sudamericana). César y Cristo es el tercer volumen de la obra.
[10] Herbert Spencer (1820–1903), filósofo, sociólogo y biólogo inglés, destacado defensor del evolucionismo social y precursor del darwinismo social, autor de la frase “la supervivencia del más apto” mal atribuida a Darwin.
[11] Willa Cather (1873–1947), novelista y autora de relatos, especialmente sobre las Grandes Llanuras y los pioneros. Ganadora del Pulitzer en 1922 por Uno de los nuestros (Nórdica, 2013).
[12] John Erskine (1879–1951), educador, escritor y pianista, autor de La vida privada de Helena de Troya (Aretusa, 1942).
[13] James Branch Cabell (1879–1958), escritor estadounidense de gran popularidad a principios del siglo XX. Su obra mezcla mitología, historia y humor, destacando la serie del Ciclo de Poictesme. Aunque su popularidad decayó, su influencia ha sido reconocida por autores como Neil Gaiman y Robert Heinlein. Su obra Jurgen ha sido publicada en español varias veces.
[14] Sinclair Lewis (1885–1951), novelista, ensayista y dramaturgo. Fue el primer escritor de Estados Unidos en ganar el Premio Nobel de Literatura (1930).
[15] Thomas Wolfe (1900–1938), novelista cuya precoz muerte no impidió que su estilo y temática fuesen gran influencia en autores de la siguiente generación como Jack Kerouac.
[16] Cyril Connolly (1903–1974), crítico literario, editor y escritor británico conocido principalmente por ser el fundador y editor de la revista literaria Horizon (1940-1950).
[17] The Dial fue una revista literaria americana con varias épocas, la primera (1840-44) asociada a los trascendentalistas como R.W. Emerson y la última (1920-29) a la literatura modernista con colaboraciones de T. S. Eliot, W. B. Yeats o E. E. Cummings.
[18] O. Henry, seudónimo de William Sydney Porter (1862–1910), maestro del cuento corto, escribió más de 300 cuentos, muchos ambientados en la vida urbana de Nueva York.
[19] True Detective, revista de crónica policial publicada en Estados Unidos entre 1924 y 1995.
[20] Sherwood Anderson (1876–1941), escritor popular principalmente por su colección de relatos Winesburg, Ohio (1919). En España se han publicado numerosas obras suyas.
[21] Otto Soglow (1900–1975), caricaturista recordado sobre todo por su tira cómica The Little King, publicada en el New Yorker.
[22] Henry Pringle (1897–1958), periodista y biógrafo, ganador del Pulitzer por su biografía de Theodore Roosevelt. Escribió para medios como el Saturday Evening Post o el New Yorker.
[23] The Voice of the Turtle (1943), comedia de Broadway obra de John Van Druten. La adaptación al cine (1947) la protagonizó Ronald Reagan.
[24] Jed Harris (1900-1979), director y productor teatral.
[25] Heywood Broun (1888–1939), periodista, columnista, crítico teatral y fundador del sindicato de periodistas.
[26] Edna Ferber (1885–1968), novelista, dramaturga y periodista. Autora de novelas como ¡Así de grande! (Nórdica, 2015), por la que ganó el Pulitzer o en las que se basaron películas como Cimarron o Gigante. Fundadora de la Mesa Redonda del Algonquin.
[27] Laurence Tucker Stallings (1894–1968), dramaturgo, guionista, novelista y fotógrafo, principalmente de obras relacionadas con su experiencia bélica durante la Primera Guerra Mundial.
[28] John Peter Toohey (1879–1946), periodista, publicista, dramaturgo y miembro ocasional de la Mesa Redonda del Algonquin.




